Noches de Guataca

Erlán recreará el sonido venezolano de los 70

WhatsApp Image 2019-10-16 at 2.28.17 PM.jpeg

El cantante Erlán Faneite presentará su espectáculo Venezuela: Antología de una década, en el que interpretará una importante selección del cancionero tradicional de los años 70, el próximo 27 de octubre a las 11:00 am en el epicentro guataquero: el Espacio Plural del Trasnocho Cultural.

En su paso por nuestra plataforma, el artista interpretará canciones de Luis Mariano Rivera, Manuel Graterol “Graterolacho”, Simón Díaz, José “Pollo” Sifontes, Enrique Hidalgo, Carlos Bonet, Chelique Sarabia, Constantino Ramones y Juan Bautista Plaza, así como algunas recopilaciones —de autoría anónima— del folclor nacional.

Erlán, intérprete que se formó con maestros de la talla de Aida Navarro, Luis Gilberto Aristigüieta, Mariela Valladares y Alma Luz Leal, estará acompañado por Francisco Rojas y su ensamble.

El viaje de Erlán Faneite a la Venezuela de los años 70 desde la plataforma guataquera será el próximo 27 de octubre, a las 11:00 am, en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural. Para más información, visitar nuestras redes sociales @GuatacaOficial (Instagram y Twitter) y Guataca (Facebook y Youtube).

Constanza y Fernanda: música de hermanas

Las gemelas Constanza y Fernanda Cegarra en el escenario de Noches de Guataca. Foto: Archivo Guataca

Las gemelas Constanza y Fernanda Cegarra en el escenario de Noches de Guataca. Foto: Archivo Guataca

Por Adriana Herrera

Si hacen una búsqueda rápida en YouTube y colocan exactamente ‘Fernanda y Constanza Cegarra’ —así o al revés—, van a aparecer dos videos, quizá tres: Constanza tocando el piano, hace varios años ya, en un registro tembloroso captado por su hermana gemela; Fernanda entonando una ranchera en una reunión familiar. Videos sencillos, necesarios para el recuerdo. Pero no hay una grabación de ese día de mayo en Bello Monte, en Caracas, cuando Ciudad Laboratorio con Cheo Carvajal en la batuta, hizo el experimento de retomar las calles y llenarlas de música, de luz. Porque fue justo ese día cuando Aquiles Báez invitó a cantar a las hermanas Constanza y Fernanda e hicieron el pacto: eso no se podía quedar ahí, eso que habían vivido tenía que convertirse en una Noche de Guataca. Cuatro meses después, se encontraron en la Sala Plural del Trasnocho Cultural, con todas las butacas llenas y el aplauso sostenido de emoción.

Fernanda Cegarra. Foto: Archivo Guataca

Fernanda Cegarra. Foto: Archivo Guataca

Era la primera vez que las hermanas hacían esto: anunciar un concierto, armar un repertorio solo para ellas. A ese encuentro de domingo lo llamaron Hel’manas porque así se dicen de cariño, de juego. Si iban a cantar, entonces tenían que apelar a todo aquello que les fuese cercano para que el escenario se ajustara a sus nervios de estreno, para que las notas estuvieran bien puestas. No era difícil. Las hermanas crecieron en un hogar donde la música estaba implícita. Sus padres, María Fernanda Montero y Julio Cegarra, son músicos natos y de ellos fueron aprendiendo la disciplina de cada nota, la constancia del compás. Así que cuando les tocó decidir qué llevar a esa guataca, no había otro camino posible: querían interpretar la música con la que han crecido y eso las paseaba por el bolero y el jazz, por bulerías y tonadas; pero también por sonidos más cercanos a sus 19 años que les imprimen a cada una otra manera de sentir la música, de distinguirlas fácilmente sobre el escenario, aunque sean tan iguales.

