El color de la voz de María Rivas

El color de la voz de María Rivas

El 15 de noviembre del año pasado, María Rivas atravesó el pasillo de entrada al Mandalay Bay Center de Las Vegas destilando elegancia. Un vestido largo negro y verde, una sonrisa amplia, mucha gente susurrando preguntándose quién era esa rubia.

Aldemaro Romero y el árbol de su influencia

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Por Gerardo Guarache Ocque 

No hay manera de medir el legado de Aldemaro Romero. Muy difícil determinar cuánto de él vive en la música venezolana o cuánto avanzó ella gracias a su trabajo. No existe un algoritmo para calcular cómo son de largas las ramas del árbol de su influencia, que aún sigue creciendo y dando retoños porque la obra del maestro no es nada más su obra; es también una invitación a crear.

Basta con pronunciar su nombre de pila, Aldemaro, para invocar montones de piezas sofisticadas, melodiosas, rítmicamente atrevidas y, de paso, venezolanas. Escribió muchas canciones y, sólo por ellas, permanece y merece permanecer en un rincón especial de nuestra memoria. Pero él fue más allá. Tuvo, en el contexto venezolano, la osadía de Gershwin: construyó un lugar ambivalente que emociona a los seguidores de la música popular y al público general pero que, al mismo tiempo, encuentran muy placentero los músicos estrictos con la vista en los papeles del atril.  

Hoy, orquestas sinfónicas venezolanas como la Simón Bolívar, cuando quieren subrayar su origen, recurren a partituras seleccionadas con pinza. A veces, tocan el poema sinfónico Margariteña de Inocente Carreño. En ocasiones, se decantan por un arreglo de José Terencio Silva que hila varios fragmentos de venezolanidad coronados por el Alma llanera de Pedro Elías Gutiérrez. Y entre esos bises predilectos reluce la Fuga con pajarillo que escribió ese valenciano autodidacta que murió a los 79 años de edad el 15 de septiembre de 2007.

Los logros de Aldemaro están todos precedidos por un empecinamiento. Una inconformidad. Una porfía. Un ¿por qué no? ¿Por qué no puedo reunir piezas emblemáticas de mi país en un álbum exótico de salón? ¿Por qué no estilizar lo autóctono y presentarle al mundo, barnizadas, Sombra en los médanos, Barlovento o Dama Antañona? ¿Por qué no darle a la música de Venezuela la oportunidad de probar su valía, incluso desde el punto de vista comercial? ¿Por qué no, carajo?, diría el músico, al que, dicen, la desafinación lo sacaba de sus casillas.

La misma persistencia llevó al veinteañero Aldemaro Romero a Nueva York en 1952, invitado por Alfredo Sadel como director musical. Allá convenció a los directivos de la RCA Victor de cristalizar una propuesta que al final llevó por nombre Dinner in Caracas (1955), disco editado precisamente durante el año de la masificación del rock and roll. Con sus arreglos, Aldemaro sedujo a un público nuevo como el hombre trajeado que le ofrece fuego a la chica sexy que está por fumarse un cigarrilo con boquilla en la carátula de su LP. Se calcula que se vendieron más de un millón de ejemplares, una cifra exorbitante para un artista venezolano en cualquier época. Fue un triunfo comercial de lo que el cronista Federico Pacanins define como el primer esfuerzo discográfico de internacionalización de la música venezolana.

Hasta ahí, una biografía diría bastante. Por eso la creación de la onda nueva, junto al baterista “El Pavo” Frank Hernández, parece un dato de la vida de otro. Pero el responsable es el mismo Aldemaro, de quien, cuentan, era de los creadores que se sientan frente al piano a diario y desde la madrugada. Si la musa viene, chévere; y si no, resuelvo.

Con Aldemaro, no sólo tienen mucho que ver sus intérpretes más prominentes, comenzando por María Teresa Chacín, pasando por María Rivas, e incluso por Ilan Chester, responsable de un álbum, basado en el sonido ‘aldemarístico’, muy celebrado por el maestro. Sí, todos ellos tienen mucho que ver con él, pero el árbol crece aún más cuando consideramos a los artistas que componen a partir de su concepto.

Es difícil conseguir un ensamble o intérprete venezolano activo en este siglo que no haya recibido, en mayor o menor medida, su influjo. Basta con revisar las listas de canciones para encontrar piezas de Romero, o piezas inéditas y originales que llevan la etiqueta de ‘onda nueva’, goteadas por todo el catálogo musical reciente. El eclecticismo es extraordinario: Aldemaro cautiva a violinistas de orquesta, guitarristas heavy metal, estrellas de bandas de funk, grupos de ska, cuatristas, cantantes líricos o artistas pop, amantes de lo folclórico o devotos de lo académico.   

Los ejemplos son tantos que no cabrían en esta publicación. El bajista Gonzalo Teppa le dedicó un álbum entero. La pianista y cantante Selene Quiroga, también. ¿Qué hizo Jorge Spiteri, otro pionero de la fusión, cuando lo invitaron a un Festival Nuevas Bandas? Armó un medley malandro de onda nueva. A los productores del Festival Caracas en Contratiempo no le costó conseguir artistas que quisieran participar en su homenaje. El C4 Trío, el ensamble de cuatristas más aclamado del presente, lo versionó desde su primer álbum. El guitarrista y quien fuera uno de los principales artífices de Los Amigos Invisibles, José Luis “Cheo” Pardo, también conocido como DJ Afro, creó Los Crema Paraíso, un proyecto de música venezolana psicodélica, inspirado en él. El cuatrista guayanés Miguel Siso ganó un Latin Grammy histórico con Identidad, álbum que contiene una onda nueva de su autoría llamada Sin contratiempos. El V-Note, una agrupación que hace vida en California, liderada por una venezolana pero integrada por tres instrumentistas estadounidenses, también toca onda nueva. 

Los arreglos del maestro son posibilidades. Son negras, blancas, corcheas y semifusas esperando convertirse en algo más. Su obra es un monumento sobre el que flota una idea: buscar siempre la vitalidad de la música, que cuando es buena, envejece bien, como la que él compuso. Es verdad que la onda nueva de Aldemaro ya no es nueva… pero pasan los años y aún sigue siendo joven.

