El inicio de una generación de relevo o buscando a Henry Martínez en Google

Lizandro Samuel
Fotos Nicola Rocco

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día. Reviso mi teléfono: 10:10 am. El Centro Comercial Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Vamos a ubicarnos en el programa: hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice “generación de relevo”.

Hoy nada debe salir mal.

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Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses venezolanos.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

               

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas. Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia. Son más de nueve músicos que tienen que probar y no da tiempo. Debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias y pisan el acelerador. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes.

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

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¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

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Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde “librería” con “papelería”?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas estén en el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

Ana Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Ana Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón— se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

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Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

               

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno en un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena en un concierto así?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

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Álvaro Rojas es el más chamo del grupo —o el de rostro más juvenil— y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz. Me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

July Biells canta Quién dice y, luego, Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre un hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

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Interpreta Gaita para la Luna. Y, sin ánimo de ser pesado, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lírica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará un tema que compuso. Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases si fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

               

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo, como niños en una heladería, cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que grabaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala. Los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja derecha cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

Tengo la sensación, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, que estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

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El bochinche de Los Ponsigué

 Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

 

En el escenario quedó el desorden de instrumentos, de envases de agua mineral vacíos, de algunos cuadritos de queso blanco en una bandeja. Todos, el público y los músicos, habían salido de allí aún con el joropo estribillo bajo los pies a buscar un vasito de ponsigué que no se podía tomar en la sala. El ponsigué, ese licor fuerte y dulzón que sabe al oriente de Venezuela o a ese lugar donde crezca una de sus matas silvestres o al patio de los recuerdos de quien lo vaya probando. Afuera, la botella iba de mano en mano y no faltaban los abrazos, la risa alta, el aplauso. El grupo Los Ponsigué había armado un bochinche en la sala que fue, durante dos horas, una celebración a la música oriental y que terminó justo así: en la informalidad de brindar con un sorbo de tan criollo licor.

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Apenas unos pocos minutos antes de eso, ellos: Cyntia Irady (voz y caja), Gustavo Bencomo (voz, bandola, sinfonía y mandolina), Reinaldo Chacón (maracas), Xavier Perri (voz, bajo y guitarra) y Andrés Cartaya (voz, cuatro, acordeón) se habían abrazado emocionados, ante un público que los aplaudía con ganas después de sus clases improvisadas de joropo que consistían en: mover las rodillas, no levantar los pies del suelo y moverse despacito. Y terminaron en eso, porque alguien dijo que el bochinche estaba bueno y que lo único que faltaba era bailar. Claro, todo era parte del show, pero los asistentes aceptaron gustosos y divertidos eso de llenar la sala con sus pasos recién aprendidos.

 Por eso era mentira que el concierto se terminaba con El Borbollón y Andrés Cartaya haciendo galas de los sonidos apurados de su acordeón. Para ese momento, ellos seguían sentados alrededor de la mesa que sostenía algunas de sus partituras, pedazos de queso blanco y una botella con ese ponsigué que se servían de tanto en tanto. Habían bromeado toda la velada, arrastrando las palabras orientales, haciendo reír a un público que seguía sus notas con atención. Decían que ese, su primer concierto guatequero, era como hacer un ensayo. Y fue así como se pasearon por fulías, gaitas margariteñas, una gaita antillana, algún corrío menor, joropo, alguna jota.

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 De sus voces e instrumentos saltaron las composiciones de Hernán Marín (La Guacharaca), de José Julián Villafranca (El Pintor), de Chelías Villaroel (Entre pajarillos), de Pedro Silva (El Burro), de Eugenio Toledo Mota (El joropo de Toledo), de Pedro Carrasquero (Diccionario oriental y Zapatos maqueros), de Gerardo Oyoque y el propio Gustavo Bencomo (Los laberintos) y varios temas más de Cartaya como El ponsigué, A la media diana o Los personajes. También saltaron los nombres de Luis Miranda, el de Remigio “morochito” Fuentes, con su joropo, o el de Guillermina Ramirez  y Paula Núñez con sus fulías. Todo era una exaltación al floclor oriental, lleno de sonidos, de notas tocadas con precisión.

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 El único momento en que no hubo bochinche fue cuando Cyntia —la lidereza, como le dicen— se despojó de su caja de madera e interpretó Malagueña del mar, una canción que escribió Ana Cecilia Loyo inspirada por una fotografía de alguien que estaba viendo por primera vez el mar. La foto, que era a blanco y negro, y mostraba a Juan Felix mirando hacia allá, hacia el mar, colmó toda la sala. Como la voz de Cyntia que buscó sus matices más dulces para llenarlos a todos de emoción.

 Ya para ese instante, Cyntia se había animado a tomar un trago de ponsigué porque dijo que no tomaba, aunque nadie le creyó. Y lo que pasó antes de todo eso fue que la mesa estaba dispuesta ahí en el medio del escenario, rodeada de instrumentos e iluminada tenuemente. Lo que pasó fue que mientras el público buscaba sus asientos, ellos mismos —los músicos— iban entrando como si tal cosa a la sala y saludaban a quienes se encontraban a su paso. Entonces, ese público no tuvo que esperar a que se apagaran las luces para verlos salir detrás de la cortina negra, porque ellos estaban sentados allí, entre las butacas, esperando que la guataca —que eran ellos mismos— comenzara. Se distinguieron por sus sombreros orientales, por la flor que Cyntia lucía en la cabeza. Y cuando los presentaron, ellos mismos se aplaudieron. Y caminaron hacia el escenario. Y fue así como comenzó el bochinche.

