El concierto de Andrés Palmar, el hombre árbol

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

Sobre el escenario, Andrés Palmar parece un árbol que no sabe cómo sacarse la timidez mientras habla. Flaco, alto, barbita: gestos de bonachón perdido en la jungla. En la jungla de la vida, supongo, aunque también  —y sobre todo— en la de Venezuela. El público lo ve fijamente, sus músicos lo escuchan y él comienza a hablar: “Este es un concierto educativo”, dice. ¿Educativo por qué? Porque se encargará de difundir valores y de hablar de la Tierra y otros asuntos ecológicos.

A continuación, se quita los lentes y comienza a tocar.

           

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La prueba de sonido, terminada minutos antes, resultó amena, agradable. Precisemos: ruidosa, con intercambios de palabras fraternales, con sonrisas de los músicos y saludos llenos de afecto. Andrés no lucía nervioso. Y el resto de los músicos se acompasaban a su tranquilidad. Sus movimientos eran los de una brisa calma que ordena el ambiente. Los ingenieros de sonido siguieron afanados en su labor; un técnico movía una gigantesca escalera por todos lados: acomodaba un bombillo aquí, otro allá. Y llegó el momento de que los protagonistas de la jornada se refugiaron en el camerino, ahora sí con algunos gestos temblorosos.

Mientras se cambiaban, el bajista Xavier Perri comentó con sorna un chiste que surgió en algún grupo de WhatsApp. Por ese medio, se compartió una foto de Andrés en Globovisión. Alguien la editó, señaló sus pies con retoques al estilo Paint y escribió: “Al menos ya usa zapatos”.

—Es que yo antes tocaba descalzo –le explica Andrés.

Ya se sabe: los árboles necesitan estar siempre conectados con la tierra.

 

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La primera canción la compuso el propio mandolinista y se llama —¡vaya sorpresa!— La casa del árbol. No se trata, que quede claro, de una casita sobre unas ramas, sino un homenaje a la casa de los humanos y de los árboles: la Tierra. La música nos hace sentir como hojas acariciadas por la brisa. Casi parece mentira que ese flaco de movimientos reprimidos toque la mandolina con tanta soltura: cierra los ojos y cualquier desubicado podría preguntar si su trance es artístico o de otro tipo.

Cuando suena Colombeia, empieza a presentar a los músicos. En plena interpretación, Jomar Daboin (compositor de esta pieza) se pone de pie y se mese al ritmo de la melodía, mientras su guitarra domina la escena. Su destreza es tal, que hasta sus compañeros se le queden viendo  un poco embelesados. Jomar sonríe, disfruta, como un niño que corre suelto por el campo. Como un animal que se sabe libre. Como un músico en estado de gracia.

—¿Quieren que los siga presentando con música?— pregunta Andrés, risita de por medio, al terminar la canción.

El público aplaude con entusiasmo.

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Un detalle que no es baladí es que Andrés se quita lo lentes para tocar y se los vuelve a poner cuando acaba la interpretación. 12 veces los retirará de sus ojos, 12 veces se los pondrá de nuevo. Lo primero que cabe preguntarse es por qué no se los deja puestos y ya. La respuesta sencilla podría ser que se le pueden caer. La respuesta a la que nos vamos a ceñir es que probablemente le “pesan”. Un hombre que habla de ecología, ruinas peruanas, teología y que tocaba descalzo es quizá un hombre que busca volver a su estado primigenio de polvo. Sus gestos guardan la necesidad de despojarse de todo para, a través de la música, fundirse con la Tierra.

El hombre árbol, de paso, también toca con los ojos cerrados.

Suena Una tierra diferente a las otras, un huayno peruano. Le sigue Gaitero, en honor a un género por el que Andrés dice profesar un gran respeto: la gaita.

—Aunque las he tocado, no las sé tocar. Es como que si para que sonaran como es debido debes haber nacido en Zulia –dice.

Sigue hablando con la pausa que otorga la respiración del tímido. Se suelta cuando toca y demuestra su talento en la mandolina. Entre los músicos abundan las miradas cómplices, las sonrisas fraternales: se nota que de verdad disfrutan lo que están haciendo. ¿Cómo se puede ser infeliz si se toca con tanto amor?

Andrés presenta a Jomar como a un amigo de hace años, casi como un hermano; descripción similar utiliza para referirse a Xavier, de quien agrega que toca tantos instrumentos que cualquier día le da por meterle a la mandolina y lo deja sin chamba. Por último, se refiere al percusionista Julio Estanga, a quien dice conocer poco, pero que al ser amigo de Jomar automáticamente pasa a ser su amigo.

—Además, se ríe de todos mis chistes. Por eso entró a la banda.

Carcajadas.

Hasta los músicos muestran complicidad: poco a poco, Andrés también se va soltando como orador.

Un pueblo diferente a los otros antecede a Cuando tus ojos brillan, una pieza para la que hará falta la aparición de una vocalista: será la primera interpretación de la mañana —que ya sabemos que esto se llama Noches de Guataca pero ocurre de día: gracias, inseguridad— que incluya letra.

Luisana Pérez emerge desde las sombras de las cortinas para repartir besos voladores y regalarle un abrazo a un Andrés que la acaba de presentar como una vocalista impresionante, de una voz hermosa. Los árboles, ya se sabe, son sensibles al canto de los pájaros.

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La canción que sigue hace un guiño a lo que acabamos de ver. Es un Pajarillo, interpretado únicamente con mandolina. A estas alturas, Andrés luce más fresco, Xavier hacer un chiste cada vez que puede, Jomar tiene pinta de estarse disfrutando todo y Julio, bueno, a veces es el único que se ríe de los comentarios de Andrés.

