Aquiles Machado: “Sadel es un monumento en nuestra memoria”

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Por Gerardo Guarache Ocque

Fotografías: Nicola Rocco

Aquiles Machado visitó su tierra expresamente para rendirle homenaje a uno de sus ídolos a 30 años de su muerte. Quienes asistieron el viernes 5 de julio, en fecha patria, a celebrar la vida y obra de Alfredo Sadel a través de su voz, experimentaron emociones muy complejas. El recital se enmarca en un festival con varias capas de significación. Una cita que celebra el talento y la gracia, pero que, de igual forma, realza la venezolanidad en tiempos de oscuridad.

Frente a una repleta sala de conciertos del BOD de La Castellana, Machado recorrió joyas como “Aquellos ojos verdes”, “Escríbeme”, “Desesperanza” y “Vereda tropical”, cantó con Soledad Bravo y hasta invitó al escenario a Alfredo Sánchez, presentador de la noche e hijo del personaje homenajeado. Además, ofreció un discurso que sirve como declaración de principios. He aquí un fragmento: 

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“Alfredo Sadel jamás se negó a enfrentarse a una dificultad. Cuando estaba en la cúspide de su carrera como cantante popular, decidió abordar y estudiar nuevas cosas. Entrenarse en una cosa que él pensaba que también tenía que hacer, y lo hizo hasta el final y hasta las últimas consecuencias. Eso es algo que nos enseña y que nos habla mucho del tipo de persona que era Alfredo Sadel y que además nos hace entender porqué nosotros hoy tenemos que estar rindiéndole un homenaje. Son ese tipo de personas las que nos enseñan qué tipo de venezolanos tenemos que ser”.

Machado (Barquisimeto, 1973) acababa de culminar una temporada de Carmen en el Teatro Bolshoi de Moscú, un hito que se suma a su historia de éxitos en el universo operístico, donde ha interpretado papeles protagónicos en el Teatro Real de Madrid y el de la Zarzuela, la Ópera de Roma y las de Washington, Los Ángeles y Zurich; el Teatro San Carlos de Nápoles y en el Gran Teatre de Liceu de Barcelona. Y también, en la Deutsche Oper de Berlín, el Metropolitan Opera House de Nueva York y el Teatro alla Scala de Milán.

Venezuela está siempre en el pensamiento del cantante. En un baúl muy preciado, guarda su romance con la música de su país, que ha dado como fruto dos volúmenes antológicos de La canción de Venezuela, producciones de Guataca concebidas por Aquiles Báez, que le permitieron recorrer algunas de las creaciones más logradas del cancionero venezolano. En el futuro, quiere involucrarse en la dirección escénica y orquestal, pero también sueña con unificar los teatros de Venezuela y rescatar el Teresa Carreño. 

—¿Cómo se pasa el switch de lo lírico a lo popular?

—La diferencia entre una cosa y otra está en cómo es el nivel de comunicación. Cuando canto ópera, funciona un entramado que tiene que ver con una historia, un libreto, y allí evidentemente hay un condicionante que es el estilo. Cuando pasas a la música popular también es importantísimo respetar el estilo, pero la palabra pasa a ser dominante. Y generalmente se hace en un formato más íntimo, más cercano al público. El artista se comunica directamente. A mí manera de verlo, creo que nosotros subestimamos nuestra música popular, que es nuestro Schubert, nuestro Brahms, nuestra música camerística-académica. Tenemos esas formas que son equivalentes a muchas otras de música camerística centro-europea. Lo que hago es tratar de entender cuál es la sonoridad de lo que voy a interpretar. Ahí está lo interesante. No se trata de que uno haga menos técnicamente, sino que la aplicación técnica es distinta. La palabra, el fraseo, los sonidos, responden a un tipo de sensibilidad diferente. Al igual que nosotros nos acercamos a la música alemana cuando hacemos música de cámara, procurando entender esa sensibilidad, acá uno intenta lo mismo. La diferencia está en que la sensibilidad inherente a la música venezolana uno la lleva innata.