Ese domingo de Guataca las encuentra con nerviosismo y respiraciones profundas. En pleno ensayo, Constanza tiene ganas de llorar del susto, se persigna antes de interpretar un tema y le hace señas a su hermana para que se cuide la voz cuando la desliza hábilmente sobre un agudo. Fernanda pregunta si el piano se escucha bien, si la guitarra está afinada. Pide que su voz no tenga mucho eco porque las armonías pueden mezclarse y sonar muy mal. Su padre, Julio, está en la percusión y las observa callado, concentrado. Su madre, María Fernanda, está en el violín y va de un lado a otro conteniendo sus nervios. Aquiles está en la guitarra, Fernando Rodríguez en el cuatro, Fabio Páez en el piano, Luis Freites en el bajo y Germán Domador en la caja y percusión. Todos se abrazan detrás de la cortina negra, en el momento justo que dan sala y Aquiles busca, desesperadamente, su café. Siempre es curiosa esa suerte de aislamiento detrás del escenario, el hablar bajo, el conseguir la concentración y alejar el susto, el escuchar el murmullo de quienes van llenando las butacas y no creerlo. Por un breve instante, no creerlo.

Cuando los siete músicos aparecen en escena y Constanza y Fernanda los secundan, el aplauso es emocionado y así calan las primeras notas de Tú sí sabes quererme, de Natalia Lafourcade, que termina con sus palabras agradecidas por la sala llena, por la alegría que sienten de convertir un sueño en una oportunidad. Pero eso apenas fue un abreboca. El paseo musical de sus recuerdos se remonta a un bolero interpretado por Fernanda, un género que es parte importante de su adolescencia. Lo siente y por eso el Alma mía de María Grever le sale sutil por la garganta y conmueve a todos. Ante cada canción, una historia, un recuerdo, como el de Constanza evocando a su padre enseñándole las notas de Acidito en el piano, un tema que ella escuchó por primera vez en ese disco grabado por los Aquiles –el Báez y el Machado- y que ahora trae al escenario para cantarlo emocionada.

Eso. La emoción las acompaña durante las casi dos horas de concierto. Se permiten llorar, recordar, soñar, aunque eso les quiebre la voz y tengan que abrazarse de tanto en tanto diciéndose al oído: “Estamos juntas, hel’mana”. Así van construyendo su música y entonces Constanza sorprende con su versión de La negra Atilia que alguna vez le escuchó cantar a Nella Rojas, y Fernanda hace referencia al cine y cómo la música la eleva a veces sin siquiera saber de qué trata eso que está por ver. Así se anima a cantar Mañana de carnaval en portugués y Omar Sharif en inglés, solo con el piano y el violín de fondo. Pero cuando Constanza hace una pausa para contar cómo les duele el exilio, cómo les pesa la distancia de la gente que quieren, casi no alcanza a terminar La despedida, de Aquiles Báez, quien la acompañó con la guitarra. Lo mismo ocurre con Derecho de nacimiento, de Natalia Lafourcade, que las planta con sus 19 años sobre un escenario en el que intentan rescatar valores con su música.

Constanza Fernanda. Foto: Archivo Guataca

Constanza Fernanda. Foto: Archivo Guataca

Así siguen. Se pasean por una bulería, Constanza baila, Fernanda aplaude y luego se queda a solas con su guitarra interpretando un tema de Pablo Alborán que está grabado en su recordatorio musical más temprano. Solamente tú la canta para ella misma, como quien le canta al viento. Y justo después, Sueño de una niña grande, de Aldemaro Romero, que no podía faltar a la cita. Cierran con Tonada de luna llena de Simón Díaz, a dúo. Es un final de concierto emocionante, el público se pone de pie, ellas se abrazan, agradecen, sonríen, aplauden también. Y todos saben que hay un tema más, que no es posible esa despedida, y entonces cierran con un algo de Rawayana, la banda favorita de Constanza, que las hace bailar y aplaudir y despedirse contentas.

