Disco

Marina Bravo: La Garza Perdida encontró su camino

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Por Gerardo Guarache Ocque

A Marina Bravo siempre le gustó Garza perdida, una canción de Leonardo Amuedo y Joao Mendoza que Dulce Pontes incluyó en O primeiro canto, su álbum editado en el año 2000. No sospechaba la joven Marina en sus tiempos de integrante del Orfeón de la UCV, de cuando data su pasión por esa música y esa letra, que ella misma vestiría su contenido. No sabía que el norte se le volvería difuso. Ni que a fuerza de canto retomaría su camino y lo anunciaría con un álbum que llevaría precisamente ese título.

Garza perdida (2019), segundo álbum del catálogo en solitario de Bravo, es la celebración de un regreso —aunque realmente nunca hubo una partida—. El disco tomó el título de la canción portuguesa porque subraya un sentimiento que se cuela entre las 11 pistas. Es un himno entrañable a la persistencia que la artista le canta a su público, pero al mismo tiempo se canta a sí misma, como quien se da ánimos en momentos de adversidad: Y así volveré/ a cruzar este cielo y este mar./ Volaré sin parar/ a cruzar la tierra entera.

La mera grabación de la pieza representó un atrevimiento. El arreglo se concibió sólo para voz y mandolina, un instrumento melódico que suele requerir de algo más para que la canción se sostenga, sea un bajo, un piano, una guitarra. Pero resulta que el mandolinista fue el virtuoso Jorge Torres, quien construyó un base sublime desde las 10 cuerdas de su instrumento —la de él tiene dos más que la mandolina estándar, a la usanza del maestro brasileño Hamilton de Holanda—.

La voz de Marina es de esas que no necesitan vestirse mucho. Mejor dejarla así, semidesnuda. En Garza perdida se muestra a plenitud, exhibiendo sus sutilezas y también, aunque no sea su recurso más habitual, su potencia. En un momento deja correr todo el aire desde sus pulmones y, al siguiente, recurre a un falsete que suena como la flauta más dulce; como una caricia que derrite.  

Marina Bravo junto a Los Sinvergüenzas en Guataca Nights Miami. Foto: Archivo Guataca

Marina Bravo junto a Los Sinvergüenzas en Guataca Nights Miami. Foto: Archivo Guataca

Con Torres, también grabó Pesca y ruego, un punto y llanto que cuenta una historia a orilla mar, de la península de Macanao, Margarita, pero que es la historia de la separación momentánea de muchas familias, acaso todas. Amanecía cuando su autor, Ibrahim Bracho, vio a un pescador que se despedía de su esposa e hijos antes de irse a una faena de meses. Bravo adaptó la letra, se la apropió, pero el espíritu es el mismo: Cuando sales a pescar, ruego a la virgen del Valle/ porque en el mar no se sabe si tú puedas regresar.

El minimalismo, de pronto obligado por circunstancias, se convirtió en concepto. Los pequeños formatos le sientan bien a la cantante. Su voz evocó a Alfonsina y el mar, un clásico latinoamericano, una zamba argentina de Ariel Ramírez y Félix Luna que cuenta, desde la metáfora, el suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. “Quise darme el gusto con una de esas canciones de siempre”, dice Marina, quien se acompañó con la guitarra de Héctor Molina, conocido como cuatrista, miembro del C4 Trío y del ensamble Los Sinvergüenzas.

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Mucho ha pasado en la vida de Marina Bravo desde aquellos días en los que cantaba Alfonsina y el mar en los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. No sólo grabó tres álbumes con Pomarrosa, un proyecto musical de la Fundación Bigott que la unió a Zeneida Rodríguez. También participó en obras de teatro como Fango negro, que, en lugar de las tablas, representaba el drama en un autobús, en la calle, en un bar. Grabó su primer trabajo, De donde vengo (2010), y realizó una gira que llamó Canciones de aquí y de allá, que la llevó por ciudades como Margarita, Maracaibo, Mérida y San Cristóbal.

Entre su primer álbum y Garza perdida, Bravo se enamoró, se casó y se hizo madre. Se mudó a Margarita a cristalizar proyectos, uno de ellos su vuelta a la radio, que chocaron contra la muralla de la catástrofe venezolana del siglo XXI. Murió su padre y, más tarde, su madre. Ella volvió a la capital en 2016 buscando reencontrarse con aquella misma garza que no paraba de cantar y actuar. Y con Héctor Molina comenzó desde cero a construir lo que, después de muchos cambios y de sortear obstáculos asociados al deterioro general de la vida en el país, se convirtió en esta placa celebratoria. En medio del proceso, entre otras actuaciones, ofreció un concierto en Guataca Nights Miami en septiembre de 2018, acompañada por el ensamble Los Sinvergüenzas.