—¿Cuál es el primer recuerdo de Sadel que registras desde tu infancia?

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—Cuando era niño, escuchaba cantar a mi familia, los amigos de mi papá y mi mamá. En las fiestas siempre había alguien con una guitarra, o alguien que se animaba a cantar a capella, y eso me encantaba. Con el tiempo, como a los 9 años, descubrí que estaban interpretando a un señor muy famoso que se llamaba Alfredo Sadel. Los de Sadel estaba entre una colección enorme de discos que mi papá compró, junto con los de Felipe Pirela, Danny Rivera y de un montón de gente que cantaba boleros y también música folclórica. A mí me produjo mucha curiosidad algo que descubrí. Empecé a entender que Sadel había marcado el oído de la gente: la gente no cantaba las canciones, sino las versiones de Sadel. Me produjo mucha impresión aquello de que la gente quería cantar como él. Él marcó el oído de una generación de venezolanos. En aquella época la sonoridad, sobre todo la del bolero, era única y exclusivamente la sonoridad de Sadel. Aprendimos a cantar con ese fraseo. Oírlo de otra forma me sonaba extraño, y hay cosas que todavía me siguen sonando extraño, a pesar de que son de gente famosísima que canta muy bien. Hoy, cuando voy a estudiármelas, inmediatamente lo que hago es buscar esas versiones de los viejos cantantes, y entre ellos uno de esos pilares es Sadel. Las reviso bien porque ahí está un conocimiento colectivo del que uno no se puede aislar.

—Y más adelante, cuando te encaminaste a ser cantante, ¿qué representaba para ti?

—Cuando quise ser cantante lírico, ya Sadel era cantante lírico. Yo lo conocí primero, viéndolo en televisión, como cantante lírico. Fue una de las voces que me impresionó. Recuerdo bien un disco de él y otro de Alfredo Kraus que teníamos en casa. Luego aparecieron otros cantantes, pero esas dos grabaciones me impresionaron mucho.  También me impresionó una cosa en especial: saber que Alfredo Sadel cantaba ópera, pero la ópera que cantaba eran las canciones que cantaban en mi casa. Eso fue algo que a mí me impactó, porque la voz era una voz lírica. Eso era algo muy de avanzada. Hoy en día convivimos con eso con naturalidad, pero en aquella época era un reto; esos artistas que utilizaban el canto para otro tipo de música. Ya vemos con normalidad, por ejemplo, que Tomatito toque el Concierto de Aranjuez, pero eso no era común antes. Había muchos prejuicios que separan la música académica de la popular.

—Para un cantante lírico, que además lleva tiempo viviendo fuera de su país, ¿qué representa la música venezolana en su cotidianidad?

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—La música venezolana es una conexión que tengo con mis raíces. Intento, en la medida de lo posible, estar ligado a ella. Obviamente, yo trabajo con música de muchos otros países, pero eso lo único que hace es reafirmarme en lo que soy. Cuando abordo música de otras latitudes siempre descubro que en ella están gérmenes, semillas, células de mi propia música. Me hace sentir que nosotros formamos parte de toda esa cosmogonía universal de la música y que tenemos mucho de todo lo que ocurre allí, sobre todo en Europa. Además de eso, estamos mezclados con nuestra africanidad y nuestra herencia indígena, y eso nos hace inmensamente ricos culturalmente. Soy un defensor de esa herencia y creo que deberíamos sentirnos muy orgullo de la música venezolana. En casa siempre estoy tocando cuatro para las niñas, cantando cancioncitas, y cuando viajo, en mi tiempo libre, siempre estoy pensando en cómo nuestra complejidad musical viene de cosas que quizá en la música centro-europea eran gérmenes sencillos que se fueron complicando hasta transformarse en lo que hoy conocemos como nuestro folclore y nuestra música popular. Vivimos un momento muy importante en el que es fundamental estar cerca de nuestras raíces porque son ellas las que nos van a salvar, y creo que fortaleciéndolas en nuestra actividad y en lo que hacemos, podremos partir con buen pie en la construcción de esa Venezuela que soñamos.

