Las notas afinadas de los Enbandola’os

Por Adriana Herrera
Fotografías: Nicola Rocco

 

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Una vez escuché que a la ciudad, a Caracas, le hacía falta llenarla de música. Y quizá sea un atrevimiento comenzar este relato con ese recuerdo, pero eso es lo que vino a mi mente al entrar en la Sala Plural del Trasnocho Cultural tan temprano y verla vacía, llena de sillas negras, numeradas, entre ese silencio de madera que le viene desde el suelo. Pero no solo se trata de ese espacio y los instrumentos y las notas que se forman en el aire; es también la gente que lo llena, la gente que escucha. Y ese domingo -el día que recordé la frase- al cabo de un rato la sala finalmente se llenaría de música, de gente con ganas de escuchar y hacer ciudad.

Cuando se encendieron las luces de la sala, entró el técnico, escalera en mano, a probar que no fallaran; los demás acomodaron las cámaras, dispusieron las sillas en el escenario y buscaron lugar para el cuatro, las maracas, las bandolas. La promesa de esa noche de guataca mañanera era llevar al público a un paseo por el sonido de las bandolas y cuatro músicos serían los encargados: Ricardo Silva (maracas, cuatro, bandola guayanesa y guaribe); Alfredo Gutiérrez (voz, maracas, bandola llanera); Gustavo Bencomo (bandola sucrense, cuatro) y Carlos Lozada (bajo). Ellos son los Enbandola’os.

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Pero esa sería una presentación distinta. Músicos y público harían un experimento: el de entender el sonido de las bandolas a medida que se pasearan por las regiones y los distintos géneros. Así, cuando fueron recibidos entre aplausos y comenzaron a saltar las notas de la bandola guayanesa con Gran Sabana, de Gerson García, nadie sabía -o quizá algunos del público sí- que las bandolas tienden a desafinarse por los cambios de temperatura o ejecuciones muy largas, pero lo explicaron allí mismo entre el saludo y la risa, dando tiempo a que volviera el sonido adecuado para invitar a cantar a Milagros Figuera un joropo tradicional, La Josa, que agarró fuerza desde la esquina de su voz. Y como en los espacios donde la música sucede, puede pasar cualquier cosa, en medio del canto entraron dos bailarines a escena y se esmeraron con los pasos del joropo, ese baile que sonríe como la flor que llevaba en la cabeza la dama que bailaba, mientras Milagros agitaba las manos marcando el ritmo de esa josa en Guayana que echaba pa’lante y pa’tras.

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Y así, entre afinaciones y la cercanía con el público, los músicos se paseaban entre los instrumentos dejando datos sueltos, como que la bandola maneja otros géneros, por ejemplo, y así interpretaron un vals con polska, también con la bandola guayanesa que antes había sonado a joropo; o como que esa bandola se toca con pajuelas hechas de carey y que lo que la distingue de la bandola de Guaribe es la ejecución. Guaribe, ese lugar en el estado Guárico donde, al parecer, todos nacen ya con una bandola amarrada al brazo. Eso es lo que cuentan los Enbandola’os.

 A estas alturas de la Guataca, el público ya ha llenado de calor la sala y las bandolas se afinan más rápido y los músicos se van turnando para echar uno que otro cuento. Aparecen los bailarines otra vez, son María Gómez y Rubén Matheus que hacen volar las alpargatas mientras bailan un popurrí de Juan Esteban García, con la bandola de Guaribe marcándoles el paso. Y entonces, aunque Guaribe sea llano, se atreven con unos pasodobles, porque el instrumento les da para eso y más. Por eso uno de ellos, que se puso a hablar mientras el otro afinaba, contó que el buen trabajo consiste en investigar bien los sonidos, conocer el instrumento y hacer bien los arreglos para que la gente lo disfrute.

 

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Y ocurre. El disfrute está ahí cuando comienza a sonar la bandola llanera con un tema de The Beatles: And I love her, o cuando el maestro Ismael Querales sale detrás de la cortina negra, agarra unas maracas y se pone a cantar, mientras el público lo aplaude con ganas. Y cuentan, mientras afinan otra vez, que Milagros –quien los escuchaba sentada entre el público- e Ismael son como los padrinos de los Enbandola’os y por eso no podían faltar a esa fiesta, que era como una clase llena de sonidos. “Toquen mal, pero afinen bien”, dijo uno de los músicos y todos rieron justo antes de cerrar ese set llanero con la Mujer del pollo, de Querales.

 Entonces, ahí estaba Gustavo Bencomo, concentrado en su cuatro desde que comenzó el concierto y al que le soltaron la bandola oriental para abrir con un polo carupanero y luego un tema de la autoría de Alfredo Gutiérrez, La Vagabunda, que lo hizo reír desde que lo presentó. Ahí se lució Gustavo con Entrada a Cumanacoa, de Daniel Mayz, un vals que hizo que los baladores se pasearan nuevamente por el escenario, haciendo maravillas con sus pies.

 Y como pasa en los espacios que se llenan de música, el tiempo transcurre más rápido que de costumbre y los Enbandola’os ya iban cerrando la Guataca, pero lo hicieron con una invitación: que el público se levantara e improvisara algunos pasos de joropo. De repente, Ismael Querales por un lado y Milagros Figuera por el otro, de estribillo en estribillo. Y eran las maracas y la bandola sonando a todo dar y las voces agolpadas entre los pasos del público que ya bailaba por el escenario.

 Al final, un aplauso prolongado, las luces de la sala que se encienden para decir que todo terminó, pero el público siempre terco pide otra y ellos improvisan un joropo que les salió afinadito, que hizo que la sala se llenara de gente, de música, de ciudad.