Guataca Nights NY: La furia tradicional de Horacio Blanco y Jorge Glem

El miércoles previo al concierto, los músicos estuvieron ensayando en un apartamento del alto Manhattan. Pude transmitir en redes parte de la sesión y compartir la emoción de escuchar cómo el sonido de la banda tomaba forma. Muchos de ellos se veían las caras por primera vez y antes que sus voces o instrumentos, las partituras y los arreglos, “los papeles” como les suelen decir, habían estado hablando por ellos. El reto no era sencillo: había que trasladar, casi traducir, los arreglos instrumentales de todos los temas. Por un lado, la vibración frenética y contestataria de Desorden Público y por el otro, el cuidado y las delicadas esquinas del repertorio tradicional venezolano.

En cuatro horas se recorrió compás a compás lo que sería al día siguiente la primera Guataca Nights NY del 2017. A las 10 de la noche salimos del edificio, asombrados de la tolerancia total de los vecinos a esos golpes de baterías, percusiones y decibeles. Parados en la calle, Horacio Blanco y yo, alcanzamos a escuchar el piano de Baden Goyo, que seguía calentando motores para el jueves.

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La novedad del repertorio estaría recorrida en buena parte por temas del disco Pa Fuera, una producción reciente hecha entre C4Trío, la banda a la que pertenece Jorge Glem y Desorden Público, a quien Horacio Blanco suma voz y estampa desde hace tres décadas. Allí se consiguió que el acervo tradicional venezolano coincidiera con el brinco potente del Ska nacional. Esa fusión, por lo demás eléctrica, se estrenó en vivo y para todos los presentes en el nivel más bajo del Subrosa, en el Meatpacking District de Nueva York.

El estreno estuvo anticipado por las palabras de Glem: “Esto que van a escuchar no lo hemos hecho en otro sitio, espero disfruten”. De inmediato presentó a los muy jóvenes y virtuosos miembros de la banda: Baden Goyo en teclados, Daniel Prim en batería y David Alastre en el bajo. Más tarde se sumaría Juan Diego Villalobos, haciendo lo propio con las percusiones y los respectivos tambores “culo de puya”.

Abriendo con un espacio y sonidos propios, la banda empezó su noche con tres piezas instrumentales. La primera de ellas fue Vida mía, compuesta y arreglada por Baden Goyo, quien haciendo alegre ejecución de su propio tema, no dejó tiempo de espera para entrar, como toda la banda, en calor. Sonaron como si tuvieran un buen rato tocando. Tras unos segundos de silencio, Goyo hizo oscilar su mano izquierda indicándole a los demás músicos sus entradas. Los platillos, a cargo de Prim, fueron marcando la escala que aterrizó en las cuatro cuerdas de Glem.

De seguida sonó El sinvergüenza de Toñito Naranjo, una autoridad de la flauta venezolana. La segunda pieza nos fue arrojando a la sonreída precisión de Alastre, que poco a poco fue tomando el pulso desde la esquina gravitacional del bajo. La destreza de Baden en el teclado se reveló con desenfado y una palmada abierta, enorme, de Glem sobre el cuatro, marcó el fin. En cuestión de segundos, el mismo cuatro cambió de posición y Jorge coló su primera entrada solo. De qué callada manera, tema de Pablo Milanés inspirado en un texto de Nicolás Guillén, mostró el primer ejercicio de ritmos y alternancias con la madera del cuatro que tuvimos durante el concierto. Un poderoso ¡Bravo Jorge! Llegó para arrojar los aplausos y llevarse consigo las piezas instrumentales.

De pronto a la tarima saltó un ser vestido de negro y resuelto a alborotar todo lo que estuviera presente. La sorpresa tardó unos segundos en surtir efecto. Apenas el público reconoció a Horacio Blanco, llegaron los silbidos y el clásico ánimo de brincar al que el vocalista invita desde siempre. Nunca voy a esperar morirme de hambre / Pa’ cantar lo que me duele / Caracoles, cascabeles / Para saber cuando podré yo verte /¡ay mamá! /morena libertad, ¿Cuándo será?

La letra caló sola con el grito de su título: Combate. El alboroto hizo que el desorden estuviera fuera y dentro de la calle. Al paso llegaron unos acordes siniestros de Glem, agregando un puntilleo agudo que contrastó con la algarabía de hace unos minutos. La danza de los esqueletos llegó para incluir a Prim de pie en las maracas, agregando otro aroma al ritmo pausado del tema. Horacio lo cerró con un hito legendario: “Recuerden que racismo e intolerancia son sinónimos de ignorancia”.

