El bochinche de Los Ponsigué

 Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

 

En el escenario quedó el desorden de instrumentos, de envases de agua mineral vacíos, de algunos cuadritos de queso blanco en una bandeja. Todos, el público y los músicos, habían salido de allí aún con el joropo estribillo bajo los pies a buscar un vasito de ponsigué que no se podía tomar en la sala. El ponsigué, ese licor fuerte y dulzón que sabe al oriente de Venezuela o a ese lugar donde crezca una de sus matas silvestres o al patio de los recuerdos de quien lo vaya probando. Afuera, la botella iba de mano en mano y no faltaban los abrazos, la risa alta, el aplauso. El grupo Los Ponsigué había armado un bochinche en la sala que fue, durante dos horas, una celebración a la música oriental y que terminó justo así: en la informalidad de brindar con un sorbo de tan criollo licor.

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Apenas unos pocos minutos antes de eso, ellos: Cyntia Irady (voz y caja), Gustavo Bencomo (voz, bandola, sinfonía y mandolina), Reinaldo Chacón (maracas), Xavier Perri (voz, bajo y guitarra) y Andrés Cartaya (voz, cuatro, acordeón) se habían abrazado emocionados, ante un público que los aplaudía con ganas después de sus clases improvisadas de joropo que consistían en: mover las rodillas, no levantar los pies del suelo y moverse despacito. Y terminaron en eso, porque alguien dijo que el bochinche estaba bueno y que lo único que faltaba era bailar. Claro, todo era parte del show, pero los asistentes aceptaron gustosos y divertidos eso de llenar la sala con sus pasos recién aprendidos.

 Por eso era mentira que el concierto se terminaba con El Borbollón y Andrés Cartaya haciendo galas de los sonidos apurados de su acordeón. Para ese momento, ellos seguían sentados alrededor de la mesa que sostenía algunas de sus partituras, pedazos de queso blanco y una botella con ese ponsigué que se servían de tanto en tanto. Habían bromeado toda la velada, arrastrando las palabras orientales, haciendo reír a un público que seguía sus notas con atención. Decían que ese, su primer concierto guatequero, era como hacer un ensayo. Y fue así como se pasearon por fulías, gaitas margariteñas, una gaita antillana, algún corrío menor, joropo, alguna jota.

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 De sus voces e instrumentos saltaron las composiciones de Hernán Marín (La Guacharaca), de José Julián Villafranca (El Pintor), de Chelías Villaroel (Entre pajarillos), de Pedro Silva (El Burro), de Eugenio Toledo Mota (El joropo de Toledo), de Pedro Carrasquero (Diccionario oriental y Zapatos maqueros), de Gerardo Oyoque y el propio Gustavo Bencomo (Los laberintos) y varios temas más de Cartaya como El ponsigué, A la media diana o Los personajes. También saltaron los nombres de Luis Miranda, el de Remigio “morochito” Fuentes, con su joropo, o el de Guillermina Ramirez  y Paula Núñez con sus fulías. Todo era una exaltación al floclor oriental, lleno de sonidos, de notas tocadas con precisión.

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 El único momento en que no hubo bochinche fue cuando Cyntia —la lidereza, como le dicen— se despojó de su caja de madera e interpretó Malagueña del mar, una canción que escribió Ana Cecilia Loyo inspirada por una fotografía de alguien que estaba viendo por primera vez el mar. La foto, que era a blanco y negro, y mostraba a Juan Felix mirando hacia allá, hacia el mar, colmó toda la sala. Como la voz de Cyntia que buscó sus matices más dulces para llenarlos a todos de emoción.

 Ya para ese instante, Cyntia se había animado a tomar un trago de ponsigué porque dijo que no tomaba, aunque nadie le creyó. Y lo que pasó antes de todo eso fue que la mesa estaba dispuesta ahí en el medio del escenario, rodeada de instrumentos e iluminada tenuemente. Lo que pasó fue que mientras el público buscaba sus asientos, ellos mismos —los músicos— iban entrando como si tal cosa a la sala y saludaban a quienes se encontraban a su paso. Entonces, ese público no tuvo que esperar a que se apagaran las luces para verlos salir detrás de la cortina negra, porque ellos estaban sentados allí, entre las butacas, esperando que la guataca —que eran ellos mismos— comenzara. Se distinguieron por sus sombreros orientales, por la flor que Cyntia lucía en la cabeza. Y cuando los presentaron, ellos mismos se aplaudieron. Y caminaron hacia el escenario. Y fue así como comenzó el bochinche.

Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

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Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

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Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

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El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

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Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Juan Carlos Grisal, una voz para homenajear a las madres

Juan Carlos Grisal, una voz para homenajear a las madres

Las entradas se agotaron. Cuando Juan Carlos lo supo y se puso nervioso, se emocionó. Ese día, a sala llena, su madre estaría con él desde el público. No podía ser de otra manera: era el segundo domingo de mayo y las madres celebraban su día. Por eso ella estaba ahí y muchas otras más que entraron a paso lento a ocupar las sillas dispuestas frente al escenario.  “Señores, vamos a sala llena”, gritó alguien antes de abrir las cortinas negras.

El Swicht de Giselle Brito, entre géneros venezolanos y universales

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Giselle Brito sale a escena elegantemente vestida y feliz: la función está agotada. Se le nota la explosión de sentimientos que genera esa certeza: por un lado, orgullo, entusiasmo; por otro, compromiso, susto. Unas 100 personas la rodean en un escenario a la italiana, en el Espacio Plural de Trasnocho. La joven artista presenta su primer concierto como solista titulado Swicht, en el marco de Noches de Guataca (ahora de día).

