El canto sanador de Ana Isabel Domínguez

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

La anestesia es un método de la medicina occidental para reducir o suprimir el dolor a través de la administración de químicos que actúan directamente en el cerebro. El arte, en cambio, puede suprimir el dolor en algunos casos, pero a través de sustancias generadas por el propio cerebro, como la dopamina y la oxitocina, entre otras.

La dopamina, por ejemplo, es un neurotransmisor que influye en el aumento de la frecuencia y presión cardíaca y es vital en la regulación del humor. Esta sustancia es considerada el centro del placer ya que regula la motivación y el deseo, y hace que repitamos conductas que nos generan una recompensa.

Por otro lado, la oxitocina se produce en la hipófisis y está presente en el enamoramiento, en el acto sexual, en los orgasmos, en la contracción del útero durante el trabajo de parto; es una hormona relacionada también con algunos centros de placer.

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Médico, especialista en anestesiología, Ana Isabel Domínguez llegó el 7 de abril a Noches de Guataca para reducir el dolor y tornarlo en gozo, valiéndose del arte como principal instrumento quirúrgico. Podría decirse que esta falconiana es una cantante prestada a la medicina, y que aquel domingo contribuyó en la sanación del público que acudió al Espacio Plural.

Los apagones del mes de marzo en Venezuela no permitieron que el concierto de Ana Isabel se realizara el segundo domingo de ese mes como estaba previsto. La posibilidad de un nuevo corte en el servicio eléctrico el 7 de abril era inminente; sin embargo, Guataca, a través de su director, Aquiles Báez, había prometido que, así fuese iluminando el escenario con velas, llevarían a cabo este recital.

Un concierto que, en efecto, fungió de luz aquél día.

Pasadas las once de la mañana, inició el espectáculo. La informalidad se sintió apenas arrancó la experiencia: “Todo el mundo presenta a los músicos al final; yo lo voy a hacer de una vez”, dijo Ana Isabel y sus ojos achinados sobre pómulos bien definidos fueron el telón de la amplia sonrisa que acompañó todo el concierto.

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Carmen Borregales en el clarinete, Carlos Rodríguez en el bajo, Jorge Villarroel en la percusión y Aquiles Báez en la guitarra y la dirección musical, fueron recibidos por los aplausos del público congregado en la pequeña sala de Trasnocho Cultural.

Ana Isabel quiso regalar al público un repertorio con música del occidente del país desde el Zulia, hasta Lara y su Falcón natal. Crepúsculo coriano de Rafael Sánchez López abrió el concierto. Desde las primeras notas se sintió el toque en los arreglos de Aquiles Báez, quien tomó el clásico y lo rearmonizó para una versión que produjo las primeras dosis de dopamina.

“Bajo el cielo azul pliega un bostezo el sol / cuya tenue luz pincela un arrebol; / las brisas salobres rizan al pasar / el vientre sonoro, desnudo del mar”. Quedó en al aire la poesía de Sánchez López, también conocido como Rafuche, autor de ese otro clásico de la música venezolana que es Sombra en los Médanos.

Le tocaba el turno a Rafael Sánchez Sánchez, autor del tema Urupagua, un merengue para el que la artista se atrevió a acompañarse con la mandolina. La urupagua es una fruta sumamente amarga que se da en el occidente del país, por el mes de agosto, según explicó. “Se necesita un tobo de agua para pasar un tobo de urupagua, por lo amarga que es”, comentó entre risas, y luego Aquiles Báez, también falconiano, agregó: “Dicen que el más valiente de todos fue el que probó la urupagua por primera vez”.

De Falcón a Zulia, con una gaita compuesta por José Chinco Rodríguez, titulada Así es Maracaibo, donde Ana Isabel logró una afinada y sentida interpretación de ese retrato de la capital zuliana de todos los tiempos. Interesante en esta interpretación la ausencia del coro multitudinario, tan característico de la gaita de furro, que le dio un toque más íntimo y sentido a la canción. En una muestra de su versatilidad, Ana Isabel tomó de nuevo la mandolina en esta pieza así como en la siguiente.

