De Sadel a Machado: una sola nostalgia

Por Adriana Herrera
Fotografías: Nicola Rocco

 

En el camerino de Aquiles Machado, alguien dejó un vaso anaranjado de plástico. Tiene hielo, y como se ha ido derritiendo, el agua se resbala por el mueble blanco y cae en gotas pequeñas al suelo. Al lado, espera una lata de Coca Cola abierta y casi por la mitad. Es una de las cuatro que Aquiles pidió con antelación. En un rincón de ese cuarto, detrás de la sala de conciertos del Centro Cultural BOD, hay un maletín pequeño. En una de las paredes cuelgan dos chaquetas negras, un chaleco y una camisa manga larga, negra también. Después del ensayo general, Aquiles se cambia de ropa en menos de dos minutos. Se lava la cara  e intenta secarla con dos servilletas blancas y pequeñas que se desmoronan con la humedad y todos los rastros del papel se le adhieren al chaleco, a la barba, a las manos. Se mira en el espejo. Cree que el chaleco le queda pequeño, pero ya da igual. En veinte minutos saldrá al escenario para homenajear a Alfredo Sadel, uno de los tenores más importantes de Venezuela, ese que está alojado en nuestra memoria colectiva. Nombre que resuena, como su voz. Aquiles Machado lo sabe y por eso está nervioso. La risa le sale fácil y temblorosa, pero el verbo no se le atraganta. “Es una gran responsabilidad cantarle a Sadel, que es una de mis más grandes referencias en la música y en mis emociones”.

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Así estaba dispuesto que pasara: ese viernes en la tarde, Aquiles Machado, barquisimetano y hoy en día, el tenor venezolano con más proyección internacional, estaría en Caracas para cantarle a Alfredo Sadel. Era el plato fuerte de un programa que armó Guataca para recordarlo a 30 años de su muerte y que llamaron “La Venezuela de Sadel”. Las entradas se agotaron muy rápido y tuvieron que abrir la sala un poco más temprano de lo habitual, para asegurarse que todos se sentaran en la silla correcta y a tiempo. Dentro de ese público estaba quien fuese la esposa de Sadel y también su hijo, Alfredo, quien abrió el espectáculo con palabras emocionadas que hicieron clic en la audiencia desde el mismo instante que entendieron que ese que estaba ahí era el hijo de la voz que tanto añoraban. Pero todo eso pasó después. Veinte minutos antes Aquiles Machado quitaba restos de servilleta blanca sobre su chaleco negro y ajustado.

 “Elegir este repertorio, era como tratar de elegir las tres hojas más bonitas de un araguaney. Son canciones que me llenan como músico, como persona cercana a Sadel y creo que la gente se va a emocionar, aunque algunos de sus temas favoritos hayan quedado por fuera”. Lo dice y en ese instante, el otro Aquiles, el Báez, entra al camerino con un vaso pequeño con café y se lo ofrece, no sin reírse con complicidad después de un “na´guará” bien dicho. Los dos Aquiles habían estado ensayando y con ellos estaba otro Aquiles, pero Hernández, en el violín; Carlos Rodríguez en el bajo; Carlos “Nené” Quintero en la percusión y Soledad Bravo que se luciría en cuatro temas: Júrame, Ojos Malignos -como un guiño-, Desesperanza y El Cumaco. Soledad como el aplauso certero, la voz que también sabe cómo retumbar en el escenario.

Todo eso lo ensayaron antes del café, mientras alguien iba a comprar las Coca Cola que Aquiles había pedido. No conseguían el tono de uno de los temas y las voces se perdían para luego encontrarse con perfecta lucidez ante el público. En ese ensayo también pasó que cuando Soledad acudió a tiempo al llamado de maquillaje, Aquiles Machado, se acercó a los músicos y puso su voz sobre las notas de Nostalgia, un tango que estaba previsto para cerrar el show, pero que se coló antes en el repertorio aunque nadie se haya dado cuenta. Ensayó Nostalgia sin micrófono, porque podía parecer una redundancia ante su voz. El violín y el bajo debían entrar con agresividad y luego volverse sutiles, armónicos. Así se ensayó y cuando tocó interpretarlo, muchos de los presentes se pusieron de pie para aplaudirlos.

 Aquiles Machado voló desde Moscú para estar a tiempo en esa tarde caraqueña. Lo hizo sin premura, aunque con la agenda apretada. Pero así asistió a entrevistas en la radio, abrazó a afectos. “Esto va contigo a donde sea que vayas, independientemente del género en el que te desenvuelvas. La música venezolana siempre va conmigo. Viajar, montarme en otros escenarios, interpretar otras cosas, me acerca a otras culturas, te hace entender con mucha más amplitud lo que te rodea, pero mi venezolanidad va conmigo. Siempre es bueno volver”.

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Alfredo Sadel era tenor y un gran intérprete del bolero. Su romanticismo traspasó todas las fronteras posibles. Su música cobró otro matiz y por eso es una gran referencia para Machado. “Era raro en la época de Sadel que alguien cantara boleros y ópera. Eso era rarísimo y él sabía muy bien cómo ir de una a otra sin perder su esencia. Ahora es un poco más flexible, es lo que yo hago, paso de un género a otro sin perderme en lo que soy”. Y es cierto, lo tiene tan claro que por esa misma razón es que llenó un espacio de 800 plazas a principios de este año, con un repertorio de música latinoamericana que arrancó aplausos y cuyos fondos fueron destinados a tres fundaciones de Carora, en el estado Lara, su terruño. “Todo eso me llena como músico. La ópera, la música académica, la popular venezolana, este repertorio de Sadel. Todo me construye”.

Cuando las luces de la sala se apagaron y todas las sillas estaban llenas y Alfredo Sánchez salió a hablar de su padre, del homenaje, de ese acto hermoso que es insistir a través de la música y presentó a Machado, Aquiles salió detrás de la cortina negra tapándose la cara con sus dos manos. Fue su rubor agradecido. Y apenas interpretó los primeros versos de Cerca de ti, el público no lo dejó terminar e irrumpió en aplausos. Comenzar así era como ya estar en la cumbre y estar allí arriba de deja sin aire, te llena de emoción. Entonces, Aquiles supo que no había otro esquema posible: que estuvo bien haber volado desde Moscú para dejar esas estrofas regadas en Caracas, para hablar de Sadel y ser, como dijo casi al final del espectáculo: “Un hombre como Sadel, que representaba todo lo que un venezolano íntegro debe ser”.