Vinicio Adames y el Orfeón Universitario, a 43 años de la tragedia

Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Por Eudomar Chacón

3 de septiembre de 1976: Es de madrugada. El padre Francisco Dolores está en la casa parroquial de Angra do Heroismo, poblado ubicado en la isla Terceira del Archipiélago de las Azores (Portugal). La noche es lluviosa y los vientos de 120 kilómetros por hora de la tormenta Emmy chocan con las casas de este pequeño lugar, que se levanta en pleno Océano Atlántico. Un ruido estrepitoso obliga al párroco a tomar su Volkswagen y averiguar qué ocurrió, pero la visibilidad es casi nula. Luego de unos minutos de recorrido encuentra un bulto ensombrecido casi irreconocible. Al acercarse se da cuenta: es la cola de un avión. Dentro se topa espantado con el cuerpo de un hombre y una mujer. La mano del caballero sostiene un diapasón. Sigue hurgando y consigue una partitura titulada Gloria al bravo pueblo. El cadáver pertenece a Vinicio Adames y el resto de los caídos en esta tragedia son los integrantes del Orfeón Universitario de la UCV.

Ya han pasado cuarenta y tres años desde que ocurrió este accidente, que dejó de ser un duelo para convertirse en “un canto infinito de paz”, como profesa el himno de la casa de estudios. Sin duda, el legado musical que Vinicio Adames y la agrupación –declarada Patrimonio Artístico de la Nación– han dejado a la música coral, se refleja en el sinnúmero de agrupaciones vocales que hacen vida en el país.

Vinicio Adames. Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Vinicio Adames. Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Hablar del uno –Vinicio– sin el otro –Orfeón– no tiene mucho sentido. A los 18 años, el joven Adames dejó su natal Barquisimeto y se mudó a la capital para estudiar odontología en la “Casa que vence la sombra”. Fue allí donde conoció al conjunto que lo marcaría por el resto de su vida: el Orfeón, dirigido en ese momento por Antonio Estévez.

En julio de 1954, luego de una reorganización, Adames se convirtió en el director de la coral. Al año siguiente, logró que la “voz plural más conmovedora” de la casa de estudios viajara al Primer Festival Mundial de Coros Universitarios, realizado en el Lincoln Center de Nueva York (Estados Unidos).

También dirigió la Orquesta de Cámara de la UCV, la Orquesta de Cámara de la Universidad de Carabobo, la Sinfónica de Panamá, la Orquesta de Cámara Metropolitana de Caracas y las corales Shell, del Seguro Social, de la Escuela Industrial, del Instituto Antonio José de Sucre y el Grupo Coral Metropolitano.

La Coral del Banco Central de Venezuela, que posteriormente recibió el nombre de Orfeón Vinicio Adames, también estuvo a su cargo. Con esta agrupación grabó un disco de música popular y folklórica venezolana en 1973.

Oposición en el camino

En 1974, el Orfeón recibió una invitación para estar dos años después en el Día Internacional del Canto Coral, en Barcelona (España). Muchas trabas, principalmente económicas, se presentaron en el camino. Sin embargo, la agrupación consiguió que la Fuerza Aérea Venezolana la apoyara con un avión Hércules para el viaje. Adames estaba de vacaciones con su familia en Miami, pero regresó a Caracas para viajar con los chicos del coro.

Adames dirigiendo al Orfeón en un ensayo. Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Adames dirigiendo al Orfeón en un ensayo. Foto: Cortesía Orfeón Universitario

Despegaron hasta Las Bermudas, donde la tripulación recargó combustible. Los planes incluían otra parada técnica en las Islas Azores. Pero el clima hizo de las suyas. Al acercarse a Texeira, el piloto se topó con el huracán Emmy y al intentar aterrizar, no hubo manera de comunicarse con el encargado del puesto de control.

No quedó más remedio que maniobrar la nave para aterrizar… pero la estrategia no fue suficiente. El avión colisionó a doscientos metros de la pista del Aeropuerto de Lages, llevándose la vida de sus 68 ocupantes. Y conscientes de que iban a morir, los integrantes del coro decidieron homenajear a su tierra natal, entonando el Himno Nacional, tal como lo registró la caja negra del aparato.

Cuatro décadas después de este fatídico evento, puede escucharse al Patrimonio Artístico de la Nación honrando la vida de estos caídos:

Adiós, adiós, maripositas blancas

Adiós maripositas amarillas

Que salen a gozar de la mañana

Puede que los cuerpos de Vinicio Adames y de los coristas ya no estén, pero sus memorias siguen presentes en cada agrupación coral. Esto se comprueba en la proliferación de conjuntos vocales que surgieron después del 3 de septiembre. El canto coral pasó a convertirse en una expresión casi obligatoria de la música en el país. Por eso, a 43 años de la tragedia de las Azores, se recuerda con orgullo el legado que estos grandes dejaron al arte venezolano.

Este texto también salió publicado en Analítica.com, y puede leerse haciendo clic aquí

El diverso viaje musical de Séverine Parent

Por Gregory Escobar/ @gonzopersona

Fotos: José Carlos Martínez

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Una de las cosas que sorprenden gratamente sobre Séverine Parent es que no es, ni de lejos, una diva que monopoliza el foco.

Eso se percibe desde el mismo principio de su concierto: El escenario de la sala Maria Felix de la Alianza Francesa Polanco, en la Ciudad de México, ofrece un ambiente íntimo, con una iluminación austera, tenue y uniforme a todos los músicos. 

El lineup, latinoamericanamente diverso, entra a cuentagotas al escenario. Francisco “Coco” Díaz (Venezuela) en el teclado, Juanjo Gómez (El Salvador) en la guitarra, Pablo González Sarre (México) en el bajo, y Yilmer Vivas (Venezuela) en la batería y dirección musical.