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Algunos se lo han querido apropiar, pero es venezolano. “Primero fue falconiano, porque nació allá”. Era necesaria la introducción para un autor que tiende a ser secuestrado por una línea de pensamiento cuando en realidad es un artista universal. Y se corrobora cuando escribe: “Vuelve a tu canto de turpial / llena de gritos el cardonal / que hay semerucos allá en el cerro / y un canto hermoso para cantar / que hay semerucos allá en el cerro / y ya la gente empezó a sembrar”.

Canción mansa para un pueblo bravo de Alí Primera es definitivamente un tesoro de la música venezolana que en un acto de justicia debería comenzar a deslastrarse de dogmatismos y demagogia de cualquier color.

Coro también tiene su polo: los presentes descubrieron el encanto del Polo coriano en la voz de Ana Isabel, que tiene algunas variaciones con respecto al más conocido polo oriental.

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Era necesario volver a Rafuche para contar su tormentosa historia de amor, casualmente, con la prima de la madre de Aquiles Báez. “Él era maestro, estaba muy enamorado de ella, y ella de él, pero la familia de ella no lo quería”, contó Ana Isabel. Explicó aquella tragedia que acabó literalmente con la vida del autor, cuando este apenas tenía 32 años. A ese amor imposible compuso Tejiendo, tema para el que la intérprete se aventuró con el violín.

“Yo alimenté un recuerdo y con hilos de luna / tejí una red plateada en la que aprisioné / al ideal sublime que en mi vivir bullía / y que plasmé en silencio en la plateada red”, inicia esta carta a aquel trágico amor.

Tras Maracaibo florido de Rafael Rincón González y Estampa matinal, también de Rafuche, Ana Isabel invitó a Aquiles Báez —quien es su esposo— a interpretar un golpe de la sierra de Falcón titulado El gallo enano. Su hijo Aquiles Gabriel, de 5 años, quien desde el principio ya andaba merodeando tras bastidores, hizo gala de sus habilidades para la percusión.

Otra falconiana fue invitada al escenario: Carmen Julia Delgado. Intensivista y neumonóloga, También conoce de las bondades del arte en el tratamiento de las dolencias del alma y cantó a dúo con Ana Isabel el merengue de Adeliz Freitez, titulado Los dos gavilanes.

Ana Isabel bromeó con la idea de que casi todos en el escenario eran falconianos, ya que la próxima invitada también es de esa región: Ana Cecilia Loyo entró a escena como cantautora para interpretar Sol en contradanza, tema que estrenara en el mismo escenario en el marco de un taller de composición con Henry Martínez.

Para la gaita de tambora El sol del lago de Aquiles Báez, Ana Isabel invitó nuevamente a Aquiles Gabriel para que ofreciera una muestra de cómo se toca este ritmo en el tambor. Más tarde, el pequeño daría también una lección de cómo se baila este género de la costa sur del Lago de Maracaibo, junto a la bailadora Nahití Ortega, de Vasallos de Venezuela.

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“La luz se oculta en Gibraltar / el sol está en el poniente / San Benito tiene rezos / que esperanzan a mi gente”, dice el coro que hizo Carmen Julia Delgado y Ana Cecilia Loyo, y que antecedió al tema compuesto por Ana Isabel: un tambor coriano llamado A Olga Camacho y La Camachera. “No sabía qué coro ponerle y se me ocurrió hacer algunos de los más conocidos de Olga Camacho”, contó la artista.

La Arigua, un golpe tradicional de la región occidental de Venezuela, presagiaba el final de la experiencia sanadora de aquel domingo 7 de abril.

Médico, cantante, mandolinista, violinista, compositora y mamá, Ana Isabel también hizo una travesura como bailadora. Durante el solo de percusión de Jorge Villarroel, salió del escenario y volvió vestida de flores junto a Nahití Ortega, con quien compartió parte del sabor de los tambores de Olga Camacho.