Y después de esto, ¿qué? “Mañana hay clases”, dice Fernanda entre risas, después que todos ya se han ido de la sala y ella aún está tras la cortina negra sopesando la adrenalina. Estaba lista para comenzar sus clases de Arte en la Universidad Central de Venezuela y Constanza para hacer lo propio en Comunicación Social. Vendrán más conciertos, lo saben, pero por lo pronto lo que importaba en ese instante era la emoción de ese domingo, la música que hicieron juntas, como músicos, como hermanas, por primera vez ante un público que se los agradeció con aplausos y abrazos, con la certeza de que ahora es que queda mucho más por ver y escuchar.

El día que Belkys se sintió como en casa

Belkys Figuera en Noches de Guataca. Foto: Archivo Guataca

Belkys Figuera en Noches de Guataca. Foto: Archivo Guataca

Por Adriana Herrera

Tres semanas antes, Belkys comenzó a ensayar la guataca. No estaba en sus planes, pero un día Aquiles (Báez) le sugirió que se atreviera como solista y fue por eso que ella reunió a su familia, armó un repertorio y comenzó a ensayar tres veces por semana antes de ese domingo por la mañana en el que la Sala Plural del Trasnocho Cultural se llenó de amigos, de más familiares, de un público que la sigue desde hace más de 10 años. Era tanta la novedad, aunque el escenario no le era ajeno, que a Belkys Figuera se le quebró la voz cuando quiso saludar. Entonces, los aplausos la arroparon.

La voz de Belkys se dejó escuchar, a capella, detrás de la cortina negra, cuando los músicos ya estaban en escena. Eran diez sin contar a Belkys, quien salió vestida entre amarillo y negro. Justo después, dijo: “Tengo ganas de llorar”. Y lloró. Estaba en casa, entre familia. Su hermana Milagros se encargó del cuatro, la bandola y de poner su voz; su hija Ivanna Lira estaba en los coros y saltó a frente del escenario en algún momento para encantar con sus matices; su prima Gerónima se lució haciendo coros. Su esposo Iván Lira, en la percusión, y los amigos también. Sí, Belkys Figuera estaba entre familia. Era como lo quería.

_26A0886.JPG

Su repertorio era un cúmulo de recuerdos. Un paseo por los rincones de su casa, de las noches en la bahía de Cata, de los sonidos del tambor, de los afectos. Si iba a cantar sola por primera vez, Belkys quería asegurarse de traer al escenario la música que la formó. “El canto me hacía más fácil comunicarme con las personas”, dijo cuando le pusieron un furruco al frente, ese instrumento tan grave, tan profundo que acompaña su voz al ritmo de sus manos y que es parte de ella. Y el furruco estaba allí porque quiso comenzar con La Caraqueña, un aguinaldo para recordar que fue Miguelángel Pastrán quien le enseñó a cantarlos.

Por momentos, Belkys no se cree que la sala está llena. Que hay gente allí aplaudiendo y compartiendo su emoción. Cuando reconoce algún rostro entre el público, se sorprende, saluda, agradece. Le dedicó Nostalgia Andina a su profesora de canto y Criollísima a su madre, Petra Tovar, porque ese merengue venezolano de Luis Laguna se le parece a ella. La evoca y se le quiebra la voz.

Muchas cosas pasaron en el escenario. Como ese instante en que Belkys dejó a los músicos solos y se fue detrás de la cortina negra para después asomarse con curiosidad y risa a ver cómo habían armado un bochinche con Mi Caracas, un merengue de Milagros Figuera, su hermana, que puso a todos a bailar y que trajo ante el público a bailarines vestidos de ciudad de antaño que invitaban a unirse al coro de Caracas, Caracas, yo te quiero, mi Caracas. Pasó también que cuando Ivanna, su hija, interpretó Recuerdos en Jota e inundó la sala con su voz, Belkys contó que ella no la enseñó cantar, que aprendió sola y de algún lado del público se escuchó eso de que hijo de gato caza ratón. Y también ocurrió que cuando los bailarines volvieron a escena para un joropo, Belkys bailó también ese Entreverao, aunque luego de los nervios y la emoción se le olvidó que lo había hecho y lo quería cantar y bailar otra vez.

