Guataca Nights NY: El asalto sonoro de Alejandro Berti

Hablar de trompetas parece un gesto bíblico. Algo nos remite al llamado tribal que a través de un cuerno se hacía para reunir, alertar, celebrar. Es un llamado siempre. Para la séptima Guataca Nights en Nueva York, un público muy puntual atendió a ese llamado. A la hora pautada, el Subrosa Bar estaba repleto y expectante. Cuatro sillas rodeadas de micrófonos presidiendo el escenario, generaban esa atención. En breve, los arcos de los instrumentos de cuerdas harían un curioso movimiento ante los focos. Un cuarteto de cuerdas junto a percusiones, metales y teclados acompañaría el virtuosismo de Alejandro Berti. Invocación, recorrido y fiesta. Otra ola Caribe adentrándose en el Meatpacking District de Nueva York.

Luego de la proyección de un video recopilatorio de todas las Guatacas Nights previas, los músicos son presentados. La alineación de músicos para la noche se distribuirá así: Ian Duerr y Antonio Mazzei para el piano, Chris Baca en saxofón, Allan Mednard en percusión, Carlos Padrón en percusión y John Benítez en bajo. Por otro lado, el cuarteto de cuerdas estará conformado por Alí Bello y Leonor Falcón en violín, José Pietri en viola y Brian Sanders en el cello.

Apenas presentado y dispuesta la orquesta, el mismo Berti tomó el micrófono. Curiosamente, era el único músico que no estaba encima de la tarima. Como los solistas vocales de las orquestas clásicas, su trompeta y él y estaban justo delante. El músico deja claro que para el inicio de la apuesta de su concepto, quiere empezar “de la nada”. Para ello pide silencio. Un ejercicio de silencio. 

Ya estando todos los músicos en sus sitios y pudiéndose ver las partituras abiertas, el cuarteto de cuerdas hace la entrada a Tonada de luna llena, del venezolano Simón Díaz, una pieza que las paredes del local conocen muy bien, pero que dada su fuerza, ha sido “leída” por cada músico, de una manera personal. Empieza con un golpe de percusión que da entrada a la armonía de cuerdas. La trompeta silva por un espacio que las cuerdas suponen. El bajo de Benítez marca el pálpito y construye un juego con la percusión. Suena una introducción que claramente vislumbra más. Algo tienen las trompetas de himno, como de carácter invocativo. Todos saben a qué suena esa melodía. Berti asoma la potencia y la desvanece: luna, luna, luna llena menguante.

“Alfonsina y el mar cuenta la historia de alguien que decide suicidarse adentrándose en el mar, lentamente” advierte el trompetista. La canción, que originalmente está inspirada en el suicidio de la poeta Alfonsina Storni, es famosa por la magna interpretación que hizo Mercedes Sosa. Para este tema, Berti llamó a otro talentoso músico venezolano, Antonio Mazzei, para que lo acompañara en el piano. Suenan los primeros acordes que sin ser cantados, remiten a su letra por la blanda arena que lame el mar/ su pequeña huella no vuelve más.  Hay más volumen en la identidad sonora. La melodía parece caminar con la decisión de Alfonsina. Las cuerdas, agudas, hacen saber de la desesperación. La percusión mantiene el sentir de un vaivén, como de la marea. Tanto el violín de Falcón como el cello aciertan en los pequeños pasos con breves punteos. Berti levanta el impulso y hace llegar el metal a su punto más alto. El solo de Mazzei entra para el estribillo. Mientras tanto, el cuarteto de cuerdas no nos suelta. El compás de la espera, encierra la decisión de resolver una angustia. El solo de trompeta corona el verso ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar? Así se queda la trompeta con el cuarteto, oscilante. Y te vas hacia allá, Alfonsina, vestida de mar. Cierra esta primera fase del concierto, despide al cuarteto. 

¡Change the mood! Se escucha para dar paso a Carlos Padrón, que se incorpora en la percusión junto a otros músicos. Baca y Mednard. El anfitrión nos advierte que el próximo tema tendrá sabor a bossa nova y se llama Libelúla. Pregunta a los presentes: ¿se dice Fire fly? ¡No! ¡Dragon fly! Le responden. 

Empiezan a sonar el bajo y la percusión. Es innegable que el sabor acelera. Entran todos los metales al mismo tiempo. El collage que arman cambia el ambiente por completo. Ahora se revitaliza el poder eléctrico que tiene el metal de la trompeta para sorprender y sacudir. Berti marca, ahora sí, el mando. La banda suena más fuerte. La percusión juega y remite sin dudas al movimiento tropical mientras una conga contundente da paso al solo de saxo. Aplausos. La banda juega. El sonido despide el reposo de los primeros momentos. La banda está entrando en calor. Llega el solo de teclado, como un órgano de samba. Vuelve el sonido virtuoso tras las congas tornasoladas. Se quedan la batería y el bajo solamente. Entra de nuevo Berti, dándole vocales precisas a la melodía y cerrando el tema.

Ahora el movimiento va hacia el Caribe, a la sazón de un buen pescado frito. John Benítez suelta por unos segundos las graves cuerdas del bajo para marcar con sus palmas el ritmo. Lo sigue la percusión. “El Caribe es muy Subroso” dice Berti entre risas. El sonido que acoplan, estalla y se detiene, una y otra vez. Empieza un solo de saxo que pareciera interrumpirse tan solo para seguir con más fuerza, como una piedra brincando en la superficie de un lago. Miles Davis hizo el jazz una y otra vez a través de su trompeta, haciéndola cantar. En algún momento lo llamaron “traficante de aire”. Pues bien, las frases que logra Berti se hacen sentir. Gradualmente baja la intensidad. Queda el taqui-taqui de las congas. En alguno de los micrófonos alguien emite un soplido parecido al del viento sobre el mar. Y se apaga.

Centurión, tema compuesto por Ian Duerr, estuvo dando vueltas en las cabezas de los músicos sin un giro final. Fue Benitez quien sugirió hacerlo con el particular “San Millán” que trajo a la noche un desenlace explosivo. A fin de cuentas, esa fue la premisa de Berti desde un principio, el avance gradual de la tranquilidad a la estridencia. Al ya ajustado espacio del escenario se suma, inmensa y tendida una tambora, que fácilmente es como pensar en un árbol hueco apostado en el Subrosa. Ya la frecuencia Caribe-Brazil está clara. Las composiciones de Duerr traen a un Thelonius Monk pero el trompetista quiere algo sin sur ni norte. La instrucción “hay un coro” suena en los parlantes y Berti se sienta en la tambora. 

Empiezan los golpes particulares que hacen temblar las mesas. Con ello y con el estribillo fuego candela, candela fuego, brincan varios bailar y todos a aplaudir. La trompeta suena y festeja con todas las luces encima. Con mucho ímpetu la banda se revela total de fondo. El tambor es fuerte herencia y costumbre, el unísono de ambos metales lo confirma. Una vez más la Guataca Nights termina con una creación colectiva, fusión no solo de música sino de expresiones. El brillo de una orquesta haciendo posible un sitio para el encuentro a través de ritmos y melodías en medio de la inmensa Nueva York.

Juan Luis Landaeta
Published at ViceVersa Magazine