Las notas afinadas de los Enbandola’os

Por Adriana Herrera
Fotografías: Nicola Rocco

 

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Una vez escuché que a la ciudad, a Caracas, le hacía falta llenarla de música. Y quizá sea un atrevimiento comenzar este relato con ese recuerdo, pero eso es lo que vino a mi mente al entrar en la Sala Plural del Trasnocho Cultural tan temprano y verla vacía, llena de sillas negras, numeradas, entre ese silencio de madera que le viene desde el suelo. Pero no solo se trata de ese espacio y los instrumentos y las notas que se forman en el aire; es también la gente que lo llena, la gente que escucha. Y ese domingo -el día que recordé la frase- al cabo de un rato la sala finalmente se llenaría de música, de gente con ganas de escuchar y hacer ciudad.

Cuando se encendieron las luces de la sala, entró el técnico, escalera en mano, a probar que no fallaran; los demás acomodaron las cámaras, dispusieron las sillas en el escenario y buscaron lugar para el cuatro, las maracas, las bandolas. La promesa de esa noche de guataca mañanera era llevar al público a un paseo por el sonido de las bandolas y cuatro músicos serían los encargados: Ricardo Silva (maracas, cuatro, bandola guayanesa y guaribe); Alfredo Gutiérrez (voz, maracas, bandola llanera); Gustavo Bencomo (bandola sucrense, cuatro) y Carlos Lozada (bajo). Ellos son los Enbandola’os.

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Pero esa sería una presentación distinta. Músicos y público harían un experimento: el de entender el sonido de las bandolas a medida que se pasearan por las regiones y los distintos géneros. Así, cuando fueron recibidos entre aplausos y comenzaron a saltar las notas de la bandola guayanesa con Gran Sabana, de Gerson García, nadie sabía -o quizá algunos del público sí- que las bandolas tienden a desafinarse por los cambios de temperatura o ejecuciones muy largas, pero lo explicaron allí mismo entre el saludo y la risa, dando tiempo a que volviera el sonido adecuado para invitar a cantar a Milagros Figuera un joropo tradicional, La Josa, que agarró fuerza desde la esquina de su voz. Y como en los espacios donde la música sucede, puede pasar cualquier cosa, en medio del canto entraron dos bailarines a escena y se esmeraron con los pasos del joropo, ese baile que sonríe como la flor que llevaba en la cabeza la dama que bailaba, mientras Milagros agitaba las manos marcando el ritmo de esa josa en Guayana que echaba pa’lante y pa’tras.

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Y así, entre afinaciones y la cercanía con el público, los músicos se paseaban entre los instrumentos dejando datos sueltos, como que la bandola maneja otros géneros, por ejemplo, y así interpretaron un vals con polska, también con la bandola guayanesa que antes había sonado a joropo; o como que esa bandola se toca con pajuelas hechas de carey y que lo que la distingue de la bandola de Guaribe es la ejecución. Guaribe, ese lugar en el estado Guárico donde, al parecer, todos nacen ya con una bandola amarrada al brazo. Eso es lo que cuentan los Enbandola’os.

 A estas alturas de la Guataca, el público ya ha llenado de calor la sala y las bandolas se afinan más rápido y los músicos se van turnando para echar uno que otro cuento. Aparecen los bailarines otra vez, son María Gómez y Rubén Matheus que hacen volar las alpargatas mientras bailan un popurrí de Juan Esteban García, con la bandola de Guaribe marcándoles el paso. Y entonces, aunque Guaribe sea llano, se atreven con unos pasodobles, porque el instrumento les da para eso y más. Por eso uno de ellos, que se puso a hablar mientras el otro afinaba, contó que el buen trabajo consiste en investigar bien los sonidos, conocer el instrumento y hacer bien los arreglos para que la gente lo disfrute.

 

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Y ocurre. El disfrute está ahí cuando comienza a sonar la bandola llanera con un tema de The Beatles: And I love her, o cuando el maestro Ismael Querales sale detrás de la cortina negra, agarra unas maracas y se pone a cantar, mientras el público lo aplaude con ganas. Y cuentan, mientras afinan otra vez, que Milagros –quien los escuchaba sentada entre el público- e Ismael son como los padrinos de los Enbandola’os y por eso no podían faltar a esa fiesta, que era como una clase llena de sonidos. “Toquen mal, pero afinen bien”, dijo uno de los músicos y todos rieron justo antes de cerrar ese set llanero con la Mujer del pollo, de Querales.

 Entonces, ahí estaba Gustavo Bencomo, concentrado en su cuatro desde que comenzó el concierto y al que le soltaron la bandola oriental para abrir con un polo carupanero y luego un tema de la autoría de Alfredo Gutiérrez, La Vagabunda, que lo hizo reír desde que lo presentó. Ahí se lució Gustavo con Entrada a Cumanacoa, de Daniel Mayz, un vals que hizo que los baladores se pasearan nuevamente por el escenario, haciendo maravillas con sus pies.

 Y como pasa en los espacios que se llenan de música, el tiempo transcurre más rápido que de costumbre y los Enbandola’os ya iban cerrando la Guataca, pero lo hicieron con una invitación: que el público se levantara e improvisara algunos pasos de joropo. De repente, Ismael Querales por un lado y Milagros Figuera por el otro, de estribillo en estribillo. Y eran las maracas y la bandola sonando a todo dar y las voces agolpadas entre los pasos del público que ya bailaba por el escenario.

 Al final, un aplauso prolongado, las luces de la sala que se encienden para decir que todo terminó, pero el público siempre terco pide otra y ellos improvisan un joropo que les salió afinadito, que hizo que la sala se llenara de gente, de música, de ciudad.

