Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

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Por Gerardo Guarache Ocque

A Marina Bravo siempre le gustó Garza perdida, una canción de Leonardo Amuedo y Joao Mendoza que Dulce Pontes incluyó en O primeiro canto, su álbum editado en el año 2000. No sospechaba la joven Marina en sus tiempos de integrante del Orfeón de la UCV, de cuando data su pasión por esa música y esa letra, que ella misma vestiría su contenido. No sabía que el norte se le volvería difuso. Ni que a fuerza de canto retomaría su camino y lo anunciaría con un álbum que llevaría precisamente ese título.

Garza perdida (2019), segundo álbum del catálogo en solitario de Bravo, es la celebración de un regreso —aunque realmente nunca hubo una partida—. El disco tomó el título de la canción portuguesa porque subraya un sentimiento que se cuela entre las 11 pistas. Es un himno entrañable a la persistencia que la artista le canta a su público, pero al mismo tiempo se canta a sí misma, como quien se da ánimos en momentos de adversidad: Y así volveré/ a cruzar este cielo y este mar./ Volaré sin parar/ a cruzar la tierra entera.

La mera grabación de la pieza representó un atrevimiento. El arreglo se concibió sólo para voz y mandolina, un instrumento melódico que suele requerir de algo más para que la canción se sostenga, sea un bajo, un piano, una guitarra. Pero resulta que el mandolinista fue el virtuoso Jorge Torres, quien construyó un base sublime desde las 10 cuerdas de su instrumento —la de él tiene dos más que la mandolina estándar, a la usanza del maestro brasileño Hamilton de Holanda—.

La voz de Marina es de esas que no necesitan vestirse mucho. Mejor dejarla así, semidesnuda. En Garza perdida se muestra a plenitud, exhibiendo sus sutilezas y también, aunque no sea su recurso más habitual, su potencia. En un momento deja correr todo el aire desde sus pulmones y, al siguiente, recurre a un falsete que suena como la flauta más dulce; como una caricia que derrite.  

Marina Bravo junto a Los Sinvergüenzas en Guataca Nights Miami. Foto: Archivo Guataca

Marina Bravo junto a Los Sinvergüenzas en Guataca Nights Miami. Foto: Archivo Guataca

Con Torres, también grabó Pesca y ruego, un punto y llanto que cuenta una historia a orilla mar, de la península de Macanao, Margarita, pero que es la historia de la separación momentánea de muchas familias, acaso todas. Amanecía cuando su autor, Ibrahim Bracho, vio a un pescador que se despedía de su esposa e hijos antes de irse a una faena de meses. Bravo adaptó la letra, se la apropió, pero el espíritu es el mismo: Cuando sales a pescar, ruego a la virgen del Valle/ porque en el mar no se sabe si tú puedas regresar.

El minimalismo, de pronto obligado por circunstancias, se convirtió en concepto. Los pequeños formatos le sientan bien a la cantante. Su voz evocó a Alfonsina y el mar, un clásico latinoamericano, una zamba argentina de Ariel Ramírez y Félix Luna que cuenta, desde la metáfora, el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. “Quise darme el gusto con una de esas canciones de siempre”, dice Marina, quien se acompañó con la guitarra de Héctor Molina, conocido como cuatrista, miembro del C4 Trío y del ensamble Los Sinvergüenzas.

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Mucho ha pasado en la vida de Marina Bravo desde aquellos días en los que cantaba Alfonsina y el mar en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. No sólo grabó tres álbumes con Pomarrosa, un proyecto musical de la Fundación Bigott que la unió a Zeneida Rodríguez. También participó en obras de teatro como Fango negro, que, en lugar de las tablas, representaba el drama en un autobús, en la calle, en un bar. Grabó su primer trabajo, De donde vengo (2010), y realizó una gira que llamó Canciones de aquí y de allá, que la llevó por ciudades como Margarita, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal.

Entre su primer álbum y Garza perdida, Bravo se enamoró, se casó y se hizo madre. Se mudó a Margarita a cristalizar proyectos, uno de ellos su vuelta a la radio, que chocaron contra la muralla de la catástrofe venezolana del siglo XXI. Murió su padre y, más tarde, su madre. Ella volvió a la capital en 2016 buscando reencontrarse con aquella misma garza que no paraba de cantar y actuar. Y con Héctor Molina comenzó desde cero a construir lo que, después de muchos cambios y de sortear obstáculos asociados al deterioro general de la vida en el país, se convirtió en esta placa celebratoria. En medio del proceso, entre otras actuaciones, ofreció un concierto en Guataca Nights Miami en septiembre de 2018, acompañada por el ensamble Los Sinvergüenzas.

De unos conciertos inspirados en música peruana que ofreció con César Gómez y Aquiles Báez, uno de ellos en el Festival Caracas en Contratiempo, Bravo escogió dos canciones y las pasó por el filtro de su nuevo concepto. Una de ellas fue Chabuca limeña, dedicada por Manuel Alejandro a la gran cantante peruana Chabuca Granda. La otra, Azúcar de caña, un landó peruano, es la pieza más movida del repertorio, que sirve de puerta al disco con dulzura y ritmo. Otro landó llamado Tú primavera fue escrito por Báez, quien además grabó una guitarra de forma magistral, como es costumbre.

Marina se pasea por varias fases del amor y el desamor. Del romance a la antigua de Usted, el bolero de Luis Laguna, pasa a la ruptura amigable de No voy a quedarme, un bambuco colombiano de Doris Zapata que llevó al estudio con el percusionista Javier Suárez y con Edwin Arellano, quien se encargó del tiple y el bajo. Y de allí, llega al despecho de Barco de papel, un doloroso vals venezolano que escribió con Alicia Dávila: Con besos y caricias hice un barco de papel/ que ahora sale a navegar por los cauces del recuerdo.

Dos canciones muy venezolanas van una detrás de la otra. Bravo escogió la Tonada en melancolía, de César Gómez, la misma que grabó Luis Enrique con C4 Trío, y la hizo con el propio Gómez (cuatro), Luis Freites (contrabajo) y un cuarteto de cuerdas. Es la canción en la que participan más músicos. Le sigue Ese corazón, otra de sus composiciones en colaboración con Alicia Dávila, en la que se acompañó únicamente por el piano de Édepson González. Es un merengue caraqueño muy delicado, del que destila el deseo cándido de volver a enamorarse. De volver a creer como lo hizo cuando decidió que era hora de volver al estudio a dejar un registro de sus sentimientos.