El concierto se ha caracterizado porque, de fondo, una pantalla muestra una foto alusiva a cada canción. ¿O sería preciso decir que cada canción se construye alrededor de la foto?  El caso es que Andrés se apoya de este recurso para darle fuerza a su discurso, con argumentos que a veces cojean y otras echan raíces.

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Cuando se muestra La creación de Adán, la famosa obra de Miguel Ángel, Andrés ve la imagen por unos segundos y luego voltea meneando la mano derecha de un lado a otro, como si se hubiese quemado:

—Este tema está candente –dice.

Expone, a continuación, algunas de sus creencias religiosas: dice que Jesús era negro; que su mamá lo trató de loco cuando se lo hizo saber; habla de la divinidad. Asuntos espirituales. Pero nada tiene suficiente sentido hasta que empieza a tocar. Otra vez los ojos cerrados, de nuevo esa sonrisita, y esos dedos salvajes que se comunican con las cuerdas. Andrés no necesita hablar de espiritualidad: lo que tiene que decir al respecto lo dice tocando.

La pieza se llama La existencia de Dios.

Van casi dos horas de concierto y el hombre-árbol se mece ahora con la naturalidad del que vive en el bosque. Sospecho que tiene ganas de quitarse los zapatos, pero encuentra la manera de desenvolverse bien frente al público: la timidez la transformó en ideas. Hizo fotosíntesis, pues. Tal es el caso que luego de unos cinco minutos se da cuenta de que está hablando sin micrófono. Se apresura a corregir su descuido. Igual no le hacía falta: la intimidad de la sala nos tiene tan arrobados que es fácil sentirse como en una pradera.

Suena Joropo Vegetariano.

Se va acercando la hora de cerrar, pero antes tiene preparada una parranda. Para eso, llama a escena a una amiga. Dice que la admira tanto que está a punto de tatuarse su nombre: es una vocalista tan magnífica, afirma, que quiere escuchar su voz todo el tiempo. Ana Cecilia Loyo emerge desde las profundidades del bosque, con ganas de besar y abrazar a todos sus amigos. Canta Barriga de aire, versión vegetariana. Porque sí, si no sabían, Andrés es (qué sorpresa) vegetariano: solo engulle lo que tiene su misma energía.

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Las últimas dos piezas –Efecto Lauro y Fábrica positiva– se interpretan con la intensidad a la que ya nos acostumbraron. Andrés habla del maestro Alirio Díaz y de Anterio Laudi, pone una foto de los llanos venezolanos (en los que se advierte, juguetones, la silueta de dos chigüires decididos a dar continuidad a su especie) y habla un poco de su ascendencia familiar. Todo como si se tratara de un Picnic. Pienso, entonces, que más que educación, el concierto tiene cierto aire hippy: sus valores son pacíficos y ecológicas. Lo cual no está mal, menos en tiempos tan violentos como los que atraviesa Venezuela.

Cuando los músicos se ponen de pie, se hace presente la única acción agresiva de la jornada: unos impetuosos aplausos.

           

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Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

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Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

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Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

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El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

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Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Martín Trío, Narrar en canciones

Por Lizandro Samuel

Fotos: Nicola Rocco

Rafael Martínez Mendoza rasga el cuatro y pienso que la intimidad es un tesoro que brilla más fuerte mientras menos ojos están sobre él. El músico da indicaciones, desde el centro del Espacio Plural del Trasnocho, a dos personas que están en la cabina de controles ajustando el sonido. Uno de ellos es José Cheo Mendoza, el baterista. Los inicios de las bandas se parecen a la vida de los deportistas amateurs: antes de que les toque firmar autógrafos, deben ser sus propios utileros.

Martínez ordena al bajista, Emanuel Guerrero, que se sume a la prueba. Emanuel camina con timidez. Ocupa su asiento y Cheo hace lo propio. Mientras veo a los tres integrantes de la agrupación Martín Trío ajustar detalles, a solo 40 minutos de que empiece su concierto, recuerdo un fragmento de La insoportable levedad del ser: “La persona que pierde su intimidad, lo pierde todo. Y la persona que se priva de ella voluntariamente es un monstruo”.

Antes de las luces y los aplausos, los músicos parecen actores de reparto en una película de bajo presupuesto.

Cheo, temblando —dice que por el aire acondicionado, aunque quién sabe si es por los nervios—, se dirige entonces al líder del grupo y gesticula llevándose varias veces la mano a su boca:

—¿No hay nada para comer? –pregunta.

Los artistas, fuera del foco de las luces, viven con la mundana opacidad del resto de los mortales: se ponen nerviosos, les ruge el estómago y se desesperan cuando las cosas no salen bien. Por eso separan su vida privada de la pública. En la intimidad, Charly García es un loco, Fito un antipático y Calamaro un irresponsable. En la intimidad, los integrantes de Martín Trío son tres tachirenses que sueñan con aplausos mientras se abalanzan al recién aparecido catering.

Con varios minutos de retraso, y luego de la insistencia del personal de protocolo, el público comienza a entrar. Son las 11:20 de la mañana del domingo 16 de septiembre y estamos esperando que arranque esto que se llama Noches de Guataca. El nombre parece una ironía cuando se entiende que es tan temprano que el Centro Comercial Paseo Las Mercedes, donde se encuentra el Trasnocho, ni siquiera ha abierto. Para llegar a la prueba de sonido tuve que entrar por el estacionamiento y descender hasta encontrar la única puerta sin bloqueos. Cada quien escoge con quien subir al ring: las Noches de Guataca reparte y esquiva golpes versus la crisis venezolana. Si viajar de Táchira a Caracas –como lo hizo Martín Trío– es considerado hoy día una hazaña, disfrutar de una noche de música en plena mañana es una paradoja solo entendible en estos tiempos que merecen ser narrados desde el arte.