—De este viaje a Venezuela, habiendo cantado en el festival La Venezuela de Sadel, ¿qué te llevas?

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—Hacerle el homenaje a Sadel ha sido muy emocionante y, obviamente, una gran responsabilidad. Es una figura icónica. Es un enorme venezolano. Un monumento en nuestra memoria. Me queda la emoción de haberlo hecho y de ver que la gente lo recordó y lo disfrutó a través de lo que nosotros hicimos musicalmente. Creo que es muy importante hacer este tipo de homenajes. Nosotros tenemos que recordar lo que hacían los venezolanos insignes en su tiempo y pensar lo que debemos hacer nosotros en el nuestro. Sadel fue una persona comprometida con todo lo que era la Venezuela mejor. Fue una persona comprometida consigo misma para ser mejor: mejor músico, mejor cantante, mejor persona. Creo que es una premisa que nosotros debemos tener como personas y como ciudadanos, que es algo muy importante porque ser mejores artistas o mejores personas tiene que ver con el aspecto individual, pero ser mejor ciudadano es parte de una conciencia colectiva. Si nosotros no entendemos, respetamos y compartimos el espacio de nuestros semejantes, no nos vamos a desarrollarnos nunca como sociedad, como país, como nación. Eso es fundamente y muy necesario en este momento que vivimos, donde la corrupción y la intencionada destrucción de nuestros principios morales, nos ha llevado a convertirnos en unos sobrevivientes.

—¿Cuáles son tus retos en el futuro como cantante y qué planes tienes a largo plazo?

—El reto es continuar con mi carrera y llegar a los 60. En esta década que ahora enfrento, tengo que plantearme lo que voy a hacer luego. Tengo muchos planes, muchas ideas: trabajar en dirección escénica y en dirección orquestal, iniciar proyectos educativos más formales e intensos y crear un proyecto de terapia musical. Otra de las cosas que quisiera es recuperar el vínculo con las instituciones culturales en Venezuela. Sé que ahora es difícil y que vamos a estar durante unos años (esperemos que no tantos) en una situación caótica y desfavorable, en vista de que soy abiertamente opositor al régimen que vivimos. Quisiera apoyar en la unificación de teatros del país para lograr una programación conjunta que active la vida cultural de esas ciudades. Quisiera formar parte del equipo que se encargue de rescatar el Teresa Carreño y que lo vuelva a ubicar entre los teatros más importantes del mundo.

Mafer Bandola: “En medio de la diáspora, la música nos conecta”

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Por Andrea Paola Márquez

Su nombre es María Fernanda González, pero se hace llamar Mafer Bandola. Así, con su instrumento integrado definitivamente a su identidad. Tiene 29 años, 20 de los cuales los ha dedicado a ejecutarlo. Es, de hecho, la primera mujer que toca una bandola eléctrica. Es una de las fundadoras del proyecto musical Ladama y se encarga de promover la integración de la mujer en el campo de la interpretación instrumental de la música tradicional venezolana.

Su empeño en mostrar la versatilidad de la bandola llanera en todo el mundo la ha llevado a desarrollar giras de varios meses por numerosos países. Su trabajo ha sido reseñado en medios como ESPN en español. Su carrera ha terminado estando enfocada en la música como una herramienta de transformación social.

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—¿Cuándo empezaste a tocar bandola? ¿Por qué escogiste este instrumento?

—Comencé a tocar bandola llanera a los 8 años de edad, justo cuando estaba en ballet en la escuela de Bellas Artes en Guanare, estado Portuguesa. Mis padres creyeron que tenía condiciones para algún instrumento y pensaron en inscribirme para estudiar cuatro, pero al llegar a esa cátedra les dijeron que solo había cupo para estudiar bandola llanera. Por esta razón me gusta pensar que la bandola me escogió a mí.

