The Beachers llevaron sus ritmos afrocaribeños a Guataca Nights

Por Joel Bracho Ghersi
Fotografías: Luis Cantillo
Video cortesía de Articruz

Hay sonidos que identifican a una generación, músicas que recuerdan momentos de la vida de una persona o de un país. Eso son los Beachers, una agrupación que hace cincuenta años creó una novedosa propuesta rítmica y sonora con la que aportaron el sabor caribeño de la provincia costera e insular de Bocas del Toro al movimiento de los “combos nacionales”, bandas locales que fusionaban calypso, salsa y música típica panameña con sonidos foráneos como el blues y el latin jazz. Sin duda marcaron una época, que muchos recuerdan aún como gloriosa. 

Pero The Beachers lograron algo más, que pocas agrupaciones alcanzan: sostenerse en el tiempo, evolucionar sin traicionar su sello característico y cautivar al público de nuevas generaciones. En los últimos años ha sido común verlos tocar en locales de moda ante los hijos o nietos de sus seguidores originales, o participar con la misma soltura en un festival de música latina y urbana o en uno repleto de bandas de rock y propuestas alternativas. Quizá por eso su concierto en Guataca Nights tuvo uno de los públicos más heterogéneos que ha habido desde la apertura de Guataca en Panamá: había abuelos que coreaban las canciones como lo habían hecho cuarenta o cincuenta años antes; jóvenes de los que han empezado a seguir a la banda recientemente; y gente que los oía por primera vez pero bailó y aplaudió como si los conociera de toda la vida.

Ramón Serrano, hombre del teatro y la cultura en Panamá, fue el presentador del concierto. Contó cómo hace cincuenta años, y luego de un par de presentaciones informales, unos cuantos jóvenes bocatoreños decidieron iniciar una agrupación para la cual aún no tenían nombre. De pronto estuvieron de acuerdo: se llamarían los Beach Boys... El desengaño llegó rápidamente. Al parecer una banda de California ya estaba usando ese nombre tan sonoro. Sin embargo, fieles a su condición de gente de costa, playa y mar, mantuvieron la intención pero transformaron la primera idea en el nombre por el que han sido reconocidos: The Beachers.

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Este nombre, escrito en inglés, ya da una pista de su origen afrocaribeño: en Panamá se habla inglés con soltura y para muchos es lengua materna. Y más que inglés se habla el patois o creole que de él se deriva, principalmente de origen jamaicano y que llegó de las Antillas al país con los trabajadores que vinieron para participar en la construcción del Canal. De manera que hay zonas del país, como Bocas del Toro, en las que el español es para muchos una segunda lengua. Por eso el bilingüismo de The Beachers, sus canciones en uno u otro idioma y su lema, que con desenfado caribe proclama su origen y su intención de llegar a todas partes: “From Buokas to di world”, de Bocas para el mundo.

La banda llena por completo el escenario: actualmente la integran once personas, dirigidas desde el teclado por Lloyd Gallimore, uno de sus miembros fundadores. Junto a Gallimore, otros tres miembros del grupo han estado desde el principio: Larry Earlington en las congas, Alberto Salazar, en la voz y la campana, y Sam William en la voz y la güira. A ellos se han unido otros seis músicos para completar una verdadera orquesta con cuatro cantantes, dos saxofones, batería, bajo y guitarra eléctrica. Billy Herron, ejecutante de esta última y vicepresidente de la Fundación Danilo Pérez, es también el productor musical de la banda y uno de los impulsores de su presencia pública reciente, que incluye un nuevo disco y un documental en proceso sobre la historia del grupo.

Como para demostrar que cincuenta años después The Beachers siguen proponiendo caminos para la música, el concierto abre con “These young girls”, una pieza en ritmo de calypso que forma parte del nuevo disco. En el interludio, el teclado asume el sonido de órgano que caracterizó a los Beachers desde su primera época, pero con un aire sin duda renovado y actual. En seguida el concierto continúa con una pieza de las de toda la vida, esta vez en español: “Ojos verdes”, a la que presentan como una de las de la época de los combos nacionales. Así transcurrirá el concierto, entre el recuerdo y la novedad.

 

El público reaccionó bien desde los primeros compases, rápidamente arrastrado por ritmo y la fuerza de la banda. Sin embargo, las cosas estaban comenzando y a medida que avanzaban las canciones la alegría se transformaba en euforia. No en vano estos músicos han acumulado cientos de presentaciones públicas a lo largo de los años: saben estar en un escenario. Conversan con el público, ríen, bailan. El concierto fue una fiesta.

 Por supuesto, se pasearon por sus éxitos infaltables, como el mosaico de calypsos incluido en su primer álbum, la balada “One more chance”, la soca “Mama Le Le”, o la instrumental “África caliente”. Con esta última cerró la primera mitad del concierto. Ya había transcurrido una hora de música, pero la banda y el público tenían ánimo para más.

La segunda parte comenzó con músicos invitados, en el espíritu que caracteriza los conciertos de Guataca como proyecto para tejer lazos culturales a través de la música. Los venezolanos Carlos Lucero, en el cuatro, e Iván Granadillo, en la mandolina, se unieron a la banda para tocar dos piezas venezolanas. Como resultaba natural, comenzaron por el calypso, ese ritmo capaz de unir a casi todos los pueblos del Caribe. Así, arrancaron con un popurrí de calypsos de El Callao, inesperado enclave caribeño en las entrañas de Venezuela. Y luego siguieron con “Caballo viejo”, la que sin duda es la canción más versionada y conocida internacionalmente de la música venezolana.

De ahí en adelante, las canciones se hicieron más largas, con interludios instrumentales que llamaban al baile, improvisaciones de los solistas y hasta la invitación a un miembro del público que subió a bailar y tocar las maracas sobre el escenario. El repertorio se fue moviendo hacia canciones populares reconocidas en varios lugares de América Latina, como “La luna y el toro”, “Yo vendo unos ojos negros” o el merengue “A lo oscuro”, junto a un par de piezas fuera de programa.

 

Era impresionante ver la energía de los músicos, como si el tiempo no hubiera pasado. El propio Lloyd Gallimore bromeó sobre cómo una vez que comienzan a tocar, no quieren bajarse del escenario: “hasta nos han apagado las luces”, dijo provocando las risas del público.

Sin duda fue un concierto para disfrutarlo. Un testimonio de la diversidad cultural de Panamá, de su conexión histórica e incesante con otros pueblos y de cómo puede mantenerse vivo un legado al actualizarlo sin perder de vista su origen. ¡Que sean muchos años más de actividad, música y fiesta!