 Rafael Martín Martínez, José Cheo Mendoza y Emmanuel Guerrero salen a la escena como niños que se preparan para un recital de colegio. Pero el aroma de la intimidad previa se evapora y los flashes hacen lo suyo: Martín y Cheo lucen otra camisa, con lo que dejan de parecer amigos hambrientos. Cuando la agrupación interpreta sus dos primeras piezas instrumentales (San Cristóbal andina y Preciosa merideña, de Chuo Corrales y Pedro Castellanos, respectivamente), el espectáculo termina de instalarse: tocan con la seguridad y el dominio da saberse escuchados.

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Finalizan las dos interpretaciones y Martínez comienza a hacer una de las cosas que mejor la saldrá en la jornada: hablar. No porque su voz o su destreza con el cuatro –y, en ocasiones, con la guitarra– no den la talla, sino porque cada interpretación se revaloriza con la explicación previa que ofrece el autor.

El cuento es este. Durante el 2016, Rafal Martínez se propuso componer una canción diaria. Como es tachirense —y dicen que los tachirenses aman el desafío— escogió un año bisiesto para semejante proyecto. A los incrédulos los convenció subiendo, día tras día, las partituras y la pieza  ejecutada a las redes sociales. El resultado fueron 366 canciones. Hoy no las presentará todas, claro. Y dice que no será por falta de ánimo, sino porque el recital tendría que incluir colchonetas, comidas, agua y baño. Además, de músicos suplentes.

El caso es que, según explica, de ese total escogieron un repertorio de 65 canciones para este concierto. Pero como les daba miedo que el público se quedara dormido o que a ellos se les fracturaran los dedos, decidieron dejarlo en 15. Eso dice Martínez, mientras cambia el cuatro por la guitarra y se dispone a iniciar la tercera interpretación del día: El despertar, una pieza que desarrolla en solitario, sin ayudarse ni siquiera con su voz.

El público se emociona. Tanto cuando suenan las canciones como cuando sabe que Martínez volverá a hablar. Rubén Blades alguna vez se definió como un cronista de canciones. Tanto le aficionaba contar historias que uno de sus referentes era Gabriel García Márquez: llegó a realizar un álbum de cuentos del Gabo. Martínez parece hijo de una escuela similar. Hay quienes transmiten emociones desde la contemplación. Él y su grupo lo hacen narrando: literalmente, dejan que su arte hable por ellos.

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Juancho y el anillo es una pieza divertida, que muestra a un tipo que le dedica una serenata a su amada con la esperanza de pedirle matrimonio. El anillo de compromiso debía llevárselo su pana Juancho, quien se distrae en el camino y olvida la misión. Como los mejores cronistas, Martínez deja claro desde el primer acorde que “esta es una historia real”.

Ahora interpretan Onda arrepentida, otra historia real de (des)amor; y Día 61, con la que Martínez ejemplifica lo que sucede cuando te pones a componer todos los días: ya no sabes qué títulos usar.

Después suena El restaurador y, volviendo a un solo de guitarra, Inocentemente.

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Las narraciones fluyen al ritmo de la música. Nos encontramos envueltos en un aura tan divertida, que el mundo exterior queda demasiado lejos. El arte existe para comunicar, mientras que los espectáculos logran su cometido cuando te hacen pensar que la realidad se reduce a ese instante. Si arte y espectáculo van de la mano, crean una ilusión de intimidad como la que vivimos ahora.

Primavera de oro, Indiferentemente (otra interpretación instrumental), Lo que puedo soñar (solo de guitarra).

Que si el viaje que hizo no sé cuándo y vio a unos bestias tumbando araguaneyes, que si la presentadora de TV con la que estaba flirteando Emmanuel, que si cuenta un chiste junto a Cheo o mejor relatan cuando pidió por redes sociales sugerencias para las composiciones y unos mil quinientos despechados le recordaron que la música es el bar de los que tienen el corazón roto. Todo esto me recuerda a Frank, el amigo de Juan Villoro que un día le espetó: “Opinar no es lo tuyo: los confundidos escriben historias para que los demás opinen”.

La jornada pasa tan rápido que casi que llega la Navidad sin que nos demos cuenta: comienzan a interpretar gaitas y parrandas. Las piezas favoritas de la mamá de Martín, quien, dice, era su principal crítica y solo mostró la típica benevolencia materna semanas antes de partir para siempre.

Se escucha una inhalación violenta y colectiva en la sala ante la revelación. Entonces caigo en cuenta de lo difícil que debió ser asumir un reto creativo tan grande. No porque las ideas pudieran escasear, sino porque en un año el mundo que conoces puede cambiar 365 veces o más.

Aguántame a Belén, Al padre de la gaita, Solo esperan y Sabor a isla (pura guitarra).

Tal como ocurre con las mejores películas, pasaron las 15 canciones y uno siente que compartió durante todo ese año con Martín Trío, cuyos integrantes se levantan y reciben un bien ganado aplauso. En ese momento, noto en sus rostros el retorno de esa sencillez que predominara durante la prueba de sonido, como si el pudor abriera paso a los hombres por delante de los músicos.

 “¡una más, una más, una más!”, pide el público. Cheo y Martínez se miran como preguntándose qué más pueden interpretar: les quedan 351 composiciones en stock. Juan Gabriel, con sus más de 1500 canciones, se sentiría orgulloso.

Suena El golpe y Día 66. Y ya va siendo hora de finalizar este concierto. “Así que de repente cerramos con algo especial”, dice Martínez, haciendo un guiño que no entiendo. María Teresa Chacín aparece de entre el público, poniéndose de pie con la elegancia que sabe mantener vigente una diva. Agarra un micrófono y De repente todos estamos cantando una canción que a estas alturas ya no tiene sentido (volver a) nombrar.