Unos tranquilos sonidos electrónicos ambientales, a lo Alan Parsons Project, diluyen el silencio incómodo de una entrada poco ceremonial. Rápidamente, los ochentosos sonidos digitales New Age son invadidos violentamente por la batería robusta y contundente de Vivas. 

Así inicia Né quelque part, la canción perfecta para iniciar el setlist de la cantante francesa.

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Los conocedores del pop francés identificarán inmediatamente este cover del mega hit de 1988 de Maxime Le Forestier. La canción es una proclama absoluta del proyecto de Séverine: Una canción de duración pop (menos de 4 minutos), donde la enorme diversidad apenas puede contenerse. El coro tiene una cadencia reggae-caribeña sabrosísima, pero el tema no para de navegar por varios géneros, incluyendo el jazz, drum & bass (¡a pulso!) y el punk.

En el centro, Séverine luce perfectamente cómo una talentosa artista intentando ocultar sus nervios. La cantante tiene una exitosa carrera como vocal coach, incluyendo una larga temporada como curadora vocal en el Cirque Du Soleil. Pero esta es la presentación al público de Voyageuse, su primer disco solista, y es una situación completamente inédita para ella.

Paseándose por tres idiomas (francés, español e inglés), Séverine continúa develando una a una sus canciones. Amies es una carta de amor a una amistad de más de 30 años. El tema inicia con una secuencia rítmica a-la-Portishead que rápidamente desemboca en una cálida canción pop-rock beatlesca de la era Billy Preston (el teclado es fundamental en este tema) y que demuestra rápidamente la calidez y potencia de la voz de Séverine.

Con Petit être, una canción de cuna dedicada a su hijo adulto, Séverine contrapuntea amistosamente con la guitarra. Con Alas de Cristal, el proyecto empieza a develar su inevitable y nostálgica influencia venezolana. Las maracas y el cuatro encajan perfectamente con la voz de la francesa.

Cuando Séverine no canta, su atención se centra en los músicos, a los que mira con admiración y cariño cada vez que puede. Ni nos importa que nos dé la espalda. Lo entendemos.

Tras admitir sus nervios y su “boca seca”, Séverine continúa su arco por la música tradicional venezolana, con sendas versiones de Criollísima ( de Luis Laguna y Henry Martínez) y Tonada De Luna Llena (Simón Díaz). Ambas, sobretodo Tonada, ofrecen los momentos más protagónicos de la cantante.

Los músicos abandonan temporalmente sus posiciones, excepto “Coco” Diaz, el cual acompaña con su piano a Séverine en Ocaso, una pieza creada originalmente por el guitarrista venezolano Francisco Fernández.

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El coro de Oubli (Olvido) suena absolutamente al de And I Love Her de The Beatles, pero con una progresión armónica que hace un giro final inesperado a un tono más desgarrador. Es quizás el momento más vulnerable del set de Séverine, que sólo está acompañada tenuemente del piano y el bajo. Lejos de sonar desesperanzada, luce dulce y tenaz ante el dolor de amar a una madre que ya no la recuerda.

Tras cumplir eso de “vamos con las canciones tristes de una vez”, todos los músicos regresan al escenario. Trance es una especie de intermission para Séverine, que no puede evitar bailar y cantar un par de minutos en este jamming latin funk antes de desaparecer momentáneamente tras bastidores. La pieza desemboca en un despliegue absoluto de talento de los cuatro músicos. Vaya trabuco.

Para la segunda mitad de esta Guataca Night, Séverine regresa al escenario con su cabello corto, jeans ceñidos, una playera blanca amarrada bajo el ombligo y unas sandalias romanas planas. El outfit reafirma su humildad en el escenario. No hay trajes vistosos, peinados glamorosos o tacones que la eleven unos centímetros. Sólo una actitud tranquila y una seguridad sobre su talento que es francamente cautivante. Los sutiles nervios iniciales parecen haberse esfumado por completo. A ratos, Séverine canta con una mano dentro del bolsillo, sin lucir en absoluto desfachatada. Eso no lo logra cualquiera.

La sorpresa de la noche la ofrece la presencia de la cantautora chilena Tita Parra (nieta de Violeta Parra). Genuinamente honrada de poder compartir este momento con su “maestra” Séverine —la cual conoció precisamente en un seminario intensivo de canto, años atrás—, Tita nos regala su versión del clásico del folklore infantil chileno El Palomo. Tita y Séverine armonizando mientras instan a la audiencia a cantar, marca el momento más tierno del set.

El tono positivo continúa paradójicamente con Solitude, una canción sobre “la ambigüedad de la soledad”. El changala-changala adictivo y frenético de la guitarra alterna con el son cubano y una base rítmica urbana. Juanjo Gómez destaca además con un solo de guitarra que obligatoriamente manda al descanso el ritmo de la velada.

La misma Séverine se asombra ante los constantes cambios de tono de su repertorio. “Wow, otro cambio”, sentencia, antes de iniciar la única canción en inglés, Let’s. La pieza nos revela a una Séverine más cálida y susurrante. Con Lune, una tonada delicada inspirada en el fenómeno astronómico de la luna de sangre, la voz de Séverine evoca a la balada pop japonesa.

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Para cerrar, la francesa no puede evitar nuevamente canalizar la influencia venezolana, ofreciendo una versión única de la danza zuliana Maracaibera, de Rafael Rincón González. Vivas emula una tambora con su batería y González Sarre ofrece un fantástico solo de bajo mientras Séverine, con su acento marcado, me recuerda graciosamente a Jane Lynch y su “canción de amor guatemalteca” de la película Virgen a Los 40. Es un exitazo.

Los genuinos aplausos hacen que el encore —palabra proveniente del francés, muy adecuadamente— no se haga esperar. Séverine comparte la hermosa La Révolution Des Colibris, una canción extraída de un proyecto discográfico de SoñArtes, una fundación creada por ella y Yilmer Vivas dedicada a acercar el arte a niños venezolanos de escasos recursos.

Como la admirable vocal coach que es, Séverine motiva al público—entre los que se encuentras varios de sus alumnos— a aprenderse y recitar par de secuencias vocales para así lograr a las “cuatro Séverine” que cantan en Viajera, la canción que cierra el disco.

