El reencuentro entre Aquiles Báez y Roberto Koch, tras los acordes nostálgicos

Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

La escena sucede despacio. Una luz naranja, más bien dos, caen sobre los instrumentos dispuestos en el pequeño escenario. El contrabajo, tan grave, está algo por encima. Roberto Koch lo nota y lo dice en voz alta. Aquiles Báez deduce que su guitarra está áspera. “Está áspera”, repite, y mira alrededor de ese espacio oscuro donde los demás también van ajustando detalles. Dos lámparas hechas con material reciclado cuelgan de alguna rejilla. Un bombillo titila y no entienden por qué. Aquiles no decide dónde colocar el atril y desde cámara le agradecen cuando por fin lo esquiva y la imagen desde allí queda limpia, equilibrada. Roberto revisa algunas notas en un iPad. Aquiles arruga la punta de las hojas de las partituras que reposan a su lado. Alguien toma una foto y un niño lleva el ritmo del contrabajo con el pie. Roberto sonríe cuando lo ve y abraza el instrumento, como quien se aferra a la melodía. Ensayan Mi patio, el tema que cerrará la velada aunque el público no lo sepa aún.

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Son las 10:31 de una mañana de domingo. Estamos en la Sala Espacio Plural del Trasnocho Cultural. Corren la cortina negra de la entrada porque ya afuera hay dos o tres curiosos que se asoman al escuchar las notas del ensayo que se cuelan; aunque no las risas, ni el aroma del café que quería Aquiles y alguien le alcanzó; ni la quietud de Roberto. Rasgan las notas, se entienden, sonríen y entonces el ensayo termina y desaparecen tras otra cortina negra con sus instrumentos a cuestas para volver después, cuando la sala esté llena, ante el aplauso ansioso de reencuentro.

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Cuando Roberto decidió emigrar del país hace cuatro años, se llevó la nostalgia en la maleta. Su contrabajo se había paseado por todas las notas posibles, pero había que irse, para conseguir otras. En la lejanía, comenzó a componer y ahora, que estaba de visita en su país, sabía que no podía irse de nuevo sin reunirse con Aquiles Báez, su viejo amigo. Para recordar melodías, para pasearse por unas nuevas, para explorar la música y hacer de ese encuentro un cúmulo de nostalgia y alegría. Entonces, esa cita de guitarra y contrabajo se adivinaba certera.

Desde la intimidad de la sala se escucha un rumor lejano. Son las voces de quienes, ticket en mano, se agolpan en la entrada esperando a pasar. Adentro, todo parece estar en su lugar: el video de bienvenida a esta serie de conciertos llamada Noches de Guataca está a punto, ya la escalera no está en medio del escenario, ya el bombillo no parpadea. “Dile que ya deje pasar”, grita uno de los guías de la sala y despliegan la cortina tras una puerta breve de vidrio, para que todos puedan entrar.

Lo hacen en silencio. Ubicar los asientos es fácil. Son poco más de 90 butacas y la función está casi agotada. No hay distingos de edades. Se van sentado en orden niños, señores, jóvenes. Dos niñas entran tomadas de la mano y escuchan atentas dónde están sus sillas. Alguien va al baño, rapidito. Otro más, hace una foto de un escenario vacío e íntimo.

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Son las 11:16 de la mañana y la sala está llena. Se cierran las cortinas. Bienvenidos a Noches de Guataca, de día, para celebrar diez años del nuevo sonido de la música venezolana.

Nadie habla. Mientras Aquiles Báez y Roberto Koch, los maestros, entran al escenario, solo hay aplausos. Ellos se miran con brevedad y entonces se deslizan sobre las notas de A mis hermanos, con una sutileza que remueve al público, que los hace estallar en risas al final porque ellos –los músicos- también lo hacen. “Estoy emocionada”, dice alguien en voz alta y Aquiles sonríe. Roberto sonríe. Nadie más habla. Sin advertirlo, se pasean por música tradicional de Brasil y el contrabajo se va a otro mundo durante un solo que agita los dedos, que se vuelve celebración al final. “Cuatro años fuera de Venezuela…Claro que es emocionante tocar con Aquiles”, dice un Roberto tímido y conmovido al que le saltan otras palabras para contar cómo fue compuso Enero, la pieza que interpretaron justo después de saludar a todos, como quien recibe a invitados en la sala de su casa. Y es con ese tema, tan nostálgico, que el público se sumerge en un halo del que no salió hasta que encendieron las luces, casi dos horas después.

Roberto se ha convertido en un buen compositor, que era algo que tenía muy guardado, que él no sabía”, le dice Aquiles a él y al público. Los ritmos brasileros insisten con  Baiao du Bonfim y para ese momento, quizá no se han dado cuenta que algunos mueven el cuerpo a ritmo de contrabajo y otros marcan el compás de la guitarra con los pies. O sí lo notan, claro que lo notan, y por eso Roberto se anima a contar cómo es que en Suiza compuso Muñequita para su hija y Para Andreína, a su esposa. Sonríe después de los temas, dice que es muy serio, que es tan nostálgico y el público, que ha cerrado los ojos para dejarse llevar por los acordes, premia su seriedad con aplausos y quiere más cuentos, más melodías. Por eso se divierten con un merengue blues de Aquiles, juegan con las notas, las enaltecen. Y Roberto se anima con un merengue alegre dedicado a su amigo, por tantos años de tocar juntos.

Un merengue para su música y su amistad.

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Lo que sucede en un reencuentro de amigos es que la posibilidad de recordar momentos olvidados se vuelve más latente. No hay ensayo para eso. Por eso el público se puede enterar que Roberto duerme hasta tarde, pero que Aquiles se despierta más temprano o de travesuras en esos instantes de giras en cualquier otro lado del mundo. Entre risas y cuentos, todo lo resumen en la música y son tan hábiles con sus acordes que después de la camaradería, pueden sumir a todos en un profundo silencio para interpretar Alas, un tema que Aquiles compuso, hace años, para La pluma del arcángel, la película de Luis Manzo.

Y es por eso, por ese juego de emociones entre la gravedad del contrabajo y la sutileza de la guitarra clásica, que el público recibe con nostalgia y sorpresa la despedida.

Son ya las 12.40 de la tarde.

“Al irse, uno deja un pedazo de sí mismo. Es desgarrador. Compartimos tiempos maravillosos y por eso es bueno volver, tocar con Aquiles, reencontrarme con ustedes”. Roberto está conmovido y lo sigue estando al terminar de interpretar “Así dice mi negro”, la cúspide del encuentro, el aplauso emocionado. Y entonces, una más; una más para ellos mismos y quienes lo escuchan. Ese regalo que es  Mi patio, un tema que Aquiles compuso al patio de su casa en la Vela de Coro, por esa necesidad de reencontrarse con las cosas hermosas y agradecerlas en tiempos tan convulsos.

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El aplauso de despedida es largo.

Roberto y Aquiles se abrazan, se agradecen la música y la amistad.

El público despeja la sala. Se cierran las cortinas negras y afuera los esperan los abrazos, la emoción contenida. Se van poco a poco, y quedan ellos sabiendo que el ensayo salió bien. Que tras cada vuelta, habrá motivos para reunirse y tocar juntos, otra vez.