Día 6. Aldemaro, una Orquesta Juvenil y música para camaleones; por Willy McKey

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“¿Cómo pueden tocar así, si son tan jóvenes?”. Al salir del Teatro Chacao, a las ocho y cuarto de la noche del jueves 28 de julio de 2016, una mujer de 46 años, casada con un músico a quien vino a acompañar a lo que parecía un concierto más, se le repite una pregunta en la cabeza: “¿Cómo pueden tocar así, si son tan jóvenes? ¿Cómo?”

La Orquesta Juvenil de Chacao acababa de tocar cinco piezas de Aldemaro Romero. Tres de esas cinco piezas sonaban por primera vez en Caracas. Y fueron tocadas en la cuarta edición de Caracas en Contratiempo, durante el primer concierto de orquesta en la historia del festival.

¿Cómo pueden tocar así, si son tan jóvenes?

Truman Capote, alguien que supo mezclar muy bien su vida con la ficción, cuenta en el prólogo de uno de sus libros más fascinantes que empezó a escribir cuando tenía ocho años. Este dato se conecta con una anécdota sobre una de las primeras entrevistas que le hicieron como escritor. El periodista le preguntó al veinteañero Truman algo vinculado con la idea de qué se sentía haber tenido éxito siendo tan joven. No sabía que hablaba con alguien que tenía más de doce años escribiendo.

El prólogo de Capote es de Música para camaleones, aquél que termina con: “Cuando Dios te da un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”

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¿Ha ido usted alguna tarde de semana al Centro Cultural Chacao? Entonces, minutos antes de las siete de la noche de este día, no le habría parecido extraño ver los espacios abiertos de la sala experimental habitados por muchachos haciendo sonar esos instrumentos musicales que los distinguen del público que viene al concierto.

Hace apenas unos minutos en este mismo lugar estaban hablando sobre Aldemaro Romero algunos personajes protagónicos de la Onda Nueva, como el maestro Alí Agüero y la cantante Zenaida Riera, sumados a la memoria filial de Bettsimar Díaz y al cercano testimonio vital de Elizabeth Rosi, viuda de Aldemaro. Sin embargo, ahora reclaman su espacio de siempre, el de cada tarde. Son los muchachos de Florentino Mendoza, esos que forman parte de algo que hemos aprendido a llamar “El Sistema” y que se han empeñado en afinar para la historia nuestro tropezado comienzo de siglo.

Hoy en lugar de fragmentos de Consagración de la Primavera, un violín atina a hacer que alguien más cante “Carretera, acórtate carretera”, mientras entre señoritas se arreglan las trenzas del cabello. Hoy en vez de tomar un riesgo de Shostakovich, algunos metales se atreven con “De repente”, al tiempo que completan la merienda repartida sobe las bobinas y estibas que todo teatro esconde, pero aquí son las mesas compartidas. Hoy no es Mozart lo que preocupa a la jovencita de la trenza, porque su flauta lo que repasa es “Tonta, gafa y boba”.

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Desde las cinco y media de la tarde en el backstage se podían leer las cinco piezas que iban a tocar. La primera era “Joropo a millón”, una pieza que estaba a minutos de ser estrenada en Caracas y que obligaría a que el homenaje de hoy arranque con cuatro y maracas. Andrés Nali, el maraquero, es el primer encuentro que tendrá el público con la percusión y la juventud en ejercicio que desde ya fascina a varios.

La segunda en la lista era “El Merengazo”, una pieza con la cual el teclado donde tomo estos apuntes pudo experimentar cierto orgullo digital, después de escuchar a Elizabeth Rosi contar que una biblioteca de la Universidad de Miami conserva una memoria que, al parecer, a ninguna de nuestras instituciones le interesó custodiar. Vívalo: haga click acá y vea las 148 páginas de una partitura que ahora está a la mano de cualquier músico del mundo, así como una buena parte delArchivo Aldemaro Romero, con la firme intención de contagiar a la globósfera el interés por este hombre que respetaba el saber académico tanto como la guataca nocturna, pues supo protagonizar los episodios de nuestra historia sonora, esos que van desde la Orquesta Filarmónica hasta el Hotel Ávila en carnaval.