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 Lo que pasó en ese show de casi dos horas fue un cúmulo de sonidos nostálgicos que se mezclaban con los propios recuerdos de Aquiles, quien –visiblemente emocionado- de tanto en tanto se perdía en algún abrazo con su tocayo que estaba en la guitarra, poniendo orden a todas las notas. Aquiles, el Machado, se paseó por sus propios recuerdos para darle más contundencia a esos temas que el público estaba esperando. Volvió a retazos de su infancia en Barquisimeto, a las canciones que sonaban en una rocola que terminó en la sala de su casa y de la que salían, oportunamente, algunos temas de Sadel; le hizo la segunda voz a los temas que Soledad Bravo interpretó paseándose con sus colores sobre el escenario; dejó que Alfredo, el hijo de Sadel, cantara las primeras notas de Aquellos ojos verdes y todo fue una emoción que intentaba, en vano, disimular mientras se estiraba ese chaleco negro que creía que le quedaba un poco ajustado. Y al fondo del escenario, siempre, esas fotos de Sadel que lo mostraban joven, guapo, como si su voz fuese a irrumpir en el repertorio de repente para terminar de sellar la noche. Tras cada canción, una anécdota, un recuerdo, un suspiro contenido como el que tuvo justo antes de interpretar Vereda Tropical o No volveré a encontrarte. Aquiles Machado no necesitaba un micrófono para llenar la sala con su voz, pero aún así lo tenía al frente y él ya sabía la distancia precisa para que los boleros o el tango o el vals sonaran como tenían que sonar. Cuando se despidió y el público de pie no dejaba de pedirle otra, se quedó un poco más para poner otra nota nostálgica con Viajera del río. “La que tú querías te la dejaron para final”, se escuchó por ahí y entonces el aplauso se volvió prolongado, nostálgico, agradecido.

 Fueron tantos los abrazos después del show, que Aquiles tardó un poco más de lo previsto en descolgar la chaqueta que había dejado en el camerino y en quitarse, por fin, el chaleco negro. El vaso anaranjado seguía allí, con un poco de agua. El cantante tomó algunos sorbos. La sonrisa era amplia, con todas las notas y en el ambiente flotó la idea de repetir el espectáculo, al que hay que buscarle una fecha. Había que homenajear a Sadel, sí, y con eso Aquiles, el Machado, tuvo la oportunidad precisa de reencontrarse con su música y llevársela, de nuevo, en su maleta. Hasta la próxima vez.

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Trébol Sonoro, del salón a los escenarios

Por Humberto Sánchez Amaya
Fotografías: Nicola Rocco

Ver a Trébol Sonoro no solo es hacer un recorrido por géneros en medio de una celebración, sino también es presenciar el afán de detallar la obra desde su origen, precisar el estilo, su autor y las respectivas anécdotas. La historia de sus integrantes comienza en la universidad, por eso se entiende cómo las formas de la academia han permeado hasta sus presentaciones.

El domingo 23 de junio es  la cita. Caracas amanece gris, con la amenaza de más agua. El piso mojado en los alrededores del hotel Paseo Las Mercedes da cuenta de la onda tropical, y su paso del centro al occidente del país: llovió, y puede seguir lloviendo, pero la música no cederá. La gente está llegando al Espacio Plural del Trasnocho Cultural, donde verán a dos jóvenes y un maestro. La cantante Grecia Valentina Guerrero, la violinista María Virginia García y el cuatrista y guitarrista Pedro Colombet.

Ellas, jóvenes que inician un recorrido en el que cada vez se atreven a más. Él, un instrumentista con varios años de experiencia y que forma parte del cuerpo docente de Uneartes, donde conoció a las dos alumnas. 

“De qué callada manera/ se me adentra usted sonriendo/ como si fuera la primavera/ yo muriendo/ y de qué modo sutil/ me derramó en la camisa/ todas las flores de abril”, son las líneas que canta Grecia Valentina para comenzar. Es un tema conocido del cancionero latinoamericano. Nada más y nada menos se trata de Pablo Milanés. Al terminar, Colombet ilustra que si bien la obra es conocida como De qué callada manera, por su primera frase, en realidad se titula Canción, simplemente. Primera lección del día. 

Los tres alternan la presentación de cada tema. Dinamismo, como en las buenas clases, para que el gozo entre público en intérpretes sea también una fuente de información; como cuando precisan que el vals peruano Que nadie sepa mi sufrir del argentino Ángel Cabral, fue popularizado por Edith Piaf bajo el nombre La foule. María Virginia es quien informa esos datos. Cuando está a punto de culminar Pedro la interrumpe para decir, en broma: “Que nadie sepa mi suflé”. Y después ríen.

Colombet deja ahora la guitarra y toma el cuatro. Son los dos instrumentos que usa durante la presentación. El cuatro, claramente, para los ritmos tradicionales venezolanos. El pasaje -aires de cunavichero- que tocan es Sabanas de Cunaviche, un homenaje a su familia, que le hizo cultivar ese vínculo por la música llanera, aquellos años en los que conoció, por ejemplo, al Carrao de Palmarito, quien con su voz popularizó esa pieza.

Luego es el momento de las composiciones propias. Porque hacia allá va Trébol Sonoro, hacia la interpretación de lo inédito del sentir de cada uno de sus integrantes como obra, y no solo las versiones del extenso cancionero latinoamericano, que ellos revisten atinadamente con experticia y pasión.

Hacen, mejor dicho, interpretan, Desencuentro. Porque en palabras del profesor, esas canciones ya están hechas, solo hay que manifestarlas. Es una composición de Colombet alusiva a la reencarnación. “Para los que creen en la búsqueda de esa alma, que estamos seguros está en el planeta, pero que todavía no hemos encontrado”, dice.

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Es un tema exigente para quien se adentra en él. Grecia Valentina lo admite al finalizar. “Aparte de ser sumamente hermosa, es muy difícil, muy muy difícil”, asegura. Y el profesor remata: “Cecilia Todd siempre habla de esos compositores que no piensan en los cantantes”.

No hay tema que no tenga un comentario, una anécdota, un chiste. Eso ocurre cuando el músico hace suya las canciones, sean o no de su autoría. Se crea una alianza que se manifiesta en el escenario y puede perdurar toda la vida.

Y la clase continúa. Ojala todas fueran así, amenas. Y con la promesa de una danza zuliana, como ocurre cuando Grecia Valentina Guerrero recuerda a Armando Molero, compositor que tenía hace muchos años un programa de radio en el que siempre estaba cantando. Pero ella tiene un lapsus, hay un dato que no recuerda. Se le olvidó que lo llamaban El cantor de todos los tiempos. Pero el profesor la rescata. Asegura que Molero no solo interpretaba canciones propias, sino también de otros colegas, pero como la gente no sabía, le atribuían la autoría de todas. Eso sí, Destellos de amor, que están a punto de tocar, sí es del maracucho, o del marabino, para los puristas. 