Cantamos, aplaudimos y todo acaba. Los chicos de Martín Trío dejan los instrumentos sobre el suelo, dan media vuelta y retornan a la intimidad de su camerino. Nosotros, el público, dejamos de ser tal para recobrar nuestra condición de actores dentro del drama de la vida y ya no de espectadores de lo que hacen otros. Pero algo se movió. Las crónicas cantadas siguen haciendo resonancia. Martín Trío toca para que otros opinemos en nuestra intimidad.

El día que más de dos le cantaron a San Juan

Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

Había manzanas, peras y naranjas a los pies de San Juan que estaba vestido de blanco y rojo. El santo viajó desde la comunidad El Pedregal de Chacao hasta el altar que construyeron en ese escenario, en torno al cual comenzaban a brotar algunas luces. Gente iba y venía y queriendo —y otros hasta por no dejar— pasaban ante la imagen alzando alguna plegaria y se persignaban con apuro, mientras le tocaban los pies a Juan.

A Juan, el santo.  Al querido San Juan.

Es domingo 24 de junio, su día. En muchos pueblos de Venezuela suenan los tambores en ritmo de sangueo desde la madrugada para rendirle honores al santo de los negros, que tanto escucha, al que tanto le cantan, el que concede, al que le bailan.  Todos le brindan respeto. Todo se vuelve baile hasta quién sabe qué hora.

Y eso era lo que estaba destinado a pasar en la guataca de ese día: que todos le bailarían a Juan, porque a fin de cuentas, él había dado permiso. Se dispuso el escenario, se afinaron los instrumentos, se calentaron los tambores y pasó: el dúo Aquí entre dos celebró al santo y junto a ellos, un público que, desde el principio tenía ganas de aplaudir.

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Ellos son Mauricio Marín y Mayra Sousa, quienes salieron al escenario como quien está en la sala de su casa para hacer del concierto una suerte de teatro que arrancó risas, mientras contaban porqué estaban ahí y no bailando tambores en Tácata. Y así, a capela, entre cantos y tambores, lo comenzaron a celebrar. “A celebrar tu día, con tu permiso, San Juan”.

(Aquí entre dos es una propuesta que explora los géneros tradicionales afrovenezolanos y los une con el pop y la balada. Mauricio y Mayra cantan; y con ellos, Jorge Ramoncini en el bajo, Winston Biur en el piano, José Luis Reyna en la percusión, y Luis Martínez y Gonzalo Martínez en los coros. También se esmeran en componer y arreglar sus propios temas para ir construyendo, poco a poco, su primera producción discográfica)

Cuando los músicos salieron a escena, pasaron primero por delante del altar de San Juan; le dejaron alguna ofrenda —quizá una fruta, un dulce—, se persignaron y siguieron el camino hacia sus instrumentos. “Te montamos ya tu altar, porque tú te lo mereces”, se había escuchado segundos antes. Y así, de repente, arrancaron a sonar a todo lo que daban con La vamos a pasar muy bien, de Ilan Chester.

La sala no estaba llena. Y aunque 40 minutos después de que comenzaron a cantar seguía llegando gente, nunca se llenó. Tampoco hizo falta. Quienes estuvieron ahí se encargaron de llenar los vacíos, con aplausos y bailes improvisados. Porque ahí estaba San Juan y por él habían ido. Por él y la música también.

Mauricio y Mayra, vestidos de blanco y rojo como San Juan, cantaron A mi manera, de Luis Laguna. Entre sangueo y sangueo, se atrevieron con varios temas de su autoría como Y así fue que te encontré, Cómo olvidarte o Esta forma de querer, en el que el pianista se lució con sus acordes. Ese tema, por cierto, fue escrito originalmente para salsa y fue por eso que Mauricio le pidió al público que hicieran la nota de los trombones y trompetas para acompañarlo. Entonces, el público obediente, tararareó, aplaudió y siguió el ritmo.

El golpe de Patanemo, el sangueo de San Millán, el tambor de Caraballeda o el de Guatire. Tras cada tema, con esa sonoridad pegajosa llena de arraigo, el dúo va animando con algunos covers: Canción para ti, de Frank Quintero, El sol no regresa, de La Quinta Estación o Como yo nadie te ha amado de Jon Bon Jovi, Richie Sambora y Desmond Child en la que, de repente, saltaron una vez más al sonido del tambor para seguirle cantando a San Juan.

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Fue así, entre tambores, que apareció Gonzalo Díaz con su voz y la guitarra de Aquiles Báez para todos juntos interpretar Si la tierra tiembla, uno de los temas claves de Mauricio, un golpe de la costa de Aragua con el que intentó conectar con el sentimiento más profundo de la audiencia: “Si la tierra tiembla, yo me quedo aquí, pa’ que no diga la gente que cobarde yo fui”, terminaron coreando todos.

Y ya casi cuando estaba terminando la guataca, los tambores sonaron con más fuerza. Se abrieron las cortinas, las puertas de la sala, y entraron mujeres vestidas de colores, con la potencia en la voz, con las caderas sueltas. Entraron hombres de tono afinado que se persignaron ante San Juan y cantaron tonadas de Vargas, y un poco de cada pueblo. Era la agrupación de música popular Shirapta Coa quienes le cantaron al público que se levantó a bailar y a aplaudir, que se olvidaron de sus sillas y se acercaron al santo para cantarle y alabarlo.

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Cuando se fueron, la sala quedó desordenada. Algunos del público se toman fotos con San Juan: le piden, le bailan y le cantan bajito aun cuando ya no hay música. Porque algo siempre estuvo claro: esa fiesta llena de tambores, no era solo entre dos.

Leo Blanco y su caudal de música

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Leo Blanco sale al escenario, se acerca al piano y retira la tapa superior. “Vamos a quitarle la ropa al piano”, bromea. Allí, de pie frente al instrumento, comienza a tocar las cuerdas internas de la caja de resonancia y digita simultáneamente algunas notas en el teclado. Quizás rememora sus primeros pasos en la música, como violinista de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Mérida.