 

Luisana y Ariana Pérez, la música como fogata familiar

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Luisana y Ariana, las cantantes, son hermanas. El clarinetista también. En el cuatro está la tía. En la guitarra, el esposo de Luisana. Uno de los percusionistas es el novio de Ariana; el otro, hijo de Luisana. Así han sido siempre las cosas en el seno de Las Voces Risueñas de Carayaca, legendaria agrupación del estado Vargas: para ellos, la música es calor familiar.

Es domingo 3 de febrero, fecha del primer recital de la primera temporada de Noches de Guataca de 2019. El público ya está ahí, en las sillas del Espacio Plural del Trasnocho Cultural para escuchar a las protagonistas del concierto: las hermanas Luisana y Ariana Pérez, quienes entran al escenario con ofrendas, cantando salves a la Cruz de Mayo: Convido, Salve de los Navegantes y Salve del Carmen.

El público se convierte en familia también, alrededor del fuego sagrado que es la música y la tradición. En escena hay un altar donde resalta la Cruz de Mayo. Hay varias cruces de distintos tamaños adornadas con papeles de colores, y una cesta de frutas está en el centro. Al otro extremo, hay dos pequeños: la figura del Niño Jesús, y Pedrito, el hijo de Luisana, el percusionista.

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Un día antes se ha celebrado el Día de la Candelaria, que cierra para muchos el período de la Navidad. Pero las hermanas Pérez se toman la licencia de regalar cantos a la cruz, al Niño Jesús y a San Juan.

Tras terminar los cantos a capela, empieza la fulía. Ah, malhaya un corazón palpita con cuatro, guitarra, dos tambores, una charrasca de madera y un plato de peltre. Quienes están en el público escuchan embelesados a Luisana percutiendo el elemento metálico con un cuchillo de mesa, como si fuera una charrasca. Por su aspecto pelado y golpeado, el instrumento debe haber acompañado muchas fulías, parrandas y aguinaldos.

Un plato. Comida. Hospitalidad. Calor. Es como estar en la casa de los Pérez en Carayaca. El sitio por excelencia de las reuniones familiares suele ser la cocina y es precisamente allí donde parece desarrollarse una experiencia que conecta con la tierra, con las raíces, con la esencia. 

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Las primeras décimas son recitadas por la tía Loreley Pérez, actual directora de Las Voces Risueñas, quien en esta oportunidad se destaca con el cuatro. Le sigue el esposo de Luisana, Javier Marín, quien está como guitarrista y bromea diciendo que las suyas no son décimas, sino “pésimas”.

Adiós pero mira vale y Emiliana, son las dos fulías que le preceden y tras un par de décimas más, el bloque de música a la Cruz de Mayo cierra con El cumanés.

Ariana tenía cuatro años cuando se montó por primera vez en un escenario. Se celebraba el 50 aniversario de Las Voces Risueñas de Carayaca en el Aula Magna de la UCV. Justo antes de entrar a escena, se les escabulló a los adultos. Una niña vestida de angelito era buscada afanosamente para el nacimiento viviente. Finalmente apareció y la actuación se llevó a cabo.

Veinte años después, Ariana quiere volar. Ahora coquetea con la idea de una carrera como solista. Y vaya que tiene con qué: su voz es dulce y afinada, tiene swing para cantar los ritmos tradicionales y su belleza y frescura hacen suspirar a varios en el público. “Yo voy a buscarme un novio porque me quiero casar”, reza el pícaro coro de El novio, tema de Nicolás Sanabria que le funciona perfectamente para brillar como cantante.

Luisana, por su parte, quien ya despegó con su carrera como solista, tenía preparada una canción de Humberto Troconis titulada Vieja Maiquetía, un vals que interpreta acompañada de la guitarra de Marín y el clarinete de su hermano Sergio. El tema provoca lágrimas de emoción en algunos, no solo por la cautivadora voz de ella, sino por los pasajes conectados con la añoranza y la nostalgia por aquel lugar de la costa varguense. “Tus calles, tus playas, reflejan en mi alma / todo aquel pasado que vibra en mi ser”.

Luisana, también fagotista,  es una de las voces referenciales del canto femenino de Venezuela en la actualidad y grabó un disco como cantante titulado Como la espiga. Luisana y Ariana llevan en su voz el sello indiscutible de aquella agrupación familiar surgida en los años 50 en Carayaca para marcar un hito en la historia de la música venezolana.

Pedro tiene nueve años recién cumplidos. Está atento a lo que pasa en escena. Tiene la seriedad de un músico de mayor edad. Sentado, sus pies aun no llegan al suelo. Se coloca el tambor entre las piernas, y sus manos empiezan a percutir perfectamente el 5/8 de un merengue venezolano. A veces se le resbala el tambor, pero la concentración y su actitud son tales, que no importa. Es el percusionista estrella del concierto junto a Pablo Quintero, el novio de Ariana. Es como si tuviera un carrito entre sus manos. Ha crecido cantando y jugando entre instrumentos musicales, como todos los demás.

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Viene el bloque de los aguinaldos, que se pasea por los más tradicionales de Las Voces Risueñas hasta los más contemporáneos. En el portal de Belén es de Emma Díaz, y La noche más bella, de Emma Díaz y Luis Pérez Padilla —abuelo de las cantantes—, respectivamente, ambos fundadores de la  agrupación.

Luisana comenta que este aguinaldo ha sido cantado a dúo por tres generaciones: Tirsa (su tía abuela) y su hermana Fanny; sus tías Loreley y Flor, también hermanas; y ahora ellas dos. Cuando terminan la interpretación, el público les regala un caluroso aplauso.

Destellos de luz pone a prueba varias de las facetas de Luisana. Además de cantar y tocar fagot, es la autora de la letra, a la que Javier Marín puso la música. Se trata de un aguinaldo de gran delicadeza, que expresa la devoción por el Niño Jesús, con la ternura y belleza que caracteriza mucho del repertorio decembrino, y los tintes más vanguardistas de la música universal.