—¿Cuál fue la manera de manejar tu confianza en un medio en el que muchos consideran que este instrumento no es femenino?

—Luego de entender lo que significa ser una mujer músico en un instrumento tradicional, hice un contrato conmigo misma: no creer en ninguna subordinación por razón de género o estilo. Las limitaciones funcionales por mi sexo es una de las agresiones más comunes que he presenciado en mis 20 años de carrera  como bandolista en la música llanera o música venezolana en general. Al principio formé parte de diferentes ensambles, pero luego me lancé como solista y me di cuenta que estaba pasando por un camino no convencional: el camino de la mujer concertista, soltera, profesional, capacitada para gestionar su propia carrera desde la experiencia. Tener a mis padres que me han acompañado en  la carrera musical y mis decisiones; mirar ejemplos de mujeres músicos de otros países; compartir con otras mujeres músicos; compartir con músicos que me aprecian musicalmente por mi trabajo sin juzgar si soy mujer... Todo eso me ha hecho manejar mi confianza hasta hoy día. Soy afortunada por contar con eso. Ahora intento ayudar a otras mujeres músicos a lograr eso mismo.

—Parece que en tu carrera hubo un antes y un después desde tu participación en OneBeat, en 2014. Eso, aunado a la fundación de Ladama, te ha dado una gran proyección internacional. ¿Cuál consideras la mejor y la peor parte de ese proceso?

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—Al encontrarme en Onebeat 2014 con músicos de otras latitudes y orígenes en la música, me convencí de que nuestra bandola y su repertorio venezolano puede sonar en diferentes espacios. También entendí que el trabajo colectivo es necesario en los procesos creativos entre culturas diversas. Por ejemplo, Ladama, que en principio nació para trabajar en las comunidades, hoy día desarrolla su segundo disco y realiza giras mundiales de hasta siete meses. Una de las mejores cosas ha sido que gracias a la proyección internacional que me brinda Ladama, la bandola llanera está en videos de charlas TED en inglés y español, en videos de Tiny Desk, en el WOMEX, WOMAD y está en las reseñas de NPR, también en ESPN en español, que son lugares donde no había llegado antes. Lo peor de esto es que aprendes que no tienes permanencia en ningún lugar y que por un tiempo no tienes casa. 

—Las giras te han mantenido la agenda copada. ¿Dónde estás radicada ahorita? ¿Qué proyectos estás desarrollando en la actualidad?

—Llevo exactamente 3 años con Ladama  yendo y viniendo a diferentes lugares. Algunas veces he ido a Venezuela y otras a casas de amigos en otros países. Por ahora, aunque mi pasaporte es el venezolano, no puedo residir en el país por los compromisos en fechas que a la banda le esperan. Esto no se siente tan bien a veces. Durante los recesos de la banda he querido ir a Venezuela, pero por la situación que vive el país en incertidumbre, no puedo ir en estos momentos por temor a cualquier riesgo. Así que siento que no vivo en ningún lugar y estoy al mismo tiempo en todas partes donde la música me ha llevado a estar. Estoy en varios proyectos. Actualmente trabajo como embajadora de un comedor para niños en Barquisimeto, estado Lara. Acabo de trabajar como parte del equipo de producción de la primera residencia Onebeat Colombia. Estamos terminando de grabar el segundo disco de Ladama. Paralelo a todo eso, voy componiendo y escribiendo muchas cosas para las que espero tener el tiempo de grabar mi proyecto solista. Por último, me he dado la tarea de abrir espacios para la formación y educación en el tema del empoderamiento femenino,  como por ejemplo clubes de lecturas, conferencias para hablar de mis experiencias como mujer en la industria musical.

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—Perteneces a un grupo de músicos que está llevando el nombre de Venezuela fuera del país ¿Consideras que influirá esta diáspora musical en nuestra transformación  social?