La violinista está orgullosa. En la sala está su alumna Anabella Chen, de 4 años de edad. Una niña que ve clases con ellas en la Academia Waldstein. La saluda desde el escenario en dos ocasiones. 

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Suena un tango, ese género que encanta, mientras remueve tristeza y melancolía.  Es Garganta con arena de Cacho Castaña. María Virginia se ve conmovida mientras acompaña con su violín. En pocos minutos pasa del orgullo a la expresión de quien recuerda. Se siente en el ambiente y los presentes corresponden con aplausos. Piensa en su padre, Enrique Oswaldo García.  

Hay evocaciones del ser querido que no está. Lágrimas. “Este tema para mí es muy importante porque a mí papá le encantaba”, cuenta antes de que suene A dormir mi niña, una canción de cuna que sucede al tango.  

Ahora es el turno de otras ausencias, pero aquellas relacionadas con los corazones rotos. “Es sobre uno de esos momentos por los que uno pasa por... digamos una tristeza”, comenta Grecia Valentina sin querer precisar la palabra que la puede delatar. Pero inmediatamente desde el público le dicen que a eso lo llaman despecho, y su compañera en el violín le dice que también guayabo. Ella lo admite, no hay otras palabras, no son válidos los eufemismos, pero el profesor nuevamente encuentra un chiste: “Una falta de pecho”. 

Esa tristeza fue  el origen para otro tema propio, esta vez compuesto por la cantante, quien así presenta Luceros, una muestra más de lo bien que el violín, guitarra y voz se compaginan para convencer de la buena idea de juntarse los tres, hace año y medio. La cantante así demuestra que hay más por mostrar. Más adelante, lo confirma, cuando cuenta que trabajan en nuevos temas temas. 

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Colombet luego se pone crítico. Rememora los años en los que aprendió a tocar guitarra gracias a las canciones de Silvio Rodríguez, una referencia de sus años de juventud “Es una canción de las que más ha marcado nuestra forma de ver el espectáculo, que no lo es tal,  sino el contacto de almas con almas. Esta es una canción crítica de cómo se ha banalizado de alguna manera el arte a través de la industria del espectáculo. Debemos masificar, pero siempre desde el alma”. 

El público aplaude, está satisfecho y contento por música que va directo a las emociones: la nostalgia, el amor, el reencuentro, la algarabía. La violinista hace gala de su simpatía para pedirle a los presentes que canten, además, la tendrá fácil con la siguiente canción: el chachachá Frenesí, del mexicano Alberto Domínguez Borrás, un clásico de varias generaciones. “Seguramente la mayoría lo conoce. Si veo que no lo están cantando, dejo de tocar. Porque a mí no me parece que estén ahí sentados nada más viendo, cuando estoy segura de que se lo saben”. No hizo falta que deje el arco y su violín. Cantan. 

Se acerca el final. La cantante lo advierte, el público exclama: ¡Ah!, como lamento. Intentan cerrar el concierto con Hasta la raíz, como se llama también el exitoso álbum de Natalia Lafourcade, autora de la obra. “Tiene un significado muy importante para nosotros, especialmente para nosotras dos. La cantamos 20.000 veces. Mañana, tarde, noche en el autobús, en todos lados”. Claro, durante un año vivieron juntas. Grecia es de Maracay y María Virginia de Valencia. Al coincidir en la universidad, y volverse amigas, decidieron compartir residencia. “Una vez nos sentamos con el piano y empezamos a hacer unas cositas. Le dijimos a Pedro para montarla, y acá esta”, agrega. 

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Aplausos.

Hay una conexión inmediata con el tema que es reciente, de 2015, además de haber sido ganador de varios premios Grammy. El público pide otra. No se quiere ir, pero no hay otras preparadas. Los músicos de Trébol Sonoro no se amilanan. Explican que apenas están preparando nuevos temas, así que preguntan cuál canción quieren volver a escuchar. Desde la oscuridad alguien pide el tango. Y así se despiden con Garganta con arena. Antes, la violinista quiere excusarse. “Me puse así de sensible porque mi papi falleció hace casi cuatro años. A él le encantaba el tango. Cada vez que lo toco, es la gloria No sé cómo llamarlo. Por eso me pongo así de sensible y les pido disculpas”. Nada que disculpar, aplausos y aplausos, antes de que empiece a sonar ese violín que hace de bandoneón, una guitarra que es cómplice y Grecia que canta sobre esa música eterna que es el tango, que, como dice la letra, parece estar guiada desde el cielo para que no se marchite, así duela.   

Sadel por siempre

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Por Gerardo Guarache Ocque

Una carpeta con recortes de prensa, que ha permanecido en la última gaveta de la mesa de noche de mi padre durante 30 años, comenzó a engrosarse desde el martes 28 de junio de 1989. La tristeza de aquel día fue combatida a punta de discos, lectura y tijeras. En tiempos previos a Google, esa mañana suponía la oportunidad de encontrar información valiosa entre las notas necrológicas que copaban los diarios. El fin de semana siguiente también: las revistas dedicarían números enteros a contar la vida de Alfredo Sadel, el ídolo que acababa de morir.

Crecí en un hogar en el que los próceres no son guerreros a caballo, políticos ni estrategas militares, sino mujeres y hombres que hacen magia de los sonidos —y los que no cantan, componen y tocan, juegan béisbol—. Son semidioses que no duermen en libros de historia ni frescos nacionalistas, sino que viven y nos acompañan, como una banda de fantasmas felices, cada vez que encontramos una excusa para celebrar nuestras vidas con las suyas.

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Sadel siempre está en primer plano. En casa, él siempre es el artista que cierra. La cabeza del cartel. Sus compactos forman torres que representan nuestro bagaje. Sus vinilos, hileras que han agudizado nuestra sensibilidad musical. En la discoteca de mi padre, donde conviven Sinatra y Gardel, Aretha Franklin y Gualberto Ibarreto, los Beatles y La Dimensión Latina, La Billo’s y Barry White, Aldemaro Romero y Julio Iglesias, Alfredo Sadel es el líder en ventas. El que más ha cantado y, sin embargo, el que conserva la voz intacta.

Fue de los cantores favoritos de mis abuelos, nacidos en los años 20. Es el ídolo de mi padre, que nació en octubre de 1949. Y es una presencia constante en las listas de reproducción de mis hermanos y yo, que llegamos entre la década de los 70 y la siguiente. Es el único artista que logró cautivar a tres generaciones de Guaraches melómanos. Sadel es un cordón que nos conecta y que, paradójicamente, se ha vuelto aún más poderoso ahora que estamos desperdigados entre Venezuela, Ecuador y Colombia, manteniéndonos al día a través de videollamadas.

