Guataca Nights NY: Las nuevas migraciones de Leo Blanco

Las primeras semanas del 2016 sorprendieron a Nueva York y al mundo con un clima diverso y por lo menos, confuso. De momentos, el invierno parecía una imagen alejada de alguna postal y de pronto llegó el mes de enero más cálido de la historia. Para la primera Guataca Nights del año en el Subrosa, un aguacero soltó su potencia sobre todos los adoquines y piedras de Gansevoort St, reuniendo a los asistentes puntuales bajo cualquier toldo del Village. Con los sacos y las caras empapados, los escuchas descendieron al nivel más bajo del local, donde un piano eléctrico Nord esperaba las manos de Leo Blanco.

Con Pablo Bencid en baterías, Peter Slavov en bajo, Luisito Quintero en percusión y Billy Drews en el Saxo soprano y tenor, se compuso el quinteto. Ya frente a su instrumento, Blanco bordeó su mirada hacia el público y comentó: ¿Entonces todos aquí estamos hablando español? ¡Porque si no hablan español en New York, deberían hacerlo!

Roots and Efect fue el primer tema de la noche, con una reminiscencia costera desde su nombre y sonora, por el juego similar al roce de caracoles desde la percusión. Un bajo sólido desde el fondo del escenario, iniciaría la trama de un pulsar íntimo que se ocuparía de las cuerdas toda la noche. El bajo suele ser un buen instrumento de esquina. En esta ocasión, junto al piano y la batería, abren campo con la mirada fija en el saxofón, que por otro lado, suele ser un buen instrumento de cabecera. Algo nos dice el brillo de su sonido, esa línea metálica que vibra ante todos. Las luces violetas del Subrosa se reflejan en las canas de los músicos y exaltan la intimidad que cada uno siente con su instrumento. El tema pertenece al disco África Latina y es una exacta introducción a la concepción musical de Blanco: la travesía del ritmo más allá del territorio, los horizontes que se hunden en una tecla. De allí vendrán fusiones para las canciones y próximos temas, líneas y frecuencias de encuentro.

El piano, para no tener guindadas una capa de seda y mucho menos un cetro, tiene desde siempre, un espectro “jerárquico”. Algo que debemos tomar en cuenta, es lo frágil que es la línea del sonido actual de un piano. Sobre todo porque tal y como lo escuchamos nosotros, no lo escucharon Bach y Mozart. Al alcance de las redes está el trato de Leo Blanco con un piano acústico, su demostración y maestría. Sin embargo, su propuesta va más allá. El compositor ha incorporado el viaje, la exploración de otras culturas y manifestaciones, a su quehacer musical. Todo ello, leído durante el concierto, a través de un piano eléctrico, sonido al que todavía muchos no se acostumbran o no sienten verdadero. ¿Cómo debe sonar un piano? decía Jobim que todo su aporte melódico venía de Chopin. Leo Blanco no vacila en tamizar las fusiones de cualquier lugar del mundo en sus teclas: “Para mí la música es como el agua” dijo antes de ejecutar Montenegro.

El tema, que surgió de un viaje a la tierra homónima, abre con una onda retrospectiva y más grave. El saxo tenor llega para asegurar ese descenso, más hondo. El silabeo de Blanco acompaña sutil la melodía. Ya la banda está entrando en calor, pero no hay necesidad de alarde. El piano dibuja un plano quizás triste, de esa tierra, de hecho, a través de esos acordes cabe preguntarse si se puede explicar la tristeza o el desamparo. Ya adentrados en la pieza, el piano emprende su primer ascenso de la noche. Un prudente remate de los platillos a cargo de Quintero, marca pauta para que luego lleguen los tambores.

Ya de regreso a Suramérica, llega Perú Landó. Con una flauta que acompaña el arranque de un golpe. La marcha del ritmo entre batería y percusión va de la mano con el piano. Como si juntos remontaran una sierra andina. El saxo emula la voz de Blanco, que hace un solfeo, con la melodía… juega, pende y vuelve a la base original. El tema se sostiene para dar entrada al bajo, que en este momento, ofreció un solo maravilloso, halando las cuerdas y mostrando a Slavov imbuido, subiendo y bajando sus manos entre los extremos del instrumento. Al finalizar el tema, desde el fondo del local, llegó el sonido rítmico del barman agitando un trago. Leo se volteó hacia él y le dijo por el micrófono: “Estás contratado”, cual nuevo percusionista de la banda.

África Latina del disco homónimo, llegó para sintetizar y reunir en un tema, la propuesta estética de Blanco. Ya con cada músico en sus solos, la voz del pianista hizo al unísono un pasillo con el saxo, que cobraba brillo literal al rebotar las luces del escenario. Se notaba la fuerza reunida en las tomas de aire para cada fraseo. Peter sonreía desde la esquina, a galope calmo, mientras Bencid y Quintero abrían de a instantes la posibilidad de un buen redoble, un buen remate. Paralela a esa imagen, está Blanco, con su pie derecho en el pedal del sustain y el izquierdo dando pequeños saltos, marcando el ritmo. Sus manos rapidísimas balancearon toda la escala cromática en segundos, o en esas fracciones de tiempo musical, ajenas a la razón y la ciencia.

Si la potencia del saxofón de Billy Drews se anuncia cuando se hace atrás del micrófono y toma aire, en el pianista adivinamos pasión por la tensión en sus hombros. Hacia el cierre se quedan teclas y tambores, para luego volver todos a la carga, juntos. Oe o oé dice el coro. Un estallido en la batería marca la pauta para que se queden solos los tambores y las ondas vibrando en el piso.

Hay muchas cosas que se pueden planificar, pero la pasión no es una de ella. Visto el dominio que cada uno de los músicos guardaba sobre su instrumento, se entiende que una agrupación reúne y concierta, distintos idiomas, expresiones. La armonía depende de ello. Los espacios de dibujo de cada uno han sido logrados y tenues, como el alumno que de pronto se pone de pie delante de todos y luego cede su paso a algún compañero. Nadie levanta la voz, cada instrumento, como cada improvisación, tiene su momento en la labor creativa. Precisamente una voz, femenina, se sumó para los últimos temas del concierto. A la suma del quinteto, se incorporó, tras el llamado de Leo, Bárbara Martínez: ¡Barbarita!, para interpretar Azul de Manicuare de Cruz Salmerón Acosta.

El recorrido terminó con un comentario breve: “Este es un tema que no escribí, pero que me hubiera gustado escribir”, se trataba de Tonada del Cabrestero, una de las primeras piezas que el maestro Simón Diaz ofreció en el género. Camino del llano viene, puntero en la soledad… y el cabrestero cantando, su copla en la madrugá. El tema, con aires de flamenco, envolvió la entrega de sonidos y tradiciones. La migración incesante de quien busca en cada paisaje, el tono que lo define, un sonido que pueda dar su voz en las 88 teclas de un piano. La noche constante de lluvia y gotas, nos esperaba a todos afuera, en Manhattan.

Juan Luis Landaeta

Article published at ViceVersa Magazine

Photo Credits: Cassandra Flores Edery