Guataca Nights NY: El tumbao sin límites de César Orozco

La frecuencia ha hecho que mes a mes se acumulen memorias de acordes, melodías y conciertos en el portal del Subrosa. El calor está cesando, vuelve uno que otro sweater a estar en el perchero, y para la octava Guataca Nights NY tengo, como todos quienes pudimos ver el video de promoción, una imagen en la mente: Cesar Orozco ejecutando dos piezas al mismo tiempo, en un mismo piano. El concierto será además el escenario de la presentación de su nuevo disco “No Limits for Tumbao” bajo el sello de Alfi Records. La tarima del local está presidida por el piano de Orozco. En breve y puntual, caerá sólida y ante las luces, la poderosa propuesta del pianista y su banda. El espacio límite entre la música y el movimiento está a punto de vencerse. Empieza el concierto. 

Con un arranque puntual, mecido por la impaciencia de la charrasca detrás, empieza No Limits for Tumbao. Una presentación audaz de Pablo Bencid en batería y Francisco Vielma en percusiones adelanta la intención de dejar su acento en las piezas de todo el repertorio. El piano aparece como una voz en este caso y avanza rápido. La posición de Orozco ejecutando el piano es perfecta. Los codos a nivel de las manos y éstas a nivel del teclado. La orquesta se empieza a afincar, entran en un calor casi instantáneo, efervescente. La canción que será la noche ha empezado a sonar. Los platillos revientan, dando soltura y animando el tiempo para el piano, que como ocurrirá con frecuencia, alcanza la velocidad del gozo sin trabas ni alardes. El sonido de las teclas convence y guían el estribillo. Orozco mira a la banda y los ojos de todos, a sus manos. Da entrada al saxo soprano de Román Filliú entre aplausos. La banda cierra el primer tema con fuerza, dejando claro lo que vendrá. 

Todavía con las manos en el piano, Orozco voltea hacia el público y saluda: “Veo muchas caras familiares y otras que no, cosa que me parece muy buena”. Comenta que el tema que sigue no es de su reciente producción y que se trata de un joropo, grabado anteriormente en “Orozco Jam”. Tras un silencio ínfimo, emprende la carrera. De 0 a 100, como en un Ferrari. Apure en un viaje arranca a una velocidad asombrosa. El piano y las congas son acompañados por el ritmo de las maracas. La reminiscencia es evidente. La frase del piano acompaña la canción: Me marcho por el Samán, Mantecal y La Estacada, por Bruzual y San Vicente y Quintero inolvidable… generalmente esa letra estaría siendo cantada con mucha exigencia. Orozco barre la voz entre tecla y tecla. Es perfecta la incorporación de Rodner Padilla en el bajo eléctrico, instrumento que por cierto, está muy incorporado en el llano venezolano. Las maracas en mano de Vielma avanzan a todo dar, de hecho, podrían salir volando en cualquier momento.

Cesar asiente mientras toca. El saxo lleva este Apure en un viaje a otro nivel y revienta. La mano derecha de Cesar construye una voz perfecta. El piano no habla, sino que canta. Y zapatea con él. En breves minutos todo el llano se ha recorrido en una pieza. Antes de presentar el siguiente tema, habló de la fulía, un instrumento aparentemente sencillo de ejecutar y que recorrerá varias melodías de la noche. Yobo es la pieza que sigue, muy tierna, con un intro de piano que asemeja un arrullo. Fue compuesta para su hija menor. Bencid limita el temblor de los platillos logrando un recorrido ajustado. Padilla hace el primer solo de bajo del concierto. César sube la cabeza. Cierra los ojos. Sus manos siguen. La rectitud de sus muñecas en el piano no deja de impresionar. 

Para la siguiente canción necesito que canten. No se preocupen, yo los enseño” dice Orozco para abrirse paso con Café, tabaco y azúcar, un son muy cubano. El alto saxo de Filliú se suma a unas congas verdes y emprende un solo con todo el sabor de la isla. Café, tabaco y azúcar, es mi cha cha chá… Toda la mejor herencia del piano Caribe invade al Subrosa. Orozco intercala durante la ejecución sus manos, juega con su voz, solfea sobre las teclas. Fa di rá, ta di rá. Todo al mismo tiempo, mientras Padilla grita ¡Sabroso! Mientras el virtuosismo flamea en el escenario. El piano en este momento es pura libertad, una hoja en blanco. Jorozco es otro tema de “No limits…” y recorre esa vastedad del llano colombo-venezolano. “It´s a beautiful joropo” que además tuvo la dicha de ser grabado junto a Paquito de Rivera, acota Orozco, mientras el tac-tac de la percusión nos sitúa desde el principio en un recorrido presidido por el bajo y el saxo. Filliú infla su cachete derecho y consigue una armonía distinta junto a las maracas. La banda toma un impulso para cerrar el primer set y la pieza termina con el bajo de Padilla coqueteando con el Funk.