El aguinaldo de Flor Pérez Évora, La luna del niño, cierra la sección de los aguinaldos, con un arreglo nuevo de Marín. La autora, presente en el público, aplaude de pie y agradece a los músicos, su familia.

Tras los llamados de San Juan, las hermanas Pérez se entonan unos golpes de tambor de Tarmas con dos cumacos que vibran en el pecho y retumban en toda la sala: Corozo, Embálame la maleta, Pájaro negro y Jinca. Parranda de La Candelaria cierra el concierto honrando a la Virgen cuya devoción se celebra cada 2 de febrero. Aquiles Báez, Flor Pérez Évora, Andrea Paola Márquez, y otros invitados del público se suman a la fiesta final del concierto.

Alguna parte del cuerpo siempre se mueve inevitablemente ante el toque del tambor, algunos aplauden. Provoca bailar. Es nuestra música, nuestro sabor. Venezuela, como todos los países, tiene problemas y defectos, pero también cuenta con maravillas como su música, su gente, su calor de hogar.  Como sus familias. Pedrito, Ariana, Luisana, Loreley, Tirsa, Luis, Javier, los Pérez, los Marín. Es en la familia donde está la clave del desarrollo de los pueblos porque fomenta valores, tradiciones, rituales de la civilidad. Sería fundamental alimentar esa fogata familiar para tender a mejores personas. Luisana y Ariana son una muestra de ello: bellas, buenas personas, grandes artistas.

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El bochinche de Los Ponsigué

 Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

 

En el escenario quedó el desorden de instrumentos, de envases de agua mineral vacíos, de algunos cuadritos de queso blanco en una bandeja. Todos, el público y los músicos, habían salido de allí aún con el joropo estribillo bajo los pies a buscar un vasito de ponsigué que no se podía tomar en la sala. El ponsigué, ese licor fuerte y dulzón que sabe al oriente de Venezuela o a ese lugar donde crezca una de sus matas silvestres o al patio de los recuerdos de quien lo vaya probando. Afuera, la botella iba de mano en mano y no faltaban los abrazos, la risa alta, el aplauso. El grupo Los Ponsigué había armado un bochinche en la sala que fue, durante dos horas, una celebración a la música oriental y que terminó justo así: en la informalidad de brindar con un sorbo de tan criollo licor.

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Apenas unos pocos minutos antes de eso, ellos: Cyntia Irady (voz y caja), Gustavo Bencomo (voz, bandola, sinfonía y mandolina), Reinaldo Chacón (maracas), Xavier Perri (voz, bajo y guitarra) y Andrés Cartaya (voz, cuatro, acordeón) se habían abrazado emocionados, ante un público que los aplaudía con ganas después de sus clases improvisadas de joropo que consistían en: mover las rodillas, no levantar los pies del suelo y moverse despacito. Y terminaron en eso, porque alguien dijo que el bochinche estaba bueno y que lo único que faltaba era bailar. Claro, todo era parte del show, pero los asistentes aceptaron gustosos y divertidos eso de llenar la sala con sus pasos recién aprendidos.

 Por eso era mentira que el concierto se terminaba con El Borbollón y Andrés Cartaya haciendo galas de los sonidos apurados de su acordeón. Para ese momento, ellos seguían sentados alrededor de la mesa que sostenía algunas de sus partituras, pedazos de queso blanco y una botella con ese ponsigué que se servían de tanto en tanto. Habían bromeado toda la velada, arrastrando las palabras orientales, haciendo reír a un público que seguía sus notas con atención. Decían que ese, su primer concierto guatequero, era como hacer un ensayo. Y fue así como se pasearon por fulías, gaitas margariteñas, una gaita antillana, algún corrío menor, joropo, alguna jota.

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 De sus voces e instrumentos saltaron las composiciones de Hernán Marín (La Guacharaca), de José Julián Villafranca (El Pintor), de Chelías Villaroel (Entre pajarillos), de Pedro Silva (El Burro), de Eugenio Toledo Mota (El joropo de Toledo), de Pedro Carrasquero (Diccionario oriental y Zapatos maqueros), de Gerardo Oyoque y el propio Gustavo Bencomo (Los laberintos) y varios temas más de Cartaya como El ponsigué, A la media diana o Los personajes. También saltaron los nombres de Luis Miranda, el de Remigio “morochito” Fuentes, con su joropo, o el de Guillermina Ramirez  y Paula Núñez con sus fulías. Todo era una exaltación al floclor oriental, lleno de sonidos, de notas tocadas con precisión.

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 El único momento en que no hubo bochinche fue cuando Cyntia —la lidereza, como le dicen— se despojó de su caja de madera e interpretó Malagueña del mar, una canción que escribió Ana Cecilia Loyo inspirada por una fotografía de alguien que estaba viendo por primera vez el mar. La foto, que era a blanco y negro, y mostraba a Juan Felix mirando hacia allá, hacia el mar, colmó toda la sala. Como la voz de Cyntia que buscó sus matices más dulces para llenarlos a todos de emoción.

 Ya para ese instante, Cyntia se había animado a tomar un trago de ponsigué porque dijo que no tomaba, aunque nadie le creyó. Y lo que pasó antes de todo eso fue que la mesa estaba dispuesta ahí en el medio del escenario, rodeada de instrumentos e iluminada tenuemente. Lo que pasó fue que mientras el público buscaba sus asientos, ellos mismos —los músicos— iban entrando como si tal cosa a la sala y saludaban a quienes se encontraban a su paso. Entonces, ese público no tuvo que esperar a que se apagaran las luces para verlos salir detrás de la cortina negra, porque ellos estaban sentados allí, entre las butacas, esperando que la guataca —que eran ellos mismos— comenzara. Se distinguieron por sus sombreros orientales, por la flor que Cyntia lucía en la cabeza. Y cuando los presentaron, ellos mismos se aplaudieron. Y caminaron hacia el escenario. Y fue así como comenzó el bochinche.

