El concierto de Andrés Palmar, el hombre árbol

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

Sobre el escenario, Andrés Palmar parece un árbol que no sabe cómo sacarse la timidez mientras habla. Flaco, alto, barbita: gestos de bonachón perdido en la jungla. En la jungla de la vida, supongo, aunque también  —y sobre todo— en la de Venezuela. El público lo ve fijamente, sus músicos lo escuchan y él comienza a hablar: “Este es un concierto educativo”, dice. ¿Educativo por qué? Porque se encargará de difundir valores y de hablar de la Tierra y otros asuntos ecológicos.

A continuación, se quita los lentes y comienza a tocar.

           

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La prueba de sonido, terminada minutos antes, resultó amena, agradable. Precisemos: ruidosa, con intercambios de palabras fraternales, con sonrisas de los músicos y saludos llenos de afecto. Andrés no lucía nervioso. Y el resto de los músicos se acompasaban a su tranquilidad. Sus movimientos eran los de una brisa calma que ordena el ambiente. Los ingenieros de sonido siguieron afanados en su labor; un técnico movía una gigantesca escalera por todos lados: acomodaba un bombillo aquí, otro allá. Y llegó el momento de que los protagonistas de la jornada se refugiaron en el camerino, ahora sí con algunos gestos temblorosos.

Mientras se cambiaban, el bajista Xavier Perri comentó con sorna un chiste que surgió en algún grupo de WhatsApp. Por ese medio, se compartió una foto de Andrés en Globovisión. Alguien la editó, señaló sus pies con retoques al estilo Paint y escribió: “Al menos ya usa zapatos”.

—Es que yo antes tocaba descalzo –le explica Andrés.

Ya se sabe: los árboles necesitan estar siempre conectados con la tierra.

 

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La primera canción la compuso el propio mandolinista y se llama —¡vaya sorpresa!— La casa del árbol. No se trata, que quede claro, de una casita sobre unas ramas, sino un homenaje a la casa de los humanos y de los árboles: la Tierra. La música nos hace sentir como hojas acariciadas por la brisa. Casi parece mentira que ese flaco de movimientos reprimidos toque la mandolina con tanta soltura: cierra los ojos y cualquier desubicado podría preguntar si su trance es artístico o de otro tipo.

Cuando suena Colombeia, empieza a presentar a los músicos. En plena interpretación, Jomar Daboin (compositor de esta pieza) se pone de pie y se mese al ritmo de la melodía, mientras su guitarra domina la escena. Su destreza es tal, que hasta sus compañeros se le queden viendo  un poco embelesados. Jomar sonríe, disfruta, como un niño que corre suelto por el campo. Como un animal que se sabe libre. Como un músico en estado de gracia.

—¿Quieren que los siga presentando con música?— pregunta Andrés, risita de por medio, al terminar la canción.

El público aplaude con entusiasmo.

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Un detalle que no es baladí es que Andrés se quita lo lentes para tocar y se los vuelve a poner cuando acaba la interpretación. 12 veces los retirará de sus ojos, 12 veces se los pondrá de nuevo. Lo primero que cabe preguntarse es por qué no se los deja puestos y ya. La respuesta sencilla podría ser que se le pueden caer. La respuesta a la que nos vamos a ceñir es que probablemente le “pesan”. Un hombre que habla de ecología, ruinas peruanas, teología y que tocaba descalzo es quizá un hombre que busca volver a su estado primigenio de polvo. Sus gestos guardan la necesidad de despojarse de todo para, a través de la música, fundirse con la Tierra.

El hombre árbol, de paso, también toca con los ojos cerrados.

Suena Una tierra diferente a las otras, un huayno peruano. Le sigue Gaitero, en honor a un género por el que Andrés dice profesar un gran respeto: la gaita.

—Aunque las he tocado, no las sé tocar. Es como que si para que sonaran como es debido debes haber nacido en Zulia –dice.

Sigue hablando con la pausa que otorga la respiración del tímido. Se suelta cuando toca y demuestra su talento en la mandolina. Entre los músicos abundan las miradas cómplices, las sonrisas fraternales: se nota que de verdad disfrutan lo que están haciendo. ¿Cómo se puede ser infeliz si se toca con tanto amor?