Comienza a surgir algo agradable, estímulos para el oído y la conciencia, imágenes del Medio Oriente, del mar de Manicuare, de Boston. Es música que sana, que reúne, que ayuda. Leo vive en Estados Unidos y tenía mucho sin encontrarse con el público venezolano. La última vez fue en 2013, cuando presentó su más reciente producción, Pianoforte, en el del Festival El Piano y los Períodos de la Música, promovido por el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. De eso han pasado 5 años. Ahora es julio de 2018 y, ya que visita Caracas, quiso aprovechar para tender su mano: produce esa maravillosa música que sale del piano, para prestar ayuda al más necesitado. A la salud de los músicos, lleva por título este concierto benéfico preparado por Guataca en el Centro Cultural BOD.

 

Azul de Manicuare es el primer regalo de Leo Blanco a la selecta audiencia de la noche. “Mañana, canción azul / Soles despiertan el oleaje sin fin / Corales como joyas de arenal, / Niños vestidos de sal y espuma”, reza la letra del tema, que en su momento cantó Beverly Rego, en tributo al poeta Cruz Salmerón Acosta (Cumaná, 1892-1929). Ahora suena totalmente instrumental.

Luego de tocar Colores del sur, el músico hace su primera intervención para saludar. “Es un placer estar acá nuevamente, siempre es un sentimiento diferente tocar en mi país, este es un pueblo muy musical, y lo veo a diario en mis clases en Berklee, donde mis alumnos venezolanos siempre destacan por su humor, su musicalidad y sus ganas de echar pa’ lante”. Después comienza la próxima pieza de la noche: una genial versión de Tonada del cabrestero de Simón Díaz.

“Camino del llano viene, puntero en la soledad / el cabrestero cantando, su copla en la madrugá…”. La letra llega inevitablemente a la mente con aquella música que fluye como sangre en las venas. Leo Blanco tiene en sus manos la esencia de la tradición mezclada con lo que le aportan las músicas del mundo con las cuales está emparentado a diario. Por su cátedra en Berklee College of Music, pasan estudiantes de Latinoamérica, Israel, Palestina,  Marruecos, India.

En su perfil de docente de Berklee explica: “Mi objetivo es compartir mi entusiasmo y comprensión de los elementos de la música mundial con mis alumnos (…) He visto la emoción en las caras de ellos cuando reconocen conscientemente elementos de África, América Latina o los Balcanes, en la música de otras culturas. Puedo darles a conocer el poder transformador de la música y su capacidad de transportar a una persona al otro lado del mundo”.

El público en la sala viaja también con el concierto que ofrece el merideño, quien ahora interpreta un tema llamado Yemen, con marcada influencia de la música de aquellas latitudes. Leo Blanco combina la música de su piano con acompañamiento vocal, va entonando él mismo algunas de sus frases musicales, que esta noche cuentan también con el acompañamiento de Carlos Rodríguez, quien aporta un contrabajo con arco para este tema, y Carlos “Nené” Quintero en una exquisita percusión que puede incluir desde una caja peruana, pasando por sonajeros en los tobillos del artista, platillos o el sonido de un patito de hule.

Para rendir tributo al gran legado africano en Latinoamérica, Leo Blanco invita ahora al escenario a la cantante Ana Isabel Domínguez y al maestro Aquiles Báez, para interpretar Perú landó, un tema incluido en su disco África Latina. El poema Opalina de Beverly Rego acompaña esta interesante melodía.

Al presentar el Vals # 5, Leo Blanco bromea diciendo: “Les debo el 1, 2, 3 y 4, pero este fue el que más bonito me quedó”. En este tema pone a cantar al público, que en este punto es totalmente suyo.

El negro José de Aldemaro Romero inspiró el próximo tema, que Leo Blanco tituló El negro y el blanco, una relectura del clásico con todo su virtuosismo y tintes de joropo llanero incluidos.

Aquiles Báez reaparece en escena como invitado especial, esta vez por ser el autor del tema que interpreta Leo Blanco, A mis hermanos, una hermosa melodía que se ha convertido sin querer en un himno de los músicos venezolanos. “La música brasilera es famosa porque ellos tocan su propia música, como Chico Buarque haciendo música de Tom Jobim”, comenta el pianista antes de interpretar la composición de su coterráneo.

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Cierra la experiencia con el tema que da título a su disco, África latina, una composición donde se hacen presentes los ritmos, melodías y modulaciones vocales de aquel continente, mas no en sus formas genuinas, sino filtradas por el afinado criterio musical de Leo Blanco. “Yo vengo investigando y conociendo música del mundo y filtrándola desde lo personal. A veces se cae en esa discusión entre los tradicionalistas y los que empujamos la barrera; yo soy de los que empuja.  También soy protector de los tradicionalistas porque gracias a ellos he llegado hasta aquí”, ha dicho.

Allí está el Leo Blanco que se inició en la música en su Mérida natal, el que llega a la parroquia Candelaria de Caracas a finales de los 80, el mismo del Juan Sebastián Bar y Café Cristal, el director de la banda de Luzmarina Anselmi, el que salta a Estados Unidos a los 24 años y el que ahora con la docencia, retroalimenta y engrandece sus creaciones, pero también está el hombre solidario, quien se ha propuesto hacer música con propósito y ha venido ofreciendo conciertos a favor de causas benéficas.

“Yo creo que la música es como el agua, no se puede parar”, ha afirmado, y Leo Blanco es un caudal de creación cuyo fin no llegará ni con la muerte, pues su música suena y seguirá sonando por mucho tiempo en distintos formatos, como ya se puede constatar en Youtube. ¡Enhorabuena!