A medida que envejecen, los hombres suelen contar las mismas anécdotas con más frecuencia. Fernando Guarache Chópite, mi papá, atesora, como si lo guardase en un cofre, el momento en que estrechó la mano de Alfredo Sánchez Luna. Cuando lo llamo y le cuento que quiero escribir sobre Sadel a propósito de los 30 años de su muerte, sonríe complacido. Esta vez soy yo quien le pide que me eche un cuento que he escuchado varias veces. Sin revisar libreta foto ni calendario, dispara la fecha: “Fue el 9 de diciembre de 1988. Un concierto que dio en el Colegio de Ingenieros de Cumaná”.

Recuerda que conversó con él. Que fue muy amable aunque ya estaba adolorido. Un amigo suyo, colega médico, llamó a mi papá para que, juntos, ayudaran al personaje a subir al escenario, desde donde ofreció un recital inolvidable acompañado por una pista. Meses después sería editada una colección de discos suyos que hizo crecer las torres y las hileras de álbumes. Al poco tiempo sería homenajeado por Carlos Andrés Pérez, que apenas comenzaba su segundo mandato presidencial en medio de turbulencias. Seis meses y tres semanas después, se despedía de este mundo para habitar otro y los recortes de prensa que hablaban de él en verbo pasado empezaron a apilarse en aquella gaveta que no tenía el menor atractivo para un niño curioso que soñaba con ser poeta o grandeliga o las dos cosas.

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Pasó el tiempo y llegó el momento en que sí, porque Desesperanza, Mi canción, Tú no comprendes y Yo soy aquel cantor se colaron inevitablemente en mi habitación de canciones favoritas. Di, Aquellos ojos verdes, Vereda tropical, una hermosa composición de Billo Frómeta llamada Canción sin título y un tango que nadie canta como él, titulado Nostalgia, dejaron de pertenecer a la categoría música que oye papá. Sadel, sin esforzarse, cantando a dos o tres pasos de los micrófonos, siempre con esa sonrisa magnética, lo volvió a lograr y se abrió espacio entre los Beatles, Pearl Jam y Soda Stereo; entre Pink Floyd, Amy Winehouse, Desorden Público y Los Amigos Invisibles.

No sé cómo lo hace, pero Sadel canta cada vez mejor. Es el mismo registro, la misma grabación, el mismo artista, pero cada año que pasa, mientras todo lo demás parece envejecer, volverse áspero y avinagrado, su canto florece. La misma canción, poco después, fluye con más nitidez desde el altavoz. Debe ser un fenómeno que le ocurre a esos cantantes que son primero sentimiento y después todo lo demás.

Sadel podía interpretar con soltura pasodobles, rancheras, tangos y boleros, y también joropos y merengues caraqueños. Sadel, quien escribió canciones hermosas, muchas de ellas en ritmos de raíz tradicional, comenzó a llevar música venezolana por el mundo mucho antes del neofolklore, sin 1x1 ni Ley Resorte. En su repertorio viajaban obras de Aldemaro Romero, Billo Frómeta, María Luisa Escobar, Juan Vicente Torrealba e incluso una joya, titulada Escríbeme, a través de la cual Guillermo Castillo Bustamante expresó su melancolía desde Guasina, tras las rejas de una celda en la que fue encerrado por pensar distinto en los años duros de la dictadura perejimenista.

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Sadel, un artista que grabó más de 100 álbumes, llevó su venezolanidad al Show de Ed Sullivan, el programa con mayor raiting de la televisión estadounidense del momento, el mismo que disparó la beatlemanía cuando John, Paul, Ringo y George visitaron Nueva York por primera vez. Sadel brilló en la era dorada del cine mexicano y logró un contrato de la Metro Goldwyn Mayer. Y el mismo Sadel mandó todo eso al carajo cuando estaba en su cúspide de fama porque soñaba con irse a Europa a cultivar el canto lírico y llegar a la escena operística. ¿Y saben qué? Lo logró. Pero decidió volver a casa, a su país, a una Venezuela de la que no podía mantenerse lejos demasiado tiempo y por la que había arriesgado mucho, ayudando a quienes, desde el exilio, lucharon para recuperar la libertad.

Hoy Sadel representa una venezolanidad que pareciera desvanecerse. La Venezuela del humor fino y las buenas costumbres, del talento y la gracia, del esfuerzo y la recompensa. Un país que aún existe, aunque demacrado. Un país con el que no cuesta reconciliarse si es a través de aquel hombre ilustre que nació en el centro de Caracas para cautivar al mundo con su voz.

Ile Des Phoques, música no apta para focas

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Por Ángel Ricardo Gómez

Fotografías: Nicola Rocco

Ile Des Phoques significa Isla de Focas. Va más allá de un nombre bonito o vinculado con la transculturización. Hay una idea detrás, y tiene que ver con romper con lo establecido, dejar de aplaudir por solidaridad automática, abandonar la fila de los conformistas y alienados para intentar ser auténtico y proponer cosas distintas. Así lo sugiere la cantautora Maga Urdaneta, quien junto al guitarrista y compositor Andy Ortiz, creó la banda que debuta en un teatro. Es domingo 26 de mayo y está por iniciar un nuevo espectáculo del ciclo Noches de Guataca.

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Isla de Focas es una crítica social al comportamiento de masas, es un llamado de atención a nosotros mismos, que parecíamos focas, y estábamos en una misma dirección, haciendo lo que todo el mundo hace, sin fijar nuestra posición”, dice la también comunicadora social antes de la prueba de sonido, al tiempo que recuerda que la idea de la banda surgió aun con el ruido de las protestas de 2017.  

El concierto comienza con un tema que dice: “Todo es causa y efecto / todo está en calma, todo es eterno”. La canción arranca con sonoridades del bossanova y el pop. Inspirada en la filosofía budista, Maga propone el tema Causa y efecto, que entraña un mensaje de transformación. “Este es nuestro efecto”, dicen al culminar el tema.

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Andy Ortiz es ingeniero en sistemas. Aunque ejerció su profesión, dice que ya no más. Lo suyo ahora es la música. Abandonar aquella vida que consideraba “aburrida”, se traduce ahora en un efecto: componer, tocar la guitarra con su galería de pedales y disfrutar, al lado de su esposa Taimir Rivas, y de sus amigos, de las bondades sanadoras del arte. Maga, por su parte, llegó a trabajar en el Diario 2001 en la fuente de política y economía; ahora su cable a tierra son esas canciones que tocan la realidad que la circunda.