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

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Por Gerardo Guarache Ocque 

El V-Note Ensemble es el retoño de una pasión. La pasión que acompaña cada arpegio de Jackie Rago, una multiinstrumentista caraqueña que comenzó a los 4 años de edad una carrera sin descanso por los entresijos de la tradición sonora de su país y que, al marcharse de Venezuela, mucho antes de que la palabra ‘diáspora’ se instalara en nuestra jerga, se llevó esos ritmos en una maleta porque no se concebía sin ellos.   

Rago, ejecutante del cuatro, la bandola y la mandolina y percusionista formada por maestros como Alexander Livinalli, no encontraba, en el rincón de California en el que se estableció, compatriotas para contar tres y comenzar un joropo, un merengue caraqueño o una onda nueva. De modo que contagió a sus colegas estadounidenses y logró el milagro: ellos también se enamoraron.  

Primero, la semillita criolla germinó en la costa oeste de Estados Unidos y dio origen a The Snake Trío, una agrupación que, después de dos álbumes, se desarrolló como una crisálida que se convierte en mariposa y devino en el V-Note Ensemble para insistir en el mismo experimento: pasar la materia prima del folclor venezolano por un barniz de jazz y música contemporánea.

Conexión (2019), tercer trabajo del ensamble —aunque bien podrían sumarse a la lista los otros dos del Snake Trío— refleja un acercamiento hacia la música venezolana que no es superficial. No es el capricho de un curioso que prueba la temperatura del agua en la playa sumergiendo los dedos de los pies. Es más bien una inmersión, un chapuzón, un clavado a cuerpo entero que no se conforma con el repaso de estándares sino que propone ideas nuevas.  

La agrupación se alimenta de composiciones inéditas que aportan, en su mayoría, Rago y la estadounidense Donna Viscuso, flautista, saxofonista y principal aliada de la caraqueña en esta misión que ya lleva más de 16 años en marcha. En la formación están también Daniel Feiszli, un bajista que ha tocado con gente como Raoul Midon, Julio Iglesias y Raúl Di Blasio, responsable de una base particularmente elegante; y Michaelle Goertlitz, una percusionista que, a pesar de que respeta los patrones formales, reviste el sonido de cierto cosmopolitismo.

Viscuso es autora de Pensivity, un merengue caraqueño lento pero merengue al fin, creado en compases de 5 por 8; esa estructura estrictamente venezolana con un frenadito pícaro que suele poner a solfear a músicos extranjeros. También aportó un chacha llamado Chasing Spring, que pone de relieve sus colores caribeños. Rago, desde las cuerdas de su cuatro, es la encargada de espolvorearle la esencia de venezolanidad. 

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En sus dos trabajos anteriores, Rago había compuesto sendas suites: una de merengue para The V-Note Ensemble (2009) y otra llamada jazz-nera para Urbano (2014), con arreglos de ella junto con Viscuso y Sam Bevan, ex bajista del grupo. Esta vez, la suite se concentró en la costa afrovenezolana y ató un golpe tradicional originario de Todasana, estado Vargas, titulado Mono mono (en el que participó como invitado el percusionista Yonathan Gavidia), con un canto de sirena de Llamado a San Juan (en la voz de Rago) y un sangueo que llamó Venezuela Venezuela. Allí resalta y emociona, como es costumbre, la voz de Betsayda Machado.

Venezuela Venezuela la compuse como protesta —cuenta Jackie Rago—. Pero decidí ser más positiva que otra cosa. Es una canción nostálgica que me recuerda su playa, su brisa, su gente, su belleza natural. Me recuerda su música, con cumacos y maracas. Tocamos ese ritmo de la costa, que es tan sabroso, pero tratando de llamar la atención por lo que está pasando ahora”.

Los dos temas conocidos de Conexión, que vistieron el traje dual de elegancia y exotismo del V-Note Ensemble, son And I Love Her, de Lennon y McCartney, que se va pasando el switch —sin que se sienta una fractura— del vals al joropo y después a la onda nueva; y Blue in Green, de Miles Davis, cuya adaptación al merengue venezolano fue idea del bajista, Dan Feiszli.  

Red Gladiolas es una de las joyas más brillantes del disco. Es una pieza de Rago inspirada en la música de Aldemaro Romero, tocada con bandola a dedo limpio —sin púa, como suele tocarse—, que pareciera idónea para comprender el concepto del ensamble. Su autora dice que siempre tiene gladiolas en casa porque “traen color, alegría y son vibrantes”. Lo mismo podría decirse de su canción.   

Foa Aissim guarda una historia agridulce de fondo. Es una obra que sufrió una metamorfosis. La composición original de Erika Luckett, gran amiga de la agrupación, fue escrita como choro brasileño, pero ellos decidieron adaptarla nota por nota a los rigores de un merengue venezolano. Luckett se había mudado a Ohio para un tratamiento contra el cáncer y, sin planificarlo, llegó de visita a California precisamente el día en el que el V-Note grabó su creación. Meses después murió, y allí quedó esa simpática tercera pista del disco, perpetua, en su honor.

Calip-Swing responde exactamente a lo que su título sugiere: combina el desparpajo del calipso con la prestancia del swing. Es una colaboración de Rago y Viscuso que terminó en la voz de la invitada Anna María Violich, una cantante que, por su origen guayanés, a ellos les pareció perfecta para interpretar esas líneas carnavalescas que cierran el álbum con los ánimos arriba.

“Yo seré una estudiante de la música venezolana hasta que me muera”, confiesa Jackie Rago, motor de un ensamble que encara lo criollo como si fuera una sonata de Brahms. Una amiga suya definió la música del V-Note Ensemble como pop chamber music, y a ella le gustó tanto la etiqueta, que promete usarla en el futuro: Música popular de cámara.