El concierto de Andrés Palmar, el hombre árbol

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

Sobre el escenario, Andrés Palmar parece un árbol que no sabe cómo sacarse la timidez mientras habla. Flaco, alto, barbita: gestos de bonachón perdido en la jungla. En la jungla de la vida, supongo, aunque también  —y sobre todo— en la de Venezuela. El público lo ve fijamente, sus músicos lo escuchan y él comienza a hablar: “Este es un concierto educativo”, dice. ¿Educativo por qué? Porque se encargará de difundir valores y de hablar de la Tierra y otros asuntos ecológicos.

A continuación, se quita los lentes y comienza a tocar.

           

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La prueba de sonido, terminada minutos antes, resultó amena, agradable. Precisemos: ruidosa, con intercambios de palabras fraternales, con sonrisas de los músicos y saludos llenos de afecto. Andrés no lucía nervioso. Y el resto de los músicos se acompasaban a su tranquilidad. Sus movimientos eran los de una brisa calma que ordena el ambiente. Los ingenieros de sonido siguieron afanados en su labor; un técnico movía una gigantesca escalera por todos lados: acomodaba un bombillo aquí, otro allá. Y llegó el momento de que los protagonistas de la jornada se refugiaron en el camerino, ahora sí con algunos gestos temblorosos.

Mientras se cambiaban, el bajista Xavier Perri comentó con sorna un chiste que surgió en algún grupo de WhatsApp. Por ese medio, se compartió una foto de Andrés en Globovisión. Alguien la editó, señaló sus pies con retoques al estilo Paint y escribió: “Al menos ya usa zapatos”.

—Es que yo antes tocaba descalzo –le explica Andrés.

Ya se sabe: los árboles necesitan estar siempre conectados con la tierra.

 

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La primera canción la compuso el propio mandolinista y se llama —¡vaya sorpresa!— La casa del árbol. No se trata, que quede claro, de una casita sobre unas ramas, sino un homenaje a la casa de los humanos y de los árboles: la Tierra. La música nos hace sentir como hojas acariciadas por la brisa. Casi parece mentira que ese flaco de movimientos reprimidos toque la mandolina con tanta soltura: cierra los ojos y cualquier desubicado podría preguntar si su trance es artístico o de otro tipo.

Cuando suena Colombeia, empieza a presentar a los músicos. En plena interpretación, Jomar Daboin (compositor de esta pieza) se pone de pie y se mese al ritmo de la melodía, mientras su guitarra domina la escena. Su destreza es tal, que hasta sus compañeros se le queden viendo  un poco embelesados. Jomar sonríe, disfruta, como un niño que corre suelto por el campo. Como un animal que se sabe libre. Como un músico en estado de gracia.

—¿Quieren que los siga presentando con música?— pregunta Andrés, risita de por medio, al terminar la canción.

El público aplaude con entusiasmo.

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Un detalle que no es baladí es que Andrés se quita lo lentes para tocar y se los vuelve a poner cuando acaba la interpretación. 12 veces los retirará de sus ojos, 12 veces se los pondrá de nuevo. Lo primero que cabe preguntarse es por qué no se los deja puestos y ya. La respuesta sencilla podría ser que se le pueden caer. La respuesta a la que nos vamos a ceñir es que probablemente le “pesan”. Un hombre que habla de ecología, ruinas peruanas, teología y que tocaba descalzo es quizá un hombre que busca volver a su estado primigenio de polvo. Sus gestos guardan la necesidad de despojarse de todo para, a través de la música, fundirse con la Tierra.

El hombre árbol, de paso, también toca con los ojos cerrados.

Suena Una tierra diferente a las otras, un huayno peruano. Le sigue Gaitero, en honor a un género por el que Andrés dice profesar un gran respeto: la gaita.

—Aunque las he tocado, no las sé tocar. Es como que si para que sonaran como es debido debes haber nacido en Zulia –dice.

Sigue hablando con la pausa que otorga la respiración del tímido. Se suelta cuando toca y demuestra su talento en la mandolina. Entre los músicos abundan las miradas cómplices, las sonrisas fraternales: se nota que de verdad disfrutan lo que están haciendo. ¿Cómo se puede ser infeliz si se toca con tanto amor?

Andrés presenta a Jomar como a un amigo de hace años, casi como un hermano; descripción similar utiliza para referirse a Xavier, de quien agrega que toca tantos instrumentos que cualquier día le da por meterle a la mandolina y lo deja sin chamba. Por último, se refiere al percusionista Julio Estanga, a quien dice conocer poco, pero que al ser amigo de Jomar automáticamente pasa a ser su amigo.

—Además, se ríe de todos mis chistes. Por eso entró a la banda.

Carcajadas.

Hasta los músicos muestran complicidad: poco a poco, Andrés también se va soltando como orador.

Un pueblo diferente a los otros antecede a Cuando tus ojos brillan, una pieza para la que hará falta la aparición de una vocalista: será la primera interpretación de la mañana —que ya sabemos que esto se llama Noches de Guataca pero ocurre de día: gracias, inseguridad— que incluya letra.