La Fuga con Pajarillo de Aldemaro pertenece al repertorio obligatorio de “El Sistema”. Es decir: cada criatura que pasa por esa escuela formadora de hombres y mujeres capaces de romper el silencio para embellecerlo la conocen. Cada uno de esos jovencitos que hasta hace nada mitigaban el hambre con palitos horneados de maíz con queso y espejismos de jugo de naranja sabe a lo que va después del par de piezas de arranque.

A esas alturas del concierto no habrá converse-shoes ni jeans desgastados: se verán como una manada hermosa, vibrante y formal, con la etiqueta blanquinegra que su oficio demanda en ocasiones como éstas. Con la modorra de la tarde que termina, hacen fila quienes todavía no se han cambiado y se mezcla con aquellos que ya están listos. No hablan de música entre ellos: en ocasiones la edad se trepa por encima de la vocación. Bromean. Coquetean. Viven. Y con ese ritmo propio van llenando las entrañas del teatro donde pronto estarán marcado el contratiempo que nos define como nación atravesada y melódica a la vez.

En segundos esta misma manada dará el primer concierto de orquesta del festival que le ha devuelto la música y la esperanza a Caracas. Es la fuerza de Dinner in Caracas mutando en #DinnerInCCS justo delante de nuestros oídos. Por eso, con el teatro todavía vacío, cabe preguntarse cómo habrá sido para Florentino Mendoza, el director de la Orquesta y en buena medida responsable del concierto que está por comenzar, haber escuchado a Aldemaro cuando tenía la edad y todas las virtudes y defectos de estos muchachos que ahora conduce.

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“Mi relación con la música de Aldemaro empieza en los años setenta, pero ahí mismo empecé a conocer su trabajo anterior: Dinner in Caracas, música de vanguardia, lo que hizo cuando dirigía big-bands en Nueva York. Música muy bien elaborada y muy interesante, pero sobre todo muy sencilla de escuchar. Porque el problema es que varios compositores de música de vanguardia piensan que debe ser compleja, difícil y que impere el virtuosismo por encima de todo, sacrificando en ocasiones la calidad musical. No es así con Aldemaro Romero: es por encima de todo muy melódico y, aunque ha compuesto con cierta complejidad rítmica, gran parte de su composición se dedicó a rescatar nuestros ritmos y orquestarlos. Y, por supuesto, creó la Onda Nueva que marcó un ícono en la música contemporánea de Venezuela. Yo era muy joven cuando escuché por primera vez la Onda Nueva. No la entendí. Pero a medida que iba creciendo entendía la importancia de esta obra y, ya como músico, como cellista, experimenté la riqueza del contenido de sus obras.

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En el lado derecho de los espectadores se diferencian los atriles del Trío Aldemaro Romero. Son parte de las añadiduras que aumentan el valor de la experiencia. Además, como parte importante del programa está la participación de tres jóvenes maestros, todos ejecutantes destacados que se han formado durante estos años en los cuales la música ha demostrado que Venezuela es algo más que ruido. Se trata de Miguel Siso en el cuatro, Edwin Arellano en el bajo y Eduardo Betancourt en el arpa. Ellos tres, junto al ya mencionado Andrés Nali, serán el centro de la escena a la hora de tocar la Fuga con Pajarillo ensayada para hoy. Sumen al pianista Edison Bolívar y a Dionisio Segado en la batería y saquen las cuentas. Habrá cinco generaciones de músicos tocando juntos una pieza de repertorio firmada por el homenajeado Aldemaro Romero. ¿Siempre ha sido así? ¿O deberíamos sorprendernos de cuánto se ha conquistado durante estos años, así como alguien puede sorprenderse  de cuán jóvenes son los músicos? Volvamos al director, a Florentino y su memoria: ¿era así a sus 18 años? ¿A sus 28? ¿Y a sus 38?

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“Yo me fui de Venezuela a los 13 años. Me fui a estudiar música a Europa y, cuando regresé a Venezuela, quería tocar en la única orquesta que había aquí: la Orquesta Sinfónica Venezuela. Ni siquiera me dejaron audicionar porque yo era venezolano. Simplemente por eso: no podía tocar en la Sinfónica Venezuela porque era venezolano. El presidente de la orquesta me dijo personalmente que ellos prefería tener músicos con experiencia… es decir: canas. Las canas testimoniaban la experiencia. De modo que yo,un joven de 18 años, no podía interpretar Beethoven como lo haría un italiano. Así llegaron a ser las cosas para algunos músicos acá en Venezuela, hasta que el maestro José Antonio Abreu decide desarrollar el talento venezolano, seguro de que podíamos crecer en este aspecto. Además del trabajo social que se ha hecho, ya puedes oír el resultado de orquestas enteras formadas por venezolanos tocando las obras de los grandes maestros en los escenarios más importantes del mundo. Te estoy hablando de muchachos que tocan juntos desde que tenían ocho años de edad y hoy siguen tocando juntos”