Esa sutileza, ese equilibrio entre la rigurosidad académica y el desparpajo de lo autóctono, fue lo que convenció a un productor llamado Phil Lewis, que un día los vio tocar y les ofreció grabar el álbum al que dedicamos estos párrafos. Es un representante de The Maginus Project, una organización sin fines de lucro que apoya grabaciones de altísima calidad que suponen un aporte cultural significativo a Estados Unidos. Así fue como Rago, Viscuso, Goertlitz, Feiszli y sus colaboradores llegaron a los estudios Fantasy Records de California a registrar otro ejemplar de su particular lectura de la música de Venezuela.

Viajar a bordo de Séverine Parent

Por Gerardo Guarache Ocque

 

Séverine Parent recogió souvenirs por el camino durante años. Sus experiencias, sensaciones y nuevas amistades, y también los sonidos, imágenes y estructuras musicales que absorbió, se mezclaron hasta cobrar forma de canción una vez que se sentó frente a su piano con papel y lápiz. La artista francesa abrió al público ese álbum personal de postales sonoras de su vida y lo llamó Voyageuse. Viajera, si lo traducimos al castellano.  

Sobre el álbum flota una invitación a romper u obviar fronteras, a dejarse cautivar por lo diferente y a entender que no importa tanto el origen sino el destino. Séverine canta en tres idiomas, se mueve entre el jazz y un pop inquieto que roza el world music, y va de lo estrictamente acústico a lo artificioso, casi siempre como vehículo de reflexiones íntimas.

Voyageuse comenzó a gestarse hace unos tres años. La artista nacida en Avignon, al sur de Francia, pasó una página grande de su vida. Dejó de ser la principal coach vocal del Cirque du Soleil, se mudó de Montreal, y comenzó a recorrer Latinoamérica —incluidas varias visitas a Venezuela— para dictar talleres de canto, compartir con colegas e incluso grabar.

Cada pista es radicalmente distinta. Por ejemplo, Amies, que habla de una amistad irrompible que lleva unos 30 años y que funciona como puerta de entrada ideal, es un single en toda regla. Un pop con mucho sentimiento; con una instrumentación imponente combinada con la atracción seductora que suele venir en combo con el acento. A esa le sigue Lune, que describe una atmósfera distinta, solitaria y contemplativa; una balada jazz con contrabajo y batería tocada con escobillas. Y más adelante aparece Oubli, una composición cicatrizante a puro piano y voz.

 

Petit être —pequeño ser, en castellano— nos invita a un lugar muy íntimo y familiar. Es una canción de cuna escrita para un adulto, porque está dedicada a su hijo, que ahora tiene 23 años pero, ante sus ojos, no deja de ser la pequeña criatura que ella acunó. De un piano minimalista avanza hacia una pieza robusta con batería, bajo y un arreglo de cuerdas en el que ayudó un músico venezolano que también grabó teclados y se encargó de la mezcla y el mástering. Hablamos de Francisco “Coco” Díaz, quien ha trabajado, entre otros artistas y bandas, con Desorden Público.

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Séverine comenzó a estudiar piano a los cuatro años de edad y, desde entonces, nunca paró. Siguió con el clarinete, la música clásica y el jazz, hasta hacerse adulta. Participó en coros infantiles, donde podía cantar obras de los Beatles, y también en coros de ópera o de cámara, que le despertaron una fascinación por las armonías vocales que aún persiste. Prueba de ello es Viajera, la canción que cierra el telón con puras voces, procurando expresar emociones puras sin palabras de por medio.

“Camino mucho siempre, y voy viendo los paisajes, los monumentos, la riqueza y la pobreza, las expresiones en los rostros de la gente… Me gusta imaginar las historias detrás de cada uno —cuenta la artista—. La melodía de Viajera nació así. Mientras caminaba, la grabé en mi teléfono. Luego le agregué otra voz. Soy yo caminando por el mundo, cruzando una ciudad, un pueblo”.

En su hablar, Séverine cuela vocablos de una jerga que se ha apropiado: “He conocido músicos arrechísimos”. Lo dice a propósito de “Coco” Díaz y del multiinstrumentista Léster Paredes, otro venezolano, que desde 2018 es parte del Cirque du Soleil. También, del bajista Pablo González Sarra, un mexicano integrante de la banda Los Claxons, de Monterrey. Pero, sobre todo, se refiere a Yilmer Vivas, baterista venezolano, fundador de la Simón Bolívar Big Band Jazz y ahora miembro del elenco de Luzia, espectáculo itinerante del prestigioso circo canadiense.

Vivas, un músico con el que Séverine Parent creó la fundación SoñArtes para acercar el arte y la cultura a niños en situación de riesgo en Venezuela, fue quien la impulsó a llevar adelante el proyecto discográfico y se convirtió en el aliado perfecto —un versátil productor— para concretarlo. Sobre su amistad y su colaboración artística, agrega: “Nos une el gusto por la música sin etiqueta, las ganas de hacer lo que se nos ocurra sin tener un cuadro cerrado. Yilmer es una bomba de creatividad en el estudio”.

Yilmer es también autor de la música de Let’s, la única cantada en inglés. La letra es autoría de Séverine, quien la escribió dejándose llevar por el mood que él le sirvió. Esa le abre camino a las dos canciones más experimentales del álbum, que van juntas. En Solitude, entre armonías vocales, una guitarra a contracorriente, una batería potente y unas cuerdas, se revela un son cubano y un fragmento de hip hop. World music, se le podría decir generalizando. Sobre la temática, comenta: “Me encanta estar sola, pero a veces me desespera la soledad (risas). Quería traducir esa ambigüedad, y Yilmer, con el arreglo, logró hacer exactamente lo que pasaba en mi cabeza”.

El otro atrevimiento se llama Né quelque part, una pieza original del cantautor francés Maxime Le Forestier, que fue parte de su álbum exitosísimo del mismo nombre editado en 1988, con más de 600.000 ejemplares vendidos. Séverine escogió este hit, que la ha acompañado desde su adolescencia, para subrayar su mensaje de apertura. “El lugar en que nacemos es una casualidad. No define lo que tenemos que hacer y cómo comportarnos con los demás”, explica. Su versión es un collage rítmico que invita a sacudirse los prejuicios de la mente comenzando por el cuerpo.