Luisana Pérez emerge desde las sombras de las cortinas para repartir besos voladores y regalarle un abrazo a un Andrés que la acaba de presentar como una vocalista impresionante, de una voz hermosa. Los árboles, ya se sabe, son sensibles al canto de los pájaros.

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La canción que sigue hace un guiño a lo que acabamos de ver. Es un Pajarillo, interpretado únicamente con mandolina. A estas alturas, Andrés luce más fresco, Xavier hacer un chiste cada vez que puede, Jomar tiene pinta de estarse disfrutando todo y Julio, bueno, a veces es el único que se ríe de los comentarios de Andrés.

El concierto se ha caracterizado porque, de fondo, una pantalla muestra una foto alusiva a cada canción. ¿O sería preciso decir que cada canción se construye alrededor de la foto?  El caso es que Andrés se apoya de este recurso para darle fuerza a su discurso, con argumentos que a veces cojean y otras echan raíces.

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Cuando se muestra La creación de Adán, la famosa obra de Miguel Ángel, Andrés ve la imagen por unos segundos y luego voltea meneando la mano derecha de un lado a otro, como si se hubiese quemado:

—Este tema está candente –dice.

Expone, a continuación, algunas de sus creencias religiosas: dice que Jesús era negro; que su mamá lo trató de loco cuando se lo hizo saber; habla de la divinidad. Asuntos espirituales. Pero nada tiene suficiente sentido hasta que empieza a tocar. Otra vez los ojos cerrados, de nuevo esa sonrisita, y esos dedos salvajes que se comunican con las cuerdas. Andrés no necesita hablar de espiritualidad: lo que tiene que decir al respecto lo dice tocando.

La pieza se llama La existencia de Dios.

Van casi dos horas de concierto y el hombre-árbol se mece ahora con la naturalidad del que vive en el bosque. Sospecho que tiene ganas de quitarse los zapatos, pero encuentra la manera de desenvolverse bien frente al público: la timidez la transformó en ideas. Hizo fotosíntesis, pues. Tal es el caso que luego de unos cinco minutos se da cuenta de que está hablando sin micrófono. Se apresura a corregir su descuido. Igual no le hacía falta: la intimidad de la sala nos tiene tan arrobados que es fácil sentirse como en una pradera.

Suena Joropo Vegetariano.

Se va acercando la hora de cerrar, pero antes tiene preparada una parranda. Para eso, llama a escena a una amiga. Dice que la admira tanto que está a punto de tatuarse su nombre: es una vocalista tan magnífica, afirma, que quiere escuchar su voz todo el tiempo. Ana Cecilia Loyo emerge desde las profundidades del bosque, con ganas de besar y abrazar a todos sus amigos. Canta Barriga de aire, versión vegetariana. Porque sí, si no sabían, Andrés es (qué sorpresa) vegetariano: solo engulle lo que tiene su misma energía.

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Las últimas dos piezas –Efecto Lauro y Fábrica positiva– se interpretan con la intensidad a la que ya nos acostumbraron. Andrés habla del maestro Alirio Díaz y de Anterio Laudi, pone una foto de los llanos venezolanos (en los que se advierte, juguetones, la silueta de dos chigüires decididos a dar continuidad a su especie) y habla un poco de su ascendencia familiar. Todo como si se tratara de un Picnic. Pienso, entonces, que más que educación, el concierto tiene cierto aire hippy: sus valores son pacíficos y ecológicas. Lo cual no está mal, menos en tiempos tan violentos como los que atraviesa Venezuela.

Cuando los músicos se ponen de pie, se hace presente la única acción agresiva de la jornada: unos impetuosos aplausos.

           

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Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

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Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

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Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

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El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

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Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Martín Trío, Narrar en canciones

Por Lizandro Samuel

Fotos: Nicola Rocco

Rafael Martínez Mendoza rasga el cuatro y pienso que la intimidad es un tesoro que brilla más fuerte mientras menos ojos están sobre él. El músico da indicaciones, desde el centro del Espacio Plural del Trasnocho, a dos personas que están en la cabina de controles ajustando el sonido. Uno de ellos es José Cheo Mendoza, el baterista. Los inicios de las bandas se parecen a la vida de los deportistas amateurs: antes de que les toque firmar autógrafos, deben ser sus propios utileros.

Martínez ordena al bajista, Emanuel Guerrero, que se sume a la prueba. Emanuel camina con timidez. Ocupa su asiento y Cheo hace lo propio. Mientras veo a los tres integrantes de la agrupación Martín Trío ajustar detalles, a solo 40 minutos de que empiece su concierto, recuerdo un fragmento de La insoportable levedad del ser: “La persona que pierde su intimidad, lo pierde todo. Y la persona que se priva de ella voluntariamente es un monstruo”.

Antes de las luces y los aplausos, los músicos parecen actores de reparto en una película de bajo presupuesto.

Cheo, temblando —dice que por el aire acondicionado, aunque quién sabe si es por los nervios—, se dirige entonces al líder del grupo y gesticula llevándose varias veces la mano a su boca:

—¿No hay nada para comer? –pregunta.