El próximo tema es de Andy. Dice que se le da lo social, pero le salen mejor los temas de amor y reflexión intimista. Cumaná es uno de ellos, una balada pop que muestra su sensibilidad y buen gusto al componer. Si bien se atrevió a cantar hace unos meses en la muestra final del taller de composición de Henry Martínez, Andy considera que ese no es su fuerte y le deja el canto a Maga durante todo el espectáculo de esta mañana.

A raíz de un concurso impulsado por Desorden Público por su 25 aniversario en 2011, Andy conoció al cuatrista Héctor Márquez. Una versión del tema Combate los unió, y crearon una banda llamada The Cachivaches. En vista de la salida de Cheryl Coello como solista, llamaron a una audición de la que salió Maga. Desde entonces, hubo química entre Maga y Andy, cuyas propuestas encontraron muchos puntos en común. Y crearon un grupo en 2012 que llamaron Maan, por las iniciales de sus nombres. En 2014 lanzaron un EP de cinco temas producidos por Claudio Ramírez (Humanoides), titulado Pequeñas obras, volumen I.

2017 fue un año crítico por la coyuntura política y social que atravesó el país, pero de allí resultó una composición de Maga llamada Él no es un hombre del sur, que aborda el tema de la inmigración. “Dejó todo en un rincón, / fue su huella y en silencio protestó / ¡Tantos, tantos que se fueron! / obligados al exilio o al entierro”, dice uno de los textos del sencillo que ahora suena en Noches de Guataca.

Con tintes de música country, parece la banda sonora de una road movie. Él no es un hombre del sur es una pieza que ha tenido muy buena acogida, pues fue seleccionada para un disco compilatorio de Sin Mordaza por la campaña Tu voz es tu poder, y formó parte de la iniciativa Música x Medicinas, impulsada por Provea, que se hizo concierto y disco también.

Prácticamente fue este tema el germen de Ile Des Phoques, ya que desde su aparición la agrupación se ha planteado crecer. Andy y Maga luego llamaron a Jorge Ramoncini, en el bajo, y César Villarroel, en la batería, para redondear un sonido que apunta a la fusión. “Es música popular con influencias del jazz, blues, rock, es música pop alternativa”, comenta Maga.

El concierto combina música propia con algunos covers o versiones de temas de sus referentes. Ahora tocan Redemption Song de Bob Marley, a la que les siguen A ciegas de Maga y Malabares de Andy, una canción muy intimista que refleja esas cosas que podemos hacer nosotros como individuos y que podemos llegar a ver en retrospectiva.

Sonidos latinoamericanos y venezolanos son ahora reinterpretados desde la mirada de la banda. María Landó, de César Calvo, refleja a esa mujer que se dedica solo a trabajar. Esta vez el landó peruano se hace más universal con la batería y los efectos electrónicos de la guitarra.

Para los temas venezolanos, Maga llama como invitada especial a Ana Cecilia Loyo, con quien interpreta Cantos de lavanderas a dos voces y Todo este campo es mío de Simón Díaz.

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El concierto es el debut formal de Ile Des Phoques en una sala, y sirve para presentar en el ámbito real (no virtual) el video clip del tema Ocarina, un merengue venezolano que creó Maga con la idea de explorar diferentes sonoridades y matices, creando una atmósfera distintiva del género tradicional. El video, dirigido por Lissette Figueredo, contó con la participación de la bailarina Mary Ann Moleiro, presente en el Espacio Plural.

So far de Maga, un tema en inglés, y Lejos de ti, de Andy, marcan la fase final del recital, que hasta el momento mantiene al público atento, ante una propuesta interesante, inteligente y con mucha verdad de parte de sus creadores.

El apagón nacional del 7 de marzo encendió las luces internas de Maga Urdaneta, quien compuso Pero te acuerdas de mí (Gobierno), una dura crítica a la realidad actual venezolana. “Cuántos perseguidos, ahora muertos / cuánta gente que no volvió a ver el sol / ¿y cuántos más siguen creyendo en esto? / Se quedan ciegos”, dice una parte de la canción.

Maga regala de nuevo a la audiencia un tema que estrenó en la muestra final del taller de composición de Henry Martínez, titulado Forastero, también dedicado a la realidad del inmigrante venezolano. Y ante la petición de otro tema más, canta El americano.

Ile Des Phoques se encuentra en plena grabación de un disco que produce Francisco “Coco” Díaz. Maga Urdaneta, por su parte, produce una placa como solista. El concierto que acaban de presentar significa un escalón más en todo lo que de seguro les queda por vivir y crear, en un ambiente y con una música, definitivamente, no apta para focas.

Raúl Delgado, el sobreviviente de las Azores

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Por Andrea Paola Márquez

En Calabozo, estado Guárico, el apellido Estévez es referencia obligada de la grata memoria. El hielo en carreta de la bodega de la familia; la genialidad de Antonio, que llevó al mundo orquestal la inmensidad del llano venezolano; las enseñanzas de la maestra Elia, la Nena, madre de Miguel Efrén, el que anda alegrándole la vida a la gente con sus Cuentos de Camino, la misma mujer que un día como hoy, 30 de mayo, pero en 1946, dio luz al músico que tiempo después asumiría el compromiso histórico de levantar la moral de una Universidad y de un país entero. Los Estévez son una familia, un motivo de orgullo no sólo de Guárico, sino de toda Venezuela.

El hilo invisible de la historia escribió para Raúl Delgado Estévez un destino que ya lo seducía desde 1976. Ese año le propusieron ser el asistente de dirección del Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela —el coro que fundó su tío en 1943— entonces bajo la tutela de Vinicio Adames, con la idea de que, tarde o temprano, se convirtiera en el director.  El salario que le ofreció la universidad por el cargo, sin embargo, no correspondía al merecido por el joven Delgado, que tenía poco tiempo de haber regresado de sus estudios de especialización musical en París. Por eso declinó el ofrecimiento. 

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Al Orfeón Universitario lo invitaron al XII Día de Canto Coral de Barcelona, España, a celebrarse en septiembre de ese año. Sería la primera gira por Europa de la agrupación. Sin embargo, encontraron en el camino muchas dificultades para concretar el viaje, por lo que Vinicio desistió de la idea, y planificó junto a su familia unas vacaciones en los Estados Unidos. No obstante, los jóvenes integrantes, entusiasmados, insistían, en hallar la forma de asistir al compromiso internacional.  Por un lado, desde la Federación de Centros Universitarios, comenzaron a gestionar un avión por parte del ejecutivo nacional que los trasladaría hacia el viejo mundo; y por el otro, solicitaron la asistencia del mismísimo Raúl Delgado Estévez para agilizar hospedajes en ciudades como la París que tan bien conocía.