Un cuatro venezolano, que grabó el propio Yilmer Vivas, sorprende cuando suena Alas de cristal, obra de Jorge Daher, cantautor venezolano establecido en México. Séverine no quería culminar el álbum, que grabó en Monterrey durante una semana intensa de 12 horas por día, sin solidarizarse con el país herido de muchos de sus colegas: “Él (Jorge Daher) me regaló esa canción que habla de la situación que atraviesa Venezuela actualmente, que me toca de cerca por tener tantos amigos, tantas amistades y tantos cariños ahí”.

 

El chance de Luis Enrique y C4 Trío

Por Gerardo Guarache Ocque

 

El álbum de Luis Enrique y C4 Trío estaba listo. Tiempo al tiempo ya era una obra redonda, de ocho capítulos, que terminaba anímicamente arriba, describiendo una curva emocional de romances y nostalgias, de dolor y esperanza. Las canciones, nuevas en su mayoría, cumplían el objetivo: traducir en sonidos la hermandad del ensamble con el salsero nicaragüense, triunfante en su aventura de cantar en clave venezolana. Todos estaban conformes. Todos menos el productor y bajista de C4, Rodner Padilla.

 El deadline de Tiempo al tiempo, ya en proceso de mezclas, estaba a la vuelta de la esquina cuando aceptaron ofrecer su primer concierto juntos en una edición de lujo de Guataca Nights en Houston. Lo lógico hubiese sido tocar con el álbum en las manos. Pero ellos querían probar el material en tarima y así lo hicieron el 28 de abril.

 Antes, a modo de juego en Miami, habían tocado en ritmo de joropo Date un chance, uno de los hits salseros de Luis Enrique escrito por el panameño Omar Alfano. Es una suerte de arenga de un amigo preocupado por los excesos de alguien valioso pero descarriado. Padilla llevaba una espinita molestándolo cuando volaba hacia Houston. Sentía que al álbum le faltaba algo. “¿Y qué tal si grabamos esa?”, se preguntaba. Conversando con Vladimir Quintero, entre nubes, el ingeniero le comentó que conocía un estudio allí. En el avión, el productor pagó para conectarse a Internet y tantear la posibilidad.  

 Dado que muchos de ellos viven en diferentes ciudades y que suelen tener sus agendas copadas, la cita en Houston era una oportunidad de oro para volver al estudio. Estarían presentes todos menos Edward Ramírez, que no pudo viajar y enviaría sus aportes desde Medellín, Quito y Caracas. Pero había un detalle importante: el único chance de grabar era después del show, pasada la medianoche.

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En 2015 la Miami Symphony Orchestra que dirige el venezolano Eduardo Marturet organizó un concierto venezolanísimo. Actuaron Huáscar Barradas, María Rivas, Karina, Ilan Chester y la bailaora Siudy Garrido, y también Paloma San Basilio, Lena Burke y Luis Enrique. Apenas C4 Trío fue invitado al evento —cuyo lema era Venezuela ¡es mucho más!— los músicos le preguntaron a su mánager Soraya Rojas si era posible compartir tarima con el nicaragüense, que desde siempre ha gozado de su admiración. El deseo se les cumplió y tocaron De repente de Aldemaro Romero. C4, además, tuvo su oportunidad de dejar boquiabierto al público que ese 5 de julio celebró la venezolanidad en el Bank United Center de la Universidad de Miami.

 C4 quedó grabado en algún rincón especial de la memoria de Luis Enrique: “Me impresionó de ellos su destreza, su musicalidad y, sobre todo, su nivel de riesgo a la hora de plantear una nueva manera de tocar ese instrumento, llevándolo a un nivel de ejecución magistral, lleno de influencias, sin perder su raíz pero sí proponiendo otras cosas”.

 Pasó el tiempo y el artista quería el cuatro de Jorge Glem en una pista de lo que sería un disco acústico, distinto a lo habitual, que apenas cobraba forma. Él y C4 se reencontraron para compartir en una producción del cantautor Jorge Luis Chacín llamada Candela, que, gracias a su sabor y a un videoclip distendido, se movió ágilmente por redes sociales. Mientras trabajaban juntos, llevado por el buen feeling, el ídolo decidió que mejor construía aquella canción, titulada Suéltame, con C4 Trío en pleno. Poco después, subió la apuesta: “¿Por qué, en vez de una canción, no grabamos un disco completo?”

 El ciclo creativo de Tiempo al tiempo comenzó con Suéltame y también con Sirena, dos canciones que Luis Enrique escribió con Fernando Osorio, creador de hits como La negra tiene tumbao de Celia Cruz, y recordado por el dúo Fernando y Juan Carlos. El concepto de Tiempo al tiempo, en el fondo, es un sendero que conecta esos dos sonidos: el de Suéltame, donde Luis Enrique camina hacia el joropo; y el de Sirena, que obligó a C4 a aproximarse a la salsa.

 Sirena fue aderezada con condimentos brasileños realzados por la armónica sublime de Gabriel Grossi, un astro que ha tocado con algunos de los más grandes de Brasil. Digamos Chico Buarque, María Bethânia, Ivan Lins, Djavan, Milton Nascimento y, sobre todo, Hamilton de Holanda. En ambas piezas relucen sendas virtudes: la de C4 para convertir los cuatros, no sólo en vehículos de géneros venezolanos sino en instrumentos útiles a otros discursos; y la de Luis Enrique para preservar su esencia, la elegancia de su canto y la pegada del artista pop exitoso, sin importar la base sobre la que esté cantando. 

 En el medio, estarían otras dos canciones: La tonada de la melancolía, que no es de Simón Díaz sino de César Gómez y que el nicaragüense interpreta como si hubiese vivido siempre en el llano venezolano, entre el ganado y el horizonte, entre el ordeño y la siembra; y Añoranza, una contradanza zuliana que deviene en gaita de tambora, compuesta por Luis Enrique, Padilla y Héctor Molina con Jorge Luis Chacín, a través de la cual todos los involucrados manifiestan su pesadumbre y sus deseos de cambio frente a la difícil situación política y social que atraviesan Venezuela y Nicaragua.