Los artistas, fuera del foco de las luces, viven con la mundana opacidad del resto de los mortales: se ponen nerviosos, les ruge el estómago y se desesperan cuando las cosas no salen bien. Por eso separan su vida privada de la pública. En la intimidad, Charly García es un loco, Fito un antipático y Calamaro un irresponsable. En la intimidad, los integrantes de Martín Trío son tres tachirenses que sueñan con aplausos mientras se abalanzan al recién aparecido catering.

Con varios minutos de retraso, y luego de la insistencia del personal de protocolo, el público comienza a entrar. Son las 11:20 de la mañana del domingo 16 de septiembre y estamos esperando que arranque esto que se llama Noches de Guataca. El nombre parece una ironía cuando se entiende que es tan temprano que el Centro Comercial Paseo Las Mercedes, donde se encuentra el Trasnocho, ni siquiera ha abierto. Para llegar a la prueba de sonido tuve que entrar por el estacionamiento y descender hasta encontrar la única puerta sin bloqueos. Cada quien escoge con quien subir al ring: las Noches de Guataca reparte y esquiva golpes versus la crisis venezolana. Si viajar de Táchira a Caracas –como lo hizo Martín Trío– es considerado hoy día una hazaña, disfrutar de una noche de música en plena mañana es una paradoja solo entendible en estos tiempos que merecen ser narrados desde el arte.

 Rafael Martín Martínez, José Cheo Mendoza y Emmanuel Guerrero salen a la escena como niños que se preparan para un recital de colegio. Pero el aroma de la intimidad previa se evapora y los flashes hacen lo suyo: Martín y Cheo lucen otra camisa, con lo que dejan de parecer amigos hambrientos. Cuando la agrupación interpreta sus dos primeras piezas instrumentales (San Cristóbal andina y Preciosa merideña, de Chuo Corrales y Pedro Castellanos, respectivamente), el espectáculo termina de instalarse: tocan con la seguridad y el dominio da saberse escuchados.

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Finalizan las dos interpretaciones y Martínez comienza a hacer una de las cosas que mejor la saldrá en la jornada: hablar. No porque su voz o su destreza con el cuatro –y, en ocasiones, con la guitarra– no den la talla, sino porque cada interpretación se revaloriza con la explicación previa que ofrece el autor.

El cuento es este. Durante el 2016, Rafal Martínez se propuso componer una canción diaria. Como es tachirense —y dicen que los tachirenses aman el desafío— escogió un año bisiesto para semejante proyecto. A los incrédulos los convenció subiendo, día tras día, las partituras y la pieza  ejecutada a las redes sociales. El resultado fueron 366 canciones. Hoy no las presentará todas, claro. Y dice que no será por falta de ánimo, sino porque el recital tendría que incluir colchonetas, comidas, agua y baño. Además, de músicos suplentes.

El caso es que, según explica, de ese total escogieron un repertorio de 65 canciones para este concierto. Pero como les daba miedo que el público se quedara dormido o que a ellos se les fracturaran los dedos, decidieron dejarlo en 15. Eso dice Martínez, mientras cambia el cuatro por la guitarra y se dispone a iniciar la tercera interpretación del día: El despertar, una pieza que desarrolla en solitario, sin ayudarse ni siquiera con su voz.

El público se emociona. Tanto cuando suenan las canciones como cuando sabe que Martínez volverá a hablar. Rubén Blades alguna vez se definió como un cronista de canciones. Tanto le aficionaba contar historias que uno de sus referentes era Gabriel García Márquez: llegó a realizar un álbum de cuentos del Gabo. Martínez parece hijo de una escuela similar. Hay quienes transmiten emociones desde la contemplación. Él y su grupo lo hacen narrando: literalmente, dejan que su arte hable por ellos.

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Juancho y el anillo es una pieza divertida, que muestra a un tipo que le dedica una serenata a su amada con la esperanza de pedirle matrimonio. El anillo de compromiso debía llevárselo su pana Juancho, quien se distrae en el camino y olvida la misión. Como los mejores cronistas, Martínez deja claro desde el primer acorde que “esta es una historia real”.

Ahora interpretan Onda arrepentida, otra historia real de (des)amor; y Día 61, con la que Martínez ejemplifica lo que sucede cuando te pones a componer todos los días: ya no sabes qué títulos usar.

Después suena El restaurador y, volviendo a un solo de guitarra, Inocentemente.

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Las narraciones fluyen al ritmo de la música. Nos encontramos envueltos en un aura tan divertida, que el mundo exterior queda demasiado lejos. El arte existe para comunicar, mientras que los espectáculos logran su cometido cuando te hacen pensar que la realidad se reduce a ese instante. Si arte y espectáculo van de la mano, crean una ilusión de intimidad como la que vivimos ahora.

Primavera de oro, Indiferentemente (otra interpretación instrumental), Lo que puedo soñar (solo de guitarra).

Que si el viaje que hizo no sé cuándo y vio a unos bestias tumbando araguaneyes, que si la presentadora de TV con la que estaba flirteando Emmanuel, que si cuenta un chiste junto a Cheo o mejor relatan cuando pidió por redes sociales sugerencias para las composiciones y unos mil quinientos despechados le recordaron que la música es el bar de los que tienen el corazón roto. Todo esto me recuerda a Frank, el amigo de Juan Villoro que un día le espetó: “Opinar no es lo tuyo: los confundidos escriben historias para que los demás opinen”.