El concierto de Andrés Palmar, el hombre árbol

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

Sobre el escenario, Andrés Palmar parece un árbol que no sabe cómo sacarse la timidez mientras habla. Flaco, alto, barbita: gestos de bonachón perdido en la jungla. En la jungla de la vida, supongo, aunque también  —y sobre todo— en la de Venezuela. El público lo ve fijamente, sus músicos lo escuchan y él comienza a hablar: “Este es un concierto educativo”, dice. ¿Educativo por qué? Porque se encargará de difundir valores y de hablar de la Tierra y otros asuntos ecológicos.

A continuación, se quita los lentes y comienza a tocar.

           

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La prueba de sonido, terminada minutos antes, resultó amena, agradable. Precisemos: ruidosa, con intercambios de palabras fraternales, con sonrisas de los músicos y saludos llenos de afecto. Andrés no lucía nervioso. Y el resto de los músicos se acompasaban a su tranquilidad. Sus movimientos eran los de una brisa calma que ordena el ambiente. Los ingenieros de sonido siguieron afanados en su labor; un técnico movía una gigantesca escalera por todos lados: acomodaba un bombillo aquí, otro allá. Y llegó el momento de que los protagonistas de la jornada se refugiaron en el camerino, ahora sí con algunos gestos temblorosos.

Mientras se cambiaban, el bajista Xavier Perri comentó con sorna un chiste que surgió en algún grupo de WhatsApp. Por ese medio, se compartió una foto de Andrés en Globovisión. Alguien la editó, señaló sus pies con retoques al estilo Paint y escribió: “Al menos ya usa zapatos”.

—Es que yo antes tocaba descalzo –le explica Andrés.

Ya se sabe: los árboles necesitan estar siempre conectados con la tierra.

 

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La primera canción la compuso el propio mandolinista y se llama —¡vaya sorpresa!— La casa del árbol. No se trata, que quede claro, de una casita sobre unas ramas, sino un homenaje a la casa de los humanos y de los árboles: la Tierra. La música nos hace sentir como hojas acariciadas por la brisa. Casi parece mentira que ese flaco de movimientos reprimidos toque la mandolina con tanta soltura: cierra los ojos y cualquier desubicado podría preguntar si su trance es artístico o de otro tipo.

Cuando suena Colombeia, empieza a presentar a los músicos. En plena interpretación, Jomar Daboin (compositor de esta pieza) se pone de pie y se mese al ritmo de la melodía, mientras su guitarra domina la escena. Su destreza es tal, que hasta sus compañeros se le queden viendo  un poco embelesados. Jomar sonríe, disfruta, como un niño que corre suelto por el campo. Como un animal que se sabe libre. Como un músico en estado de gracia.

—¿Quieren que los siga presentando con música?— pregunta Andrés, risita de por medio, al terminar la canción.

El público aplaude con entusiasmo.

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Un detalle que no es baladí es que Andrés se quita lo lentes para tocar y se los vuelve a poner cuando acaba la interpretación. 12 veces los retirará de sus ojos, 12 veces se los pondrá de nuevo. Lo primero que cabe preguntarse es por qué no se los deja puestos y ya. La respuesta sencilla podría ser que se le pueden caer. La respuesta a la que nos vamos a ceñir es que probablemente le “pesan”. Un hombre que habla de ecología, ruinas peruanas, teología y que tocaba descalzo es quizá un hombre que busca volver a su estado primigenio de polvo. Sus gestos guardan la necesidad de despojarse de todo para, a través de la música, fundirse con la Tierra.

El hombre árbol, de paso, también toca con los ojos cerrados.

Suena Una tierra diferente a las otras, un huayno peruano. Le sigue Gaitero, en honor a un género por el que Andrés dice profesar un gran respeto: la gaita.

—Aunque las he tocado, no las sé tocar. Es como que si para que sonaran como es debido debes haber nacido en Zulia –dice.

Sigue hablando con la pausa que otorga la respiración del tímido. Se suelta cuando toca y demuestra su talento en la mandolina. Entre los músicos abundan las miradas cómplices, las sonrisas fraternales: se nota que de verdad disfrutan lo que están haciendo. ¿Cómo se puede ser infeliz si se toca con tanto amor?

Andrés presenta a Jomar como a un amigo de hace años, casi como un hermano; descripción similar utiliza para referirse a Xavier, de quien agrega que toca tantos instrumentos que cualquier día le da por meterle a la mandolina y lo deja sin chamba. Por último, se refiere al percusionista Julio Estanga, a quien dice conocer poco, pero que al ser amigo de Jomar automáticamente pasa a ser su amigo.

—Además, se ríe de todos mis chistes. Por eso entró a la banda.

Carcajadas.

Hasta los músicos muestran complicidad: poco a poco, Andrés también se va soltando como orador.

Un pueblo diferente a los otros antecede a Cuando tus ojos brillan, una pieza para la que hará falta la aparición de una vocalista: será la primera interpretación de la mañana —que ya sabemos que esto se llama Noches de Guataca pero ocurre de día: gracias, inseguridad— que incluya letra.

Luisana Pérez emerge desde las sombras de las cortinas para repartir besos voladores y regalarle un abrazo a un Andrés que la acaba de presentar como una vocalista impresionante, de una voz hermosa. Los árboles, ya se sabe, son sensibles al canto de los pájaros.

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La canción que sigue hace un guiño a lo que acabamos de ver. Es un Pajarillo, interpretado únicamente con mandolina. A estas alturas, Andrés luce más fresco, Xavier hacer un chiste cada vez que puede, Jomar tiene pinta de estarse disfrutando todo y Julio, bueno, a veces es el único que se ríe de los comentarios de Andrés.