La fusión de estilos no solo permeó la música. Para el siguiente tema, Horacio pidió ayuda y muy pronto, la enorme olla plateada que estaba a un costado del escenario pasó a su centro. Se sumaron los vegetales e ingredientes de rigor para el El sancocho, mientras en escena se hacía todo para “preparar” el poderoso caldo típico de las tierras venezolanas. Le siguió otro de los temas inmortales del maestro Gualberto Ibarreto, con una previa aclaratoria de su título.

El calamar es la historia de un hombre que se enamora de una mujer que se va de Venezuela. Para este momento, Horacio explica y remite a un popular comercial de bolígrafos en que a un hombre, se le manchaba con tinta el bolsillo de una camisa. Desde entonces, popularmente, cada vez que alguien tiene una molestia incesante, se cuenta que “viene con ese calamar”. El tema empezó con el ánimo fiestero que recuerda a la voz de Ibarreto, sazonado con las muecas y gestos múltiples del vocalista. Alastre, impecable en el bajo alternaba miradas y pasos precisos con el resto de la banda. La versión que escuchábamos era la de un merengue oriental, uno de los géneros más flexibles de la geografía nacional.

Ante una señal de Baden hacia la esquina de las percusiones con Prim, empiezan a jugar con el tema: Blanco y la banda alternan el estribillo con los idiomas y estilos musicales de los países que la mujer perseguida visita. En inglés con ritmos de swing, en portugués con samba y en alemán con un waltz. El ánimo para corear y gritar ya era ley en el sitio.

Soltando un poderoso ¡El canto popular! Llegó la orden de entregarse al ritmo total del Ska con el tema homónimo. Empezó el toma y dame típico del género, con el cuatro de Glem sustituyendo el toque tradicional de la guitarra eléctrica. El bajo de Alastre cobró su cuota en las ganas de todos de bailar, mientras los muchachos juntos repetían el coro de “Canto popular de la vida y muerte” varias veces. La banda entera se turnó los solos y terminaron repitiendo sílaba a sílaba, con un pie en el piso y el otro en el aire: ¡de sor den!

Con un arreglo particular de teclas en plan “organillo” a cargo de Baden Goyo y el popular “pam pam” de su intro, se repasó el clásico Amparito seguido de otro standard de Nueva York, en clave salsera: Sube la temperatura. La mezcla de teclados y batería resultó mortal. El estribillo lo repite quien lo conoce y quien no, lo intuye. Sube, sube, la temperatura.

Del paso fiestero a la reflexión, llegó Los que se quedan, los que se van, un tema motivado e inspirado en la llamada “diáspora”, que millones de venezolanos representan en el extranjero. En clave de reggae y con un público conmovido, el tema abrió paso a un dardo clásico de la cultura de los años 90´s. Luego de cantarle cumpleaños a un Víctor que alguien hizo festejar, llegó la furia que hizo imposible evitar los brincos y las ruedas.

Valle de balas encendió los altavoces al ritmo de joropo, con la banda entera atendiendo a los tambores culo e puya que habían estado apoyados en una esquina. Juan Diego Villalobos se sumó para completar el cuarteto de percusiones junto a Ray Contreras. Toda la emoción contenida tenía su apoyo en la lectura de un clásico a través del cuero de esas percusiones y el vítor unánime de parte de su estribillo: ¿Y el presidente? ¡Pa´l sanatorio!

Para el cierre se juntaron dos maravillosas piezas que sintetizan la alegría del encuentro entre géneros y músicos. Al mandato ¡Métele calypso! Y ya con los tambores hechos fuego, llegó La tierra tiembla cuyos arreglos de trompetas son una firma dentro de la historia de Desorden PúblicoGlem incorporó el cuatro con una facilidad que solo puede ser suya y que ya había estado anunciándose en temas anteriores. Horacio, bañado en sudor y alegría, hizo un gesto para que todos levantaran sus manos y también se mantuvieran cautos.

Allá cayó resumió la apoteosis y el Subrosa de pronto estuvo envuelto en gritos, saltos y ruedas. La banda y Horacio multiplicaron sus carcajadas. La sonrisa era un contagio y el sonido que lograron un éxito expansivo. El concierto entero fue una cápsula que unió dos tradiciones de lenguajes musicales. La semilla de nuestra tradición musical se sumó al grito contestatario, inconforme e inquieto de una de las voces que más ha brindado versos y estrofas a la rebeldía que genera la inconformidad y la injusticia.

Juan Luis Landaeta

Article published at ViceVersa Magazine

Photo Credits: Romina Hendlin