—Por supuesto que sí, los artistas y en especial los músicos estamos llevando a la mayor cantidad de espacios posibles la respuesta a la constante pregunta “¿qué está pasando en Venezuela?”, y aunque los medios no muestran con claridad lo que está pasando en ocasiones, nosotros los músicos, en un empeño de replantear la venezolanidad, respondemos con  ritmos, melodías y armonías lo que no ha dejado de pasar en Venezuela y es su rica cultura en las artes. La diáspora musical nos da dimensión, nos da ubicación en el mapa, nos da un lenguaje claro ante el fenotipo de la entera humanidad, la diáspora musical es uno de los mejores caminos hacia la consolidación del "ser venezolano" en medio de tanta melancolía y desinformación.

—Vas llenando tu equipaje de experiencias, ¿cómo es recibida la bandola llanera? ¿Consideras que aportas a la proyección positiva de venezolanidad? ¿Tienes alguna anécdota al respecto?

—Definitivamente la bandola llanera tiene un duende mágico, místico. Con ella me acompaño en un pajarillo que yo misma canto en la actualidad, y cuando lo toco con Ladama, antes de cantarlo, digo al público: "Ustedes saben que Venezuela está en una situación dramática, que mi gente necesita buena energía viniendo de todas partes, así que hoy ustedes y yo tenemos la única y bonita oportunidad de enviar la mejor de las energías a ellos". Una vez luego de un concierto se me acercó un venezolano y me dijo: "Con tu bandola hoy me enseñaste cómo manejar mi exilio forzado, con música puedo reivindicarme con mi país y puedo construir país desde donde estoy, ahora a cada nueva persona le presentaré los ritmos de Venezuela, gracias".

Sé que existen numerosos bandolistas de gran nivel en Venezuela y que pensarán que no soy la mejor, y podría decir que tienen razón, pero lo que a mí me mueve es la construcción de puentes entre los trascendental en lo humano y la música, pues un músico talentoso y virtuoso puede ser cualquiera que estudie muchísimo y se prepare constantemente, pero el músico que se identifique con hacer de éste un mundo que valga el esfuerzo vivir, necesitamos más de estos últimos, hace rato que la competencia dejó de importarme.

En la actualidad soy una intensa viajera, viajo mucho, por dentro y por fuera, eso sí, cada vez con menos equipaje, pues la vida así como las aerolíneas te va poniendo nuevas reglas en el vuelo. Si llevas sobrepeso, te puede salir muy caro, y esto último lo digo refiriéndome a la maleta emocional que me acompaña, poco a poco he tenido que replantear el concepto de casa, hogar, cama, familia, así como usar otros términos por otros, he cambiado las inconsistencias por certezas, los cuentos por memorias, ahora escucho más, ahora me sumo a las pequeñas acciones que vienen de grandes ideas.

—Finalmente ¿cuál crees que será el impacto de la diáspora venezolana en la proyección internacional de nuestra música?

—Creo que jamás el venezolano estuvo tan enterado de los nombres de nuestros artistas, su obra y sus proyectos como en estos tiempos de la diáspora, nos hace falta conectarnos, encontrarnos donde sea que estemos con nuestra casa, la casa emocional, y esto es lo que nuestra música hace en otras latitudes. Pienso que al cabo de unos 10 años nuestras músicas y ritmos tendrán tanta influencia en otras músicas como lo ha tenido el bossa nova o la cumbia y ya era hora porque somos un pueblo con tanta historia y con tan poca memoria, que sirvan pues nuestras letras para memorizar los que nos pasó, lo que nos desterró, lo que nos hizo y nos hará volver a reencontrarnos.

VALENTINA QUINTERO: "ME ESTREMECE QUE TANTOS VENEZOLANOS SIENTAN QUE REPRESENTO LA VENEZOLANIDAD”

Fotografía: @amadoclarophoto

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 —En general, ¿qué sensación, qué sabor de boca, qué sentimiento te dejan, cuando ya vas de vuelta a Venezuela, estos viajes en los que te has presentado frente a un público de venezolanos que están lejos de casa y ávidos de encuentros así? ¿Qué te dejan estos Cuentos de Camino?