De unos conciertos inspirados en música peruana que ofreció con César Gómez y Aquiles Báez, uno de ellos en el Festival Caracas en Contratiempo, Bravo escogió dos canciones y las pasó por el filtro de su nuevo concepto. Una de ellas fue Chabuca limeña, dedicada por Manuel Alejandro a la gran cantante peruana Chabuca Granda. La otra, Azúcar de caña, un landó peruano, es la pieza más movida del repertorio, que sirve de puerta al disco con dulzura y ritmo. Otro landó llamado Tú primavera fue escrito por Báez, quien además grabó una guitarra de forma magistral, como es costumbre.

Marina se pasea por varias fases del amor y el desamor. Del romance a la antigua de Usted, el bolero de Luis Laguna, pasa a la ruptura amigable de No voy a quedarme, un bambuco colombiano de Doris Zapata que llevó al estudio con el percusionista Javier Suárez y con Edwin Arellano, quien se encargó del tiple y el bajo. Y de allí, llega al despecho de Barco de papel, un doloroso vals venezolano que escribió con Alicia Dávila: Con besos y caricias hice un barco de papel/ que ahora sale a navegar por los cauces del recuerdo.

Dos canciones muy venezolanas van una detrás de la otra. Bravo escogió la Tonada en melancolía, de César Gómez, la misma que grabó Luis Enrique con C4 Trío, y la hizo con el propio Gómez (cuatro), Luis Freites (contrabajo) y un cuarteto de cuerdas. Es la canción en la que participan más músicos. Le sigue Ese corazón, otra de sus composiciones en colaboración con Alicia Dávila, en la que se acompañó únicamente por el piano de Édepson González. Es un merengue caraqueño muy delicado, del que destila el deseo cándido de volver a enamorarse. De volver a creer como lo hizo cuando decidió que era hora de volver al estudio a dejar un registro de sus sentimientos.

V-Note Ensemble: La V de Venezuela armonizando en California

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Por Gerardo Guarache Ocque 

El V-Note Ensemble es el retoño de una pasión. La pasión que acompaña cada arpegio de Jackie Rago, una multiinstrumentista caraqueña que comenzó a los 4 años de edad una carrera sin descanso por los entresijos de la tradición sonora de su país y que, al marcharse de Venezuela, mucho antes de que la palabra ‘diáspora’ se instalara en nuestra jerga, se llevó esos ritmos en una maleta porque no se concebía sin ellos.   

Rago, ejecutante del cuatro, la bandola y la mandolina y percusionista formada por maestros como Alexander Livinalli, no encontraba, en el rincón de California en el que se estableció, compatriotas para contar tres y comenzar un joropo, un merengue caraqueño o una onda nueva. De modo que contagió a sus colegas estadounidenses y logró el milagro: ellos también se enamoraron.  

Primero, la semillita criolla germinó en la costa oeste de Estados Unidos y dio origen a The Snake Trío, una agrupación que, después de dos álbumes, se desarrolló como una crisálida que se convierte en mariposa y devino en el V-Note Ensemble para insistir en el mismo experimento: pasar la materia prima del folclor venezolano por un barniz de jazz y música contemporánea.

Conexión (2019), tercer trabajo del ensamble —aunque bien podrían sumarse a la lista los otros dos del Snake Trío— refleja un acercamiento hacia la música venezolana que no es superficial. No es el capricho de un curioso que prueba la temperatura del agua en la playa sumergiendo los dedos de los pies. Es más bien una inmersión, un chapuzón, un clavado a cuerpo entero que no se conforma con el repaso de estándares sino que propone ideas nuevas.  

La agrupación se alimenta de composiciones inéditas que aportan, en su mayoría, Rago y la estadounidense Donna Viscuso, flautista, saxofonista y principal aliada de la caraqueña en esta misión que ya lleva más de 16 años en marcha. En la formación están también Daniel Feiszli, un bajista que ha tocado con gente como Raoul Midon, Julio Iglesias y Raúl Di Blasio, responsable de una base particularmente elegante; y Michaelle Goertlitz, una percusionista que, a pesar de que respeta los patrones formales, reviste el sonido de cierto cosmopolitismo.

Viscuso es autora de Pensivity, un merengue caraqueño lento pero merengue al fin, creado en compases de 5 por 8; esa estructura estrictamente venezolana con un frenadito pícaro que suele poner a solfear a músicos extranjeros. También aportó un chacha llamado Chasing Spring, que pone de relieve sus colores caribeños. Rago, desde las cuerdas de su cuatro, es la encargada de espolvorearle la esencia de venezolanidad. 