La jornada pasa tan rápido que casi que llega la Navidad sin que nos demos cuenta: comienzan a interpretar gaitas y parrandas. Las piezas favoritas de la mamá de Martín, quien, dice, era su principal crítica y solo mostró la típica benevolencia materna semanas antes de partir para siempre.

Se escucha una inhalación violenta y colectiva en la sala ante la revelación. Entonces caigo en cuenta de lo difícil que debió ser asumir un reto creativo tan grande. No porque las ideas pudieran escasear, sino porque en un año el mundo que conoces puede cambiar 365 veces o más.

Aguántame a Belén, Al padre de la gaita, Solo esperan y Sabor a isla (pura guitarra).

Tal como ocurre con las mejores películas, pasaron las 15 canciones y uno siente que compartió durante todo ese año con Martín Trío, cuyos integrantes se levantan y reciben un bien ganado aplauso. En ese momento, noto en sus rostros el retorno de esa sencillez que predominara durante la prueba de sonido, como si el pudor abriera paso a los hombres por delante de los músicos.

 “¡una más, una más, una más!”, pide el público. Cheo y Martínez se miran como preguntándose qué más pueden interpretar: les quedan 351 composiciones en stock. Juan Gabriel, con sus más de 1500 canciones, se sentiría orgulloso.

Suena El golpe y Día 66. Y ya va siendo hora de finalizar este concierto. “Así que de repente cerramos con algo especial”, dice Martínez, haciendo un guiño que no entiendo. María Teresa Chacín aparece de entre el público, poniéndose de pie con la elegancia que sabe mantener vigente una diva. Agarra un micrófono y De repente todos estamos cantando una canción que a estas alturas ya no tiene sentido (volver a) nombrar.

Cantamos, aplaudimos y todo acaba. Los chicos de Martín Trío dejan los instrumentos sobre el suelo, dan media vuelta y retornan a la intimidad de su camerino. Nosotros, el público, dejamos de ser tal para recobrar nuestra condición de actores dentro del drama de la vida y ya no de espectadores de lo que hacen otros. Pero algo se movió. Las crónicas cantadas siguen haciendo resonancia. Martín Trío toca para que otros opinemos en nuestra intimidad.

El día que más de dos le cantaron a San Juan

Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

Había manzanas, peras y naranjas a los pies de San Juan que estaba vestido de blanco y rojo. El santo viajó desde la comunidad El Pedregal de Chacao hasta el altar que construyeron en ese escenario, en torno al cual comenzaban a brotar algunas luces. Gente iba y venía y queriendo —y otros hasta por no dejar— pasaban ante la imagen alzando alguna plegaria y se persignaban con apuro, mientras le tocaban los pies a Juan.

A Juan, el santo.  Al querido San Juan.

Es domingo 24 de junio, su día. En muchos pueblos de Venezuela suenan los tambores en ritmo de sangueo desde la madrugada para rendirle honores al santo de los negros, que tanto escucha, al que tanto le cantan, el que concede, al que le bailan.  Todos le brindan respeto. Todo se vuelve baile hasta quién sabe qué hora.

Y eso era lo que estaba destinado a pasar en la guataca de ese día: que todos le bailarían a Juan, porque a fin de cuentas, él había dado permiso. Se dispuso el escenario, se afinaron los instrumentos, se calentaron los tambores y pasó: el dúo Aquí entre dos celebró al santo y junto a ellos, un público que, desde el principio tenía ganas de aplaudir.

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Ellos son Mauricio Marín y Mayra Sousa, quienes salieron al escenario como quien está en la sala de su casa para hacer del concierto una suerte de teatro que arrancó risas, mientras contaban porqué estaban ahí y no bailando tambores en Tácata. Y así, a capela, entre cantos y tambores, lo comenzaron a celebrar. “A celebrar tu día, con tu permiso, San Juan”.

(Aquí entre dos es una propuesta que explora los géneros tradicionales afrovenezolanos y los une con el pop y la balada. Mauricio y Mayra cantan; y con ellos, Jorge Ramoncini en el bajo, Winston Biur en el piano, José Luis Reyna en la percusión, y Luis Martínez y Gonzalo Martínez en los coros. También se esmeran en componer y arreglar sus propios temas para ir construyendo, poco a poco, su primera producción discográfica)

Cuando los músicos salieron a escena, pasaron primero por delante del altar de San Juan; le dejaron alguna ofrenda —quizá una fruta, un dulce—, se persignaron y siguieron el camino hacia sus instrumentos. “Te montamos ya tu altar, porque tú te lo mereces”, se había escuchado segundos antes. Y así, de repente, arrancaron a sonar a todo lo que daban con La vamos a pasar muy bien, de Ilan Chester.

La sala no estaba llena. Y aunque 40 minutos después de que comenzaron a cantar seguía llegando gente, nunca se llenó. Tampoco hizo falta. Quienes estuvieron ahí se encargaron de llenar los vacíos, con aplausos y bailes improvisados. Porque ahí estaba San Juan y por él habían ido. Por él y la música también.