_26A0763.JPG

A ese ritmo, Belkys llegó a Ojos color de los pozos, poema de Alberto Arvelo Torrealba convertido en pasaje. Lo hizo con honestidad, al confesar que es un tema difícil, que se le puede olvidar la letra y por eso prefiere leer y dejar que la voz haga lo suyo. Porque eso fue lo que hizo Belkys en su concierto: ser honesta con sus emociones, con sus recuerdos; como cuando quiso contar que en el pueblo de Cata, al que está tan arraigada, sólo se escuchaba en la radio las emisoras de Puerto Rico tan llenas de plenas, sones y boleros. Esos sonidos educaron su oído, más el tambor, y es por eso le salieron arreglos de parranda y bolero como Tu voz, que interpretó con entusiasmo para hacer más que un susurro de palmeras, como dice la canción. Canción que, por cierto, le dedicó a su tío Pedro, que le insistía en ponerla a escuchar temas del Gran Combo de Puerto Rico.

Cosas así pasan cuando te sientes como en casa, en familia. Belkys rinde honores a San Juan, el escenario se llena de tambores, de calipso, se vuelve colores y gente que baila de un lado a otro. El público se entusiasma, aplauden con ritmo, los tambores cubren el lugar, un niño le entrega flores, todos mueven los hombros, le cantan a San Juan, no se acuerda si cantó el Entreverao, no se quiere despedir, no sabe cómo asimilar lo que está cantando y sintiendo porque la emoción le gana; canta La mujer del campo y recuerda que es uno de los temas que más le piden; vuelven los bailarines y de repente ya no se van más. La casa está llena: de familia, de amigos, justo como ella quería para recordar su música y enaltecerla.

Las momias de Km2Blues

Por Lizandro Samuel
Fotografías: Nicola Rocco

“¿Nadie tiene champagne?”, pregunta Gonzalo Micô. Cabello blanco, algunas arrugas, lentes oscuros, andar pausado: luce como todo un veterano del jazz. “¿¡Champagne!? ¡Pero si son las diez de la mañana!”, responde, sonrisa de por medio, la hija del bajista Manaure Trujillo, quien permanece sentada, al lado de su madre y sosteniendo su violín, mientras su papá y el resto de Km2Blues hace la prueba de sonido.

“Ah, el champagne es como el agua: uno la puede tomar a cualquier hora”, remata Gonzalo, director de la agrupación. El par de mujeres ríen y Gonzalo vuelve a concentrarse en su guitarra. Willy Díaz prueba la betería, la vocalista, Yareli Trujillo hace lo propio con su micrófono, Manaure sigue concentrado en el bajo. El Espacio Plural del Trasnocho, que recibirá una nueva sesión de Noches de Guataca, es tomado por veteranos que ya dejaron la juventud de cuerpo atrás, pero cuya jovialidad artística se mantiene momificada.

Un par de niños pequeños revolotean entre las sillas. Uno es el hijo del maestro Aquiles Báez, el crack musical que está frente a Guataca, echa una mano en la prueba. Su presencia termina de darle un aire señorial al ambiente. La buena música estará garantizada.

Gonzalo 0.jpg

Llega la hora de inicio: son las 11:00am del domingo 30 de septiembre. La gente comienza a sentarse. Las luces bajas combinan con el negro que predomina en la banda. El show se llama El Enigmático Dr. K. y otros relatos Fantásticos. Gira en torno a criaturas mágicas pero, ante todo, a la historia del famoso médico cirujano alemán Gottfried August Knoche.