 —En apenas tres presentaciones que hemos tenido en Miami, en Orlando y en Phoenix, es un revolcón emocional, porque te das cuenta que el sentimiento de arraigo y que el sentimiento de pertenencia se vive distinto desde afuera. Hay esa nostalgia, ese deseo de volver, de estar, de visitar, de saber qué pasa. A Miguel (Delgado Esteves) y a mí nos ha tocado recrear y compartir ese país que extrañan. Procuramos hacerlo con muchísima alegría y también con realidad porque queremos que sepan que Venezuela sigue viva; que nosotros resistimos de la misma manera que ellos lo hacen en todas partes del mundo; que los venezolanos nos convertimos en un núcleo muy sólido que defiende al país, cada uno desde su trinchera, cada uno desde donde está.

Fotografía: @amadoclarophoto

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Mi sensación es que en la hora y media que dura Cuentos de Camino Venezuela está ahí, ahí presente con las historias, con la música, con los sabores, con la sensación, con el amor, con la entrega y eso es muy emocionante, muy emotivo. De verdad te sacude. A mí me sacude. Yo estoy totalmente estremecida al hacer esto.

—¿Qué opinas de la labor que hace Guataca por la cultura venezolana en estos tiempos?

Guataca se merece todos los abrazos y todos los apurruños, por esta insistencia en mantener viva la venezolanidad en cualquier parte del mundo a través de estas presentaciones, trayendo a los creadores, al talento —la música, el teatro, el arte— a donde exista un venezolano. Porque si nos falta la identidad, si no nos dan pasaporte, pues entonces que al menos tengamos esta presencia constante de Venezuela. Los venezolanos somos muy recursivos, resolvemos. Y si la manera de mantener latente la venezolanidad es la música, con el arte, con el teatro, con el talento venezolano en cualquier parte donde estemos, pues muchísimas gracias a Guataca por hacerlo posible. Yo me siento así ¿cómo en una gira de los Rolling Stones, que uno veía cuando estaba chiquita que iban de una ciudad pa´ otra?  ¿O como Pedro Castillo y la Colonia Tovar?, bueno, así tal cual.

—A simple vista, el dúo que formas con el maestro Miguel Delgado Estévez parece una dupla dispareja.  ¿Qué fue lo que te llevó, en un principio, a trabajar con él en el programa de radio, y que devino en estos “Cuentos de camino” en vivo y directo?

—Miguel y yo nos conocíamos. Yo sabía que él estaba en El Cuarteto y a veces nos habíamos conseguido en eventos; y él sabía que yo hacía Bitácora. Pero esta fue una iniciativa de la radio, de Onda, Monona, que nos llamó para que hiciéramos unos micros: Miguel por la música y yo por las historias de viajar por Venezuela. Así nació Cuentos de Camino, el nombre que inventó Marisela Valero, que era nuestra productora.  Ya son 14 años haciendo esos micros.

Al primer año la radio nos propuso hacer un espectáculo en vivo. Lo hicimos en la Estancia y fue precioso. Recuerdo que tenía muchísimo miedo, porque es muy distinto hacer un programa en televisión que presentarte ahí en vivo. Miguel estaba acostumbrado porque él tenía años con El Cuarteto presentándose en todas partes. Terminó siendo tan, pero tan sabroso…Miguel y yo nos queremos muchísimo, nos llevamos muy bien, es como un hermano mayor para mí. Soy sorda de origen, pero cuando Miguel me ve así fijamente, y yo lo veo, no sé qué es lo que él hace para que más o menos mantenga el tono y en lo que lo dejo de ver desafino y me voy pa´otro la´o.