El concierto se ha caracterizado porque, de fondo, una pantalla muestra una foto alusiva a cada canción. ¿O sería preciso decir que cada canción se construye alrededor de la foto?  El caso es que Andrés se apoya de este recurso para darle fuerza a su discurso, con argumentos que a veces cojean y otras echan raíces.

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Cuando se muestra La creación de Adán, la famosa obra de Miguel Ángel, Andrés ve la imagen por unos segundos y luego voltea meneando la mano derecha de un lado a otro, como si se hubiese quemado:

—Este tema está candente –dice.

Expone, a continuación, algunas de sus creencias religiosas: dice que Jesús era negro; que su mamá lo trató de loco cuando se lo hizo saber; habla de la divinidad. Asuntos espirituales. Pero nada tiene suficiente sentido hasta que empieza a tocar. Otra vez los ojos cerrados, de nuevo esa sonrisita, y esos dedos salvajes que se comunican con las cuerdas. Andrés no necesita hablar de espiritualidad: lo que tiene que decir al respecto lo dice tocando.

La pieza se llama La existencia de Dios.

Van casi dos horas de concierto y el hombre-árbol se mece ahora con la naturalidad del que vive en el bosque. Sospecho que tiene ganas de quitarse los zapatos, pero encuentra la manera de desenvolverse bien frente al público: la timidez la transformó en ideas. Hizo fotosíntesis, pues. Tal es el caso que luego de unos cinco minutos se da cuenta de que está hablando sin micrófono. Se apresura a corregir su descuido. Igual no le hacía falta: la intimidad de la sala nos tiene tan arrobados que es fácil sentirse como en una pradera.

Suena Joropo Vegetariano.

Se va acercando la hora de cerrar, pero antes tiene preparada una parranda. Para eso, llama a escena a una amiga. Dice que la admira tanto que está a punto de tatuarse su nombre: es una vocalista tan magnífica, afirma, que quiere escuchar su voz todo el tiempo. Ana Cecilia Loyo emerge desde las profundidades del bosque, con ganas de besar y abrazar a todos sus amigos. Canta Barriga de aire, versión vegetariana. Porque sí, si no sabían, Andrés es (qué sorpresa) vegetariano: solo engulle lo que tiene su misma energía.

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Las últimas dos piezas –Efecto Lauro y Fábrica positiva– se interpretan con la intensidad a la que ya nos acostumbraron. Andrés habla del maestro Alirio Díaz y de Anterio Laudi, pone una foto de los llanos venezolanos (en los que se advierte, juguetones, la silueta de dos chigüires decididos a dar continuidad a su especie) y habla un poco de su ascendencia familiar. Todo como si se tratara de un Picnic. Pienso, entonces, que más que educación, el concierto tiene cierto aire hippy: sus valores son pacíficos y ecológicas. Lo cual no está mal, menos en tiempos tan violentos como los que atraviesa Venezuela.

Cuando los músicos se ponen de pie, se hace presente la única acción agresiva de la jornada: unos impetuosos aplausos.

           

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Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

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Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

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Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

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El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

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Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Martín Trío, Narrar en canciones

Por Lizandro Samuel

Fotos: Nicola Rocco

Rafael Martínez Mendoza rasga el cuatro y pienso que la intimidad es un tesoro que brilla más fuerte mientras menos ojos están sobre él. El músico da indicaciones, desde el centro del Espacio Plural del Trasnocho, a dos personas que están en la cabina de controles ajustando el sonido. Uno de ellos es José Cheo Mendoza, el baterista. Los inicios de las bandas se parecen a la vida de los deportistas amateurs: antes de que les toque firmar autógrafos, deben ser sus propios utileros.

Martínez ordena al bajista, Emanuel Guerrero, que se sume a la prueba. Emanuel camina con timidez. Ocupa su asiento y Cheo hace lo propio. Mientras veo a los tres integrantes de la agrupación Martín Trío ajustar detalles, a solo 40 minutos de que empiece su concierto, recuerdo un fragmento de La insoportable levedad del ser: “La persona que pierde su intimidad, lo pierde todo. Y la persona que se priva de ella voluntariamente es un monstruo”.

Antes de las luces y los aplausos, los músicos parecen actores de reparto en una película de bajo presupuesto.

Cheo, temblando —dice que por el aire acondicionado, aunque quién sabe si es por los nervios—, se dirige entonces al líder del grupo y gesticula llevándose varias veces la mano a su boca:

—¿No hay nada para comer? –pregunta.

Los artistas, fuera del foco de las luces, viven con la mundana opacidad del resto de los mortales: se ponen nerviosos, les ruge el estómago y se desesperan cuando las cosas no salen bien. Por eso separan su vida privada de la pública. En la intimidad, Charly García es un loco, Fito un antipático y Calamaro un irresponsable. En la intimidad, los integrantes de Martín Trío son tres tachirenses que sueñan con aplausos mientras se abalanzan al recién aparecido catering.

Con varios minutos de retraso, y luego de la insistencia del personal de protocolo, el público comienza a entrar. Son las 11:20 de la mañana del domingo 16 de septiembre y estamos esperando que arranque esto que se llama Noches de Guataca. El nombre parece una ironía cuando se entiende que es tan temprano que el Centro Comercial Paseo Las Mercedes, donde se encuentra el Trasnocho, ni siquiera ha abierto. Para llegar a la prueba de sonido tuve que entrar por el estacionamiento y descender hasta encontrar la única puerta sin bloqueos. Cada quien escoge con quien subir al ring: las Noches de Guataca reparte y esquiva golpes versus la crisis venezolana. Si viajar de Táchira a Caracas –como lo hizo Martín Trío– es considerado hoy día una hazaña, disfrutar de una noche de música en plena mañana es una paradoja solo entendible en estos tiempos que merecen ser narrados desde el arte.