Knoche fue importante para la población venezolana a mediados del siglo XIX, cuando se estableció en Galipán y ejerció su profesión de forma caritativa, sin cobrarle a los pobres; además, luchó cual superhéroe contra la epidemia de cólera que azotó la región durante esos años. Pero el grueso de su leyenda tiene que ver con que elaboró un suero mediante el cual momificaba a los cadáveres: al inyectarlo en la yugular, el cuerpo se mantenía impecable al paso del tiempo. Así, momificó a toda su familia inmediata y mandó a que hicieran lo propio con él. Todos los cuerpos, llegado el momento, descansaron incólumes en el mausoleo familiar.

Km2Blues comienza a tocar. Se me ocurre que a más de un miembro de la banda le gustaría, llegado el insoslayable futuro, imponerse al deterioro que producen los gusanos. Salvo la vocalista, Yareli, los movimientos de los músicos se limitan casi exclusivamente a los necesarios para comunicarse con sus instrumentos, como si quisieran dedicar toda su energía a la interpretación de la pieza. Y lo logran: cuando se robustece el sonido de la guitarra de Gonzalo, los presentes nos sentimos hipnotizados.

Gonzalo 1.jpg

Suena Bodie Ghost Town: letra en inglés, como la de todas las canciones que se tocarán. Sonidos elocuentes. Sentimos que estamos en un pueblo fantasma. Le siguen Ferolo y The Enchanted. Hablamos de seres mágicos y de encuentros sobrenaturales. Se mueven poco pero su música basta para transmitir las sensaciones metafísicas que recrean.

El concierto avanza y la hija del bajista entra en escena para cumplir el sueño de muchos padres: compartir tarima con su prole. El violín de la chica le da un sonido de literatura fantástica a los relatos que se tejen entre canciones.

Para llevar las cosas a otro nivel, Yareli anuncia que la siguiente canción es sobre un poema de John Keats. Las letras de las canciones fueron compuestas por Micô, quien también pensó el concepto del concierto. Con sus lentes oscuros, sus movimientos pausados y esa sonrisa momificada, el músico va muy de la mano con su creación: por si había alguna duda, con Keats certifica su gusto por lo lúgubre, lo metafísico y por el siglo XIX. Yareli recita el poema y, acto seguido, suena Strange as in a Dream.

Micô, finalizada la interpretación, se acerca al micrófono y con una voz acorde a su aspecto y gestos procede a hablar del doctor Knoche: el que le da sentido al concierto.

Venezuela es un país cuyas historias se han extraviado en la narrativa oficial planteada por los gobiernos de turno. De niño nos enseñan todo (¿todo?) sobre Bolívar, pero no nos dicen que una de los músicos más importantes de la historia, como lo es Teresa Carreño, nació acá. Un país que se vanagloria de sus héroes de guerra y desprecia a sus civiles está condenado al atraso. No en balde, uno de los mayores orgullos de Inglaterra es The Beatles.

Gonzalo 2.jpg

El arte tiene entre sus funciones reivindicar a los despreciados por el poder. Knoche es un personaje de la narrativa venezolana que ha caído en el olvido, pero cuyo relato da cuenta de una época importante del país. Décadas luego de su muerte, aún no se ha podido emular el suero que usaba para momificar. Si la música, para ser arte, debe transmitir un mensaje, el concierto de hoy cobra una importancia notable en una época en la que nos quieren vender a los venezolanos que el personaje más importante de la historia del país es el único “inmortal” que se murió.

Km2Blues abandona la escena mientras en la pantalla comienza a reproducirse un cortometraje de Jorge Zuleta, sobre el enigmático Dr. K. De bajo presupuesto y con actuaciones que podrían ser mejores, la producción narra una de las leyendas más famosas alusivas a Knoche: la que dice que en 1985 embalsamó, por petición de este en vida, el cadáver del político y periodista Tomas Lander, quien fundara el diario El Venezolano. Se cuenta que, una vez momificado, el cuerpo de Lander fue colocado a la mesa de su casa, sentado y en posición de estar escribiendo. Así habría estado por casi 40 años, hasta que el Gobierno ordenó su inhumación. No hay registros fotográficos de nada de esto.