Mauricio y Mayra, vestidos de blanco y rojo como San Juan, cantaron A mi manera, de Luis Laguna. Entre sangueo y sangueo, se atrevieron con varios temas de su autoría como Y así fue que te encontré, Cómo olvidarte o Esta forma de querer, en el que el pianista se lució con sus acordes. Ese tema, por cierto, fue escrito originalmente para salsa y fue por eso que Mauricio le pidió al público que hicieran la nota de los trombones y trompetas para acompañarlo. Entonces, el público obediente, tararareó, aplaudió y siguió el ritmo.

El golpe de Patanemo, el sangueo de San Millán, el tambor de Caraballeda o el de Guatire. Tras cada tema, con esa sonoridad pegajosa llena de arraigo, el dúo va animando con algunos covers: Canción para ti, de Frank Quintero, El sol no regresa, de La Quinta Estación o Como yo nadie te ha amado de Jon Bon Jovi, Richie Sambora y Desmond Child en la que, de repente, saltaron una vez más al sonido del tambor para seguirle cantando a San Juan.

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Fue así, entre tambores, que apareció Gonzalo Díaz con su voz y la guitarra de Aquiles Báez para todos juntos interpretar Si la tierra tiembla, uno de los temas claves de Mauricio, un golpe de la costa de Aragua con el que intentó conectar con el sentimiento más profundo de la audiencia: “Si la tierra tiembla, yo me quedo aquí, pa’ que no diga la gente que cobarde yo fui”, terminaron coreando todos.

Y ya casi cuando estaba terminando la guataca, los tambores sonaron con más fuerza. Se abrieron las cortinas, las puertas de la sala, y entraron mujeres vestidas de colores, con la potencia en la voz, con las caderas sueltas. Entraron hombres de tono afinado que se persignaron ante San Juan y cantaron tonadas de Vargas, y un poco de cada pueblo. Era la agrupación de música popular Shirapta Coa quienes le cantaron al público que se levantó a bailar y a aplaudir, que se olvidaron de sus sillas y se acercaron al santo para cantarle y alabarlo.

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Cuando se fueron, la sala quedó desordenada. Algunos del público se toman fotos con San Juan: le piden, le bailan y le cantan bajito aun cuando ya no hay música. Porque algo siempre estuvo claro: esa fiesta llena de tambores, no era solo entre dos.

Leo Blanco y su caudal de música

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Leo Blanco sale al escenario, se acerca al piano y retira la tapa superior. “Vamos a quitarle la ropa al piano”, bromea. Allí, de pie frente al instrumento, comienza a tocar las cuerdas internas de la caja de resonancia y digita simultáneamente algunas notas en el teclado. Quizás rememora sus primeros pasos en la música, como violinista de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Mérida.

Comienza a surgir algo agradable, estímulos para el oído y la conciencia, imágenes del Medio Oriente, del mar de Manicuare, de Boston. Es música que sana, que reúne, que ayuda. Leo vive en Estados Unidos y tenía mucho sin encontrarse con el público venezolano. La última vez fue en 2013, cuando presentó su más reciente producción, Pianoforte, en el del Festival El Piano y los Períodos de la Música, promovido por el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela. De eso han pasado 5 años. Ahora es julio de 2018 y, ya que visita Caracas, quiso aprovechar para tender su mano: produce esa maravillosa música que sale del piano, para prestar ayuda al más necesitado. A la salud de los músicos, lleva por título este concierto benéfico preparado por Guataca en el Centro Cultural BOD.

 

Azul de Manicuare es el primer regalo de Leo Blanco a la selecta audiencia de la noche. “Mañana, canción azul / Soles despiertan el oleaje sin fin / Corales como joyas de arenal, / Niños vestidos de sal y espuma”, reza la letra del tema, que en su momento cantó Beverly Rego, en tributo al poeta Cruz Salmerón Acosta (Cumaná, 1892-1929). Ahora suena totalmente instrumental.

Luego de tocar Colores del sur, el músico hace su primera intervención para saludar. “Es un placer estar acá nuevamente, siempre es un sentimiento diferente tocar en mi país, este es un pueblo muy musical, y lo veo a diario en mis clases en Berklee, donde mis alumnos venezolanos siempre destacan por su humor, su musicalidad y sus ganas de echar pa’ lante”. Después comienza la próxima pieza de la noche: una genial versión de Tonada del cabrestero de Simón Díaz.

“Camino del llano viene, puntero en la soledad / el cabrestero cantando, su copla en la madrugá…”. La letra llega inevitablemente a la mente con aquella música que fluye como sangre en las venas. Leo Blanco tiene en sus manos la esencia de la tradición mezclada con lo que le aportan las músicas del mundo con las cuales está emparentado a diario. Por su cátedra en Berklee College of Music, pasan estudiantes de Latinoamérica, Israel, Palestina,  Marruecos, India.

En su perfil de docente de Berklee explica: “Mi objetivo es compartir mi entusiasmo y comprensión de los elementos de la música mundial con mis alumnos (…) He visto la emoción en las caras de ellos cuando reconocen conscientemente elementos de África, América Latina o los Balcanes, en la música de otras culturas. Puedo darles a conocer el poder transformador de la música y su capacidad de transportar a una persona al otro lado del mundo”.