A la lista se sumó Ay de mí, un joropo delicado, con maracas del maestro Juan Ernesto Laya, que comienza con un golpe de chacarera argentina y que es lo primero que se encuentra el público cuando da play al disco. Se agregaron dos piezas instrumentales, una de ellas con una energía contagiosa, bajo la cual duerme una historia de cariño y admiración: ese tema, Vértigo, lo dejó Gustavo Márquez, ex bajista de la agrupación que murió en 2018 a sus 28 años de edad. La otra, Merengue Today, autoría de Glem, es un merengue caraqueño cruzado con son cubano, que ya fue grabado en otro formato recientemente en Stringwise, el disco que el cuatrista cumanés hizo con el pianista cubano César Orozco. También surgió Tiempo al tiempo, una pieza con cualidad de hit, grabada con sampleos a modo de hip hop, que pareciera escrita para Guaco y que hubiese sido el epílogo de no ser por el empecinamiento de Padilla.

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Todos pusieron mala cara cuando Rodner llegó con la idea de salir corriendo, agotados del viaje, los ensayos y el concierto, a grabar una canción más en Beltway, un estudio ubicado a unos 15 minutos del Aeropuerto George Bush de Houston. “No, way! Are you crazy, man?”, le dijo el productor ejecutivo Julio Bagué, que llegó directo de unos premios Billboard en Las Vegas. Pero Padilla se mantuvo firme: “Escúchalo en el concierto y hablamos”.

 Quienes llenaron el local Mo’s Place esa noche tuvieron el privilegio de ver y oír la obra en construcción y de presenciar a los propios artistas sorprendiéndose ante el efecto que el experimento tenía en su audiencia.

 Cuando arrancó Date el chance en joropo, Luis Enrique, allí, frente a la gente, dijo: “¡Escucha, Julio!”. Él ya estaba convencido del bonus track. En el fondo, en una pantalla, se juntaron la bandera blanquiazul nicaragüense y el tricolor venezolano. El público, feliz, zapateó, marcando los dos golpes del joropo, y acompañó los coros. Una vez que cerraron con ese bis, salieron directamente a grabarlo. 

 El estudio los recibió a la 1:00 am. La grabación se organizó de acuerdo a las horas de vuelo de cada uno. Jorge Glem viajaba primero. Dejó su parte, agarró su maleta y se fue al aeropuerto. Y así fueron haciendo los demás. Cuando tocó registrar la voz de Luis Enrique, eran más de las 3:00 am. Los últimos salieron al amanecer. Fue una experiencia nueva para todos. Luis Enrique, un artista con más de 30 años de carrera y más de una docena de álbumes, ganador de Grammy y de casi todos los premios de la música latinoamericana, tiene ahora, además, una anécdota disparatada que contar.

Voy: un viaje en la voz de Nella

Por Gerardo Guarache Ocque 

Viernes 31 de mayo de 2019. 8:45 am, hora de España. Los pasajeros se abrochan los cinturones para volar de Madrid a Lisboa en un Airbus de Iberia, que celebra 80 años de una ruta que significó el primer vuelo internacional en la historia de la aerolínea. En los asientos, cada quien encuentra un ejemplar de Voy, el álbum debut de Nella Rojas, la margariteña de la voz quebrada que más tarde, a 10 mil pies de altura, sorprenderá a todos porque cantará en directo allí, en un pasillo de avión convertido en escenario, acompañada por Javier Limón, su productor, autor de las canciones y cómplice de aventuras.

Voy es un viaje. Un viaje del Caribe a la península ibérica y de regreso. Algunas canciones están más cerca del trópico, de las costas venezolanas, de su Margarita del alma o hasta de Cuba. Otras parecieran aproximarse a las costas andaluzas, esas que por más de siete centurias fueron de dominio árabe. Voy es una obra dulce y melancólica. Un álbum que deja la sensación de una caricia, que respira la nostalgia del pescador cuando admira esa línea fina en la que se juntan el cielo y el mar y, además, deja en la boca el sabor del agua salada después de un día de playa. 

La más antigua de las canciones es Fin de fiesta, una copla que acercó a Marianella Rojas a Javier Limón cuando ella era estudiante en el Berklee College of Music de Boston, donde el productor español es catedrático, y que encajó en el concepto que estuvieron construyeron durante dos años para este nuevo trabajo.

De resto, todas las canciones las escribió el andaluz pensando en la voz de Nella, estudiándola, incluso procurando verbalizar sus pensamientos. Vía whatsapp, durante más de un año, le estuvo enviando fragmentos de letras y melodías para que la intérprete se las apropiara y participara del proceso creativo. El primer resultado le sirvió de tarjeta de presentación: Me llaman Nella fue el primer sencillo publicado hace más de un año. Recientemente, lanzaron la que da título al álbum, Voy, una pieza que ejemplifica la fusión musical, casi indivisible, que lleva elementos flamencos, son y espíritu caribeño, una pizca de jazz y un sutil barniz pop.    

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Venezuela está muy presente en Te dirán. Con ella, Nella cumplió uno de sus sueños de siempre: invitó para un dueto al cantautor Ilan Chester, que le envió su parte desde La India. También destaca el cuatro del cumanés Jorge Glem. Es una pieza entrañable, melódicamente curiosa, sobre un amor imborrable: escribo tu nombre cada día en la arena/ el agua viene y va/ pero tu nombre se queda. Cada vez que Nella la oye, le brotan las lágrimas de la emoción.

Volver a mi tierra es otro de los abrebocas ya conocidos. Un tema que expresa el anhelo de la intérprete y de millones de venezolanos que han dejado su casa en medio de una profunda crisis económica, social y política. En un videoclip, personalidades de la actuación como Ana María Simon, Mariaca Semprún, Prakriti Maduro, Jean Paul Leroux y Pastor Oviedo, la Miss Universo Dayana Mendoza, sus colegas de la música Ana Carmela Ramírez, Linda Briceño y muchos más, le cantaron desde el extranjero junto a ella, con amor y dolor, a Venezuela.

Una y otra vez, en la que colaboró la modelo y cantante sevillana Alba Molina, es una de las piezas más logradas del álbum. Posa sublimes melodías sobre un groove moderno. Su contenido es sufrido —es una ruptura, un despecho, los buenos recuerdos que queman— pero todo se hace llevadero gracias a armonías delicadas y un beat que incluso llama al baile, aunque no tanto como Por verte otra vez, la más caribeña, la única con arreglos de metales y solos de trompeta.