Fotografía: @amadoclarophoto

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Sí, se convirtió en presentaciones en vivo. En Venezuela nos hemos presentado en plazas, en teatros. Estuvimos en Panamá, ya habíamos venido a Miami en otra ocasión y nos habíamos presentado como en tres sitios, pero una gira así, de siete ciudades, como la que estamos haciendo ahorita, nunca lo habíamos hecho. A partir de esta idea de Guataca nos están llamando ahora de un montón de sitios, vamos a ver si se da. Pero a lo que nosotros nos encantaría es presentarnos en Venezuela para todos los venezolanos, y ojalá que cuando ustedes empiecen a regresar nosotros estemos en el aeropuerto recibiéndolos, con música, con historias, con chocolate, con 100% cacao venezolano, con abrazos, con apurruños, para que sepan que allá siempre los  estamos esperando.

—¿Podrías compartirnos alguna anécdota bonita que se haya generado a raíz de las presentaciones en directo de ‘Cuentos de camino’?

—A mí de verdad me estremece muchísimo que tantos venezolanos sientan que yo represento la venezolanidad; que represento Venezuela, entonces cada vez que me abrazan y me dicen: “Es que como abrazar a Venezuela”, o “es como comerme una reina pepiada”, o “es como que si estuviera en el Santo Ángel”…¿es frega´o, no? Me siento muy responsable, me sacude mucho, imagínate lo que significa que andes por ahí llevando a Venezuela todo el tiempo. Y sí es verdad, soy venezolanísima, a lo que yo me he dedicado es a compartir Venezuela  con todos los venezolanos, a tratar de consolidar el sentido de arraigo. Todos tenemos un sentido de arraigo, un sentido de pertenencia muy  fuerte ahorita porque, por supuesto, cuando sientes que pierdes el país, que pierdes el terruño, te da pánico perderlo. Te da pánico perderlo cuando estás en Venezuela y sientes que se te desaparece, y también te da pánico cuando estás afuera porque quieres volver, quieres tenerlo, quieres volver así sea de visita porque probablemente muchos ya hicieron su vida pero quieren visitarlo y quieren que sus hijos lo conozcan.

Fíjate que después de la presentación de Phoenix hubo una señora que fue con su hija venezolana, que salió muy pequeña, no conocía nada de Venezuela y le dijo a su mamá cuando iban en el carro: “Mamá, tú me tienes que poner más las canciones de Simón Díaz, quiero saber más de Venezuela”.  Y si nosotros con estas presentaciones logramos que muchos venezolanos sientan a Venezuela, se les quede ahí latiendo todo el tiempo. Gracias a Guataca porque nos dieron esta oportunidad de traer a Venezuela de esa manera tan viva.

Fotografía: @amadoclarophoto

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—Sabiendo que es una pregunta difícil y abierta, te preguntamos: ¿Qué es para ti la venezolanidad?

—La venezolanidad es lo que se nos ha desatado a todos los venezolanos en estos últimos años; es un sentimiento que no teníamos. Porque nunca fuimos pueblo de arraigo, de pertenencia, de orgullo por ser venezolanos y ahora lo somos. Tuvimos que pasar por esta penuria, por este dolor, por esta injusticia de ver la destrucción del país para entender la falta que nos hace, cómo lo amamos, para entender cómo lo necesitamos y ese orgullo de ser venezolano, esa venezolanidad está ahorita completamente desatada. Estoy convencida que es esa venezolanidad, ese sentimiento de arraigo, esa pertenencia, esa fortaleza, que nos da el ser venezolanos lo que nos hará construir nuevamente a Venezuela. Vamos a descubrir cuáles son nuestras verdaderas raíces y las vamos a sacar para afuera. Nosotros ya no vamos a ser un país petrolero, nosotros tenemos que inventarnos un país nuevo donde el petróleo es algo más de lo que tenemos. Confío en que esa venezolanidad la vamos a compartir desde el turismo, y que la gente de todas partes del mundo va a querer llegar a conocer un país que sus ciudadanos defendieron desde el arraigo.

Fotografía: @amadoclarophoto

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