Hasta ese momento todo indicaba que los altos niveles de dopamina y oxitocina colmaban el ambiente: sonrisas, aplausos, cuerpos moviéndose al compás de los tambores.  El cierre provocó la petición de una canción más y a Ana Isabel se le ocurrió que podía finalizar su concierto con el que se ha convertido en el segundo himno de los falconianos: Sombra en los médanos. Y fue cantado en coro por adultos y niños, quienes por unos minutos olvidaron las penas producto de apagones y caos en los servicios públicos, para cambiarlo por salud espiritual.

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En una respuesta reciente a un email, Carlos Sánchez Torrealba, actor y director teatral venezolano, decía algo que vale la pena rescatar como cierre: “Estoy contigo al decir que ‘el arte es un servicio para el alma de las personas y es vital hacer de la cultura el eje fundamental para la reconstrucción del país, a través de ciudadanos conscientes y activos’. Pero no sólo la cultura entendida y expresada a través del teatro y las otras disciplinas artísticas, sino en su sentido antropológico más amplio hasta que podamos desatar una corriente humana mucho más fuerte que nos lleve al ejercicio permanente de una cultura constructiva y alcancemos plenamente una cultura inteligente en estos tiempos globales de la sociedad del conocimiento”.

El bochinche de Los Ponsigué

 Por Adriana Herrera
Fotografías Nicola Rocco

 

En el escenario quedó el desorden de instrumentos, de envases de agua mineral vacíos, de algunos cuadritos de queso blanco en una bandeja. Todos, el público y los músicos, habían salido de allí aún con el joropo estribillo bajo los pies a buscar un vasito de ponsigué que no se podía tomar en la sala. El ponsigué, ese licor fuerte y dulzón que sabe al oriente de Venezuela o a ese lugar donde crezca una de sus matas silvestres o al patio de los recuerdos de quien lo vaya probando. Afuera, la botella iba de mano en mano y no faltaban los abrazos, la risa alta, el aplauso. El grupo Los Ponsigué había armado un bochinche en la sala que fue, durante dos horas, una celebración a la música oriental y que terminó justo así: en la informalidad de brindar con un sorbo de tan criollo licor.

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Apenas unos pocos minutos antes de eso, ellos: Cyntia Irady (voz y caja), Gustavo Bencomo (voz, bandola, sinfonía y mandolina), Reinaldo Chacón (maracas), Xavier Perri (voz, bajo y guitarra) y Andrés Cartaya (voz, cuatro, acordeón) se habían abrazado emocionados, ante un público que los aplaudía con ganas después de sus clases improvisadas de joropo que consistían en: mover las rodillas, no levantar los pies del suelo y moverse despacito. Y terminaron en eso, porque alguien dijo que el bochinche estaba bueno y que lo único que faltaba era bailar. Claro, todo era parte del show, pero los asistentes aceptaron gustosos y divertidos eso de llenar la sala con sus pasos recién aprendidos.

 Por eso era mentira que el concierto se terminaba con El Borbollón y Andrés Cartaya haciendo galas de los sonidos apurados de su acordeón. Para ese momento, ellos seguían sentados alrededor de la mesa que sostenía algunas de sus partituras, pedazos de queso blanco y una botella con ese ponsigué que se servían de tanto en tanto. Habían bromeado toda la velada, arrastrando las palabras orientales, haciendo reír a un público que seguía sus notas con atención. Decían que ese, su primer concierto guatequero, era como hacer un ensayo. Y fue así como se pasearon por fulías, gaitas margariteñas, una gaita antillana, algún corrío menor, joropo, alguna jota.

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 De sus voces e instrumentos saltaron las composiciones de Hernán Marín (La Guacharaca), de José Julián Villafranca (El Pintor), de Chelías Villaroel (Entre pajarillos), de Pedro Silva (El Burro), de Eugenio Toledo Mota (El joropo de Toledo), de Pedro Carrasquero (Diccionario oriental y Zapatos maqueros), de Gerardo Oyoque y el propio Gustavo Bencomo (Los laberintos) y varios temas más de Cartaya como El ponsigué, A la media diana o Los personajes. También saltaron los nombres de Luis Miranda, el de Remigio “morochito” Fuentes, con su joropo, o el de Guillermina Ramirez  y Paula Núñez con sus fulías. Todo era una exaltación al floclor oriental, lleno de sonidos, de notas tocadas con precisión.

