Guataca Nights: El bailorio de la Cruz de Mayo.

Dos cruces armadas con flores claras nos recibieron esta vez en el Subrosa Bar. Una, al costado del escenario, dispuesta en medio de una ofrenda de velas, cambures y patillas, la otra, presidiendo el fondo del escenario. No se trataba de un decorado para provocar empatía exótica y caribeña. Es martes 26 del mes en que se celebra “la Cruz de Mayo” una de las más representativas tradiciones de la cultura venezolana. 

Apenas pasadas las 8 de la noche, bajaron las luces del local y empezó la proyección de un breve recorrido audiovisual por las Guatacas Nights previas: Linda Briceño, Luisito Quintero, Los Crema Paraíso y Gonzalo Grau. De inmediato, el gran Neil Ochoa subió al escenario y explicó, emocionado, que en breve minutos, se participaría de una experiencia única: la presentación de este tipo de música tan autóctona y tradicional fuera de las fronteras que le dan sitio. El velorio de la Cruz de Mayo, estaba por empezar y convertirse en el “bailorio” de la Cruz. Esta vez la alegría no fue una respuesta sino una premisa. La sexta Guataca Night estaba por empezar. 

Neil llamó a la banda. El escenario estaba repleto, los tambores e instrumentos de percusión de Ochoa, Chuito y Robert Quintero, debieron hacerse sitio junto al contrabajo de Pedro Giraurdo, el cuatro de Carlos Sulbarán, el piano de Goyo Baden, el violín de Alí Bello y las voces de MV Caldera, Luz Pinos y Gregorio Vegas: toda una orquesta, por lo que antes de empezar el concierto, resuenan esos acordes vagos pero premonitorios que preceden a Stravinsky o al golpe tocuyano. Un palo de lluvia desliza sus granos y el cuatro brinda un nítido cambur pintón. Están listos. 

La voz que rema desde la costa empieza el canto a su crucecita de mayo: “le puse su florecita/ para que quite el llanto/ que cantando no se quita” el cuatro acelera con el violín y escuchamos el grito que nos arranca de la expectativa ¡Aaacay! Lo primero del rito es la invocación, el llamado con los brazos hacia el cielo. La noche le rendirá honores a la cruz y a nuestros ritmos por igual. Así entran las maracas y con ellas, la potencia vocal de la hermosa MV Caldera. Su afinación arrasó como una ola. El cuero de los tambores y percusiones la acompañaron en ello. Todos en la escena cantan y replican. Hemos transitado la primera pieza con versos de Alí Primera y el ascenso del ritmo suspende las paredes del Subrosa entre un golpe y otro.

Neil acota para los presentes que como en tantas otras fiestas, en el velorio de la cruz, se reza y celebra por igual. A la ofrenda de flores y frutas se suma la comunión de diferentes instrumentos con orígenes remotos, las cuerdas del cuatro y los tambores africanos. Abre el próximo tema declamando una forma poética, la décima: “En la cultura africana/ se consiguen animales…” que será acompañado en coro por todos los músicos con un potente “¡del reino animaaaal!” llegado al décimo verso del texto un súper grito detona el ¡tambor y canto!

Así entramos en Fulía, con las dos voces de Caldera y Pinos ofreciendo una armonía esplendorosa. Una hermosa característica de este tipo de piezas es que sus letras varían de provincia a provincia, por lo que noté a varios presentes acompañando la canción con otra versión de la letra. Me atrevo a decir que entre regiones se mantiene la rima. pero cantando, se puede improvisar con libertad. Eso sí, el estribillo no cambia nunca y es la parte en que todo el público coincide con las cantantes. 

El violín de Alí Bello y las palmas acompasadas nos arrojan en El Camuare. Llega el primer momento de varios en que retumbarán los dos golpes del zapateo joropeado. Las cuerdas y las maracas en abierto frenesí están detrás de todo lo que empieza a pasar. Del 3x4 pasamos al 6x8 propio del joropo oriental, ese que se baila dando vueltas y paseaíto. De momento, en el Subrosa se abre un semi círculo de compases y sonrisas. La cadencia del violín imita el vaivén de las olas o bien, el de una conquista: los acordes finales saludan el Alma Llanera y dan paso A la Cruz bendita.

¡Santísima cruz, déjame que te cante! Con este verso empieza el contrapunteo de la pieza. Se trata de un ejercicio típico, de destreza excepcional de nuestras fiestas. No en vano, reza en la literatura que gracias a un contrapunteo prolongado hasta el amanecer, Florentino venció al diablo. Está regido por la alternancia de dos voces respondiéndose entre ellas. Se sirven del último verso dicho para empezar con éste, el siguiente. Así se mantiene el caluroso retruque y contra retruque. Una tradición sobre otra. Es la misma técnica utilizada en el hip-hop y el rap, con la diferencia de que esta puede ocurrir en el llano, alrededor de una brasa con aguardiente y además, salvar el honor entero de quien acepta el reto de “contrapuntear”.