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En la casa de los juegos de Aquiles Báez

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Es como el niño que quiere mostrar su juguete nuevo a los amigos. Aquiles Báez sale al escenario y se nota ansioso, nervioso. Hasta los maestros se ponen nerviosos. Toma su guitarra acústica Hopf Dieter, la tropieza, el cable se enreda, y entonces suelta la primera broma.  Afina con delicadeza y precisión, apoyado en su oído y la tecnología. El silencio en la sala Experimental del Centro Cultural BOD denota el respeto de su público, ese que lo acompaña desde aquel disco, Aquiles Báez y su música de 1987, o incluso desde antes.

Móviles lleva por título la experiencia de este 8 de julio de 2018. Año y medio hacía que no se presentaba Aquiles Báez solo con su guitarra y hay expectativa por disfrutar lo que ha creado el maestro. Él mismo dice que es una máquina de creación y en efecto, está por arrancar un concierto que depara 16 temas de su autoría, más una sorpresa.

Registro se llama la primera canción que regala el falconiano a su público. Inspirado en la bandola venezolana, presenta un juego de acordes y sonidos diversos, con cadencias andaluzas  y aires que traen a la mente paisajes y sonidos locales y universales. A ratos, el artista coloca su mejilla en la caja sonora de la guitarra, la recorre mástil arriba y mástil abajo, le saca sonidos de todos sus rincones, se siente la intimidad entre el instrumento y su ejecutante, se intuyen largas horas de estudio y creación, de amores y desencuentros, como en toda buena pareja.

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Los primeros aplausos sacan a Aquiles Báez de su introspección. Toca siempre con los ojos cerrados y al abrir, está de nuevo el niño que parece decir, “¿vieron, qué fino mi juguete nuevo?”, “¡Vamo’a jugá!”. Y el juego apenas comienza.

El oriente venezolano y su olor salino se apodera de pronto de la sala con una Malagueña tan hermosamente rearmonizada que haría quedar sin aliento hasta al pescador más avezado. Huele a pescado fresco, a uvero de playa. Se escucha el masaje de las olas a la arena y es posible disfrutar incluso del amarillo azafranado del sol de Henry Martínez.

Si en 1994 regaló a la Humanidad, La casa azul, inspirada en su hogar en La Vela de Coro, esta vez Aquiles Báez comparte otro pedacito de aquel santuario personal con Mi patio, una joya llena de remembranzas y anhelos, con pasajes llenos de ternura, dulzura, brisa fresca y calor.

“Uno tiene miles de problemas y empieza a contemplar el Ávila y se te olvidan. Dios como que lo puso ahí para que los caraqueños nos sintiéramos felices”, comenta ahora el artista, a propósito del siguiente tema, un merengue titulado La montaña, dedicado al regalo más valioso de la naturaleza para este valle de Caracas que a veces parece no dar tregua a los ciudadanos. Allí están sus pliegues de todos los verdes posibles y sus motas de neblina, allí está su estampa, la misma que inspiró a Cabré.

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De pronto, una lágrima se desliza por la cuesta. Así es la música, entra sin filtros y provoca sensaciones indetenibles y este tema lo logra desde sus primeros acordes: Elegía en merengue es una hermosa canción dedicada al bajista Gustavo Márquez, gran amigo de Aquiles y del gremio musical, quien demasiado joven partió a tocar en otra dimensión. En la sala está su padre como camarógrafo, allí están sus amigos, sus compañeros de música, saltan de inmediato los recuerdos, sus risas y su don de gente. 

Con el mástil hacia Latinoamérica

Si algo distinguió este recital –y lo que ya es el disco que pronto saldrá al mercado—es la apertura de las composiciones de Aquiles Báez hacia otras músicas latinoamericanas que lo apasionan desde siempre, pero en las que se había inspirado poco para sus creaciones, más influenciadas por música venezolana de raíz tradicional y jazz. Como muestra de ello, ofreció un tríptico compuesto por Samba pra uma Regina, dedicado a Beth Carvalho; otro titulado, Para Chabuca, un landó peruano tributo a otra reina, Chabuca Granda; y Un tango para Astor, como homenaje al inolvidable Piazzola. Cada tema con un profundo respeto por la tradición, por los personajes homenajeados y por su música, amén de una complejidad técnica y un refinamiento estético, exquisitos.

Superada la mitad del espectáculo, el guitarrista compartió con los presentes un tema compuesto para su esposa, Ana Isabel Domínguez, “esos amores que uno tiene en la vida, que duran para siempre… mi compañera, la mujer de mi vida”. La negrita es un sabroso merengue donde lo lúdico y lo virtuoso, juegan con lo sublime y lo tierno.

Siguiendo en la onda latinoamericana, esta vez le tocó el turno a Zamba de la Luna Violeta de Juan, dedicada a Luna Monti, Juan Quintero y su hija Violeta. Y como para que no quedaran las dos seguidas, intercaló otro tema a su pareja, titulado Para ella, con aires de la sierra falconiana, terruño de la médica y cantante, Ana Isabel Domínguez.

Impregnado de su experiencia en música para cine, Aquiles Báez apuesta igualmente por creaciones con una búsqueda más dramatúrgica, si se quiere, donde el relato y el artificio juegan a favor de crear atmósferas determinadas. Es el caso de Aguaceros en mayo, un tema que explora el sonido de las gotas de lluvia sobre los techos de zinc, y la ambivalencia de ese fenómeno natural que puede significar regalo, alimento, inspiración, pero también dolor, destrucción, muerte. Ahora tiene entre sus manos una guitarra electroacústica Godin, que le funciona para crear reverberancias y otros efectos de sonido, que suman y enriquecen el experimento.

Hay algo interesante en la música de Aquiles Báez, al menos en este repertorio: en líneas generales, siempre genera bienestar, placer, felicidad. Incluso, temas como Aguaceros en mayo, presentan más la cara amable de la lluvia; es difícil en esta y en otras canciones, encontrar algo que inquiete o perturbe el estado de paz que hay en la propuesta del artista.