El público en la sala viaja también con el concierto que ofrece el merideño, quien ahora interpreta un tema llamado Yemen, con marcada influencia de la música de aquellas latitudes. Leo Blanco combina la música de su piano con acompañamiento vocal, va entonando él mismo algunas de sus frases musicales, que esta noche cuentan también con el acompañamiento de Carlos Rodríguez, quien aporta un contrabajo con arco para este tema, y Carlos “Nené” Quintero en una exquisita percusión que puede incluir desde una caja peruana, pasando por sonajeros en los tobillos del artista, platillos o el sonido de un patito de hule.

Para rendir tributo al gran legado africano en Latinoamérica, Leo Blanco invita ahora al escenario a la cantante Ana Isabel Domínguez y al maestro Aquiles Báez, para interpretar Perú landó, un tema incluido en su disco África Latina. El poema Opalina de Beverly Rego acompaña esta interesante melodía.

Al presentar el Vals # 5, Leo Blanco bromea diciendo: “Les debo el 1, 2, 3 y 4, pero este fue el que más bonito me quedó”. En este tema pone a cantar al público, que en este punto es totalmente suyo.

El negro José de Aldemaro Romero inspiró el próximo tema, que Leo Blanco tituló El negro y el blanco, una relectura del clásico con todo su virtuosismo y tintes de joropo llanero incluidos.

Aquiles Báez reaparece en escena como invitado especial, esta vez por ser el autor del tema que interpreta Leo Blanco, A mis hermanos, una hermosa melodía que se ha convertido sin querer en un himno de los músicos venezolanos. “La música brasilera es famosa porque ellos tocan su propia música, como Chico Buarque haciendo música de Tom Jobim”, comenta el pianista antes de interpretar la composición de su coterráneo.

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Cierra la experiencia con el tema que da título a su disco, África latina, una composición donde se hacen presentes los ritmos, melodías y modulaciones vocales de aquel continente, mas no en sus formas genuinas, sino filtradas por el afinado criterio musical de Leo Blanco. “Yo vengo investigando y conociendo música del mundo y filtrándola desde lo personal. A veces se cae en esa discusión entre los tradicionalistas y los que empujamos la barrera; yo soy de los que empuja.  También soy protector de los tradicionalistas porque gracias a ellos he llegado hasta aquí”, ha dicho.

Allí está el Leo Blanco que se inició en la música en su Mérida natal, el que llega a la parroquia Candelaria de Caracas a finales de los 80, el mismo del Juan Sebastián Bar y Café Cristal, el director de la banda de Luzmarina Anselmi, el que salta a Estados Unidos a los 24 años y el que ahora con la docencia, retroalimenta y engrandece sus creaciones, pero también está el hombre solidario, quien se ha propuesto hacer música con propósito y ha venido ofreciendo conciertos a favor de causas benéficas.

“Yo creo que la música es como el agua, no se puede parar”, ha afirmado, y Leo Blanco es un caudal de creación cuyo fin no llegará ni con la muerte, pues su música suena y seguirá sonando por mucho tiempo en distintos formatos, como ya se puede constatar en Youtube. ¡Enhorabuena!

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En la casa de los juegos de Aquiles Báez

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Es como el niño que quiere mostrar su juguete nuevo a los amigos. Aquiles Báez sale al escenario y se nota ansioso, nervioso. Hasta los maestros se ponen nerviosos. Toma su guitarra acústica Hopf Dieter, la tropieza, el cable se enreda, y entonces suelta la primera broma.  Afina con delicadeza y precisión, apoyado en su oído y la tecnología. El silencio en la sala Experimental del Centro Cultural BOD denota el respeto de su público, ese que lo acompaña desde aquel disco, Aquiles Báez y su música de 1987, o incluso desde antes.

Móviles lleva por título la experiencia de este 8 de julio de 2018. Año y medio hacía que no se presentaba Aquiles Báez solo con su guitarra y hay expectativa por disfrutar lo que ha creado el maestro. Él mismo dice que es una máquina de creación y en efecto, está por arrancar un concierto que depara 16 temas de su autoría, más una sorpresa.

Registro se llama la primera canción que regala el falconiano a su público. Inspirado en la bandola venezolana, presenta un juego de acordes y sonidos diversos, con cadencias andaluzas  y aires que traen a la mente paisajes y sonidos locales y universales. A ratos, el artista coloca su mejilla en la caja sonora de la guitarra, la recorre mástil arriba y mástil abajo, le saca sonidos de todos sus rincones, se siente la intimidad entre el instrumento y su ejecutante, se intuyen largas horas de estudio y creación, de amores y desencuentros, como en toda buena pareja.

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Los primeros aplausos sacan a Aquiles Báez de su introspección. Toca siempre con los ojos cerrados y al abrir, está de nuevo el niño que parece decir, “¿vieron, qué fino mi juguete nuevo?”, “¡Vamo’a jugá!”. Y el juego apenas comienza.

El oriente venezolano y su olor salino se apodera de pronto de la sala con una Malagueña tan hermosamente rearmonizada que haría quedar sin aliento hasta al pescador más avezado. Huele a pescado fresco, a uvero de playa. Se escucha el masaje de las olas a la arena y es posible disfrutar incluso del amarillo azafranado del sol de Henry Martínez.

Si en 1994 regaló a la Humanidad, La casa azul, inspirada en su hogar en La Vela de Coro, esta vez Aquiles Báez comparte otro pedacito de aquel santuario personal con Mi patio, una joya llena de remembranzas y anhelos, con pasajes llenos de ternura, dulzura, brisa fresca y calor.

