Guataca Nights NY: el sonido Plural de Gonzalo Grau

“Finalmente se puede ir a un concierto en Nueva York sin tener que cargar con cuatro capas de ropa encima” escuché decir apenas llegaba al Subrosa Bar. Ahora pienso que ese comentario de entrada, fue un exacto presagio del calor de ese concierto. Seguí bajando hasta el nivel de la tarima para encontrarla especialmente dispuesta, expectante: la batería, congas, bajo y el piano de rigor, pero a su vez, las bases de tres micrófonos solos, en ese típico silencio previo a la fiesta de los equipos de sonido. 

Nadie podía suponer cómo en minutos, sonarían esas esferas plateadasdelante de las trompetas, los saxofones y las varias voces que componen la propuesta Plural de Gonzalo Grau.  Las luces se mantuvieron encendidas, presentando nítido a cada instrumento en su sitio. Un escenario vacío es una posibilidad. Un pacto por el que queremos empezar a aplaudir. De un momento a otro se puebla la escena: cada músico toma su esquina. Grau saluda y se disculpa por sentir un poco de gripe, sin saber que la verdadera fiebre estaba por empezar, pero en todos nosotros. Buenas noches, bienvenidos a la cuarta Guataca Nights en Nueva York.

Antes de sonar los primeros acordes, una divertida introducción al “merengue” llegó en la voz de Grau, quien explicó (cantando el ritmo) en qué se traduce ese famoso un, dos, tres, cuatro y cinco con el que los músicos lo refieren. Hecho esto y sonriendo al anticipar la empatía del público, empezó a sonar GanGan-CanCan que contó con la inmediata incorporación del primer invitado especial de la noche: Tim Ries, saxofonista de los Rolling Stones. Desde la esquina derecha del escenario levantó sus brazos para irrumpir con su instrumento. Ante la mirada de todos apareció un ribete brillando en el lugar y era él jugando con las notas. Acompañado por todo el resto de la banda en contrapunto, ver a Ries tan suelto frente a las congas de Luisito Quintero demostró cómo la música real sabe de gente y no de fronteras. Terminada la pieza, bajó un instante del escenario, se calzó un pequeño sombrero negro y se volvió a subir. 

Esta iniciación de la experiencia pasó de inmediato al París del Vodevill con un hechizo particular. Grau presentó a Dan Brantigan en las trompetas y al Theremin, ese instrumento curiosísimo que se ejecuta a través de una antena. La banda propuso el bin ban bin bam bé y todos los seguimos con los labios. Bajaron las luces y se tornó íntimo el espacio. Del frenesí invencible pasamos al misterio vulnerable del saxofón que grave, seducía. Al unísono, la vibración del Theremin proyectaba una nube delgada por encima de nuestros oídos, la ciudad se tornó eléctrica a nuestro alrededor. En medio de Chelsea emergieron París y la Habana, la primera en la batería de Pablo Bencid y la segunda en las congas de Quintero. En cualquier caso, fueron muchos los roces de las manos. Volvió el tambor acompañado del gran saxofón que con líneas gruesas, marcaba la guía melódica, conduciéndonos a todos por distintas evocaciones con cada soplo. La mano de Brantigan siguió convocando el espectro de la antena, temblando con ese sonido de voz fina que pareciera cantar. Jungle Book ha enriquecido el paisaje emocional. Vuelven las luces altas.

“La percusión es la tierra” comenta Grau sobre la vitalidad de contar con varios tipos de la misma en su banda. Una mezcla de flamenco y el cuban side de su imaginario se hacen presentes conGuaraGuara. Sin agredir, va entrando el cuero a punto del tambor. Alaheee Alaheee es el estribillo que da paso a la euforia que acelera y se corona con la explosión de los platillos. Todo el local vibra.

