Luisana y Ariana Pérez, la música como fogata familiar

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Luisana y Ariana, las cantantes, son hermanas. El clarinetista también. En el cuatro está la tía. En la guitarra, el esposo de Luisana. Uno de los percusionistas es el novio de Ariana; el otro, hijo de Luisana. Así han sido siempre las cosas en el seno de Las Voces Risueñas de Carayaca, legendaria agrupación del estado Vargas: para ellos, la música es calor familiar.

Es domingo 3 de febrero, fecha del primer recital de la primera temporada de Noches de Guataca de 2019. El público ya está ahí, en las sillas del Espacio Plural del Trasnocho Cultural para escuchar a las protagonistas del concierto: las hermanas Luisana y Ariana Pérez, quienes entran al escenario con ofrendas, cantando salves a la Cruz de Mayo: Convido, Salve de los Navegantes y Salve del Carmen.

El público se convierte en familia también, alrededor del fuego sagrado que es la música y la tradición. En escena hay un altar donde resalta la Cruz de Mayo. Hay varias cruces de distintos tamaños adornadas con papeles de colores, y una cesta de frutas está en el centro. Al otro extremo, hay dos pequeños: la figura del Niño Jesús, y Pedrito, el hijo de Luisana, el percusionista.

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Un día antes se ha celebrado el Día de la Candelaria, que cierra para muchos el período de la Navidad. Pero las hermanas Pérez se toman la licencia de regalar cantos a la cruz, al Niño Jesús y a San Juan.

Tras terminar los cantos a capela, empieza la fulía. Ah, malhaya un corazón palpita con cuatro, guitarra, dos tambores, una charrasca de madera y un plato de peltre. Quienes están en el público escuchan embelesados a Luisana percutiendo el elemento metálico con un cuchillo de mesa, como si fuera una charrasca. Por su aspecto pelado y golpeado, el instrumento debe haber acompañado muchas fulías, parrandas y aguinaldos.

Un plato. Comida. Hospitalidad. Calor. Es como estar en la casa de los Pérez en Carayaca. El sitio por excelencia de las reuniones familiares suele ser la cocina y es precisamente allí donde parece desarrollarse una experiencia que conecta con la tierra, con las raíces, con la esencia. 

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Las primeras décimas son recitadas por la tía Loreley Pérez, actual directora de Las Voces Risueñas, quien en esta oportunidad se destaca con el cuatro. Le sigue el esposo de Luisana, Javier Marín, quien está como guitarrista y bromea diciendo que las suyas no son décimas, sino “pésimas”.

Adiós pero mira vale y Emiliana, son las dos fulías que le preceden y tras un par de décimas más, el bloque de música a la Cruz de Mayo cierra con El cumanés.

Ariana tenía cuatro años cuando se montó por primera vez en un escenario. Se celebraba el 50 aniversario de Las Voces Risueñas de Carayaca en el Aula Magna de la UCV. Justo antes de entrar a escena, se les escabulló a los adultos. Una niña vestida de angelito era buscada afanosamente para el nacimiento viviente. Finalmente apareció y la actuación se llevó a cabo.

Veinte años después, Ariana quiere volar. Ahora coquetea con la idea de una carrera como solista. Y vaya que tiene con qué: su voz es dulce y afinada, tiene swing para cantar los ritmos tradicionales y su belleza y frescura hacen suspirar a varios en el público. “Yo voy a buscarme un novio porque me quiero casar”, reza el pícaro coro de El novio, tema de Nicolás Sanabria que le funciona perfectamente para brillar como cantante.

Luisana, por su parte, quien ya despegó con su carrera como solista, tenía preparada una canción de Humberto Troconis titulada Vieja Maiquetía, un vals que interpreta acompañada de la guitarra de Marín y el clarinete de su hermano Sergio. El tema provoca lágrimas de emoción en algunos, no solo por la cautivadora voz de ella, sino por los pasajes conectados con la añoranza y la nostalgia por aquel lugar de la costa varguense. “Tus calles, tus playas, reflejan en mi alma / todo aquel pasado que vibra en mi ser”.

Luisana, también fagotista,  es una de las voces referenciales del canto femenino de Venezuela en la actualidad y grabó un disco como cantante titulado Como la espiga. Luisana y Ariana llevan en su voz el sello indiscutible de aquella agrupación familiar surgida en los años 50 en Carayaca para marcar un hito en la historia de la música venezolana.

Pedro tiene nueve años recién cumplidos. Está atento a lo que pasa en escena. Tiene la seriedad de un músico de mayor edad. Sentado, sus pies aun no llegan al suelo. Se coloca el tambor entre las piernas, y sus manos empiezan a percutir perfectamente el 5/8 de un merengue venezolano. A veces se le resbala el tambor, pero la concentración y su actitud son tales, que no importa. Es el percusionista estrella del concierto junto a Pablo Quintero, el novio de Ariana. Es como si tuviera un carrito entre sus manos. Ha crecido cantando y jugando entre instrumentos musicales, como todos los demás.

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Viene el bloque de los aguinaldos, que se pasea por los más tradicionales de Las Voces Risueñas hasta los más contemporáneos. En el portal de Belén es de Emma Díaz, y La noche más bella, de Emma Díaz y Luis Pérez Padilla —abuelo de las cantantes—, respectivamente, ambos fundadores de la  agrupación.

Luisana comenta que este aguinaldo ha sido cantado a dúo por tres generaciones: Tirsa (su tía abuela) y su hermana Fanny; sus tías Loreley y Flor, también hermanas; y ahora ellas dos. Cuando terminan la interpretación, el público les regala un caluroso aplauso.

Destellos de luz pone a prueba varias de las facetas de Luisana. Además de cantar y tocar fagot, es la autora de la letra, a la que Javier Marín puso la música. Se trata de un aguinaldo de gran delicadeza, que expresa la devoción por el Niño Jesús, con la ternura y belleza que caracteriza mucho del repertorio decembrino, y los tintes más vanguardistas de la música universal.

El aguinaldo de Flor Pérez Évora, La luna del niño, cierra la sección de los aguinaldos, con un arreglo nuevo de Marín. La autora, presente en el público, aplaude de pie y agradece a los músicos, su familia.

Tras los llamados de San Juan, las hermanas Pérez se entonan unos golpes de tambor de Tarmas con dos cumacos que vibran en el pecho y retumban en toda la sala: Corozo, Embálame la maleta, Pájaro negro y Jinca. Parranda de La Candelaria cierra el concierto honrando a la Virgen cuya devoción se celebra cada 2 de febrero. Aquiles Báez, Flor Pérez Évora, Andrea Paola Márquez, y otros invitados del público se suman a la fiesta final del concierto.

Alguna parte del cuerpo siempre se mueve inevitablemente ante el toque del tambor, algunos aplauden. Provoca bailar. Es nuestra música, nuestro sabor. Venezuela, como todos los países, tiene problemas y defectos, pero también cuenta con maravillas como su música, su gente, su calor de hogar.  Como sus familias. Pedrito, Ariana, Luisana, Loreley, Tirsa, Luis, Javier, los Pérez, los Marín. Es en la familia donde está la clave del desarrollo de los pueblos porque fomenta valores, tradiciones, rituales de la civilidad. Sería fundamental alimentar esa fogata familiar para tender a mejores personas. Luisana y Ariana son una muestra de ello: bellas, buenas personas, grandes artistas.

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