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 El único momento en que no hubo bochinche fue cuando Cyntia —la lidereza, como le dicen— se despojó de su caja de madera e interpretó Malagueña del mar, una canción que escribió Ana Cecilia Loyo inspirada por una fotografía de alguien que estaba viendo por primera vez el mar. La foto, que era a blanco y negro, y mostraba a Juan Felix mirando hacia allá, hacia el mar, colmó toda la sala. Como la voz de Cyntia que buscó sus matices más dulces para llenarlos a todos de emoción.

 Ya para ese instante, Cyntia se había animado a tomar un trago de ponsigué porque dijo que no tomaba, aunque nadie le creyó. Y lo que pasó antes de todo eso fue que la mesa estaba dispuesta ahí en el medio del escenario, rodeada de instrumentos e iluminada tenuemente. Lo que pasó fue que mientras el público buscaba sus asientos, ellos mismos —los músicos— iban entrando como si tal cosa a la sala y saludaban a quienes se encontraban a su paso. Entonces, ese público no tuvo que esperar a que se apagaran las luces para verlos salir detrás de la cortina negra, porque ellos estaban sentados allí, entre las butacas, esperando que la guataca —que eran ellos mismos— comenzara. Se distinguieron por sus sombreros orientales, por la flor que Cyntia lucía en la cabeza. Y cuando los presentaron, ellos mismos se aplaudieron. Y caminaron hacia el escenario. Y fue así como comenzó el bochinche.

Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

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Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

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Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

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El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

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Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Juan Carlos Grisal, una voz para homenajear a las madres

Juan Carlos Grisal, una voz para homenajear a las madres

Las entradas se agotaron. Cuando Juan Carlos lo supo y se puso nervioso, se emocionó. Ese día, a sala llena, su madre estaría con él desde el público. No podía ser de otra manera: era el segundo domingo de mayo y las madres celebraban su día. Por eso ella estaba ahí y muchas otras más que entraron a paso lento a ocupar las sillas dispuestas frente al escenario.  “Señores, vamos a sala llena”, gritó alguien antes de abrir las cortinas negras.

El Swicht de Giselle Brito, entre géneros venezolanos y universales

Por Ángel Ricardo Gómez
Fotografías: Nicola Rocco

Giselle Brito sale a escena elegantemente vestida y feliz: la función está agotada. Se le nota la explosión de sentimientos que genera esa certeza: por un lado, orgullo, entusiasmo; por otro, compromiso, susto. Unas 100 personas la rodean en un escenario a la italiana, en el Espacio Plural de Trasnocho. La joven artista presenta su primer concierto como solista titulado Swicht, en el marco de Noches de Guataca (ahora de día).

Con aires de rumba flamenca, interpreta como abreboca Luna de Margarita de Simón Díaz. La acompañan en escena Juan Carlos Segovia (percusión), Fernando Rodríguez (cuatro), Luis Freites (bajo) y Diana Valero (teclado).

Con la idea de hacer un mix de culturas, Swicht fusiona temas venezolanos con ritmos universales y clásicos brasileños y del jazz con géneros locales. Giselle Brito le corre música por las venas. Es hija del cantante y cuatrista Rafael “Pollo” Brito y la fagotista Nerva Eliett. De inmediato queda de manifiesto su talento.

A su madre le dedica Eres una en un millón de Ilan Chester, en una versión que apunta al smooth jazz. “Conocerte fue mejor, porque tú brillas más que el sol, sin duda alguna / eres una en un millón”. Finaliza su interpretación y de inmediato suena De repente, de Aldemaro Romero como un bossanova.