 Rafael Martín Martínez, José Cheo Mendoza y Emmanuel Guerrero salen a la escena como niños que se preparan para un recital de colegio. Pero el aroma de la intimidad previa se evapora y los flashes hacen lo suyo: Martín y Cheo lucen otra camisa, con lo que dejan de parecer amigos hambrientos. Cuando la agrupación interpreta sus dos primeras piezas instrumentales (San Cristóbal andina y Preciosa merideña, de Chuo Corrales y Pedro Castellanos, respectivamente), el espectáculo termina de instalarse: tocan con la seguridad y el dominio da saberse escuchados.

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Finalizan las dos interpretaciones y Martínez comienza a hacer una de las cosas que mejor la saldrá en la jornada: hablar. No porque su voz o su destreza con el cuatro –y, en ocasiones, con la guitarra– no den la talla, sino porque cada interpretación se revaloriza con la explicación previa que ofrece el autor.

El cuento es este. Durante el 2016, Rafal Martínez se propuso componer una canción diaria. Como es tachirense —y dicen que los tachirenses aman el desafío— escogió un año bisiesto para semejante proyecto. A los incrédulos los convenció subiendo, día tras día, las partituras y la pieza  ejecutada a las redes sociales. El resultado fueron 366 canciones. Hoy no las presentará todas, claro. Y dice que no será por falta de ánimo, sino porque el recital tendría que incluir colchonetas, comidas, agua y baño. Además, de músicos suplentes.

El caso es que, según explica, de ese total escogieron un repertorio de 65 canciones para este concierto. Pero como les daba miedo que el público se quedara dormido o que a ellos se les fracturaran los dedos, decidieron dejarlo en 15. Eso dice Martínez, mientras cambia el cuatro por la guitarra y se dispone a iniciar la tercera interpretación del día: El despertar, una pieza que desarrolla en solitario, sin ayudarse ni siquiera con su voz.

El público se emociona. Tanto cuando suenan las canciones como cuando sabe que Martínez volverá a hablar. Rubén Blades alguna vez se definió como un cronista de canciones. Tanto le aficionaba contar historias que uno de sus referentes era Gabriel García Márquez: llegó a realizar un álbum de cuentos del Gabo. Martínez parece hijo de una escuela similar. Hay quienes transmiten emociones desde la contemplación. Él y su grupo lo hacen narrando: literalmente, dejan que su arte hable por ellos.

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Juancho y el anillo es una pieza divertida, que muestra a un tipo que le dedica una serenata a su amada con la esperanza de pedirle matrimonio. El anillo de compromiso debía llevárselo su pana Juancho, quien se distrae en el camino y olvida la misión. Como los mejores cronistas, Martínez deja claro desde el primer acorde que “esta es una historia real”.

Ahora interpretan Onda arrepentida, otra historia real de (des)amor; y Día 61, con la que Martínez ejemplifica lo que sucede cuando te pones a componer todos los días: ya no sabes qué títulos usar.

Después suena El restaurador y, volviendo a un solo de guitarra, Inocentemente.

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Las narraciones fluyen al ritmo de la música. Nos encontramos envueltos en un aura tan divertida, que el mundo exterior queda demasiado lejos. El arte existe para comunicar, mientras que los espectáculos logran su cometido cuando te hacen pensar que la realidad se reduce a ese instante. Si arte y espectáculo van de la mano, crean una ilusión de intimidad como la que vivimos ahora.

Primavera de oro, Indiferentemente (otra interpretación instrumental), Lo que puedo soñar (solo de guitarra).

Que si el viaje que hizo no sé cuándo y vio a unos bestias tumbando araguaneyes, que si la presentadora de TV con la que estaba flirteando Emmanuel, que si cuenta un chiste junto a Cheo o mejor relatan cuando pidió por redes sociales sugerencias para las composiciones y unos mil quinientos despechados le recordaron que la música es el bar de los que tienen el corazón roto. Todo esto me recuerda a Frank, el amigo de Juan Villoro que un día le espetó: “Opinar no es lo tuyo: los confundidos escriben historias para que los demás opinen”.

La jornada pasa tan rápido que casi que llega la Navidad sin que nos demos cuenta: comienzan a interpretar gaitas y parrandas. Las piezas favoritas de la mamá de Martín, quien, dice, era su principal crítica y solo mostró la típica benevolencia materna semanas antes de partir para siempre.

Se escucha una inhalación violenta y colectiva en la sala ante la revelación. Entonces caigo en cuenta de lo difícil que debió ser asumir un reto creativo tan grande. No porque las ideas pudieran escasear, sino porque en un año el mundo que conoces puede cambiar 365 veces o más.

Aguántame a Belén, Al padre de la gaita, Solo esperan y Sabor a isla (pura guitarra).

Tal como ocurre con las mejores películas, pasaron las 15 canciones y uno siente que compartió durante todo ese año con Martín Trío, cuyos integrantes se levantan y reciben un bien ganado aplauso. En ese momento, noto en sus rostros el retorno de esa sencillez que predominara durante la prueba de sonido, como si el pudor abriera paso a los hombres por delante de los músicos.

 “¡una más, una más, una más!”, pide el público. Cheo y Martínez se miran como preguntándose qué más pueden interpretar: les quedan 351 composiciones en stock. Juan Gabriel, con sus más de 1500 canciones, se sentiría orgulloso.

Suena El golpe y Día 66. Y ya va siendo hora de finalizar este concierto. “Así que de repente cerramos con algo especial”, dice Martínez, haciendo un guiño que no entiendo. María Teresa Chacín aparece de entre el público, poniéndose de pie con la elegancia que sabe mantener vigente una diva. Agarra un micrófono y De repente todos estamos cantando una canción que a estas alturas ya no tiene sentido (volver a) nombrar.