Con una gira en pleno proceso de organización no concretado y un viaje familiar en puertas, Adames solicitó el apoyo de Delgado Estévez. No podía cancelar sus vacaciones, y en caso de lograrlo, la delegación venezolana debía ir preparada con un repertorio de altísima exigencia que, para ser montado, requería igualmente un músico de muy alto nivel. Por eso, el acuerdo sería que Raúl estaría a cargo del montaje del repertorio durante el período de las vacaciones y les acompañaría en calidad de director invitado. Y así, ante la ausencia de Vinicio Adames, el insigne sobrino de Antonio Estévez iniciaría el proceso que lo ató por siempre, y de manera muy poderosa, a la institución y a la historia de un país entero.

Al ser el viaje un hecho, Adames adelantó su regreso: debía afinar detalles y trabajar en equipo con Raúl Delgado Estévez.  A finales de agosto, pocos días antes de la fecha de partida, les avisaron que había inconvenientes con el hospedaje en París. Se consiguieron dos boletos comerciales: Raúl viajaría con uno de ellos y el otro no lo usaría nadie, porque Vinicio tomó la decisión de viajar con sus muchachos en el Hércules de las Fuerzas Armadas C-130 designado por la presidencia de la República.

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La historia de la tragedia que se llevó las 68 vidas venezolanas  que viajaron en el avión militar el 03 de septiembre de 1976 es quizás una de las más reseñadas en nuestra historia musical. En Barcelona, junto a nuestro tricolor, Raúl Delgado Estévez recibió de parte del encuentro coral las palabras:

“Hermanos cantores de la Universitario de la Universidad Central de Venezuela. Con ilusión de niños, veníais  a traer vuestras bellas canciones al XII Día Internacional del Canto Coral de Barcelona. Al país hermano (…) Parece que el mismo Dios en sus misterios e insoldables planes ha preferido para vosotros otro escenario mejor. Ha querido llevaros a su lado, para que cantéis eternamente en el Gran Festival del Cielo. Nosotros os ofrecemos desde la tierra todas las canciones de XII Festival Internacional de Canto Coral. Las vamos a cantar mirando vuestra bandera donde queda un gran espacio vacío, un gran hueco sin llenar. Y nos vamos a quedar en silencio tratando de escuchar en nuestro corazón la gran canción de vuestra muerte”.

Barcelona, 5 de septiembre de 1976.

Y ese Raúl Delgado Estévez, movido por el dolor infinito de ser el único de la nómina viajera en sobrevivir logró llegar a Venezuela, por otra poderosa obra del destino, al mismo tiempo que los restos de la agrupación caída, sintiendo desde entonces el amoroso compromiso de honrar su memoria, el fuerte vínculo al que estaba destinado. Así fue como el sobreviviente de las Azores, en compañía de Graciela Gamboa, hicieron posible ver al Orfeón renacer de las cenizas nueve meses después, como un fénix poderoso y con él, la alegría de un país entero, junto a una  lección histórica de esperanza que jamás olvidaremos.

Hoy que recordamos su legado a 73 años de su nacimiento y una semana del vuelo al encuentro con sus hermanos orfeonistas. En su memoria, estamos comprometidos a seguir empujando hacia el alma la vida en mensaje de marcha triunfal.

Un Latin Grammy para el cuatro venezolano gracias a Miguel Siso

Getty images

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Identidad, obra de Miguel Siso con colaboración de Guataca, ganó el Latin Grammy 2018 al Mejor Álbum Instrumental, categoría en la que ningún proyecto venezolano había sido nominado en el pasado. La selección del cuatrista guayanés por la Academia Latina de la Grabación de Estados Unidos representa un triunfo para el instrumento nacional y para una generación de músicos que ha modernizado géneros de raíz tradicional.

El álbum compitió en su renglón con los trabajos Recanto de Yamandú Costa,Jacob 10ZZ del Hamilton de Holanda TríoNo Mundo dos sons de Hermeto Pascoal & Grupo Alue de Airto Moreira. En la ceremonia, realizada el 15 de noviembre de 2018, se anunció el triunfo de Identidad, de Miguel Siso. Muchos de los presentes en el Mandalay Events Center, especialmente los venezolanos, se levantaron de sus sillas. 

“¡Que viva Venezuela!”, dijo el músico al cierre de su discurso de agradecimiento, en el que dedicó el premio a su país. Su trabajo está hecho de música venezolana con sonido global; una obra cosmopolita y experimental de once canciones, en la que usa la tecnología e incorpora especias foráneas pero con raíces profundas que surcan el Macizo Guayanés.

Identidad es un reflejo del desarrollo vertiginoso que ha experimentado el cuatro venezolano en tiempos recientes, en parte como consecuencia del Festival La Siembra del Cuatro, certamen creado en 2004 por el maestro Cheo Hurtado en el que Siso salió victorioso en su tercera edición y el cual le ha servido de vitrina a ejecutantes virtuosos como Carlos Capacho y los tres integrantes del C4 Trío.

Por la amplitud de ritmos que caben en su convocatoria, la de Mejor Álbum Instrumental es una categoría disputada por proyectos contemporáneos de altísima calidad, generalmente de virtuosos que fusionan bossa, latin jazz, especies de raíz tradicional y creadores de world music, todos grandes nombres de la industria.

Artistas como Michel Camilo y Tomatito, Hamilton de HolandaEd Calle,BajofondoChick CoreaArturo Sandoval y Chucho Valdés, a quien le rindieron homenaje por su trayectoria en la presente ceremonia, son algunos de los que guardan en casa el premio que ahora sostiene en sus manos de uñas largas el cuatrista venezolano.

Siso, nacido y criado en Puerto Ordaz y formado en el antiguo Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, hoy Universidad de las Artes) de Caracas,no fue el único venezolano victorioso en la ceremonia de entrega de los galardones que se celebró este 15 de noviembre en Las Vegas.

En la cita, en la cual Venezuela destacaba en ocho renglones, resultó ganadora la trompetista, compositora y cantante Linda BriceñoProductor(a) del Año, por11, de su proyecto Hidden Figures y la producción de Segundo Piso, álbum de otra venezolana, MV CalderaJuan Carlos Luces  también ganó. Lo hizo en la casilla de Mejor Canción Tropical por su composición Quiero tiempo, interpretado por el salsero puertorriqueño Víctor Manuelle.