Andrés presenta a Jomar como a un amigo de hace años, casi como un hermano; descripción similar utiliza para referirse a Xavier, de quien agrega que toca tantos instrumentos que cualquier día le da por meterle a la mandolina y lo deja sin chamba. Por último, se refiere al percusionista Julio Estanga, a quien dice conocer poco, pero que al ser amigo de Jomar automáticamente pasa a ser su amigo.

—Además, se ríe de todos mis chistes. Por eso entró a la banda.

Carcajadas.

Hasta los músicos muestran complicidad: poco a poco, Andrés también se va soltando como orador.

Un pueblo diferente a los otros antecede a Cuando tus ojos brillan, una pieza para la que hará falta la aparición de una vocalista: será la primera interpretación de la mañana —que ya sabemos que esto se llama Noches de Guataca pero ocurre de día: gracias, inseguridad— que incluya letra.

Luisana Pérez emerge desde las sombras de las cortinas para repartir besos voladores y regalarle un abrazo a un Andrés que la acaba de presentar como una vocalista impresionante, de una voz hermosa. Los árboles, ya se sabe, son sensibles al canto de los pájaros.

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La canción que sigue hace un guiño a lo que acabamos de ver. Es un Pajarillo, interpretado únicamente con mandolina. A estas alturas, Andrés luce más fresco, Xavier hacer un chiste cada vez que puede, Jomar tiene pinta de estarse disfrutando todo y Julio, bueno, a veces es el único que se ríe de los comentarios de Andrés.

El concierto se ha caracterizado porque, de fondo, una pantalla muestra una foto alusiva a cada canción. ¿O sería preciso decir que cada canción se construye alrededor de la foto?  El caso es que Andrés se apoya de este recurso para darle fuerza a su discurso, con argumentos que a veces cojean y otras echan raíces.

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Cuando se muestra La creación de Adán, la famosa obra de Miguel Ángel, Andrés ve la imagen por unos segundos y luego voltea meneando la mano derecha de un lado a otro, como si se hubiese quemado:

—Este tema está candente –dice.

Expone, a continuación, algunas de sus creencias religiosas: dice que Jesús era negro; que su mamá lo trató de loco cuando se lo hizo saber; habla de la divinidad. Asuntos espirituales. Pero nada tiene suficiente sentido hasta que empieza a tocar. Otra vez los ojos cerrados, de nuevo esa sonrisita, y esos dedos salvajes que se comunican con las cuerdas. Andrés no necesita hablar de espiritualidad: lo que tiene que decir al respecto lo dice tocando.

La pieza se llama La existencia de Dios.

Van casi dos horas de concierto y el hombre-árbol se mece ahora con la naturalidad del que vive en el bosque. Sospecho que tiene ganas de quitarse los zapatos, pero encuentra la manera de desenvolverse bien frente al público: la timidez la transformó en ideas. Hizo fotosíntesis, pues. Tal es el caso que luego de unos cinco minutos se da cuenta de que está hablando sin micrófono. Se apresura a corregir su descuido. Igual no le hacía falta: la intimidad de la sala nos tiene tan arrobados que es fácil sentirse como en una pradera.

Suena Joropo Vegetariano.

Se va acercando la hora de cerrar, pero antes tiene preparada una parranda. Para eso, llama a escena a una amiga. Dice que la admira tanto que está a punto de tatuarse su nombre: es una vocalista tan magnífica, afirma, que quiere escuchar su voz todo el tiempo. Ana Cecilia Loyo emerge desde las profundidades del bosque, con ganas de besar y abrazar a todos sus amigos. Canta Barriga de aire, versión vegetariana. Porque sí, si no sabían, Andrés es (qué sorpresa) vegetariano: solo engulle lo que tiene su misma energía.

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Las últimas dos piezas –Efecto Lauro y Fábrica positiva– se interpretan con la intensidad a la que ya nos acostumbraron. Andrés habla del maestro Alirio Díaz y de Anterio Laudi, pone una foto de los llanos venezolanos (en los que se advierte, juguetones, la silueta de dos chigüires decididos a dar continuidad a su especie) y habla un poco de su ascendencia familiar. Todo como si se tratara de un Picnic. Pienso, entonces, que más que educación, el concierto tiene cierto aire hippy: sus valores son pacíficos y ecológicas. Lo cual no está mal, menos en tiempos tan violentos como los que atraviesa Venezuela.

Cuando los músicos se ponen de pie, se hace presente la única acción agresiva de la jornada: unos impetuosos aplausos.

           

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