Cantamos, aplaudimos y todo acaba. Los chicos de Martín Trío dejan los instrumentos sobre el suelo, dan media vuelta y retornan a la intimidad de su camerino. Nosotros, el público, dejamos de ser tal para recobrar nuestra condición de actores dentro del drama de la vida y ya no de espectadores de lo que hacen otros. Pero algo se movió. Las crónicas cantadas siguen haciendo resonancia. Martín Trío toca para que otros opinemos en nuestra intimidad.

El día que más de dos le cantaron a San Juan

Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

Había manzanas, peras y naranjas a los pies de San Juan que estaba vestido de blanco y rojo. El santo viajó desde la comunidad El Pedregal de Chacao hasta el altar que construyeron en ese escenario, en torno al cual comenzaban a brotar algunas luces. Gente iba y venía y queriendo —y otros hasta por no dejar— pasaban ante la imagen alzando alguna plegaria y se persignaban con apuro, mientras le tocaban los pies a Juan.

A Juan, el santo.  Al querido San Juan.

Es domingo 24 de junio, su día. En muchos pueblos de Venezuela suenan los tambores en ritmo de sangueo desde la madrugada para rendirle honores al santo de los negros, que tanto escucha, al que tanto le cantan, el que concede, al que le bailan.  Todos le brindan respeto. Todo se vuelve baile hasta quién sabe qué hora.

Y eso era lo que estaba destinado a pasar en la guataca de ese día: que todos le bailarían a Juan, porque a fin de cuentas, él había dado permiso. Se dispuso el escenario, se afinaron los instrumentos, se calentaron los tambores y pasó: el dúo Aquí entre dos celebró al santo y junto a ellos, un público que, desde el principio tenía ganas de aplaudir.

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Ellos son Mauricio Marín y Mayra Sousa, quienes salieron al escenario como quien está en la sala de su casa para hacer del concierto una suerte de teatro que arrancó risas, mientras contaban porqué estaban ahí y no bailando tambores en Tácata. Y así, a capela, entre cantos y tambores, lo comenzaron a celebrar. “A celebrar tu día, con tu permiso, San Juan”.

(Aquí entre dos es una propuesta que explora los géneros tradicionales afrovenezolanos y los une con el pop y la balada. Mauricio y Mayra cantan; y con ellos, Jorge Ramoncini en el bajo, Winston Biur en el piano, José Luis Reyna en la percusión, y Luis Martínez y Gonzalo Martínez en los coros. También se esmeran en componer y arreglar sus propios temas para ir construyendo, poco a poco, su primera producción discográfica)

Cuando los músicos salieron a escena, pasaron primero por delante del altar de San Juan; le dejaron alguna ofrenda —quizá una fruta, un dulce—, se persignaron y siguieron el camino hacia sus instrumentos. “Te montamos ya tu altar, porque tú te lo mereces”, se había escuchado segundos antes. Y así, de repente, arrancaron a sonar a todo lo que daban con La vamos a pasar muy bien, de Ilan Chester.

La sala no estaba llena. Y aunque 40 minutos después de que comenzaron a cantar seguía llegando gente, nunca se llenó. Tampoco hizo falta. Quienes estuvieron ahí se encargaron de llenar los vacíos, con aplausos y bailes improvisados. Porque ahí estaba San Juan y por él habían ido. Por él y la música también.

Mauricio y Mayra, vestidos de blanco y rojo como San Juan, cantaron A mi manera, de Luis Laguna. Entre sangueo y sangueo, se atrevieron con varios temas de su autoría como Y así fue que te encontré, Cómo olvidarte o Esta forma de querer, en el que el pianista se lució con sus acordes. Ese tema, por cierto, fue escrito originalmente para salsa y fue por eso que Mauricio le pidió al público que hicieran la nota de los trombones y trompetas para acompañarlo. Entonces, el público obediente, tararareó, aplaudió y siguió el ritmo.

El golpe de Patanemo, el sangueo de San Millán, el tambor de Caraballeda o el de Guatire. Tras cada tema, con esa sonoridad pegajosa llena de arraigo, el dúo va animando con algunos covers: Canción para ti, de Frank Quintero, El sol no regresa, de La Quinta Estación o Como yo nadie te ha amado de Jon Bon Jovi, Richie Sambora y Desmond Child en la que, de repente, saltaron una vez más al sonido del tambor para seguirle cantando a San Juan.

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Fue así, entre tambores, que apareció Gonzalo Díaz con su voz y la guitarra de Aquiles Báez para todos juntos interpretar Si la tierra tiembla, uno de los temas claves de Mauricio, un golpe de la costa de Aragua con el que intentó conectar con el sentimiento más profundo de la audiencia: “Si la tierra tiembla, yo me quedo aquí, pa’ que no diga la gente que cobarde yo fui”, terminaron coreando todos.

Y ya casi cuando estaba terminando la guataca, los tambores sonaron con más fuerza. Se abrieron las cortinas, las puertas de la sala, y entraron mujeres vestidas de colores, con la potencia en la voz, con las caderas sueltas. Entraron hombres de tono afinado que se persignaron ante San Juan y cantaron tonadas de Vargas, y un poco de cada pueblo. Era la agrupación de música popular Shirapta Coa quienes le cantaron al público que se levantó a bailar y a aplaudir, que se olvidaron de sus sillas y se acercaron al santo para cantarle y alabarlo.

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Cuando se fueron, la sala quedó desordenada. Algunos del público se toman fotos con San Juan: le piden, le bailan y le cantan bajito aun cuando ya no hay música. Porque algo siempre estuvo claro: esa fiesta llena de tambores, no era solo entre dos.

Leo Blanco y su caudal de música

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Leo Blanco sale al escenario, se acerca al piano y retira la tapa superior. “Vamos a quitarle la ropa al piano”, bromea. Allí, de pie frente al instrumento, comienza a tocar las cuerdas internas de la caja de resonancia y digita simultáneamente algunas notas en el teclado. Quizás rememora sus primeros pasos en la música, como violinista de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Mérida.

