Unos sinvergüenzas que tocan música venezolana (y, Caramba, una adenda); por Marcy Rangel

Crónica por Marcy Rangel

El Carabobeño es un periódico con sede en Valencia que fue fundado por Eladio Alemán Sucre en 1933. Sus paredes conservan las primeras planas de gran formato que han reseñado las noticias más importantes de estos 82 años: las visitas del Papa, los tres Premios Nacionales de Periodismo que han ganado, la caída de la dictadura. Al final del pasillo de las portadas está el auditorio del edificio, que lleva el mismo nombre del fundador. Es ahí donde se presentan desde febrero las “Noches de Guataca” una vez al mes. Y hoy les toca a Los Sinvergüenzas cerrar el ciclo de este año.

Los Sinvergüenzas son una agrupación de música venezolana contemporánea que nació en Mérida hace quince años. Tienen sede en Caracas y está conformada por Raimundo Pineda en la flauta transversa, Héctor Molina en el cuatro, Edwin Arellano en la mandolina y en la guitarra, además de Heriberto Rojas en el contrabajo.

Antes de comenzar el concierto, cada uno está en un punto del recinto resolviendo otros asuntos, otros proyectos. Por ejemplo: el DVD que pronto sacará C4Trío por sus diez años ocupa a Héctor, mientras Edwin se ocupa de las variaciones que le harán al repertorio ese día y hasta la vestimenta, que está condicionada por el calor. En la sala no hay aire acondicionado desde hace un tiempo porque no se han conseguido los repuestos para arreglarlo, pero lo convierten en una excusa para bromear con el público sobre la calidez de un concierto que evocará géneros desde el jazz tradicional hasta la contradanza zuliana.

El domingo anterior los quinceañeros reunieron a Cecilia Todd, El Cuarteto, C4Trío, Guillermo Carrasco, Manuel Alejandro Rangel y César Gómez para celebrar en el Centro Cultural BOD. Ya en febrero lo habían hecho con el violinista Eddy Marcano en el Centro de Acción Social por la Música. Ambos shows fueron en Caracas. Hoy lo hacen con su propio repertorio en una sala llena de espectadores que no son habituales: ésta es la primera vez del ensamble en Valencia.

Aunque en el verbo solear no esté la acepción de tocar un instrumento en solitario, como dicen los músicos, Edwin Arellano es el primero que entra al escenario para hacerlo. Mientras se dispone a empezar, suena un celular. Un teléfono que le pertenece a alguien que no es muy diestro en su intento de callarlo de inmediato. El músico mira al público, espera pacientemente y, cuando al fin se ha ido el ruido, comienzan los primeros acordes de “María Isabella”. Edwin tiene fiebre, pero se mantendrá durante doce temas más junto a sus compañeros, quienes suben al escenario para continuar con “De Cotiza a Legazpi”, una composición de Héctor en clave de onda nueva que, junto con “Amalgamados”, completan esa parte del repertorio inspirada en el género que ideó Aldemaro Romero en los años setenta para modernizar el sonido de la música tradicional venezolana con una orquestación diferente, más familiarizada con el jazz.

El CD más reciente de Los Sinvergüenzas es un homenaje a Raíces de Venezuela, una agrupación que comenzó a tocar en Mérida en 1976 y es de las pocas de música instrumental con tal antigüedad en nuestro país. De allí tocaron “Señorial”, de Pedro Camacaro, y “El Mocho”, de Domingo Moret, una contradanza zuliana y otra onda nueva que precedieron a “Sin embargo, joropo”, una composición del guitarrista Pedro Colombet (ahora Director del Centro Nacional del Disco) que ha sido la canción que más han tocado en recitales durante estos quince años. “Es un tema que compuso por un largo despecho, pero en vez de un bolero le salió un joropo”, prologó Molina.

La música venezolana también tiene espacio para reinterpretar la literatura. Edwin compuso una melodía para “El silencio de las sirenas”, uno de los cuentos mitológicos de Franz Kafka que habla de la creencia que tenía Ulises de poder evitar el canto de estos personajes. “Pote”, de Héctor, fue casi la última de las piezas que tocaron, “porque antes uno le decía pote a la música que sonaba hecha como con potes. ¿Se acuerdan de cuando existían los potes de leche?” dijo para recibir del público un sonido parecido al recuerdo.

Palmarito es un pueblo del estado Mérida que limita con el Zulia. Su singularidad es que es uno de los que más desarrolla la gaita como género en todo el país, así que los merideños se despidieron con una gaita de tambora titulada “Caramelito de Papelón”, para luego decir que “necesitamos que crezca el público y es importante que nos convirtamos en multiplicadores de estas experiencias para ser una mejor sociedad”.

Y antes de cerrar, como para evitar confusiones, Héctor Molina contestó una pregunta que le había hecho un espectador por los lados del camerino acerca del nombre de la agrupación: “Nosotros somos unos sin-vergüenza porque no nos da pena tocar la música venezolana”.

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ADENDA: En Caracas hay más actividades sucediendo de las que sus habitantes imaginan. La semana anterior a la presentación de Los Sinvergüenzas en Valencia se presentó en Caracas el Ensamble Caramba, una agrupación de danza popular que ya tiene once años ensayando las tradiciones de todos los estados de Venezuela en la Escuela de Arte Popular Otilio Galíndez. Su labor es reproducir la tradición con música y explicarle al público cada una de las tradiciones que van pasando por el escenario.

A su recital/concierto no asistieron más de diez personas. Aún así, los 16 artistas tocaron una Salve Mayor, parte del tamunangue típico del día de San Antonio que se celebra en el estado Lara. También sonó un golpe de El Tocuyo, un joropo con estribillo y una gaita de tambora en homenaje a San Benito para la que escenificaron una pelea entre el chimbangle y la gaita, en la que el ganador se queda con el tamborito.

Luego esas mismas bailarinas tradicionales envolvieron sus rizos en unos turbantes y dejaron su abdomen moreno al descubierto para tocar música de las costas venezolanas: tambores de leva, fulías, sangueos y golpes sonaron en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural con un noble propósito: que a todos los que estábamos ahí y no distinguíamos entre una tradición y otra, entre un son y el otro, pudiéramos entender que en los diferentes pueblos de nuestro país hay sonidos centenarios que también nos pertenecen, como otro montón de cosas importantes que tienen menos público que ésas que sólo logran distraernos.