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Pero hoy es un cambio de velocidad. Una copla de añoranza por tiempos que pasaron. Quizá de la infancia, quizá de un viejo amor o de un ser querido que se fue. Quizá del país que quedó atrás pero persiste en la memoria del exiliado: Pero hoy, ahora, en este preciso instante, sólo pienso en ti si canto, dice el coro. Son canciones que, realzadas por la voz de la margariteña, se meten bajo la piel, castigan y alivian a la vez, como Tantas y tantas cosas o Ángel caído, otras dos del repertorio.

La gran rareza entre las 13 canciones que componen el álbum es 1000 miles, no sólo por ser la única en inglés o por ser la única que no escribió Limón: esa pieza la creó David Trueba, escritor y cineasta, hermano de Fernando Trueba, conocido por Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), la película basada en la visita que hizo John Lennon a Almería, España, siendo un beatle en 1966, en rol de actor.

A un lado, fuera del disco y en la banda sonora de la película Todos lo saben del iraní Asghar Farhadi, quedaron otras joyas que Nella Rojas grabó en este primer capítulo de su carrera profesional. Es notable la evolución de la artista, egresada de Berklee, que hizo viral una versión a capella de La Negra Atilia de Pablo Camacaro y Henry Martínez. Ahora, en medio de una curva hacia la madurez, le espera una larga gira por España y Estados Unidos para presentar su álbum debut con el sello Casa Limón. Una gran promesa artística acaba de despegar. Y cuando ella dice Voy, todos quieren ir con ella.

El cuatro venezolano y el jazz: un romance del siglo XXI

Por: Gerardo Guarache Ocque

Comencemos por una trivia. Aparte de ser músicos nacidos en el siglo XX, ¿qué tienen en común el jazzista estadounidense Duke Ellington, el merenguero dominicano Juan Luis Guerra, el roquero británico Sting y el gaitero zuliano Rafael Rincón González? Que sus obras, las que un químico describiría como inmiscibles —que no se mezclan—, conviven armoniosamente en Stringwise, el álbum del cuatrista Jorge Glem y el pianista César Orozco.

Stringwise es un capítulo feliz de un romance del siglo XXI: el romance del cuatro venezolano y el jazz. El cumanés del C4 Trío y el cubano, viejos compañeros de ensayos y escenarios desde los tiempos de la joven Movida Acústica Urbana, se reencontraron en Nueva York y decidieron recrear en el estudio de grabación una dinámica que había probado su efectividad en directo. Cuatro y piano, piano y cuatro, nada más. Ni percusión ni bajo; mucho menos guitarras, cuerdas o vientos.

Portada del disco Stringwise

Portada del disco Stringwise

El viaje comienza con Take The A Train. Pero este tren no suena tanto al metro que inspiró a Billy Strayhorn camino a Harlem cuando escribió el arreglo para la orquesta de Duke Ellington en 1939. El de Glem y Orozco es uno de alta velocidad que sale de Manhattan hacia algún lugar indeterminado al sur de Nueva Orleans, con algo de gipsy jazz, algo burlesque, con guiños a Venezuela y a Cuba.

Lo mismo pasa con Englishman in New York de Sting, que comienza apegada al reggae del arreglo original y poco a poco se va desconectando, enrareciéndose entre el bebop y el Caribe. El interludio alucinante de swing que suena en el álbum Nothing Like the Sun (1987) del líder de The Police, donde grabó un solo memorable el saxofonista Branford Marsalis, le sirvió de excusa a Orozco y Glem para introducir un joropo jazzeado. Sí, un joropo jazzeado.

El cuatrista venezolano Jorge Glem. Fotografía de Andrés Marquina

El cuatrista venezolano Jorge Glem. Fotografía de Andrés Marquina

Así transcurre la obra, atando falsos leitmotiv de las melodías originales que son apenas coartadas para un discurso mestizo propio. “Si tú no bailas conmigo”, original de Juan Luis Guerra, va del merengue dominicano al ritmo sincopado —“frenaíto”— del merengue caraqueño. After The Love Has Gone, un hit de Earth Wind & Fire que escribió David Foster con otros dos autores, comienza como balada y de pronto, sutilmente, termina convertido en onda nueva. Otras, como Maracaibera, de Rafael Rincón González, y el folclórico Zumba que zumba van en dirección contraria: se llevan la materia prima desde Venezuela y se impregnan de jazz y otras especies; se visten distinto como la gente cuando sale de viaje. Por ejemplo, el Moliendo café de Stringwise, que sirve de epílogo, es más tropical. Es como si el Zambo Manuel hubiese superado una pena de amor,una tristeza, y ahora, mientras pasa el resto de la noche moliendo, se bebe un ron y le encuentra la gracia a su propio despecho.

El código del jazz funciona como un umbral que les permite viajar de ida y vuelta entre dos mundos. Sólo así puede resultar homogénea semejante ensalada de canciones a la que cada uno sumó una propia rescatada de sus sendos primeros álbumes: Orozco trajo Sueño perfecto, dedicada a su esposa, de su Son con Pajarillo (2007), y Glem desempolvó la apacible Lesbia, en honor a su señora madre, de Cuatro sentido (2005), el disco que editó por ser ganador del Festival La Siembra del Cuatro.

A todo lo anterior sumaron una rareza. Existe una canción del músico cubano Meme Solís que se llama Ese hastío. Es un bolero al que, por error, en un LP de Ray Barretto con Adalberto Santiago titulado Rican/Struction (1979) le pusieron Piensa en mí, como la popular composición de Agustín Lara. De esa, Glem y Orozco hacen una lectura taciturna con el cuatro sirviendo de percusión apoyando a un teclado Fender Rhodes. También, añadieron una composición recién horneada de Glem titulada Merengue Today, que estará incluida en otro formato en el álbum que C4 Trío está grabando —¡primicia!— con el salsero nicaragüense Luis Enrique.

