Aldemaro Romero, un genio que volverá a sonar, por Erick Lezama

En el ensayo que ahora se desarrolla en el Centro Cultural Chacao, hay notas que aún no suenan. Es lunes, 11 de junio, y cae la tarde. Una legión de músicos se afana con sus violines, violas, contrabajos, flautas, trompetas, trombones. Repasan, una y otra vez, esas dos piezas que se le han convertido en un acertijo, porque las partituras llegaron ilegibles a los atriles. Como hoy, todos los días, de lunes a viernes, por tres horas, se encierran a estudiarlas con rigor. Y hasta que no suene como debe sonar, Florentino Mendoza, el director de la orquesta –la Juvenil de Chacao- prefiere que las prácticas sean, como esta, a puerta cerrada. Que no haya testigos del montaje. Y que cuando Joropo a Millón y Carnaval Llanero se escuchen por primera vez, en su estreno mundial, el próximo 28 de julio, tengan un sonido a la altura de su creador: Aldemaro Romero.

– Las partituras nos llegaron por correo y por los problemas de papel no las pudimos imprimir. Para la semana que viene ya estará más adelantado todo. Todavía estamos montando, ensayando, repasando. Pero algo sí te digo: esas obras, definitivamente, fueron creadas por un genio.

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La mente de Aldemaro Romero fue una potente máquina creativa, y eso le permitió llevar una vida en línea recta, siempre en ascenso. Nació en 1928 en Cerro El Zamuro, un pueblo de pocas calles ubicado al suroeste Valencia, la capital del estado Carabobo. Hijo de Rafael y Luisa –músico autodidacta él, ama de casa ella- y hermano de cuatro hermanos, pasó su infancia en un hogar muy pobre. “Tan pobre que en mi candidez de niño, decidí cierta vez convertir un centavo en una locha, con el fin de meterle gato por libre al pulpero de la esquina. Para lograr tan arriesgada medida financiera, acudí al primitivo recurso de golpear el centavo con una piedra, para que el centavo se pusiera más grande y pareciera una locha”, escribió en Encuentros con la gente (Fundación para la Cultura Urbana, 2007).

Pero la pobreza era solo económica, porque en esa casa la riqueza cultural siempre estuvo. De niño, Aldemaro leía mucho: “En mi infancia era de inclinación a la lectura. En la biblioteca de mi casa había libros como El Quijote, Gil Blas, Bertoldo Bertoldino, Cacaseno, etc.”. Y creció sumido en un mundo lleno de muchos y variados sonidos, elementos que en esta historia son medulares. Su padre, Rafael, que había aprendido música por su cuenta, daba clases de guitarra y mandolín, y dirigía orquestas para mantener el hogar. Y el niño, mientras jugaba, absorbía todo aquello. Sin saberlo, el padre estaba abonando una tierra que daría frutos.

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“Yo nací músico”, le dijo Aldemaro a su biógrafo, Federico Pacanins, en una entrevista publicada en el diario El Nacional en 2006. También le respondió que apenas había estudiado hasta el sexto grado, y que era autodidacta, como su padre. Y que a él le debía todo lo que sabía. Que había aprendido oyendo, como aprenden los niños a hablar. “Los niños no aprenden a hablar porque tenga un profesor que los enseñe, ni porque tengan unos textos o ganen una beca en París, sino porque repiten lo que están oyendo. Yo le debo todo al oído. Todo”.

Por el oficio de músico de Rafael, la familia migró de Valencia. Primero a Yaracuy, donde Rafael dirigió la única orquesta de ese estado; y luego a Caracas. Aldemaro llegó a la Capital con 18 años y con un cúmulo de música en su mente: con los sonidos espontáneos de las calles de Valencia y Yaracuy; y con los sonidos estructurados de la Orquesta. Una mixtura que lo llevó lejos.

Aunque el padre se opuso a que se dedicara a la música, y lo inscribió en una Escuela Técnica para que aprendiera otro oficio, él se empeñó y probó suerte como pianista. Le fue bien: durante una década tocó en locales nocturnos. Fundó su propia orquesta, con la que ganó experiencia. Y se fue a Nueva York, a buscar lo que encontró: el triunfo. Allá, viviendo en compañía de su gran amigo Alfredo Sadel, grabó en 1954 Dinner in Caracas: un LP de canciones instrumentales clásicas venezolanas con arreglos de vanguardia. No fueron ejecutadas por el arpa, el cuatro y las maracas, como hasta entonces se acostumbraba; sino que -por primera vez en la historia- por una orquesta. Sonó majestuoso. Rompió récords de venta en Suramérica. Y la historia cambió.


Pero fue solo el comienzo.

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Desde hace varios años Florentino Mendoza está a la cabeza de la Orquesta Juvenil de Chacao, que forma parte del afamado Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela. Está entusiasmado con el montaje de esas piezas que desde su creación habían estado archivadas. Aldemaro las creó entre 2003 y 2005, a solicitud del maestro José Antonio Abreu, pero –nadie se explica por qué- nunca se estrenaron. “Para nosotros es un honor tocarlas”, dice ahora Mendoza.