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En sus dos trabajos anteriores, Rago había compuesto sendas suites: una de merengue para The V-Note Ensemble (2009) y otra llamada jazz-nera para Urbano (2014), con arreglos de ella junto con Viscuso y Sam Bevan, ex bajista del grupo. Esta vez, la suite se concentró en la costa afrovenezolana y ató un golpe tradicional originario de Todasana, estado Vargas, titulado Mono mono (en el que participó como invitado el percusionista Yonathan Gavidia), con un canto de sirena de Llamado a San Juan (en la voz de Rago) y un sangueo que llamó Venezuela Venezuela. Allí resalta y emociona, como es costumbre, la voz de Betsayda Machado.

Venezuela Venezuela la compuse como protesta —cuenta Jackie Rago—. Pero decidí ser más positiva que otra cosa. Es una canción nostálgica que me recuerda su playa, su brisa, su gente, su belleza natural. Me recuerda su música, con cumacos y maracas. Tocamos ese ritmo de la costa, que es tan sabroso, pero tratando de llamar la atención por lo que está pasando ahora”.

Los dos temas conocidos de Conexión, que vistieron el traje dual de elegancia y exotismo del V-Note Ensemble, son And I Love Her, de Lennon y McCartney, que se va pasando el switch —sin que se sienta una fractura— del vals al joropo y después a la onda nueva; y Blue in Green, de Miles Davis, cuya adaptación al merengue venezolano fue idea del bajista, Dan Feiszli.  

Red Gladiolas es una de las joyas más brillantes del disco. Es una pieza de Rago inspirada en la música de Aldemaro Romero, tocada con bandola a dedo limpio —sin púa, como suele tocarse—, que pareciera idónea para comprender el concepto del ensamble. Su autora dice que siempre tiene gladiolas en casa porque “traen color, alegría y son vibrantes”. Lo mismo podría decirse de su canción.   

Foa Aissim guarda una historia agridulce de fondo. Es una obra que sufrió una metamorfosis. La composición original de Erika Luckett, gran amiga de la agrupación, fue escrita como choro brasileño, pero ellos decidieron adaptarla nota por nota a los rigores de un merengue venezolano. Luckett se había mudado a Ohio para un tratamiento contra el cáncer y, sin planificarlo, llegó de visita a California precisamente el día en el que el V-Note grabó su creación. Meses después murió, y allí quedó esa simpática tercera pista del disco, perpetua, en su honor.

Calip-Swing responde exactamente a lo que su título sugiere: combina el desparpajo del calipso con la prestancia del swing. Es una colaboración de Rago y Viscuso que terminó en la voz de la invitada Anna María Violich, una cantante que, por su origen guayanés, a ellos les pareció perfecta para interpretar esas líneas carnavalescas que cierran el álbum con los ánimos arriba.

“Yo seré una estudiante de la música venezolana hasta que me muera”, confiesa Jackie Rago, motor de un ensamble que encara lo criollo como si fuera una sonata de Brahms. Una amiga suya definió la música del V-Note Ensemble como pop chamber music, y a ella le gustó tanto la etiqueta, que promete usarla en el futuro: Música popular de cámara.

Esa sutileza, ese equilibrio entre la rigurosidad académica y el desparpajo de lo autóctono, fue lo que convenció a un productor llamado Phil Lewis, que un día los vio tocar y les ofreció grabar el álbum al que dedicamos estos párrafos. Es un representante de The Maginus Project, una organización sin fines de lucro que apoya grabaciones de altísima calidad que suponen un aporte cultural significativo a Estados Unidos. Así fue como Rago, Viscuso, Goertlitz, Feiszli y sus colaboradores llegaron a los estudios Fantasy Records de California a registrar otro ejemplar de su particular lectura de la música de Venezuela.

Voy: un viaje en la voz de Nella

Por Gerardo Guarache Ocque 

Viernes 31 de mayo de 2019. 8:45 am, hora de España. Los pasajeros se abrochan los cinturones para volar de Madrid a Lisboa en un Airbus de Iberia, que celebra 80 años de una ruta que significó el primer vuelo internacional en la historia de la aerolínea. En los asientos, cada quien encuentra un ejemplar de Voy, el álbum debut de Nella Rojas, la margariteña de la voz quebrada que más tarde, a 10 mil pies de altura, sorprenderá a todos porque cantará en directo allí, en un pasillo de avión convertido en escenario, acompañada por Javier Limón, su productor, autor de las canciones y cómplice de aventuras.