Y así culmina la velada: con una procesión sonora vocal que ha motivado a la audiencia a abandonar su rol pasivo, al menos por dos vueltas.

Séverine, sencillamente, no puede evitar democratizar su enorme talento con pedagogía. Y es eso lo que precisamente identifica este proyecto: innegable sabiduría, talento, carisma y diversidad cultural ofrecida de manera poco pomposa y accesible.

Es un caso raro. Y por eso, es imposible no sentirnos satisfechos y gratamente sorprendidos.

El puente que tendió Madrid hacia una tierra añorada

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Por: Linda D’Ambrosio

Fotos: Oscar Ribas y Carlos Hernández

El viernes 19 de julio 2019 el Café Berlín de Madrid fue el escenario de Venezolada Ole Estar, un encuentro en el que cinco de los más talentosos músicos venezolanos dispersos por el mundo se dieron cita para interpretar los temas del reconocido compositor Omar Acosta, quien también estuvo en escena, a cargo del instrumento cuya ejecución lo ha hecho famoso internacionalmente: la flauta.

 El flautista y compositor venezolano, Omar Acosta, acompañado por el violinista  Alexis Cardenas,el cuatrista Miguel Siso (ganador de un Grammy) ,el contrabajista Leo Rondon,el pianista Jhonny Kotock,el percusionista Carlos Franco y la actuación del tenor venezolano Aquiles Machado, se presentaron en la mítica sala Cafe Berlin,en Madrid, en un concierto interpretando música venezolana en arreglos y composiciones de Acosta, en clave de jazz. Los músicos se presentaron en dos sesiones y el publico hizo cola en la entrada para adquirir los boletos.El flautista y compositor venezolano, Omar Acosta, acompañado por el violinista  Alexis Cardenas,el cuatrista Miguel Siso (ganador de un Grammy) ,el contrabajista Leo Rondon,el pianista Jhonny Kotock,el percusionista Carlos Franco y la actuación del tenor venezolano Aquiles Machado, se presentaron en la mítica sala Cafe Berlin,en Madrid, en el concierto Venezolada Ole Estar,interpretando música venezolana en arreglos y composiciones de Acosta, en clave de jazz. Los músicos se presentaron en dos sesiones y el publico hizo cola en la entrada para adquirir los boletos.

Quienes asistieron al espectáculo efectuaron un extraordinario recorrido por el panorama musical venezolano, en el que pudo reconocerse guiños a los temas de conocidas piezas tradicionales salpicados aquí y allá, aderezados con elementos del flamenco, del jazz y hasta de la música de la India.

El resultado de congregar semejantes luminarias en un mismo concierto no podía ser menos que deslumbrante. El maestro Leo Rondón asumió el contrabajo, cediendo su rol habitual como intérprete del cuatro a Miguel Siso, recientemente galardonado con un Latin Grammy. El público contuvo el aliento ante la sublime ejecución de Alexis Cárdenas, en particular cuando entonó los primeros compases de Mi querencia, con su voz dulce y bien modulada, y la ya natural compenetración entre Carlos Franco y Omar Acosta, tras 21 años de tocar juntos, constituyó el componente que terminó de estructurar el maravilloso espectáculo.

Capítulo aparte merece la ejecución de Johnny Kotock, quien se perfila como figura de referencia en el piano.

 El flautista y compositor venezolano, Omar Acosta, acompañado por el violinista  Alexis Cardenas,el cuatrista Miguel Siso (ganador de un Grammy) ,el contrabajista Leo Rondon,el pianista Jhonny Kotock,el percusionista Carlos Franco y la actuación del tenor venezolano Aquiles Machado, se presentaron en la mítica sala Cafe Berlin,en Madrid, en un concierto interpretando música venezolana en arreglos y composiciones de Acosta, en clave de jazz. Los músicos se presentaron en dos sesiones y el publico hizo cola en la entrada para adquirir los boletos.El flautista y compositor venezolano, Omar Acosta, acompañado por el violinista  Alexis Cardenas,el cuatrista Miguel Siso (ganador de un Grammy) ,el contrabajista Leo Rondon,el pianista Jhonny Kotock,el percusionista Carlos Franco y la actuación del tenor venezolano Aquiles Machado, se presentaron en la mítica sala Cafe Berlin,en Madrid, en el concierto Venezolada Ole Estar,interpretando música venezolana en arreglos y composiciones de Acosta, en clave de jazz. Los músicos se presentaron en dos sesiones y el publico hizo cola en la entrada para adquirir los boletos.

Aquiles Machado interpretó las piezas que constituían el núcleo central del programa: una suite inspirada en las canciones infantiles tradicionales Niño lindo, Con real y medio y Canta Tigüitigüito, y tres extraordinarios merengues que el público terminó coreando. Pero además hizo las delicias de la concurrencia con sus jocosos comentarios acerca de las obras y hasta del propio Omar Acosta, deslizando solapadamente alusiones al nivel de dificultad que revestía la interpretación de sus arreglos.

Junto a los temas originales del flautista, entre los que el público aplaudió El Cucarachero y el Vals de Lucía, formaron parte del programa otras conocidas piezas, versionadas con arreglos del compositor, como el Alma Llanera. En algunos casos se trataba de la musicalización de textos de autores venezolanos, como en el caso de El Último Pandehornero, del poeta Aquiles Nazoa. Cerró el programa un fantástico Calipso que evocaba la figura de la negra Isidora.

El buen humor y las emociones estuvieron presentes a lo largo de toda la velada en la que, además de generarse una experiencia musical inolvidable, se tendió un puente hasta esa tierra añorada y distante, pero siempre presente, que es Venezuela.

