Carlos Urribarrí y la banda sonora de lo real maravilloso


Carlos Urribarrí es como un explorador de un libro de Julio Verne. Y su guitarra es una linterna que va adelante alumbrándonos un camino de reflexiones, exóticas criaturas y magníficas formaciones naturales; un camino, titulado Templo de agua (2022), que suena a jazz, pero también a bossa, flamenco y música venezolana.  

«¿Qué es la historia de América Latina sino la historia de lo maravilloso en lo real?», escribió alguna vez el cubano Alejo Carpentier. Urribarrí, como creador, advirtió por su cuenta esa misma necesidad de algunos escritores latinoamericanos del Siglo XX de recurrir a lo fantástico para contar la realidad; subrayar el hecho de que en este lado del mundo lo extraordinario puede convertirse en cotidiano, lo inverosímil en lógico.  

Carlos, quien estudió Literatura en la Universidad del Zulia, es un confeso devoto de la fantasía. Su apellido, de origen vasco, es de esos que mutaron en letras y sílabas tónicas tras el proceso migratorio y su legalización en el país de destino. Según lo que él mismo ha averiguado, significa algo así como Agua nueva. De allí, en parte, el título del álbum. 

Lo autobiográfico

Templo de agua, que le sigue a Místico (2019), está marcado, a su vez, por su migración forzosa de Maracaibo a Miami, donde el músico reside desde 2019. «Más que perseguir un sueño —me comenta—, me fui para escapar de una realidad». En «Pandora», compuesta cuando aún residía en Venezuela, el autor echa mano de la mitología griega para contar su presente en un país que atraviesa una crisis descorazonadora: Pandora abre la caja que contiene todos los males y, al fondo, lo último que queda es la esperanza. «Sombra luminosa», otro ejemplo, fue escrita en penumbra durante uno de esos largos apagones habituales en la Venezuela de tiempos recientes. 

«Brújula», una pieza que camina sobre un golpe de merengue caraqueño en la que participó el invitado Miguel Siso, se refiere a esa fase inicial del migrante, que apenas está fijando los pies sobre la tierra, buscando su centro, replanteándose su vida. Y «Buscando el tiempo», una canción que fluye con delicadeza a pesar su complejísima estructura rítmica, va de lo mundano a lo transcendental. Por un lado, se refiere al empecinamiento del artista de seguir trabajando en su música a pesar de las distracciones de la cotidianidad, y por otro, representa un viaje de lo moderno (sintetizadores) a lo más primitivo de la música (flauta, percusión, voz). 

Ahora, ¿cómo se materializa, musicalmente, la fantasía si se trata, en esencia, de una base bastante convencional de guitarra-batería-bajo-piano? A través de la voz de Angelines Carmona y, sobre todo, la de Ángela Uzcátegui, que no transportan versos sino melodías embriagantes; de sonidos de la naturaleza y efectos; de capas en las que se superponen sintetizadores e instrumentos como la quena, esa flauta ancestral que aporta Wilson Ceballos, o la tabla india, que toca Ajay Ravindra Desay en «Aire de náyade», una que compuso para su esposa la bailarina y coreógrafa Elaine Uzcátegui (en la mitología griega, las náyades son ninfas de agua dulce).  

El álbum del artista zuliano está concebido para la zambullida, no para tantear con la punta del pie con miedo al calor, al frío o a lo que habite allí. Son canciones de cinco, seis y hasta 9 minutos, lejos del formato hit radial. Está repleto de detalles.

El reto: La homogeneidad

Apartando sus guitarras acústicas y eléctricas y todo lo que él mismo grabó, más los contrabajos del maestro Elvis Martínez y otras colaboraciones puntuales, todos los retazos de su rompecabezas le llegaron desde Venezuela, Ecuador, Argentina, España, La India y varias ciudades de Estados Unidos. Ante la heterogeneidad de instrumentos, técnicas y circunstancias de grabación, el trabajo del ingeniero de mezclas Darío Peñaloza fue clave para lograr verdaderamente una mezcla, y no un collage disparejo. 

El estadounidense Jake Naugle grabó baterías en seis piezas, incluida «Al misterio», una de las más jazzísticas de la lista. El argentino Juan Varela grabó el saxo en piezas como «Espíritu silvestre», quizá la más caribeña del repertorio. El cubano-venezolano Alberto Mora grabó contrabajos en canciones como «Tarab» —palabra árabe que se refiere a las emociones que produce la música en el ser humano—. En esa última, además, destaca el piano de Esteban Cassese. Y así, una lista larga de talento.  

Carlos Urribarrí (Maracaibo, 1996) viene de una familia de músicos. Su madre, la violinsta María Consuelo Armas —que participa en el disco— dirigió la Orquestal Infantil de Maracaibo. Su padre, Pipo Urribarrí, quien también grabó un cuatro y asesoró al artista en la concepción de su obra, fue profesor del núcleo marabino del Sistema de Orquestas por muchos años. De manera que casi todo lo que sabe, lo aprendió de ellos. Pat Metheny, de quien advierte una influencia manifiesta en su manera de concebir la música, es uno de sus grandes referentes. 

Carlos dice que el común suele ver los álbumes como el inicio de una etapa. Pero él asegura que Templo de agua representa lo contrario. Es el cierre de un proceso en el que logró poner en orden un cúmulo de ideas, experiencias, sentimientos. Y al hilo de esa idea, dice que ya abrió una nueva puerta de canciones, que aún no sabe a dónde lo llevará. 


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