Voy es un viaje. Un viaje del Caribe a la península ibérica y de regreso. Algunas canciones están más cerca del trópico, de las costas venezolanas, de su Margarita del alma o hasta de Cuba. Otras parecieran aproximarse a las costas andaluzas, esas que por más de siete centurias fueron de dominio árabe. Voy es una obra dulce y melancólica. Un álbum que deja la sensación de una caricia, que respira la nostalgia del pescador cuando admira esa línea fina en la que se juntan el cielo y el mar y, además, deja en la boca el sabor del agua salada después de un día de playa. 

La más antigua de las canciones es Fin de fiesta, una copla que acercó a Marianella Rojas a Javier Limón cuando ella era estudiante en el Berklee College of Music de Boston, donde el productor español es catedrático, y que encajó en el concepto que estuvieron construyeron durante dos años para este nuevo trabajo.

De resto, todas las canciones las escribió el andaluz pensando en la voz de Nella, estudiándola, incluso procurando verbalizar sus pensamientos. Vía whatsapp, durante más de un año, le estuvo enviando fragmentos de letras y melodías para que la intérprete se las apropiara y participara del proceso creativo. El primer resultado le sirvió de tarjeta de presentación: Me llaman Nella fue el primer sencillo publicado hace más de un año. Recientemente, lanzaron la que da título al álbum, Voy, una pieza que ejemplifica la fusión musical, casi indivisible, que lleva elementos flamencos, son y espíritu caribeño, una pizca de jazz y un sutil barniz pop.    

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Venezuela está muy presente en Te dirán. Con ella, Nella cumplió uno de sus sueños de siempre: invitó para un dueto al cantautor Ilan Chester, que le envió su parte desde La India. También destaca el cuatro del cumanés Jorge Glem. Es una pieza entrañable, melódicamente curiosa, sobre un amor imborrable: escribo tu nombre cada día en la arena/ el agua viene y va/ pero tu nombre se queda. Cada vez que Nella la oye, le brotan las lágrimas de la emoción.

Volver a mi tierra es otro de los abrebocas ya conocidos. Un tema que expresa el anhelo de la intérprete y de millones de venezolanos que han dejado su casa en medio de una profunda crisis económica, social y política. En un videoclip, personalidades de la actuación como Ana María Simon, Mariaca Semprún, Prakriti Maduro, Jean Paul Leroux y Pastor Oviedo, la Miss Universo Dayana Mendoza, sus colegas de la música Ana Carmela Ramírez, Linda Briceño y muchos más, le cantaron desde el extranjero junto a ella, con amor y dolor, a Venezuela.

Una y otra vez, en la que colaboró la modelo y cantante sevillana Alba Molina, es una de las piezas más logradas del álbum. Posa sublimes melodías sobre un groove moderno. Su contenido es sufrido —es una ruptura, un despecho, los buenos recuerdos que queman— pero todo se hace llevadero gracias a armonías delicadas y un beat que incluso llama al baile, aunque no tanto como Por verte otra vez, la más caribeña, la única con arreglos de metales y solos de trompeta.

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Pero hoy es un cambio de velocidad. Una copla de añoranza por tiempos que pasaron. Quizá de la infancia, quizá de un viejo amor o de un ser querido que se fue. Quizá del país que quedó atrás pero persiste en la memoria del exiliado: Pero hoy, ahora, en este preciso instante, sólo pienso en ti si canto, dice el coro. Son canciones que, realzadas por la voz de la margariteña, se meten bajo la piel, castigan y alivian a la vez, como Tantas y tantas cosas o Ángel caído, otras dos del repertorio.

La gran rareza entre las 13 canciones que componen el álbum es 1000 miles, no sólo por ser la única en inglés o por ser la única que no escribió Limón: esa pieza la creó David Trueba, escritor y cineasta, hermano de Fernando Trueba, conocido por Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), la película basada en la visita que hizo John Lennon a Almería, España, siendo un beatle en 1966, en rol de actor.

A un lado, fuera del disco y en la banda sonora de la película Todos lo saben del iraní Asghar Farhadi, quedaron otras joyas que Nella Rojas grabó en este primer capítulo de su carrera profesional. Es notable la evolución de la artista, egresada de Berklee, que hizo viral una versión a capella de La Negra Atilia de Pablo Camacaro y Henry Martínez. Ahora, en medio de una curva hacia la madurez, le espera una larga gira por España y Estados Unidos para presentar su álbum debut con el sello Casa Limón. Una gran promesa artística acaba de despegar. Y cuando ella dice Voy, todos quieren ir con ella.