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Raúl Delgado Estévez y la música venezolana de nuestros días

Por Gerardo Guarache Ocque

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Cuando el joven Raúl Delgado Estévez comenzó a formarse como músico, un abismo separaba a la academia de lo popular. Los estatutos de la Orquesta Sinfónica Venezuela, que en una época fue La Orquesta, única en su especie en el país, tildaba de “deleznable” la música tradicional. Lo folclórico era cosa de plazas y templetes; muy lejos de la solemnidad de una sala de conciertos.

La música contemporánea venezolana, que sorprende a melómanos de este siglo, gana premios internacionales e inspira a una enorme oleada de jóvenes instrumentistas, debe su calidad precisamente al encuentro de esos dos mundos, dos conceptos, dos maneras de concebir la creación que descubrieron que podían convivir y enriquecerse mutuamente.

¿Qué pasó en el camino? ¿Cómo evolucionó la mentalidad de artistas, músicos, gestores y entusiastas para que un ensamble de cuatro y maracas tocara un merengue caraqueño o un seis por derecho en un teatro, vistiendo de gala los géneros de raíz tradicional, elevando sus estándares, depurando sus arreglos? ¿Cómo pasamos de lo “deleznable” a grabaciones como la que hizo la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho con el Ensamble Gurrufío en 1999? ¿Cómo llegamos a criaturas virtuosas como Pacho Flores o Alexis Cárdenas, que desarrollan en paralelo notables carreras como solistas clásicos y exponentes de la música de su tierra?

Fotografía: Orfeón Universitario de la UCV

Fotografía: Orfeón Universitario de la UCV

¿Qué ocurrió? Ocurrieron personajes como Raúl Delgado Estévez, el hombre que, aguantando un nudo en la garganta, tuvo que tomar la batuta del Orfeón Universitario de la UCV frente a un coro inexistente porque sus miembros, incluido su director Vinicio Adames, murieron en un terrible accidente en 1976 en las islas portuguesas Las Azores cuando volaban a un festival coral en Barcelona. El mismo hombre que dos años después de su debut como líder del Orfeón fundó un ensamble popular llamado El Cuarteto, que se volvió paradigmático, fundamental para entender la historia de la música venezolana de nuestros días.

Delgado Estévez reconstruyó la agrupación coral ucevista, que resurgió de sus cenizas, cargando con el honor y sosteniendo el ánimo de la principal casa de estudios del país, y la dirigió durante 23 años, sentando las bases de su futuro. Los ecos de aquella gesta siguen retumbando hoy, día en que se conoció la noticia de su muerte. También sigue en el ambiente la impronta de su trabajo con El Cuarteto.

Fotografía: Orfeón Universitario de la UCV

Fotografía: Orfeón Universitario de la UCV

Él y su hermano Miguel, biólogo de día, guitarrista el resto del tiempo —y, con los años, locutor y hasta humorista—, fundó ese ensamble para grabar “un disquito” que pudieran ponerles a sus nietos que aún no estaban ni en planes. Lo hicieron junto a sus compadres los hermanos Naranjo: el flautista José Antonio “Toñito” y Pedro (contrabajista que sería sustituido por su otro hermano, Telésforo, como para que todo quedara en familia).  

Raúl nunca se consideró cuatrista, pero le tocó hacerse del instrumento insustituible, el más venezolano, el más folclórico. Así lo confesaba, entre risas con su voz ronca, desde su puesto de Director de Cultura de la UCV.

El Cuarteto, que cumpliría cuatro décadas este año, no es la más antigua ni la más longeva, pero sí la más notable y la primera agrupación en su estilo en dar un concierto en el Teresa Carreño, por ejemplo. Es difícil cuantificar el tamaño de su legado. Son muchos los ensambles que, como Los Sinvergüenzas, calcaron su formato y caminan por el mismo sendero. Son bastantes los que consideran a los Delgado Estévez y los Naranjo sus referentes. 

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Nacido en Calabozo, Guárico, Rául Delgado Estévez (1947-2019) estudió en la Escuela Superior de Música de Caracas y la Juan Manuel Olivares. También, fue becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes y el Centro Simón Bolívar para profundizar en la composición, la dirección coral y la pedagogía musical en instituciones parisinas como la Ecole Normale de Musique.

Orfeón Universitario de la UCV

Orfeón Universitario de la UCV

Tuvo un pie en el mundo académico-coral y otro en el terreno folclórico. Su perfil, el mismo de sus compañeros de ensamble, por ejemplo, es el perfil de muchos músicos de siguientes generaciones —que, de paso, generan la materia prima que procura exaltar nuestra plataforma cultural Guataca—. Son artistas que no pueden separar una cosa de la otra. Se deleitan con el joropo y el merengue, pero lo leen en el pentagrama. Gozan estudiándolo con detalle. Experimentan a partir de su forma primigenia (si es que existe tal cosa).

El maestro Raúl murió lejos de casa. Desde hace más de un año estaba en México, lidiando con serios problemas renales. Desde allí surgió la triste noticia, pero las condolencias y mensajes de admiración llegan desde muchos rincones del mundo.

El camino de la vida de César Gómez

Por Humberto Sánchez Amaya

Fotografías: Nicola Rocco

 

“Quizá comencemos un poco después, porque las vías están cerradas”, dice César Gómez durante la prueba de sonido previa a su concierto en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural.

Llegar a las Mercedes no ha sido fácil. No había paso vehicular por la avenida principal, pero no por alguna manifestación cotidiana del caos, sino debido a otro esfuerzo por alcanzar la normalidad en el país; esa cotidianidad anhelada.

Es domingo 28 de abril de 2018, fecha en la que se lleva a cabo también el Maratón Caracas 42K. Es, pues, un día de seguir rutas. Para los corredores y para los asistentes al concierto que —en carro o  a pie— hallaron la vía para encontrarse con César Gómez —cantante, compositor— y verlo en escena mostrando otra senda: la de su vida y principios a través de la música.

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“La mañana de hoy quiero conducirlos a ustedes por el camino que me trajo hasta aquí, a cantarles mi música, a llevarlos por mi sendero, a las cosas que permiten componer”, dice el cantautor al comenzar el concierto que tituló Música en progreso.

Estaba previsto que el espectáculo comenzara a las 11:00 am, pero arrancó casi media hora después con Fiesta joropera, una obra que traslada al llano, al escobillao, al zapatiao, a las coplas, las arepas y la cerveza. Porque el llano ha sabido infiltrarse en el concreto de la capital. Y el paladar ha sido una estrategia que el arpa, el cuatro y la maraca han subrayado. El artista hace un paréntesis. Reconoce que han sido tiempos adversos, convulsos, pero no desespera y da una receta: “El año pasado tuve una pequeña revelación después de varios momentos difíciles. Quise hacer un pequeño ejercicio que llamé notas de felicidad. Anoté todo lo que me daba satisfacción, alegría. Al final del año, revisé todo lo que había anotado. Volví a revivir esas alegrías y fui feliz de nuevo”.