La esposa de Aldemaro, Elizabeth Rossi de Romero, se las cedió especialmente a la orquesta para que se estrenen en el espectáculo para el que se apuran con los ensayos. Es un tributoque se le rendirá el próximo 28 de julio, en el Centro Cultural Chacao, en el marco delFestival Caracas en Contratiempo 2016. La iniciativa fue de Guataca, la plataforma de proyección del talento venezolano que dirige el guitarrista Aquiles Báez, y que por cuarto año consecutivo ha organizado este festival de música. Báez asegura que la idea es hacerle justicia a la figura de este músico, porque nunca se le ha dado el homenaje que se merece: “Es un artista fundamental en nuestra historia musical. Tiene la misma importancia de un ícono como Simón Díaz. Ha sido una gran influencia para varias generaciones, para músicos como Huáscar Barradas, Ilan Chester, C4 trío, Rafael “el pollo” Brito, María Rivas”.

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“La creación es el resultado de un proceso mental en el que intervienen la fantasía, la imaginación, el talento y la técnica. Eso se debe a que esos cuatro ingredientes son factores básicos de nuestro patrimonio intelectual. La combinación de esos elementos es la fuerza que produce las ideas, el tesoro más preciado de los seres humanos (…) ese patrimonio fundamental de la humanidad depende, pues, de las ideas, y éstas, a su vez, de la fantasía, la imaginación, el talento y la técnica. Sin esos elementos no sería posible que accediéramos al conocimiento, la única riqueza verdadera e indiscutible de nuestra raza. (…) El talento y la inclinaciones naturales de las personas suelen depender de un factor inevitable como es la herencia”, escribió Aldemaro en Encuentros con la gente, un párrafo que bien puede funcionar como una declaración de principios de lo que fue su vida.

El libro es un recorrido de primera mano por sus andanzas en el mundo artístico. Con Simón Díaz viajó en carretera por el llano venezolano, y luego le compuso una canción que recuerda ese día: “Carretera, acórtate carretera/ que me ahoga la distancia/ de qué manera, de qué manera”. De Celia Cruz se hizo amigo en Caracas, fueron a fiestas en La Habana, y cuando alguna vez corrió el rumor de su muerte, la llamó y ella atendió al teléfono: “No estaba muerta, estaba de parranda, azúcar”. Y cuenta que siempre estuvo rodeado de una constelación de estrellas: fue amigo de Armando Manzanero, de Tito Puente, de Tito Rodríguez, de Oscar D´ León, de Astor Pizzolla, de Alfredo Sadel, de Daniel Santos, de Carlos Gardel.

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Luego de una estadía por varios años en Nueva York, y de giras por México, Puerto Rico, Colombia, Perú, Brasil, Argentina, España, Francia, Grecia, Suiza, Suecia, Italia, Rusia, Egipto y Japón, donde dirigió muchas orquestas, Aldemaro volvió a Venezuela, en la década de los 60.

Entonces lo volvió a hacer: remando por un mar de sonidos y ritmos, llegó a un territorio desconocido. Desconocido y agradable. Le gustó. Después se lo mostró a su amigo, el reconocido músico Jacques Braunstein, y a él también le gustó. Como recientemente Braunstein había estado en Brasil, donde la Bossa Nova ganaba terreno, le recomendó que bautizara ese estilo Onda Nueva. Y así le puso. Esa música descubierta tenía un poco de jazz, un poco de música venezolana: parecía joropo, pero sin arpa, sin cuatro y sin marcas; y en su lugar había batería, contrabajo y piano.

Pero todo cambio genera resistencia y nadie es profeta en su tierra. El maestro Alí Agüero asegura que, en ese entonces, Aldemaro intentó que su experimento se masificara, pero no lo logró tan rápido. “Él tenía la teoría de que no logró tanta pegada porque no era porque no era bailable”, dice Agüero. Aunque en 1971, 1972 y 1973 organizó el Festival de la Onda Nueva en Caracas -eventos que trajo al país a artistas de la talla de Agostinho Dos Santos, el Zimbo Trío, Olga Guillot, Armando Manzanero, Nancy Wilson, Caterina Valente, Marco Antonio Muñiz, Franc Poucel, Paul Mauriat y Augusto Algueró- a un sector conservador esa música no le agradaba. “Era la crema y nata de la escena musical mundial, pero ese estilo tuvo más detractores que seguidores. Aldemaro experimentó mucho: agregó cosas que en ese momento no se hacían. Eso solo lo logra un genio. Un músico muy famoso de entonces me llegó a decir que él no podía confiar en la música de un tipo que había tocado en bares”.

La Onda Nueva es una metáfora del país en el que surgió esa forma musical. Comenzaba la década de los 70 y Venezuela empezaba a ser otra. Bebía de la abundancia que le generaban los altos precios del petróleo y buena parte de la población abandonaba el campo para acomodarse en las ciudades. “Surge en un momento en el que la música venezolana carecía de movimientos innovadores”, sostiene Agüero. Y a la par, mientras eso ocurría aquí, la música popular de otros países de la región también cambió: en Brasil tomó forma la Bossa Nova; y en Argentina, de la mano de Astor Pizzola, el tango tradicional tuvo modificaciones.