De Sadel a Machado: una sola nostalgia

Por Adriana Herrera
Fotografías: Nicola Rocco

 

En el camerino de Aquiles Machado, alguien dejó un vaso anaranjado de plástico. Tiene hielo, y como se ha ido derritiendo, el agua se resbala por el mueble blanco y cae en gotas pequeñas al suelo. Al lado, espera una lata de Coca Cola abierta y casi por la mitad. Es una de las cuatro que Aquiles pidió con antelación. En un rincón de ese cuarto, detrás de la sala de conciertos del Centro Cultural BOD, hay un maletín pequeño. En una de las paredes cuelgan dos chaquetas negras, un chaleco y una camisa manga larga, negra también. Después del ensayo general, Aquiles se cambia de ropa en menos de dos minutos. Se lava la cara  e intenta secarla con dos servilletas blancas y pequeñas que se desmoronan con la humedad y todos los rastros del papel se le adhieren al chaleco, a la barba, a las manos. Se mira en el espejo. Cree que el chaleco le queda pequeño, pero ya da igual. En veinte minutos saldrá al escenario para homenajear a Alfredo Sadel, uno de los tenores más importantes de Venezuela, ese que está alojado en nuestra memoria colectiva. Nombre que resuena, como su voz. Aquiles Machado lo sabe y por eso está nervioso. La risa le sale fácil y temblorosa, pero el verbo no se le atraganta. “Es una gran responsabilidad cantarle a Sadel, que es una de mis más grandes referencias en la música y en mis emociones”.

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Así estaba dispuesto que pasara: ese viernes en la tarde, Aquiles Machado, barquisimetano y hoy en día, el tenor venezolano con más proyección internacional, estaría en Caracas para cantarle a Alfredo Sadel. Era el plato fuerte de un programa que armó Guataca para recordarlo a 30 años de su muerte y que llamaron “La Venezuela de Sadel”. Las entradas se agotaron muy rápido y tuvieron que abrir la sala un poco más temprano de lo habitual, para asegurarse que todos se sentaran en la silla correcta y a tiempo. Dentro de ese público estaba quien fuese la esposa de Sadel y también su hijo, Alfredo, quien abrió el espectáculo con palabras emocionadas que hicieron clic en la audiencia desde el mismo instante que entendieron que ese que estaba ahí era el hijo de la voz que tanto añoraban. Pero todo eso pasó después. Veinte minutos antes Aquiles Machado quitaba restos de servilleta blanca sobre su chaleco negro y ajustado.

 “Elegir este repertorio, era como tratar de elegir las tres hojas más bonitas de un araguaney. Son canciones que me llenan como músico, como persona cercana a Sadel y creo que la gente se va a emocionar, aunque algunos de sus temas favoritos hayan quedado por fuera”. Lo dice y en ese instante, el otro Aquiles, el Báez, entra al camerino con un vaso pequeño con café y se lo ofrece, no sin reírse con complicidad después de un “na´guará” bien dicho. Los dos Aquiles habían estado ensayando y con ellos estaba otro Aquiles, pero Hernández, en el violín; Carlos Rodríguez en el bajo; Carlos “Nené” Quintero en la percusión y Soledad Bravo que se luciría en cuatro temas: Júrame, Ojos Malignos -como un guiño-, Desesperanza y El Cumaco. Soledad como el aplauso certero, la voz que también sabe cómo retumbar en el escenario.

Todo eso lo ensayaron antes del café, mientras alguien iba a comprar las Coca Cola que Aquiles había pedido. No conseguían el tono de uno de los temas y las voces se perdían para luego encontrarse con perfecta lucidez ante el público. En ese ensayo también pasó que cuando Soledad acudió a tiempo al llamado de maquillaje, Aquiles Machado, se acercó a los músicos y puso su voz sobre las notas de Nostalgia, un tango que estaba previsto para cerrar el show, pero que se coló antes en el repertorio aunque nadie se haya dado cuenta. Ensayó Nostalgia sin micrófono, porque podía parecer una redundancia ante su voz. El violín y el bajo debían entrar con agresividad y luego volverse sutiles, armónicos. Así se ensayó y cuando tocó interpretarlo, muchos de los presentes se pusieron de pie para aplaudirlos.

 Aquiles Machado voló desde Moscú para estar a tiempo en esa tarde caraqueña. Lo hizo sin premura, aunque con la agenda apretada. Pero así asistió a entrevistas en la radio, abrazó a afectos. “Esto va contigo a donde sea que vayas, independientemente del género en el que te desenvuelvas. La música venezolana siempre va conmigo. Viajar, montarme en otros escenarios, interpretar otras cosas, me acerca a otras culturas, te hace entender con mucha más amplitud lo que te rodea, pero mi venezolanidad va conmigo. Siempre es bueno volver”.

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Alfredo Sadel era tenor y un gran intérprete del bolero. Su romanticismo traspasó todas las fronteras posibles. Su música cobró otro matiz y por eso es una gran referencia para Machado. “Era raro en la época de Sadel que alguien cantara boleros y ópera. Eso era rarísimo y él sabía muy bien cómo ir de una a otra sin perder su esencia. Ahora es un poco más flexible, es lo que yo hago, paso de un género a otro sin perderme en lo que soy”. Y es cierto, lo tiene tan claro que por esa misma razón es que llenó un espacio de 800 plazas a principios de este año, con un repertorio de música latinoamericana que arrancó aplausos y cuyos fondos fueron destinados a tres fundaciones de Carora, en el estado Lara, su terruño. “Todo eso me llena como músico. La ópera, la música académica, la popular venezolana, este repertorio de Sadel. Todo me construye”.

Cuando las luces de la sala se apagaron y todas las sillas estaban llenas y Alfredo Sánchez salió a hablar de su padre, del homenaje, de ese acto hermoso que es insistir a través de la música y presentó a Machado, Aquiles salió detrás de la cortina negra tapándose la cara con sus dos manos. Fue su rubor agradecido. Y apenas interpretó los primeros versos de Cerca de ti, el público no lo dejó terminar e irrumpió en aplausos. Comenzar así era como ya estar en la cumbre y estar allí arriba de deja sin aire, te llena de emoción. Entonces, Aquiles supo que no había otro esquema posible: que estuvo bien haber volado desde Moscú para dejar esas estrofas regadas en Caracas, para hablar de Sadel y ser, como dijo casi al final del espectáculo: “Un hombre como Sadel, que representaba todo lo que un venezolano íntegro debe ser”.