Comienza a surgir algo agradable, estímulos para el oído y la conciencia, imágenes del Medio Oriente, del mar de Manicuare, de Boston. Es música que sana, que reúne, que ayuda. Leo vive en Estados Unidos y tenía mucho sin encontrarse con el público venezolano. La última vez fue en 2013, cuando presentó su más reciente producción, Pianoforte, en el del Festival El Piano y los Períodos de la Música, promovido por el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. De eso han pasado 5 años. Ahora es julio de 2018 y, ya que visita Caracas, quiso aprovechar para tender su mano: produce esa maravillosa música que sale del piano, para prestar ayuda al más necesitado. A la salud de los músicos, lleva por título este concierto benéfico preparado por Guataca en el Centro Cultural BOD.

 

Azul de Manicuare es el primer regalo de Leo Blanco a la selecta audiencia de la noche. “Mañana, canción azul / Soles despiertan el oleaje sin fin / Corales como joyas de arenal, / Niños vestidos de sal y espuma”, reza la letra del tema, que en su momento cantó Beverly Rego, en tributo al poeta Cruz Salmerón Acosta (Cumaná, 1892-1929). Ahora suena totalmente instrumental.

Luego de tocar Colores del sur, el músico hace su primera intervención para saludar. “Es un placer estar acá nuevamente, siempre es un sentimiento diferente tocar en mi país, este es un pueblo muy musical, y lo veo a diario en mis clases en Berklee, donde mis alumnos venezolanos siempre destacan por su humor, su musicalidad y sus ganas de echar pa’ lante”. Después comienza la próxima pieza de la noche: una genial versión de Tonada del cabrestero de Simón Díaz.

“Camino del llano viene, puntero en la soledad / el cabrestero cantando, su copla en la madrugá…”. La letra llega inevitablemente a la mente con aquella música que fluye como sangre en las venas. Leo Blanco tiene en sus manos la esencia de la tradición mezclada con lo que le aportan las músicas del mundo con las cuales está emparentado a diario. Por su cátedra en Berklee College of Music, pasan estudiantes de Latinoamérica, Israel, Palestina,  Marruecos, India.

En su perfil de docente de Berklee explica: “Mi objetivo es compartir mi entusiasmo y comprensión de los elementos de la música mundial con mis alumnos (…) He visto la emoción en las caras de ellos cuando reconocen conscientemente elementos de África, América Latina o los Balcanes, en la música de otras culturas. Puedo darles a conocer el poder transformador de la música y su capacidad de transportar a una persona al otro lado del mundo”.

El público en la sala viaja también con el concierto que ofrece el merideño, quien ahora interpreta un tema llamado Yemen, con marcada influencia de la música de aquellas latitudes. Leo Blanco combina la música de su piano con acompañamiento vocal, va entonando él mismo algunas de sus frases musicales, que esta noche cuentan también con el acompañamiento de Carlos Rodríguez, quien aporta un contrabajo con arco para este tema, y Carlos “Nené” Quintero en una exquisita percusión que puede incluir desde una caja peruana, pasando por sonajeros en los tobillos del artista, platillos o el sonido de un patito de hule.

Para rendir tributo al gran legado africano en Latinoamérica, Leo Blanco invita ahora al escenario a la cantante Ana Isabel Domínguez y al maestro Aquiles Báez, para interpretar Perú landó, un tema incluido en su disco África Latina. El poema Opalina de Beverly Rego acompaña esta interesante melodía.

Al presentar el Vals # 5, Leo Blanco bromea diciendo: “Les debo el 1, 2, 3 y 4, pero este fue el que más bonito me quedó”. En este tema pone a cantar al público, que en este punto es totalmente suyo.

El negro José de Aldemaro Romero inspiró el próximo tema, que Leo Blanco tituló El negro y el blanco, una relectura del clásico con todo su virtuosismo y tintes de joropo llanero incluidos.

Aquiles Báez reaparece en escena como invitado especial, esta vez por ser el autor del tema que interpreta Leo Blanco, A mis hermanos, una hermosa melodía que se ha convertido sin querer en un himno de los músicos venezolanos. “La música brasilera es famosa porque ellos tocan su propia música, como Chico Buarque haciendo música de Tom Jobim”, comenta el pianista antes de interpretar la composición de su coterráneo.

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Cierra la experiencia con el tema que da título a su disco, África latina, una composición donde se hacen presentes los ritmos, melodías y modulaciones vocales de aquel continente, mas no en sus formas genuinas, sino filtradas por el afinado criterio musical de Leo Blanco. “Yo vengo investigando y conociendo música del mundo y filtrándola desde lo personal. A veces se cae en esa discusión entre los tradicionalistas y los que empujamos la barrera; yo soy de los que empuja.  También soy protector de los tradicionalistas porque gracias a ellos he llegado hasta aquí”, ha dicho.

Allí está el Leo Blanco que se inició en la música en su Mérida natal, el que llega a la parroquia Candelaria de Caracas a finales de los 80, el mismo del Juan Sebastián Bar y Café Cristal, el director de la banda de Luzmarina Anselmi, el que salta a Estados Unidos a los 24 años y el que ahora con la docencia, retroalimenta y engrandece sus creaciones, pero también está el hombre solidario, quien se ha propuesto hacer música con propósito y ha venido ofreciendo conciertos a favor de causas benéficas.

“Yo creo que la música es como el agua, no se puede parar”, ha afirmado, y Leo Blanco es un caudal de creación cuyo fin no llegará ni con la muerte, pues su música suena y seguirá sonando por mucho tiempo en distintos formatos, como ya se puede constatar en Youtube. ¡Enhorabuena!

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