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Florentino Mendoza, el director de la Orquesta de Chacao, asegura que el montaje va bien. “Una de las canciones es Carnaval Llanero, que es una composición muy compleja; la otra esJoropo a Millón que, como su nombre lo indica, va a un ritmo muy rápido, y eso la hace interesantísima”, detalla.

La Orquesta ensaya con esmero para este 28 de julio, porque el repertorio que preparan es más amplio. Incluye Merengazo, que desde que Aldemaro la creó apenas ha sido interpretada una vez, hace casi diez años. Y también sus temas clásicos: Fuga con Pajarillo, que combina lo recio de la música venezolana con la fuga -una forma musical basada en el contrapunteo de instrumentos y la imitación de melodías en diferentes tonalidades-, y que se ha convertido en un emblema del Sistema Nacional de Orquestas; y la Suite Onda Nueva, una suerte de compilación de sus obras.

Y además de ese evento, el sábado 30 de julio, artistas que se han visto influenciados por su música, como Rafael “el Pollo” Brito, Mariaca Semprún, Kiara, Biella Da Costa, Vera Linares y Constanza Liz, Gustavo Carucí, Alberto Lazo, Abelardo Bolaño, Eric Chacón, Miguel Siso y Eddy Marcano se reunirán en el Centro Cultural Chacao para dar “Un Canto a Aldemaro”.

El reconocido director y crítico musical Rodolfo Saglimbeni se alegra al enterarse de que se están organizando estos tributos a quien fue su amigo muy cercano, porque, dice, significa que se le está dando su lugar en la historia. “Fue un genio y en su momento no se le reconoció tanto, pero lo que hizo quedó fijado en el repertorio venezolano y trascendió”. La cantante María Teresa Chacín, que asegura ser la artista que más ha interpretado Onda Nueva, también se contenta: “Qué alegría me da que me llamen para hablar de él, y si es por un homenaje, más. Lo tiene merecidísimo, porque internacionalizó la música venezolana, la vistió de gala”.

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Elizabeth Rossi fue la última de tres esposas que tuvo Aldemaro. Lo recuerda como un hombre muy familiar, entregado a los tres hijos que tuvo en sus matrimonios anteriores. En la casa en la que vivieron, ubicada en el este de Caracas, hay un piano de cola. Está colgada una caricatura de Aldemaro que le realizó Pedro León Zapata en tinta china. Hay fotos de todas las épocas, recortes de periódicos. Están también los doctorados Honoris Causa que le otorgaron la Universidad de Carabobo, la Universidad de Lisandro Alvarado y la Universidad del Zulia. Está el Premio Nacional de Música que recibió en el 2000. Hay más condecoraciones, más diplomas, más medallas. Las placas de reconocimientos son tantas que no caben en las paredes, por eso Rossi las tiene guardadas en un closet.

En esa casa, Aldemaro dedicó sus últimos días a crear con dedicación. “Como quiera que mi etapa presente es la de mi último cuarto de siglo, me propongo consumirla creando que es el mejor antídoto que conozco contra el miedo a la muerte”, escribió en Encuentros con la gente (Fundación para la Cultura Urbana, 2007). Redactaba ensayos y, sobre todo, componía.

Rossi recuerda que se levantaba muy temprano a componer, paraba para almorzar, y luego de una siesta, continuaba hasta la madrugada. “Cada vez que terminaba algo, me decía: ´Toma, mi amor, para mi museo´. Es lo que intento hacer con todo esto que tengo: un museo. Pero no he podido terminarlo, porque todo está difícil. Quisiera, por ejemplo, que estuviera abierto al público, pero tú sabes cómo está la inseguridad”.

Rossi tiene claro el inventario: a lo largo de su vida, Aldemaro compuso 120 piezas de corte popular y 100 de corte académico. Ese dilatado repertorio, insiste Saglimbeni, no es poca cosa. “Eso demuestra que él es la figura más importante de la música urbana del siglo XX. Tomó lo mejor de la música tradicional y creó nuevos sonidos. Siendo un músico autodidacta, le costó mucho entrar en la música académica y se ganó un puesto, porque su música se toca en todo el mundo”.

Cuando las complicaciones de una diabetes apagaron a su esposo en septiembre de 2007, a sus 79 años de edad, Rossi creó la Fundación Aldemaro Romero para manejar y promover elpatrimonio que él dejó. Pero se lamenta por no tener recursos que la ayuden a consolidar el proyecto: “Ahorita, básicamente, la fundación soy yo sola”. Aun así ha logrado cosas importantes. Hace años viajó a Estados Unidos, a la Universidad de Miami, donde se encontraban muchas de las composiciones originales de Aldemaro, y se trajo las copias. Se encontró con este dato: más de 30 de ellas no habían sido ejecutadas nunca. Entre ellas, las dos que por fin sonarán.