La banda se adentra en un sonido propio. Suena alegre y encendida. Los Plural se miran entre ellos. Sonríen. Mueven sus labios con palabras mudas y sus manos en gestos que resultan ritmo y frenesí, fiesta. Los demás nos vemos en ellos, esperando el próximoestallido de la batería que nos acelera más la respiración y el volumen del coro. La buena música nos saca de sitio, de cualquier otro sitio mental en que estemos. La aguja sonora y enloquecida del Theremin llega de nuevo. Aumenta la potencia. Teresa va pal camino con su guara-guara. A esta altura del concierto no todos se atreven a estar de pie pero son muchos los que bailan sentados, con sus hombros. 

Bajan las luces de nuevo y llega el silencio. El escenario se queda solo con el piano de Grau y la sentida voz de una cantaora. El eco gitano retumba. El saxo alterna con la voz, dorado en la oscuridad del local. Estamos absortos en el soplo lánguido que lo define: “Lucero de la mañana/ préstame tu claridad/ para alumbrarle los pasos/ a mi amante que se va”. Tim está junto al piano, y se ven cuatros seres en ese paréntesis: los dos hombres y sus instrumentos. No es Chelsea lo que rodea al Subrosa en este momento. Es la vastedad del llano venezolano en una Tonada de Simón Díaz. La voz de Bárbara Martínez expresa la sabana con todo su cuerpo. Desemboca en las muñecas su canto. Las manos tocan la oscuridad más alta del escenario. Un crescendo del trío resume el pasaje con aires flamencos.

Desde el llano, el viaje siguió hacia el norte Caribe con Palo de Agua. Junto al golpe de tambores entra un coro típico de las fiestas en la costa venezolana: oh le le le palo de agua, está lloviendo en Aponte está lloviendo en Cuyagua. Convencidos del estertor, todos se agitan. Cada palmada en la madera incita seriamente a varios presentes a bailar descalzos en pleno Meatpacking District de Nueva York. El piano aceleradísimo de Grau consigue mantener de igual a igual los golpes del tambor. ¡No lo rompa tamborero, no lo rompa! Entran todos los metales al mismo tiempo. Luisito está muerto de risa y claro, estamos viendo a un saxofonista de los Rolling Stones ejecutando una melodía que en este momento también puede estar sonando en Barlovento.

Más allá de la fusión de los distintos espectros caribeños, así como el son cubano, ahora somos testigos de la lectura particular de ese registro a través del cajón, la conga y la percusión. La nota grave y puntual del bajo a cargo de John Benítez hace el recorrido perfecto. La descarga llegó con un jam sesión atravesado por Pluralízate, donde Manolo Mairena marcó la fuerza. El engranaje tenía en sus bolsillos a todos los escuchas. Éramos testigos de la compenetración y el calor de la banda. Si podíamos ir al concierto sin abrigos no era por el verano, sino por ellos.

El brillo de la sordina y la indetenible percusión siguió por varios solos donde el piano de Grau tendía su patio para el disfrute. Ries y Brantigan desarrollaron con maestría su soltura, incorporados de lleno al sabor del Caribe en clave de Jazz.  Soy Blues y Celia desembocaron en la EnraTonada de Luna Llena: Yo vi de una garza mora/dándole combate a un río/ así es como se enamoran/ tu corazón con el mío. Esa misma lucha entre corrientes y tonos se ve reflejada en los arreglos y la voz de Carmela Ramírez.

Para el cierre, unas maracas marcaron el divertido Soy Changuisero encontrando las voces de Manolo Mairena y Grau en un solo tono con el solo de bajo del gran John Benítez. Ya el concierto era una enorme sonrisa. Muy emocionados tras Mayito y Marisela sonaron los típicos acordes de un carrito de helados que anunciaron Heladero con rolo e Swing el merengue que cerró el concierto con su ¡Pidan que hay!  

Grau y Plural avanzaron durante toda la noche en un acercamiento incontenible que dejó al Subrosa inmerso en el Caribe, o al menos a sus orillas. Su música nos sacó y concertó en el aquí. En este preciso calor del cuerpo que despiden estos ritmos.

Juan Luis Landaeta
Published at ViceVersa Magazine