Hay amigos entre el público, además de los entusiastas que fervientemente atienden al llamado de las Noches de Guataca, como se llama el ciclo de concierto que ha visto trastocado su horario por las condiciones del país. “Habría que llamarlos matiné”, dice alguien jocosamente.

Pero eso no importa. Adentro es de noche, no solo por los artilugios de la iluminación, sino también porque el ambiente es el de una reunión de amigos que se reúnen en casa un viernes al final de la jornada. César, el anfitrión, los recibe gustosamente, alegre, acompañado de otros amigos músicos para contar, revelar, recordar y cantar. Hay intimidad, confianza.

Detrás de él están el mandolinista Jorge Torres, el cuatrista Daniel Requena, el arpista y pianista Manuel Camero, el percusionista Rolando Canónico y el bajista Edwin Arellano, atento también a la dirección musical.

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César, de 41 años de edad, es un rostro conocido para quienes han seguido con cuidado las recientes manifestaciones de la música tradicional venezolana. Ha sido parte de proyectos como Vasallos de Venezuela y del colectivo Piso 1, por ejemplo, además de ser invitado en proyectos de músicos como Aquiles Báez, Edward Ramírez o  Rafa Pino. Ahora, la invitación es a escuchar lo propio. En 2011 estrenó su ópera prima en solitario, titulada César Gómez. Joropo siempre joropo.

En el Espacio Plural empieza a verse el camino prometido, ese que conduce a la interioridad del compositor, quien además pondrá a prueba lo que tiene preparado para su próximo disco. En Soy manifiesta una serie de principios con los que se presenta no solo como individuo, sino también como parte de un entorno y una tradición. La onda nueva le sirve para agradecer lo que Dios ha dispuesto para él, manifestar ser un fiel esposo, el hijo de nobles padres y respetuoso de las costumbres.

Frente a él hay un atril en el que están la lista de canciones de la velada y la introducción a cada tema: historias que cuenta con detenimiento. Cuidadoso. No quiere que se le escapen los detalles ni las palabras.

El sur al viento para homenajear a Venezuela, ese país al que siempre quiere regresar cuando viaja al extranjero. No son pocos los países a los que ha ido.  Francia, Alemania, Corea de Sur, Japón, Estados Unidos, Uruguay, Chile y Canadá son solo algunos. Pero confiesa que si bien disfruta en otros husos horarios, siempre tiene en mente el terruño que lo inspira.

El camino trazado no solo es de principios y anécdotas, sino también de géneros. Un golpe larense es su elección para convidar al escenario a Jesús Rondón, director musical de Vasallos de Venezuela y uno de sus maestros. Ambos interpretan La mujer venezolana, un tributo compuesto por ambos a un tema de mutuo interés: la mujer de este país.

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A los coros se suman Zeneida Rodríguez, esposa del anfitrión, Ángel Ricardo Gómez, cantante y hermano de César, y el arreglista Javier Marín, en el cuatro.

César recorre el camino de esta mañana con varios mentores, como Aquiles Báez, con quien compuso Más feliz que nunca. Ambos comparten escena, como tantas otras veces. Aquiles, en la guitarra, atenúa el momento con notas que abstraen a quien escucha. Para que se vayan la tristeza y el desamor.

César no quiere dejar ningún cabo suelto en su paseo. Aprovecha la mañana para recordar que pronto cumplirá 17 años de casado con Zeneida, quien además de ser su compañera en ese vehemente plan que es la familia, también es su colega. Con ella no solo comparte hogar, sino tarimas con Vasallos de Venezuela y Piso 1.

A ella la define como una mujer echada pa’lante, con objetivos muy claros. Es doctora en música y profesora universitaria. Brinda por ella, quien lo ve y escucha, sentada y sonriente, desde el lado derecho del escenario. “Con ella puedo crear música. Yo aporto melodías, letras y un poco de armonía, ella aporta melodía, sutilezas, matices. Pero lo más importante es que siempre me objeta. Creo que es lo que permite que las cosas salgan bien. Porque yo no tengo la verdad absoluta, ni ella tampoco. Esa objeción nos lleva por el camino. Como pareja nos permite crecer”, dice el esposo enamorado antes de dedicarle Llovizna de mayo, un pasaje llanero.

Es un tema que tiene su génesis 15 años atrás cuando él le escribió un poema que se mantuvo guardado hasta hace poco, cuando lo encontró y revitalizó en canción. Al culminar la pieza, pide permiso, camina hacia ella y la besa. Algarabía del público por la picardía.

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No hay eslabones a la deriva. El artista le canta a la vida y a quienes han estado con él durante años. Y la madre, sentada entre el público, también es agasajada con Perfume de ensueño, una contradanza que precede a Cuéntame un cuento, el merengue venezolano para  su amor chiquitico, Paula, su hija. Orgulloso padre cuenta cómo le encanta que la pequeña le pida escuchar los discos del Tío Simón, o cuando ella en casa pregunta si quien canta es Cecilia Todd o Lilia Vera, así como cuando escucha un joropo y tiene dudas porque le cuesta identificar si lo que suena es arpa  o bandola.

Ella, en su asiento, está inquieta. No encuentra cómo sentarse. Se acomoda a la derecha, luego a la izquierda. Sonríe, cruza los brazos, los coloca encima de las piernas. Tal vez son los nervios de ser brevemente el centro de atención en la sala. Al final se para para abrazar al padre.

César muestra en varias de sus canciones un país que disfruta, que le alimenta el alma y lo inspira; son manifiesto además de lo que está dispuesto a impulsar. Obras que son vitrina de un proyecto que va más allá de lo musical.

Hay jolgorio en su propuesta, pero el músico advierte que la felicidad es mucho más que la fiesta. “Es sentir la paz interna, estar pleno y satisfecho. La felicidad son los pequeños detalles, las cosas sencillas”.

Pero César demuestra que puede hacer de la parranda una canal para su mensaje. Él lo demuestra al llegar a la parte final del camino con un festejo a la vida en pareja. El público ha sido testigo de cómo desde el arte se reafirma lo posible. Quererte y amarte culmina el repertorio. Un tema que compuso junto con su esposa sirve como epílogo de un discurso que exalta principios y ejemplos con la familia como punto de partida. La música como medio para los valores.