Una extraña forma de comunicarse

El cuatro ha avanzado a ritmo vertiginoso en lo que va de siglo. De la escuela de los maestros que convirtieron al instrumento en más que un elemento de acompañamiento, digamos Freddy Reyna, Jacinto Pérez, Hernán Gamboa, Cheo Hurtado y otros, pasamos a la generación que entró por una puerta que abrió Rafael “Pollo” Brito. Como cuatrista, Brito fue un pionero en el aprovechamiento de las bondades rítmicas del cambur-pintón, que les enseñó a sus alumnos más ilustres, entre ellos los tres miembros de C4 Trío, incluido Glem, quizá el máximo representante de esta generación.

En tiempos recientes, la guitarrilla venezolana de cuatro cuerdas ha experimentado varias primeras veces. A comienzos de 2018, Pa’ Fuera, de Desorden Público y C4 Trío, se convirtió en el primer álbum basado en el instrumento nacional nominado a los Grammy anglosajones, los premios más publicitados de la industria musical, al menos en este hemisferio. En septiembre, Glem hizo un concierto a casa llena en el Colony Theatre de Miami con el saxofonista Paquito D’Rivera: primera vez que el cuatro juega un rol protagónico en un espectáculo en compañía de una figura de tal estatura en el latin jazz mundial. Y en noviembre, Miguel Siso, cuatrista guayanés que toca el primer cuatro triple de la historia, se convirtió en el primer venezolano en ganar el Latin Grammy en la categoría Mejor Álbum Instrumental.

El músico cubano César Orozco. Fotografía de Michael G. Stewart

El músico cubano César Orozco. Fotografía de Michael G. Stewart

Stringwise, una obra que se gestó entre el local Barbès de Brooklyn y la serie de recitales informales Guataca On The River, presentada por la plataforma de música venezolana a orillas del río Hudson durante 2018, suma otro hito a la lista: es el primer álbum grabado a dúo con cuatro venezolano y piano. Existen muchos de piano y guitarra, como las dos entregas de Spain de Michel Camilo y Tomatito y el Dúo de los brasileños César Camargo Mariano y Romero Lubambo. Pero de cuatro y piano, ninguno.

El formato supone un desafío extraordinario para los instrumentistas, pero Glem y Orozco tienen, no sólo la destreza para enfrentarlo, sino la posibilidad de entablar una conversación en varios dialectos. Se multiplican a tal punto que el dúo termina sonando como un trío o un cuarteto. El cuatrista no sólo hace de cuatrista; lo hace sonar como conga, como percusión de merengue o de bolero, como guitarra española y bandola. Al pianista, que generalmente aporta acordes con su mano izquierda, le corresponde hacer los bajos. Le toca poner ese ladrillo fundamental en la base de toda la estructura para que se sostenga.

Stringwise representa el reencuentro de dos amigos muy talentosos. Orozco recuerda que Glem lo impresionó desde la primera vez que lo vio tocar con Saúl Vera. Glem dice exactamente lo mismo de Orozco, un joven formado en la Escuela Nacional de Arte de La Habana, que había llegado a Venezuela en 1997 como violinista de la Orquesta de Carabobo y que luego comenzó a abrirse camino como pianista. Corría el año 2006 y se estaba gestando un movimiento de músicos venezolanos amantes de la raíz tradicional pero formados en academias y de una incurable melomanía. Nacía C4 Trío y también el proyecto de Orozco, Kamarata Jazz, en el que Glem fue cuatrista hasta que ambos emigraron a Estados Unidos, donde finalmente decidieron darle forma de álbum a su extraña forma de comunicarse.

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

Miguel Siso, su cuatro triple y la música venezolana del futuro

La música venezolana del siglo 21 tiene una extremidad hiperdesarrollada: el cuatro, instrumento rey del país, comenzó a desprenderse de las amarras que lo habían mantenido circunscrito casi exclusivamente a propuestas tradicionales más herméticas. El nuevo álbum de Miguel Siso, Identidad, es una muestra de ello. También es el ejercicio de un cosmopolitismo que funciona instintivamente; que, aunque suponga experimentación, uso de la tecnología e incorporación de especias foráneas, no impide que se logre una obra con raíces profundas que surquen el Macizo Guayanés.

“Giros”, el álbum debut del experimentado cuatrista Héctor Molina

Por Gerardo Guarache Ocque
(Publicado en la Revista Ladosis)

Sin quererlo, Giros es un álbum antológico, porque define la clase de artista que es Héctor Molina y reúne lo mejor de sus creaciones, que habían permanecido inéditas en su mayoría, mostrándolo en todas sus facetas: como solista y pieza de un ensamble, como compositor, arreglista y productor, cuatrista y guitarrista, como amante de la tradición venezolana y como inquieto explorador de la vanguardia. Giros es, además, un tratado sobre el sonido de la música venezolana del siglo 21 y sus posibilidades.

En la cubierta del álbum, obra de Alejandro Calzadilla, Héctor aparece multiplicado, asumiendo muchos roles, dialogando consigo mismo. La imagen no dista de la realidad: fueron cuatro años de trabajo intermitente en los que el músico merideño, de la mano de su ingeniero de grabación Vladimir Quintero, asumió todas las tareas que hicieran falta. Al tiempo que depuraba el concepto de piezas ya concebidas y componía otras nuevas, probaba diferentes formatos sin ningún temor a que resultara un álbum heterogéneo, parecido a los que suele grabar uno de sus referentes, el guitarrista brasileño Guinga.

Lo primero que suena es Gustavo Márquez (C4 Trío, Aquiles Báez Trío) jugando con los armónicos de su bajo. Y muy pronto se le une Molina con una melodía y un ritmo de onda nueva, a puro cuatro, que el artista halló en una casa bonita y apacible en la que vive su madre en Mérida. A través de los sonidos, trata de describir sus espacios. Por eso bautizó la canción con el nombre del sitio donde encontró la inspiración: “La casa amarilla de El Entable

La primera es la única pista del álbum que fue grabada en simultáneo, a la antigua. Todo lo demás fue construido a retazos, como una edificación virtual. Los fragmentos llegaron desde Miami, Nueva York, Buenos Aires, Basilea (Suiza), Valencia (España), Guadalajara (México) y Guatire, y todo confluyó allí, en esos 50 y tantos minutos de música, lo cual no deja de ser alegórico de la intensa diáspora venezolana de esta época.