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 Lo que pasó en ese show de casi dos horas fue un cúmulo de sonidos nostálgicos que se mezclaban con los propios recuerdos de Aquiles, quien –visiblemente emocionado- de tanto en tanto se perdía en algún abrazo con su tocayo que estaba en la guitarra, poniendo orden a todas las notas. Aquiles, el Machado, se paseó por sus propios recuerdos para darle más contundencia a esos temas que el público estaba esperando. Volvió a retazos de su infancia en Barquisimeto, a las canciones que sonaban en una rocola que terminó en la sala de su casa y de la que salían, oportunamente, algunos temas de Sadel; le hizo la segunda voz a los temas que Soledad Bravo interpretó paseándose con sus colores sobre el escenario; dejó que Alfredo, el hijo de Sadel, cantara las primeras notas de Aquellos ojos verdes y todo fue una emoción que intentaba, en vano, disimular mientras se estiraba ese chaleco negro que creía que le quedaba un poco ajustado. Y al fondo del escenario, siempre, esas fotos de Sadel que lo mostraban joven, guapo, como si su voz fuese a irrumpir en el repertorio de repente para terminar de sellar la noche. Tras cada canción, una anécdota, un recuerdo, un suspiro contenido como el que tuvo justo antes de interpretar Vereda Tropical o No volveré a encontrarte. Aquiles Machado no necesitaba un micrófono para llenar la sala con su voz, pero aún así lo tenía al frente y él ya sabía la distancia precisa para que los boleros o el tango o el vals sonaran como tenían que sonar. Cuando se despidió y el público de pie no dejaba de pedirle otra, se quedó un poco más para poner otra nota nostálgica con Viajera del río. “La que tú querías te la dejaron para final”, se escuchó por ahí y entonces el aplauso se volvió prolongado, nostálgico, agradecido.

 Fueron tantos los abrazos después del show, que Aquiles tardó un poco más de lo previsto en descolgar la chaqueta que había dejado en el camerino y en quitarse, por fin, el chaleco negro. El vaso anaranjado seguía allí, con un poco de agua. El cantante tomó algunos sorbos. La sonrisa era amplia, con todas las notas y en el ambiente flotó la idea de repetir el espectáculo, al que hay que buscarle una fecha. Había que homenajear a Sadel, sí, y con eso Aquiles, el Machado, tuvo la oportunidad precisa de reencontrarse con su música y llevársela, de nuevo, en su maleta. Hasta la próxima vez.

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Trébol Sonoro, del salón a los escenarios

Por Humberto Sánchez Amaya
Fotografías: Nicola Rocco

Ver a Trébol Sonoro no solo es hacer un recorrido por géneros en medio de una celebración, sino también es presenciar el afán de detallar la obra desde su origen, precisar el estilo, su autor y las respectivas anécdotas. La historia de sus integrantes comienza en la universidad, por eso se entiende cómo las formas de la academia han permeado hasta sus presentaciones.

El domingo 23 de junio es  la cita. Caracas amanece gris, con la amenaza de más agua. El piso mojado en los alrededores del hotel Paseo Las Mercedes da cuenta de la onda tropical, y su paso del centro al occidente del país: llovió, y puede seguir lloviendo, pero la música no cederá. La gente está llegando al Espacio Plural del Trasnocho Cultural, donde verán a dos jóvenes y un maestro. La cantante Grecia Valentina Guerrero, la violinista María Virginia García y el cuatrista y guitarrista Pedro Colombet.

Ellas, jóvenes que inician un recorrido en el que cada vez se atreven a más. Él, un instrumentista con varios años de experiencia y que forma parte del cuerpo docente de Uneartes, donde conoció a las dos alumnas. 

“De qué callada manera/ se me adentra usted sonriendo/ como si fuera la primavera/ yo muriendo/ y de qué modo sutil/ me derramó en la camisa/ todas las flores de abril”, son las líneas que canta Grecia Valentina para comenzar. Es un tema conocido del cancionero latinoamericano. Nada más y nada menos se trata de Pablo Milanés. Al terminar, Colombet ilustra que si bien la obra es conocida como De qué callada manera, por su primera frase, en realidad se titula Canción, simplemente. Primera lección del día. 

Los tres alternan la presentación de cada tema. Dinamismo, como en las buenas clases, para que el gozo entre público en intérpretes sea también una fuente de información; como cuando precisan que el vals peruano Que nadie sepa mi sufrir del argentino Ángel Cabral, fue popularizado por Edith Piaf bajo el nombre La foule. María Virginia es quien informa esos datos. Cuando está a punto de culminar Pedro la interrumpe para decir, en broma: “Que nadie sepa mi suflé”. Y después ríen.

Colombet deja ahora la guitarra y toma el cuatro. Son los dos instrumentos que usa durante la presentación. El cuatro, claramente, para los ritmos tradicionales venezolanos. El pasaje -aires de cunavichero- que tocan es Sabanas de Cunaviche, un homenaje a su familia, que le hizo cultivar ese vínculo por la música llanera, aquellos años en los que conoció, por ejemplo, al Carrao de Palmarito, quien con su voz popularizó esa pieza.

Luego es el momento de las composiciones propias. Porque hacia allá va Trébol Sonoro, hacia la interpretación de lo inédito del sentir de cada uno de sus integrantes como obra, y no solo las versiones del extenso cancionero latinoamericano, que ellos revisten atinadamente con experticia y pasión.

Hacen, mejor dicho, interpretan, Desencuentro. Porque en palabras del profesor, esas canciones ya están hechas, solo hay que manifestarlas. Es una composición de Colombet alusiva a la reencarnación. “Para los que creen en la búsqueda de esa alma, que estamos seguros está en el planeta, pero que todavía no hemos encontrado”, dice.

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Es un tema exigente para quien se adentra en él. Grecia Valentina lo admite al finalizar. “Aparte de ser sumamente hermosa, es muy difícil, muy muy difícil”, asegura. Y el profesor remata: “Cecilia Todd siempre habla de esos compositores que no piensan en los cantantes”.