 

Aquel clásico de la música venezolana interpretado por la imponente voz de Gualberto Ibarreto, María Antonia (de José Ramón Villarroel), suena ahora con tintes de jazz y swing latino. “María Antonia es una mujer que está loca de remate / escribe con una escoba y barre con un Paper Mate…”. El público se la sabe y corea. Ya Giselle está en confianza y deja escapar parte de su frescura y desparpajo, como cuando dice: “¡Tengo la mejor banda de la vida!”, lo que desata la aprobación del ensamble.

Moliendo café de Hugo Blanco antecede a Hit the road Jack de Percy Mayfield, un swing que activa los chasquidos de los dedos en la audiencia que acompaña el ritmo sin pudor alguno.

En su carrera como cantante, Giselle Brito ha trabajado junto a Óscar de León, C4 Trío, Iván García,  Primate Percusión Teatral, Huáscar Barradas y Guasak 4. Ha compartido tarima con artistas como Robert Vilera, Marcial Istúriz,  Mirna Ríos, Gerard Chipi Chacón, Solo Ensamble, Luis Fernando Borjas y Nelson Arrieta. Además formó parte de la Orquesta Latino-Caribeña Simón Bolívar, y de la agrupación Moka Big Band.

Brito hizo una colaboración especial como solista en el álbum Pa' Tío Simón, nominado al Grammy Latino y en la actualidad, hace dúo junto al reconocido beatboxer venezolano Jhoabeat, en el proyecto experimental Chiraka Sound.

Precisamente, el primer invitado es Jhoabeat, quien la acompaña en Acidito de Adeliz Freites, un merengue venezolano donde se cuelan acordes de A mis hermanos de Aquiles Báez, para ofrecer una pista del próximo invitado.

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El guitarrista, principal promotor de Guataca, participa ahora en una deliciosa versión de Flor de Lis de Djavan, a la que sigue O pato de Jaime Silva y Neuxa Teixeira, con un cumaco amarrado al ritmo de un sangueo de Ocumare.

Siguiendo con la música brasileña, Brito toma ahora el clásico, Desafinado, de Antonio Carlos Jobim y Newton Mendonça, y lo trae al sur del Lago de Maracaibo con una gaita de tambora.

Ante la petición de otra canción, la joven regala una íntima interpretación de Viajera del río, con una niña del público sentada en sus piernas y otra abrazándola.

Giselle Brito tiene todas las cualidades para grabar su primer disco como solista. En lo técnico e interpretativo, así como en el dominio de la escena y carisma, puede marcar una pauta entre las nuevas voces femeninas de Venezuela. Habrá que seguirle la pista.

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Las canciones que se quedan

Las canciones que se quedan

El ambiente se despeja un minuto antes de que suene la campana que indica el llamado a sala. Ahí están las partituras sobre los atriles. Están la guitarra, la mandolina y el bajo; como si nadie los hubiera tocado, pero hace un minuto sonaban. Hace un minuto, Ángel dijo “vamos a gozar” y entonces la campana sonó y ellos se fueron y dejaron el escenario vacío como si nunca hubiesen estado ahí

Entramado Dúo, sonidos de flauta y cuerdas

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A ratos era como una parranda en Vargas. Loreley Pérez, actual directora de Las voces risueñas de Carayaca; Flor Pérez Évora, Juanita Évora, Luisa y Ariana Pérez, Andrea Paola Márquez. Mucha gente de aquella población acudió el 25 de marzo al concierto de Entramado Dúo. Es que una de sus hijas, Lorel Rodríguez, conforma el ensamble junto a Yhony León. Y están ahí para guataquear junto a ellos

Miguel Siso y su viaje a la identidad venezolana

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“¿Te quieres casar conmigo?”, le preguntó Miguel de sopetón. La cara de desconcierto de ella lo preocupó. No entendía lo que ocurría. De pronto, una lágrima, una mueca parecida a una sonrisa. Dentro de ella se mezclaban la sorpresa, con la alegría y la confusión. Una oferta de trabajo fuera del país la obligaba a dejar su vida y sus afectos, su identidad, para buscar aquello que el país no es capaz de darle a muchos jóvenes hoy en día.