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Dejemos testimonio del primer concierto de orquesta de este tipo en la historia de Caracas en Contratiempo. Las maderas desnudas replantean la experiencia de la escena. El concertino Alexis Ramos permite que la Orquesta dé con el La mayor que luego a él se le pierde y lo ayudan a recuperar. Entra el director y tocan un impecable “Joropo a millón” que hace que detrás de los resonadores se asome Miguel Siso como quien desea ver por sí mismo de dónde sale esto que entra por primera vez en el pecho del público.

Al terminar la pieza el aplauso es inmediato y, al mismo tiempo, difícil de explicar. La crisis del papel lleva a que Javier Vidal, desde el público, pregunte en voz alta qué es lo que acabamos de escuchar. El director se gira ante la entrenada proyección vocal de la demanda y permite que aquellos que lo oyeron por primera vez hagan suyo el nombre: Joropo a millón. De una vez dice que viene El Merengazo y arrancan. Ernesto Rangel y Aquiles Báez confabulan un intermedio para repasar la agenda de lo que viene y el asunto sigue: entran desde la derecha de los espectadores Edwin Arellano, Miguel Siso y Eduardo Betancourt escoltando la inocultable arpa. Ahora es Aquiles Báez quien se asoma detrás de los módulos acústicos para servir de testigo.

La ejecución es impecable. Ahora el director explica que viene un inédito Carnaval llanero que sorprende al público con un final sin la rotundidad acostumbrada por Aldemaro, pero con todo el contagio de lo melódico. Así se llega indefectiblemente a Suite Onda Nueva y toda la Orquesta Juvenil de Chacao se vuelve responsable de que en las bocas de los asistentes a esta circunstancia irrepetible tarareen.

La alegría a veces puede ser un lugar al cual se le llega desde los costados del duelo. Hay quien atiende el ánimo de Elizabeth Rosi y, filas más arriba, de Alí Agüero. Terminan la Suite y el aplauso es tal que deben repetirla para el encore. La mitad del Teatro Chacao vuelve a aplaudir de pie. Hay quienes lloran emocionados. Otros registran con la cámara de sus teléfonos haberse conmovido con un selfie complejo y tembloroso. Un rosario de manos jóvenes ha tocado cosas nuevas de Aldemaro Romero. Sí. Esto que está pasando es importante. Muy importante. Conecta emociones. Vincula los ánimos. Plantea preguntas. Por ejemplo: “¿Cómo es que tocan así, si son tan jóvenes?”

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Todos esos muchachos que están ahí ya entienden una Venezuela nueva y con nuevos apetitos. Crecerán y nosotros no podremos hacer nada al respecto.

¿Usted también se pregunta cómo es que pueden tocar así, si son tan jóvenes?

Tocan así porque llevan años tocando juntos, yendo en una dirección común sin que eso implique imponérsela a los demás. Tocan así porque han decidido que la música es su camino y respetan su vocación lo suficiente como para atreverse a cumplir sus metas. Tocan así porque la exigencia y el buen desempeño les resulta natural, cotidiano, de modo que al tener asimilado el esfuerzo honesto como la única manera de alcanzar las metas, ya incluso se divierten esforzándose. Tocan así porque se reconocen en sus virtudes y tienen consciencia de que incluso el más virtuoso no sería nada sin el apoyo del resto.

Tocan así porque están tocando junto desde los ocho años, algo que transforma a un adolescente de 13 años en alguien con una carrera musical de cinco años.

Tocan así porque ha entendido que si es verdad que cuando Dios te da un don, también le da un látigo, ese látigo autoflagelador también puede servir para defender a la eficacia por encima de la calma tónica de la mediocridad.

Tocan así porque no han tenido miedo de crecer juntos.

Nuestro país ha tenido el ejemplo a seguir en las narices, pero hemos preferido el ruido antes que la melodía.

El asunto es que si hay algo indetenible, eso es el futuro. Y Aldemaro ha puesto el suyo en buenas manos.

Foto: Nicola Rocco  

Foto: Nicola Rocco