Termina el corto y comienza la suite The Enigmatic Dr. K., dividida en cuatro partes: The Enignatic Dr. K., Ave María y The Jose's Request.

Voz, sonidos, ambiente.

Gonzalo 4.jpg
Gonzalo 3.jpg

Todo se acompasa al personaje, a la leyenda, a un enigma lúgubre y tenebroso –porque lo alusivo a la ultratumba suele ser así–. Km2Blues toca con tanta vida sobre la muerte, que la única conclusión posible es que la segunda está inmersa en la primera.

Los músicos apenas se mueven, sus dedos se comunican con el instrumento. Solo Yareli gesticula y baila poco, como si ella –más joven, más vital– fuese el portal que atraviesan bajista, baterista y guitarrista para convertirse en las momias más vivas que se verá en concierto alguno. Como si el grupo entero persiguiera un único anhelo: momificarse para siempre en la mente de los espectadores, eternizarse tal como están ahora –con la misma potencia, con la misma energía, transmitiendo esa música–, alcanzar la anhelada inmortalidad.

El concierto finaliza. La gente aplaude, se pone de pie. Km2Blues camina hacia los camerinos. El par de niños que revolotearan en la prueba de sonido se deja ver nuevamente: brincan, saltan. Todo, mientras el público abandona el espacio. La imagen es la de ellos: dos seres que comienzan la vida y que, desde ya, tienen la fortuna de oír de lo que realmente se trata la misma.

Contribuye con #TuBuenaNotaPorLaSalud

La música puede ser un punto de encuentro por la solidaridad. En estos momentos, cuando Venezuela atraviesa por una demoledora crisis económica que impacta en los servicios de salud, son muchos los músicos con alguna dolencia que se han visto afectados. Se trata de artistas que, a través de su música, ha contribuido enormemente con el país. Es por eso que Guataca te invita a dar #TuBuenaNota por la salud, una iniciativa en la cual, mediante un concierto profondos, se pretende incentivar el apoyo a diversas causas, como las siguientes: 

-

.- Miguel Astor, reconocido compositor académico, que padece de cáncer en la tiroides con metastasis en el pulmón, y está solicitando apoyo a través de:  https://www.gofundme.com/apoyemos-al-maestro-miguel-astor

.- María Gabriela Rodríguez, directora de la Orquesta Nacional de Flautas, quien sufre de cáncer de seno. Para ayudarla pueden ingresar a https://www.gofundme.com/maria-gabriela-rodriguez

.-Héctor Valero, bajista de la agrupación Raíces, debe someterse a una costosa operación del corazón. Es posible contribuir con él en: https://www.gofundme.com/hectorvalero

.-Miguel Angel Bosch, miembro de Serenata Guayanesa,  quien para poder seguir contando necesita costearse un tratamiento cuyos costos son elevados.  https://www.gofundme.com/porquemividaescantar

-

También puedes hacer tu aporte asistiendo al concierto que ofrecerá el pianista y compositor Leo Blanco, el próximo miércoles 18 de julio, a las 7:00pm, en el Centro Cultural BOD. Todos los ingresos provenientes de la taquilla serán destinados a esas causas. Las entradas están a la venta en www.ticketmundo.com y en las taquillas del teatro. 

El atrevimiento de Funklórico, por Leonardo Bigott

El atrevimiento de Funklórico, por Leonardo Bigott

La habitual presentación del video que nos lleva a pasear durante breves minutos por las propuestas musicales de Guataca Producciones, el humor de su director artístico Aquiles Báez y la elocuencia del periodista Eduardo Rodríguez, conformaron el preámbulo del segundo concierto de Noches de Guataca en lo que va de año.