Giros es también un álbum familiar, porque están allí retratados sus afectos. Por ejemplo, están presentes los ensambles a los que pertenece. “Lunas en semiluna” es interpretada por Arcano, agrupación que hacía tiempo que no entraba al estudio. Este merengue caraqueño romántico, una de las canciones que Héctor dedica a su esposa Yaritzy, supuso una investigación. El oboísta Andrés Eloy Medina le pidió que escribiera música para el oboe de amor, instrumento poco usual cuyo registro se ubica entre el oboe y el corno inglés, y ésa fue su respuesta.

C4 Trío, ensamble por el que Molina es más conocido, destaca en “Incertidumbre”, primer tema inédito de la agrupación en casi cinco años  (¡primicia: ya tienen un álbum “casi listo”!). Se trata de un tema taciturno, reflexivo, una onda nueva sin apuro con cuatros procesados, cuyo título fue sugerido vía Instagram por el maestro César Alejandro Carrillo (Orfeón de la UCV).

Los Sinvergüenzas, el otro combinado al que pertenece Molina, suena en “Los Molicasa”, dedicada a su familia nuclear -los Molina Casanova- que a él le suena como esa danza zuliana alegre, amorosa, con una sección más bien nostálgica que no tarda en abrirle paso, de nuevo, a la alegría. La flauta de Raimundo Pineda, como siempre, embellece el aire.

A otro tema le llamó “Los Moliguti”, por sus tíos y primos que lo recibieron en Caracas cuando se fue allí a estudiar, como muchos jóvenes de la provincia. La tocó acompañado por la trompeta de Noel Mijares y el saxo de Héctor Hernández (Desorden Público, Quintillo Ensamble) y el trombón de Joel Martínez, pero la grabó también en formato de guitarra solista, lo cual es una novedad para él. La otra en modo unipersonal, que cierra el álbum, sí la hizo como cuatrista y es “Cenén”, dedicada a su madre. Entre carcajadas de alivio, dice que con esa pieza, especialmente, cumple con un enorme compromiso (y se evita reproches).

Andrés, hijo de Héctor Molina, tiene el gran privilegio de tener una canción dedicada a él, únicamente a él, tocaba por padre y madre. “Canción para Andrés”, que es como un descanso en el álbum entre tanta onda nueva y joropo trancao, interpretada por Molina en guitarra y Yaritzy Cabrera, la misma de los “Lunares en semiluna”, en flauta.

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De la anécdota al experimento

58 Grafton Way” es la dirección de la residencia de Francisco de Miranda en Londres. Es, además, la pieza más experimental del álbum, que surgió en una estancia del artista en la ciudad inglesa para una presentación en el Bolívar Hall, sala de conciertos de la embajada venezolana. Es una gaita de tambora entrecortada y enrarecida, pensada como un capítulo jazzístico de improvisación de largos compases. Yonathan Gavidia y su percusión se encargan de sembrar bien profundo la raíz tradicional, mientras que su sección de metales (Mijares-Hernández-Martínez) se la llevan al world music; a todos los sitios, o a ninguno.

Luz de 5” es otro capítulo jazzístico. El cuatro de Héctor Molina, esta vez procesado, se hace parte de un jazz trío. Lo que vendría a ser el Aquiles Báez Trío, pero sin Aquiles: Adolfo Herrera (batería) y Gustavo Márquez (bajo). Y curiosamente, el ex contrabajista del Aquiles Báez Trío, Roberto Koch, participó en “Sinvergüenzuranzas”, pieza que Molina extrajo del repertorio de Los Sinvergüenzas para rehacerla con el gran trompetista Francisco “Pacho” Flores, el maraquero Manuel Rangel y el mandolinista Jorge Torres. La canción está inspirada en el atardecer cautivador que se observa en la Cota Mil, la avenida que bordea el cerro Ávila, cuando se recorre a cierta hora de la tarde en dirección al oeste de Caracas.

Yari”, otra dedicada a su esposa, que ya fue parte del álbum de C4 Trío Entre manos(2009), pasó por una metamorfosis. Molina buscó la ayuda del letrista Henry Martínezpara unos versos que fueron cantados por José Alejandro Delgado, invitó a Federico Ruiz para que se encargara del acordeón y, además, le hizo un arreglo para la Camerata Solista (ocho violines, dos chelos, una viola y un contrabajo), agrupación perteneciente al Sistema de Orquestas de Venezuela, llevados por la batuta del director orquestal Christian Vásquez.

Alguna vez, Molina también perteneció al Grupo Instrumental de Cámara Multifonía, cuyo sonido intentó recrear. Lo hizo usando un fragmento de una Suite Latinoamericanaque presentó en 2010 al Concurso de Composición José Fernández Rojas, celebrado en La Rioja (España), en el que obtuvo el segundo lugar. De la suite, compuesta de tango, bossa y joropo —recorriendo el continente de sur a norte—, tomó el tercer movimiento y lo grabó con mandolina, mandola, maracas, contrabajo y él tocando la guitarra.

Debutante experimentado

Hablar de debut cuando se trata de Molina, integrante del C4 Trío, es sólo una travesura. Con el laureado ensamble de cuatristas, donde comparte con Jorge Glem y Edward Ramírez, todos formados en el Instituto de Estudios Musicales de Venezuela y todos finalistas del Festival La Siembra del Cuatro, ha grabado cinco álbumes, incluidos el que hicieron en compañía de Gualberto Ibarreto (nominado al Latin Grammy), el otro con Rafael “Pollo” Brito (ganador del Latin Grammy) y un tercero con Desorden Público (nominado al Grammy, al estadounidense, al más difícil). Otros cuatro discos los grabó como miembro del ensamble Los Sinvergüenzas.

En su carrera, que comenzó desde muy joven -ya en los años 90 andaba de gira dentro y fuera del país con los Niños Cantores de Mérida y la Estudiantina de la Universidad de Los Andes-, ha sido parte de las agrupaciones Arcano y Pepperland, que “criolliza” canciones de The Beatles.

Giros era una materia pendiente de Molina desde hacía mucho. La naturaleza colectiva de su álbum es reflejo de cómo ve la música. Sin embargo, confiesa, aunque antes sentía que no tenía un repertorio completo de cuatro solista, suficiente como para grabar un álbum entero, ahora está seguro de que sí. Ya veremos… y oiremos.

 

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