Experiencias que generan música

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La historia del Señor de Bom Fim que condujo con bien a los pescadores en Salvador de Bahía, inspiró Baiao do Bom Fim. Su paso por un monasterio benedictino en Austria y el sonido generado por las campanas del lugar, produjo el tema titulado Gottweig, también impregnado del recurso cinematográfico para contar una historia, con efecto de campanas incluido. El sonido producido por móviles en el patio de su casa materna, dio pie a la composición titulada Móviles que a su vez, dio nombre al espectáculo y disco. Y Cartagena de Indias, Colombia, le trajo la inspiración para componer Muralla, tema con el que cerró el concierto.

A la petición de otra, el artista propone improvisar. ¿Merengue? ¿Venezolano o dominicano? ¿En modo menor o mayor? Y es como un túnel de colores, con nuevos pasadizos, inventos, sorpresas: ¿Y si le ponemos una letra actual? Vienen alusiones al Mundial de Fútbol, el humor de Aquiles Báez, su locura, es su casa de los juegos.

Los genios son así, pueden ser amados o despreciados, pocas veces comprendidos, con una necesidad de crear permanentemente y mostrar lo que hacen, con un don para el trabajo impresionante. Así es Aquiles Báez. Y es que hasta su cabello que inicia la experiencia medianamente peinado, acaba el concierto agitado, como el de Eisntein o Reverón. Se nota lo vital que es un espacio como este para él. La historia ya guarda un lugar para este músico, compositor, gestor cultural y defensor de la música y los músicos venezolanos.

Aquiles Báez lo hizo de nuevo, sacó no uno sino todos sus juguetes y los compartió generosamente con un público que le agradece ser y hacer en Venezuela.

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Cuando Oh Project suena

Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

El cajón se escucha muy alto. Aquiles Báez, el maestro, lo dijo dos veces y, al parecer, la voz de ella se está comiendo a todos los instrumentos. “No te emociones tanto, bájale al cajón”. Ensayan Pajarillo y dos veces tuvieron que parar la música. El sonido, algo pasa con el sonido: hay que ajustarlo para que los instrumentos no queden perdidos. Faltan cinco minutos para dar sala y hay una voz que no ha ensayado todavía. “Estamos sobre la hora”, insiste Aquiles. “Solo una estrofa”, maestro. “Recojan los bolsos, revisen los parales, ¿tienen agua?”. El tablao no necesita micrófono, la fuerza del taconeo sobre él alcanza a todos. Se sabe porque mientras se van, ella baila. Entonces, dan sala y se desaparece por una esquina. Nada de esto es improvisado, o sí. No era falta de tiempo, pero las once de la mañana les llegó pronto y antes de que todos se refugiaran tras el telón negro, al músico le dio tiempo de tomar una foto a su contrabajo que se quedaba solo sobre el escenario. “Esta es la noche que comienza más temprano en mi vida”, se escuchó por ahí.

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El ambiente se llena de silencio, uno tan importante como el sonido previo. De a poco, el murmullo del público se acerca caminando; gente que llega en conversaciones dispersas, gente que va a esa sala por primera vez y se confunde comprando los asientos. Pero no importa, le dicen, se ve bien igual. Se escucha bien. Por unos instantes, solo se habla de filas y el número de las sillas. En la sala hace frío y detrás del telón negro alguien pide café. Lo pidió hace rato, pero no había.  Hay frío y no hay café.

Son las 11:14am y se apagan las luces. Silencio. No hay guataca sin esa noche pintada.

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Cuando los tres músicos de Oh Project aparecen en el escenario, lo hacen de jean y chaqueta: Luis González en el tres cubano, Luis Freites en el contrabajo y Julio Alcocer en la percusión. El aplauso es sonoro y se contiene de inmediato cuando comienzan a interpretar Adiós Juan Segundo. El cajón hace de las suyas o, mejor, las manos de quien lo toca. Es lo que pasa con el sonido cuando se transforma en emoción. Nadie la ve, pero ella en su asiento C3 improvisa un baile con Aleja. Va marcando el compás con las manos y las piernas, mueve los hombros y eso pasa también dos filas más adelante. Cuando el aplauso se extiende por la sala, Luis —abrazado a su tres cubano— dice que no sabe si dar las buenas noches o los buenos días. Es lo que pasa en esos encuentros de guataca casi rozando el mediodía.

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Entonces, llaman a Nathaly Acedo y ella entra, con un liqui liqui a punto para decir bajito “tan temprano y no amanece, dónde estás luz de día”, con esa tonada melancólica que deja la sala en silencio y que solo se rompe con el sonido de su voz y el contrabajo que va guiando las notas hasta el Pajarillo y hasta ese grito de “¡arriba Venezuela!” que hace que el público aplauda, siguiendo la música. Ella baila, las caderas de Nathaly bailan y nadie sabe si su voz se está comiendo los instrumentos como en el ensayo porque todos cantan también. Justo antes de que todo eso empezara a ocurrir, entró en escena un cuatrista y se sentó a ejecutar su música. Era Xavier Perri y nadie lo presentó porque se les olvidó, pero él sabía que tenía que salir al escenario para que todos se rieran luego del despiste.

Pero a Aquiles sí lo presentaron. Pasó cuando Julio —sentado sobre su cajón— contó que tocó por primera vez con él en Hong Kong, tan lejos de casa. Y así fue como comenzaron a interpretar El cruzao, de Ricardo Sandoval. Aquiles cerró los ojos y los dedos volaron sobre las cuerdas, también en un solo de cuatro, la contundencia del contrabajo y el son del tres. Aquiles se queda también para Viajando, un tema de Luis González, porque lo que pasa es que en Oh Project no solo van agregando sonidos del mundo, sino que también mantienen el cancionero popular con composiciones propias. Terminan con la risa como nota principal, todos se van y solo se queda Julio, con su cajón.