No hay tema que no tenga un comentario, una anécdota, un chiste. Eso ocurre cuando el músico hace suya las canciones, sean o no de su autoría. Se crea una alianza que se manifiesta en el escenario y puede perdurar toda la vida.

Y la clase continúa. Ojala todas fueran así, amenas. Y con la promesa de una danza zuliana, como ocurre cuando Grecia Valentina Guerrero recuerda a Armando Molero, compositor que tenía hace muchos años un programa de radio en el que siempre estaba cantando. Pero ella tiene un lapsus, hay un dato que no recuerda. Se le olvidó que lo llamaban El cantor de todos los tiempos. Pero el profesor la rescata. Asegura que Molero no solo interpretaba canciones propias, sino también de otros colegas, pero como la gente no sabía, le atribuían la autoría de todas. Eso sí, Destellos de amor, que están a punto de tocar, sí es del maracucho, o del marabino, para los puristas. 

La violinista está orgullosa. En la sala está su alumna Anabella Chen, de 4 años de edad. Una niña que ve clases con ellas en la Academia Waldstein. La saluda desde el escenario en dos ocasiones. 

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Suena un tango, ese género que encanta, mientras remueve tristeza y melancolía.  Es Garganta con arena de Cacho Castaña. María Virginia se ve conmovida mientras acompaña con su violín. En pocos minutos pasa del orgullo a la expresión de quien recuerda. Se siente en el ambiente y los presentes corresponden con aplausos. Piensa en su padre, Enrique Oswaldo García.  

Hay evocaciones del ser querido que no está. Lágrimas. “Este tema para mí es muy importante porque a mí papá le encantaba”, cuenta antes de que suene A dormir mi niña, una canción de cuna que sucede al tango.  

Ahora es el turno de otras ausencias, pero aquellas relacionadas con los corazones rotos. “Es sobre uno de esos momentos por los que uno pasa por... digamos una tristeza”, comenta Grecia Valentina sin querer precisar la palabra que la puede delatar. Pero inmediatamente desde el público le dicen que a eso lo llaman despecho, y su compañera en el violín le dice que también guayabo. Ella lo admite, no hay otras palabras, no son válidos los eufemismos, pero el profesor nuevamente encuentra un chiste: “Una falta de pecho”. 

Esa tristeza fue  el origen para otro tema propio, esta vez compuesto por la cantante, quien así presenta Luceros, una muestra más de lo bien que el violín, guitarra y voz se compaginan para convencer de la buena idea de juntarse los tres, hace año y medio. La cantante así demuestra que hay más por mostrar. Más adelante, lo confirma, cuando cuenta que trabajan en nuevos temas temas. 

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Colombet luego se pone crítico. Rememora los años en los que aprendió a tocar guitarra gracias a las canciones de Silvio Rodríguez, una referencia de sus años de juventud “Es una canción de las que más ha marcado nuestra forma de ver el espectáculo, que no lo es tal,  sino el contacto de almas con almas. Esta es una canción crítica de cómo se ha banalizado de alguna manera el arte a través de la industria del espectáculo. Debemos masificar, pero siempre desde el alma”. 

El público aplaude, está satisfecho y contento por música que va directo a las emociones: la nostalgia, el amor, el reencuentro, la algarabía. La violinista hace gala de su simpatía para pedirle a los presentes que canten, además, la tendrá fácil con la siguiente canción: el chachachá Frenesí, del mexicano Alberto Domínguez Borrás, un clásico de varias generaciones. “Seguramente la mayoría lo conoce. Si veo que no lo están cantando, dejo de tocar. Porque a mí no me parece que estén ahí sentados nada más viendo, cuando estoy segura de que se lo saben”. No hizo falta que deje el arco y su violín. Cantan. 

Se acerca el final. La cantante lo advierte, el público exclama: ¡Ah!, como lamento. Intentan cerrar el concierto con Hasta la raíz, como se llama también el exitoso álbum de Natalia Lafourcade, autora de la obra. “Tiene un significado muy importante para nosotros, especialmente para nosotras dos. La cantamos 20.000 veces. Mañana, tarde, noche en el autobús, en todos lados”. Claro, durante un año vivieron juntas. Grecia es de Maracay y María Virginia de Valencia. Al coincidir en la universidad, y volverse amigas, decidieron compartir residencia. “Una vez nos sentamos con el piano y empezamos a hacer unas cositas. Le dijimos a Pedro para montarla, y acá esta”, agrega. 

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Aplausos.

Hay una conexión inmediata con el tema que es reciente, de 2015, además de haber sido ganador de varios premios Grammy. El público pide otra. No se quiere ir, pero no hay otras preparadas. Los músicos de Trébol Sonoro no se amilanan. Explican que apenas están preparando nuevos temas, así que preguntan cuál canción quieren volver a escuchar. Desde la oscuridad alguien pide el tango. Y así se despiden con Garganta con arena. Antes, la violinista quiere excusarse. “Me puse así de sensible porque mi papi falleció hace casi cuatro años. A él le encantaba el tango. Cada vez que lo toco, es la gloria No sé cómo llamarlo. Por eso me pongo así de sensible y les pido disculpas”. Nada que disculpar, aplausos y aplausos, antes de que empiece a sonar ese violín que hace de bandoneón, una guitarra que es cómplice y Grecia que canta sobre esa música eterna que es el tango, que, como dice la letra, parece estar guiada desde el cielo para que no se marchite, así duela.   

Sadel por siempre

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Por Gerardo Guarache Ocque

Una carpeta con recortes de prensa, que ha permanecido en la última gaveta de la mesa de noche de mi padre durante 30 años, comenzó a engrosarse desde el martes 28 de junio de 1989. La tristeza de aquel día fue combatida a punta de discos, lectura y tijeras. En tiempos previos a Google, esa mañana suponía la oportunidad de encontrar información valiosa entre las notas necrológicas que copaban los diarios. El fin de semana siguiente también: las revistas dedicarían números enteros a contar la vida de Alfredo Sadel, el ídolo que acababa de morir.