Con aires de rumba flamenca, interpreta como abreboca Luna de Margarita de Simón Díaz. La acompañan en escena Juan Carlos Segovia (percusión), Fernando Rodríguez (cuatro), Luis Freites (bajo) y Diana Valero (teclado).

Con la idea de hacer un mix de culturas, Swicht fusiona temas venezolanos con ritmos universales y clásicos brasileños y del jazz con géneros locales. Giselle Brito le corre música por las venas. Es hija del cantante y cuatrista Rafael “Pollo” Brito y la fagotista Nerva Eliett. De inmediato queda de manifiesto su talento.

A su madre le dedica Eres una en un millón de Ilan Chester, en una versión que apunta al smooth jazz. “Conocerte fue mejor, porque tú brillas más que el sol, sin duda alguna / eres una en un millón”. Finaliza su interpretación y de inmediato suena De repente, de Aldemaro Romero como un bossanova.

 

Aquel clásico de la música venezolana interpretado por la imponente voz de Gualberto Ibarreto, María Antonia (de José Ramón Villarroel), suena ahora con tintes de jazz y swing latino. “María Antonia es una mujer que está loca de remate / escribe con una escoba y barre con un Paper Mate…”. El público se la sabe y corea. Ya Giselle está en confianza y deja escapar parte de su frescura y desparpajo, como cuando dice: “¡Tengo la mejor banda de la vida!”, lo que desata la aprobación del ensamble.

Moliendo café de Hugo Blanco antecede a Hit the road Jack de Percy Mayfield, un swing que activa los chasquidos de los dedos en la audiencia que acompaña el ritmo sin pudor alguno.

En su carrera como cantante, Giselle Brito ha trabajado junto a Óscar de León, C4 Trío, Iván García,  Primate Percusión Teatral, Huáscar Barradas y Guasak 4. Ha compartido tarima con artistas como Robert Vilera, Marcial Istúriz,  Mirna Ríos, Gerard Chipi Chacón, Solo Ensamble, Luis Fernando Borjas y Nelson Arrieta. Además formó parte de la Orquesta Latino-Caribeña Simón Bolívar, y de la agrupación Moka Big Band.

Brito hizo una colaboración especial como solista en el álbum Pa' Tío Simón, nominado al Grammy Latino y en la actualidad, hace dúo junto al reconocido beatboxer venezolano Jhoabeat, en el proyecto experimental Chiraka Sound.

Precisamente, el primer invitado es Jhoabeat, quien la acompaña en Acidito de Adeliz Freites, un merengue venezolano donde se cuelan acordes de A mis hermanos de Aquiles Báez, para ofrecer una pista del próximo invitado.

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El guitarrista, principal promotor de Guataca, participa ahora en una deliciosa versión de Flor de Lis de Djavan, a la que sigue O pato de Jaime Silva y Neuxa Teixeira, con un cumaco amarrado al ritmo de un sangueo de Ocumare.

Siguiendo con la música brasileña, Brito toma ahora el clásico, Desafinado, de Antonio Carlos Jobim y Newton Mendonça, y lo trae al sur del Lago de Maracaibo con una gaita de tambora.

Ante la petición de otra canción, la joven regala una íntima interpretación de Viajera del río, con una niña del público sentada en sus piernas y otra abrazándola.

Giselle Brito tiene todas las cualidades para grabar su primer disco como solista. En lo técnico e interpretativo, así como en el dominio de la escena y carisma, puede marcar una pauta entre las nuevas voces femeninas de Venezuela. Habrá que seguirle la pista.

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Las canciones que se quedan

Las canciones que se quedan

El ambiente se despeja un minuto antes de que suene la campana que indica el llamado a sala. Ahí están las partituras sobre los atriles. Están la guitarra, la mandolina y el bajo; como si nadie los hubiera tocado, pero hace un minuto sonaban. Hace un minuto, Ángel dijo “vamos a gozar” y entonces la campana sonó y ellos se fueron y dejaron el escenario vacío como si nunca hubiesen estado ahí

Entramado Dúo, sonidos de flauta y cuerdas

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A ratos era como una parranda en Vargas. Loreley Pérez, actual directora de Las voces risueñas de Carayaca; Flor Pérez Évora, Juanita Évora, Luisa y Ariana Pérez, Andrea Paola Márquez. Mucha gente de aquella población acudió el 25 de marzo al concierto de Entramado Dúo. Es que una de sus hijas, Lorel Rodríguez, conforma el ensamble junto a Yhony León. Y están ahí para guataquear junto a ellos

Miguel Siso y su viaje a la identidad venezolana

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“¿Te quieres casar conmigo?”, le preguntó Miguel de sopetón. La cara de desconcierto de ella lo preocupó. No entendía lo que ocurría. De pronto, una lágrima, una mueca parecida a una sonrisa. Dentro de ella se mezclaban la sorpresa, con la alegría y la confusión. Una oferta de trabajo fuera del país la obligaba a dejar su vida y sus afectos, su identidad, para buscar aquello que el país no es capaz de darle a muchos jóvenes hoy en día.

El reencuentro entre Aquiles Báez y Roberto Koch, tras los acordes nostálgicos

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La escena sucede despacio. Una luz naranja, más bien dos, caen sobre los instrumentos dispuestos en el pequeño escenario. El contrabajo, tan grave, está algo por encima. Roberto Koch lo nota y lo dice en voz alta. Aquiles Báez deduce que su guitarra está áspera. “Está áspera”, repite, y mira alrededor de ese espacio oscuro donde los demás también van ajustando detalles.