“Uno tiene miles de problemas y empieza a contemplar el Ávila y se te olvidan. Dios como que lo puso ahí para que los caraqueños nos sintiéramos felices”, comenta ahora el artista, a propósito del siguiente tema, un merengue titulado La montaña, dedicado al regalo más valioso de la naturaleza para este valle de Caracas que a veces parece no dar tregua a los ciudadanos. Allí están sus pliegues de todos los verdes posibles y sus motas de neblina, allí está su estampa, la misma que inspiró a Cabré.

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De pronto, una lágrima se desliza por la cuesta. Así es la música, entra sin filtros y provoca sensaciones indetenibles y este tema lo logra desde sus primeros acordes: Elegía en merengue es una hermosa canción dedicada al bajista Gustavo Márquez, gran amigo de Aquiles y del gremio musical, quien demasiado joven partió a tocar en otra dimensión. En la sala está su padre como camarógrafo, allí están sus amigos, sus compañeros de música, saltan de inmediato los recuerdos, sus risas y su don de gente. 

Con el mástil hacia Latinoamérica

Si algo distinguió este recital –y lo que ya es el disco que pronto saldrá al mercado—es la apertura de las composiciones de Aquiles Báez hacia otras músicas latinoamericanas que lo apasionan desde siempre, pero en las que se había inspirado poco para sus creaciones, más influenciadas por música venezolana de raíz tradicional y jazz. Como muestra de ello, ofreció un tríptico compuesto por Samba pra uma Regina, dedicado a Beth Carvalho; otro titulado, Para Chabuca, un landó peruano tributo a otra reina, Chabuca Granda; y Un tango para Astor, como homenaje al inolvidable Piazzola. Cada tema con un profundo respeto por la tradición, por los personajes homenajeados y por su música, amén de una complejidad técnica y un refinamiento estético, exquisitos.

Superada la mitad del espectáculo, el guitarrista compartió con los presentes un tema compuesto para su esposa, Ana Isabel Domínguez, “esos amores que uno tiene en la vida, que duran para siempre… mi compañera, la mujer de mi vida”. La negrita es un sabroso merengue donde lo lúdico y lo virtuoso, juegan con lo sublime y lo tierno.

Siguiendo en la onda latinoamericana, esta vez le tocó el turno a Zamba de la Luna Violeta de Juan, dedicada a Luna Monti, Juan Quintero y su hija Violeta. Y como para que no quedaran las dos seguidas, intercaló otro tema a su pareja, titulado Para ella, con aires de la sierra falconiana, terruño de la médica y cantante, Ana Isabel Domínguez.

Impregnado de su experiencia en música para cine, Aquiles Báez apuesta igualmente por creaciones con una búsqueda más dramatúrgica, si se quiere, donde el relato y el artificio juegan a favor de crear atmósferas determinadas. Es el caso de Aguaceros en mayo, un tema que explora el sonido de las gotas de lluvia sobre los techos de zinc, y la ambivalencia de ese fenómeno natural que puede significar regalo, alimento, inspiración, pero también dolor, destrucción, muerte. Ahora tiene entre sus manos una guitarra electroacústica Godin, que le funciona para crear reverberancias y otros efectos de sonido, que suman y enriquecen el experimento.

Hay algo interesante en la música de Aquiles Báez, al menos en este repertorio: en líneas generales, siempre genera bienestar, placer, felicidad. Incluso, temas como Aguaceros en mayo, presentan más la cara amable de la lluvia; es difícil en esta y en otras canciones, encontrar algo que inquiete o perturbe el estado de paz que hay en la propuesta del artista.

Experiencias que generan música

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La historia del Señor de Bom Fim que condujo con bien a los pescadores en Salvador de Bahía, inspiró Baiao do Bom Fim. Su paso por un monasterio benedictino en Austria y el sonido generado por las campanas del lugar, produjo el tema titulado Gottweig, también impregnado del recurso cinematográfico para contar una historia, con efecto de campanas incluido. El sonido producido por móviles en el patio de su casa materna, dio pie a la composición titulada Móviles que a su vez, dio nombre al espectáculo y disco. Y Cartagena de Indias, Colombia, le trajo la inspiración para componer Muralla, tema con el que cerró el concierto.

A la petición de otra, el artista propone improvisar. ¿Merengue? ¿Venezolano o dominicano? ¿En modo menor o mayor? Y es como un túnel de colores, con nuevos pasadizos, inventos, sorpresas: ¿Y si le ponemos una letra actual? Vienen alusiones al Mundial de Fútbol, el humor de Aquiles Báez, su locura, es su casa de los juegos.

Los genios son así, pueden ser amados o despreciados, pocas veces comprendidos, con una necesidad de crear permanentemente y mostrar lo que hacen, con un don para el trabajo impresionante. Así es Aquiles Báez. Y es que hasta su cabello que inicia la experiencia medianamente peinado, acaba el concierto agitado, como el de Eisntein o Reverón. Se nota lo vital que es un espacio como este para él. La historia ya guarda un lugar para este músico, compositor, gestor cultural y defensor de la música y los músicos venezolanos.

Aquiles Báez lo hizo de nuevo, sacó no uno sino todos sus juguetes y los compartió generosamente con un público que le agradece ser y hacer en Venezuela.

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