La Jota Carupanera empezó con un rasgueo de cuatro y una charrasca bastante rasposa que desembocó en el canto: “Venezuela/ amor mío/ guarda tanta pureza/ y se canta y se goza…” la carretera en que podemos ver y escuchar este paisaje continúa hacia la centro costa y se detiene para el próximo tema en Barlovento. Culo e Puya llega con un enorme redoble de tambor, un verdadero llamado de la tierra. Vibran el piso, la tarima, las flores y las frutas. Mey elé olé o lo lé lo lá es el nuevo código de los presentes. El tambor culo e´ puya se toca de pie, sostenido entre las piernas, por lo que todos los percusionistas están parados. 

En torno a estos golpes se conjura la alegría y efusividad que rodea las celebraciones de San Juan Bautista en la figura de un niño (generalmente hecho de madera) que se pasea por una plaza, vestido por alguna familia que durante un año tuvo el honor de cocer la pequeña indumentaria al “niño”. Dos parejas están de pie, zapateando en círculos y concentrando en sus pasos el polvo agitado y brillante de la costa venezolana. Repite el coro en este momento: ¡Ay san Juan Bautista, yo vengo a cantar! Para este minuto ya todas las palmas del local arden en aplausos.

La orquesta afina de nuevo. Un intro de piano precede a Libertad e Isidora. El piano de Baden acelera bastante junto al violín. Pronto las percusiones de los Quintero y Ochoa se quedan solas ofreciendo un repique. En Venezuela dirían que estos tambores suenan “trancaos”. Las chicas, con las palmas extendidas invitan al acoplamiento de todo el público. Con ese énfasis, acompañado por piano, maracas y el bajo de Giraurdo empezó a sonar el Joropo Tuyero con su particular “golpe”. Tanto MV Caldera como Luz Pinos, recogen sus faldas para zapatear. A la par, entró el cuatro feroz de Sulbarán con un solo espléndido, jugando con las cuerdas. Ante tanta maestría, alguien le gritó que lo rompiera, homologando la guitarra en llamas de Hendrix. El solo repercute en aplausos y todos acompañan el tan-tan del golpe tocuyano. Más de una rodilla responde flexionándose y acompasando el aplauso. Para zapatear no hace falta estar de pie. Todos lo hacemos. Las maracas parecen a punto de salir volando del escenario. 

En las próximas piezas el sentido vibrato en la voz de Caldera dejará perplejo al Subrosa. Hasta las botellas del bar contuvieron su respiración. Para Nostalgia Andina el escenario se quedó con bajo, violín, cuatro y piano. La percusión cedió su puesto. Gregorio Vegas mencionó que si bien, recientemente se sufrió la pérdida de María Rodríguez, sirena de Cumaná, ahora contaban con “La sirena de Nueva York” en cuyo canto, a pesar del dicho, sí se puede creer. 

De allí, incorporada toda la banda, la siguiente parada fue hacia la costa aragüeña: “el que no baile no quiere a su novia” entran los tambores y hay que levantarse. La mañana de San Juan arma de lleno la fiesta. Las palmas en el aire con las voces de Pino, Vegas y Caldera son dueñas de la respiración emocionada de los que bailan y los que brindan. Está abierta la rueda para bailar tambor en el Subrosa. Varios vestidos dan vueltas. Varios ya están descalzos. 

Después de esta explosión, todos quedaron más tranquilos, pero nadie se volvió a sentar. Aguardando desde una esquina del escenario estaba Sulbarán tejiendo los primeros segundos de un solo que en breve, nos dejaría a todos mudos. Del tímido vislumbre, pasó a la firme ejecución del Pajarillo a la potencia de la composición se suman las maracas y el bajo de Pedro Giraurdo con el violín armando el fraseo. La conmoción de todos es evidente. La misma persona que preguntó por los acordes andinos me pregunta fascinada (ahora sí, directamente) por la extraña pieza que suena. 

Para el final, los músicos convirtieron la enorme fiesta en una tertulia íntima. La magia se logró mientras se turnaban las maracas entre ellos, con diferentes maniobras y técnicas. La fascinación radicó en que éramos un centenar de escuchas alrededor de esa invocación típica y nuestra. Como si mil cocuyos se concentraran en el espacio. Como si todos los jardines de la noche venezolana resonaran en el Meatpacking District de Nueva York.

Juan Luis Landaeta
Published at ViceVersa Magazine