Galerón y Arrival, ambos temas del disco, abren el segundo set de la noche. Orozco demuestra que la maravilla que suena es fruto de la agilidad en sus manos. En el primer tema, el solo de saxo imprimio un aire mítico, seguido por el piano, que va detrás de las congas. De inmediato, Bencid acompaña con estallidos de batería el crescendo de la banda, coronado con una seguidilla de solos de piano. Vuelve el eje a Bencid, quien hace par de solos, remates y redobles que encienden el sonido. Toda la artillería de la banda está suelta. Los platillos no dejan de sonar. Filliú infla ahora su cachete izquierdo y tras un breve solo de Padilla, la batería termina el solo más largo de la noche. En Arrival tomaron posición el funk y la percusión, en el sonido de unas cajitas “toys” que acompañaron la pieza. El cuero de las congas es veloz y contundente, suena como si un puñado de tierra salpicara el escenario. 

A Nightingale sang in Berkeley Square empieza con el precepto risueño de “No tenemos Linda, pero tenemos a lindo” aludiendo a la súper artista de la Guataca, Linda Briceño. Se trata de un danzón despojado de pretensiones que llega cálido y lúdico, como al brisa de malecón. El alto sax hace un dibujo que parece un vuelo panorámico junto a la charrasca, que aterriza el sonido. Una transición elegantísima nos arroja en el momento previsto: Frutero vende maní, la increíble ocasión de maestría por parte de Orozco. Confiando, tranquilo, deja la banda en silencio mientras con su mano derecha empiezan los acordes de “El manisero”, para luego, incorporar con su mano izquierda “El frutero” que es un merengue. Así, emprende ambas piezas al mismo tiempo, en un ejercicio matemático de genio. Entra el bajo y repite el tarareo del piano. Las congas y la charrasca entran con el estribillo “Cómprale la fruta al frutero… sí”. 

Se trata de dos historias trazadas al mismo tiempo, tal y como apreciamos en el video de la promoción del concierto. Cesar hace una seguidilla veloz con sus manos. Realmente asombroso. De la nada, derrama la fuerza de un sonido múltiple ante todos. Esparce un caudal entre 88 teclas. Un pasaje saluda la melodía de “El norte es una quimera” junto a un collage repentino de sonidos caribeños, tropicales, suyos. 

¿Cómo se dice bautizo en inglés? Soltó el pianista entre risas. Antes de cerrar la noche, llegó el momento vital de este evento. El popular “bautizo” o “bautization” como sugirió Bencid tras su bajo. Un par de gotas sobre un ejemplar del disco dieron preámbulo a la única pieza que tocó Orozco sin su banda: Para ti, Nengon. Es un tema con una carga emocional enorme. Lo escuchó de su padre, quien fue investigador y musicólogo. Empieza con un obstinato. Si la propuesta de dos manos con dos temas fue mucho, este fue el instante para mostrar su dominio: se trata de un hombre sentado en Nueva York frente a un piano, sereno, decididamente feliz, mientras ejecuta. 

Para el final del concierto ya estaba situada una nueva incorporación, al costado del escenario: unos timbales. Fue el momento de llamar a Luisito Quintero quien se subió comentando que no había escuchado el tema que ejecutarían desde que lo grabaron. Era Vladitimba, un punto enorme de ignición que no dejó un solo bloque fijo en las paredes del Subrosa. Los solos de Quintero, hablaron y brillaron solos. La banda de lleno arrojó su potencia. A Luisito se le salió una vaqueta, para entonces acompañarse de la propia palma de sus manos. Más que una desembocadura, pareció el principio de algo más, como todo lo que sigue a las explosiones. Aplausos y alegría para la maestría de todos y para el tumbao sin límites de Orozco. 

Juan Luis Landaeta
Published at ViceVersa Magazine