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Y fue en ese instante cuando ella apareció y saludó con la mano al público. Era Stefany Vivas, bailaora de flamenco y Julio la vio entrar y se rió porque la iba a presentar, pero se adelantó y está bien, porque el tablao la esperaba con su vestido morado y Julio también y la recibe con palma y zapateo, a ojos cerrados. Olé, dice Stefany. Olé, dice el público mientras el baile se vuelve profundo, rápido y conquista a todos en la sala por un buen rato. Pero se va y les dio tiempo de presentar a Gonzalo Díaz antes que saliera solo detrás del telón. Y el cantante aparece con su voz potente para interpretar “Cómo quieres que te diga”, también de Luis González que sigue abrazado a su tres, disfrutando todas las notas.

Nadie sabía que ese era el último tema y no advirtieron cómo, o quizá sí, pero el público estaba de pie y aplaudía y pedía otra, otra, otra, porque el tiempo había pasado rápido. Por eso todos volvieron al escenario: Xavier, Nathaly, Stefany, Aquiles y Oh Project completo para que Gonzalo cantara Al son de ella y así todos pudieran corear y bailar “eso me pasó con ella, cuando bailaba con ella”. Aquiles improvisa unos pasos de salsa, el público aplaude y baila. Están de fiesta a pleno mediodía y aunque al final, justo al final, el sonido quiso hacer de las suyas, se vuelven quietud para despedirse con Receta do Samba y así cerrar la guataca con el aplauso emocionado. Ese sonido que siempre queda retumbando cuando ya sala está vacía.

Na’guará de sonido

Por Adriana Herrera
Fotografías:  Nicola Rocco

Si se va a buen ritmo, la distancia entre Barquisimeto y Caracas en carro, se puede cubrir en 4 horas. En avión son apenas 30 minutos, pero hay que sumar la espera previa en el aeropuerto y la que sigue después para buscar el equipaje y subir desde el mar a la ciudad. Entonces, quizá tome el mismo tiempo llegar, y es un viaje lento y curioso cuando ocurre por primera vez y más, si tienes instrumentos en la maleta. Llevar la música de viaje es entender que no tiene fronteras.

Sí, era la primera vez que Daniel, Freddy, Luis y Luis Alberto viajaban a Caracas a tocar, desde su Barquisimeto natal. Como sea, la capital deslumbra, va a otro ritmo y es fácil dejarse caer en su letargo de ciudad agitada. Por eso, cuando llegaron una hora tarde a la prueba de sonido, lo hicieron con premura, pero con la confianza de que todo saldría bien y a tiempo. Ese domingo, Na’guará de Ensamble haría su primera presentación ante el público capitalino y los nervios estaban dispuestos sobre el escenario.

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Flauta, cuatro, bajo y maracas aparecieron con timidez bajo la luz de la guataca. Las 34 personas que había en la sala aplaudieron cuando Aquiles Báez dijo que traer artistas emergentes desde otros estados era una forma de resistencia cultural, para construir la Venezuela posible desde la esperanza.

Entonces, comenzaron a sonar.

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“Son demasiado guaros”, dijo alguien desde el público y todos estallaron en risas: Daniel Barragán en la flauta, Freddy Rangel en el cuatro, Luis Alberto Ulloa en el bajo y Luis Moreno en las maracas, el mayor del grupo y quien se volvió la voz del grupo para agradecer entre tema y tema, echar algún cuento y bromear con la audiencia: “Tenemos el corazón lleno de buena música. Estamos aquí y el ambiente nos hace ser cariñosos, pero no crean que vamos a estar todo el tiempo así”, dijo justo después de que interpretaron Creo que te quiero, de Luis Laguna.

En Barquisimeto el que no toca, canta y el que no canta, baila. Por eso, los nervios del ensamble iban fluyendo a medida que iban paseándose por su repertorio: Humildad, un popurrí al que llamaron Na’guará porque no sabían qué nombre ponerle, Los doce, y para cuando llegaron a una danza zuliana con estribillo atravesao’, ya estaban más cómodos en ese escenario citadino. “Salimos de nuestra zona de confort que era la música llanera, para explorar otros géneros venezolanos y así nos paseamos por distintos sonidos. A mí me dieron unas maracas cuando comencé a caminar y ahí me quedé”, dijo Moreno.

Entonces, dos temas de Aldemaro RomeroEl catire y Carretera— como un homenaje al maestro donde se lució la flauta de Barragán. Luego, un joropo oriental, El Cruzao, un tema exigente que les dejó los brazos livianitos y justo ahí apareció Emil Brizuela, violinista inesperado dentro de la guataca, coincidencia de amistad con los barquisimetanos y quien se unió a ellos en Suplicante, un vals que tornó el ambiente íntimo, sereno y que luego se volvió contrapunteo con la flauta al interpretar El sinvergüenza. Y justo allí, el ambiente fue propicio para interpretar algunas piezas de Aquiles Báez que apareció tras el telón negro para aplaudirlos, agradecer y sonreír.

Si algo inspira a este Na’guará es escuchar al Ensamble Gurrufío, referencia absoluta para sus ejecuciones. Cuando se animan con El vuelo de la mosca, que tiene un arreglo para mandolina, lo hicieron con la flauta y ante tanta exigencia, Daniel —el flautista— no se quedó sin aire y arrancó aplausos que se volvieron susurros ante un tema de su inspiración, Mi sentir. Y así siguieron con Ay, compai y Atardecer, con la variación del bosanova, sin dejar el toque venezolano, para cerrar con Canta y toca y un solo de cuatro breve que despertó todas las notas.

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