Crecí en un hogar en el que los próceres no son guerreros a caballo, políticos ni estrategas militares, sino mujeres y hombres que hacen magia de los sonidos —y los que no cantan, componen y tocan, juegan béisbol—. Son semidioses que no duermen en libros de historia ni frescos nacionalistas, sino que viven y nos acompañan, como una banda de fantasmas felices, cada vez que encontramos una excusa para celebrar nuestras vidas con las suyas.

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Sadel siempre está en primer plano. En casa, él siempre es el artista que cierra. La cabeza del cartel. Sus compactos forman torres que representan nuestro bagaje. Sus vinilos, hileras que han agudizado nuestra sensibilidad musical. En la discoteca de mi padre, donde conviven Sinatra y Gardel, Aretha Franklin y Gualberto Ibarreto, los Beatles y La Dimensión Latina, La Billo’s y Barry White, Aldemaro Romero y Julio Iglesias, Alfredo Sadel es el líder en ventas. El que más ha cantado y, sin embargo, el que conserva la voz intacta.

Fue de los cantores favoritos de mis abuelos, nacidos en los años 20. Es el ídolo de mi padre, que nació en octubre de 1949. Y es una presencia constante en las listas de reproducción de mis hermanos y yo, que llegamos entre la década de los 70 y la siguiente. Es el único artista que logró cautivar a tres generaciones de Guaraches melómanos. Sadel es un cordón que nos conecta y que, paradójicamente, se ha vuelto aún más poderoso ahora que estamos desperdigados entre Venezuela, Ecuador y Colombia, manteniéndonos al día a través de videollamadas.

A medida que envejecen, los hombres suelen contar las mismas anécdotas con más frecuencia. Fernando Guarache Chópite, mi papá, atesora, como si lo guardase en un cofre, el momento en que estrechó la mano de Alfredo Sánchez Luna. Cuando lo llamo y le cuento que quiero escribir sobre Sadel a propósito de los 30 años de su muerte, sonríe complacido. Esta vez soy yo quien le pide que me eche un cuento que he escuchado varias veces. Sin revisar libreta foto ni calendario, dispara la fecha: “Fue el 9 de diciembre de 1988. Un concierto que dio en el Colegio de Ingenieros de Cumaná”.

Recuerda que conversó con él. Que fue muy amable aunque ya estaba adolorido. Un amigo suyo, colega médico, llamó a mi papá para que, juntos, ayudaran al personaje a subir al escenario, desde donde ofreció un recital inolvidable acompañado por una pista. Meses después sería editada una colección de discos suyos que hizo crecer las torres y las hileras de álbumes. Al poco tiempo sería homenajeado por Carlos Andrés Pérez, que apenas comenzaba su segundo mandato presidencial en medio de turbulencias. Seis meses y tres semanas después, se despedía de este mundo para habitar otro y los recortes de prensa que hablaban de él en verbo pasado empezaron a apilarse en aquella gaveta que no tenía el menor atractivo para un niño curioso que soñaba con ser poeta o grandeliga o las dos cosas.

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Pasó el tiempo y llegó el momento en que sí, porque Desesperanza, Mi canción, Tú no comprendes y Yo soy aquel cantor se colaron inevitablemente en mi habitación de canciones favoritas. Di, Aquellos ojos verdes, Vereda tropical, una hermosa composición de Billo Frómeta llamada Canción sin título y un tango que nadie canta como él, titulado Nostalgia, dejaron de pertenecer a la categoría música que oye papá. Sadel, sin esforzarse, cantando a dos o tres pasos de los micrófonos, siempre con esa sonrisa magnética, lo volvió a lograr y se abrió espacio entre los Beatles, Pearl Jam y Soda Stereo; entre Pink Floyd, Amy Winehouse, Desorden Público y Los Amigos Invisibles.

No sé cómo lo hace, pero Sadel canta cada vez mejor. Es el mismo registro, la misma grabación, el mismo artista, pero cada año que pasa, mientras todo lo demás parece envejecer, volverse áspero y avinagrado, su canto florece. La misma canción, poco después, fluye con más nitidez desde el altavoz. Debe ser un fenómeno que le ocurre a esos cantantes que son primero sentimiento y después todo lo demás.

Sadel podía interpretar con soltura pasodobles, rancheras, tangos y boleros, y también joropos y merengues caraqueños. Sadel, quien escribió canciones hermosas, muchas de ellas en ritmos de raíz tradicional, comenzó a llevar música venezolana por el mundo mucho antes del neofolklore, sin 1x1 ni Ley Resorte. En su repertorio viajaban obras de Aldemaro Romero, Billo Frómeta, María Luisa Escobar, Juan Vicente Torrealba e incluso una joya, titulada Escríbeme, a través de la cual Guillermo Castillo Bustamante expresó su melancolía desde Guasina, tras las rejas de una celda en la que fue encerrado por pensar distinto en los años duros de la dictadura perejimenista.

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Sadel, un artista que grabó más de 100 álbumes, llevó su venezolanidad al Show de Ed Sullivan, el programa con mayor raiting de la televisión estadounidense del momento, el mismo que disparó la beatlemanía cuando John, Paul, Ringo y George visitaron Nueva York por primera vez. Sadel brilló en la era dorada del cine mexicano y logró un contrato de la Metro Goldwyn Mayer. Y el mismo Sadel mandó todo eso al carajo cuando estaba en su cúspide de fama porque soñaba con irse a Europa a cultivar el canto lírico y llegar a la escena operística. ¿Y saben qué? Lo logró. Pero decidió volver a casa, a su país, a una Venezuela de la que no podía mantenerse lejos demasiado tiempo y por la que había arriesgado mucho, ayudando a quienes, desde el exilio, lucharon para recuperar la libertad.

Hoy Sadel representa una venezolanidad que pareciera desvanecerse. La Venezuela del humor fino y las buenas costumbres, del talento y la gracia, del esfuerzo y la recompensa. Un país que aún existe, aunque demacrado. Un país con el que no cuesta reconciliarse si es a través de aquel hombre ilustre que nació en el centro de Caracas para cautivar al mundo con su voz.