Séverine Parent

El diverso viaje musical de Séverine Parent

Por Gregory Escobar/ @gonzopersona

Fotos: José Carlos Martínez

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Una de las cosas que sorprenden gratamente sobre Séverine Parent es que no es, ni de lejos, una diva que monopoliza el foco.

Eso se percibe desde el mismo principio de su concierto: El escenario de la sala Maria Felix de la Alianza Francesa Polanco, en la Ciudad de México, ofrece un ambiente íntimo, con una iluminación austera, tenue y uniforme a todos los músicos. 

El lineup, latinoamericanamente diverso, entra a cuentagotas al escenario. Francisco “Coco” Díaz (Venezuela) en el teclado, Juanjo Gómez (El Salvador) en la guitarra, Pablo González Sarre (México) en el bajo, y Yilmer Vivas (Venezuela) en la batería y dirección musical.

Unos tranquilos sonidos electrónicos ambientales, a lo Alan Parsons Project, diluyen el silencio incómodo de una entrada poco ceremonial. Rápidamente, los ochentosos sonidos digitales New Age son invadidos violentamente por la batería robusta y contundente de Vivas. 

Así inicia Né quelque part, la canción perfecta para iniciar el setlist de la cantante francesa.

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Los conocedores del pop francés identificarán inmediatamente este cover del mega hit de 1988 de Maxime Le Forestier. La canción es una proclama absoluta del proyecto de Séverine: Una canción de duración pop (menos de 4 minutos), donde la enorme diversidad apenas puede contenerse. El coro tiene una cadencia reggae-caribeña sabrosísima, pero el tema no para de navegar por varios géneros, incluyendo el jazz, drum & bass (¡a pulso!) y el punk.

En el centro, Séverine luce perfectamente cómo una talentosa artista intentando ocultar sus nervios. La cantante tiene una exitosa carrera como vocal coach, incluyendo una larga temporada como curadora vocal en el Cirque Du Soleil. Pero esta es la presentación al público de Voyageuse, su primer disco solista, y es una situación completamente inédita para ella.

Paseándose por tres idiomas (francés, español e inglés), Séverine continúa develando una a una sus canciones. Amies es una carta de amor a una amistad de más de 30 años. El tema inicia con una secuencia rítmica a-la-Portishead que rápidamente desemboca en una cálida canción pop-rock beatlesca de la era Billy Preston (el teclado es fundamental en este tema) y que demuestra rápidamente la calidez y potencia de la voz de Séverine.

Con Petit être, una canción de cuna dedicada a su hijo adulto, Séverine contrapuntea amistosamente con la guitarra. Con Alas de Cristal, el proyecto empieza a develar su inevitable y nostálgica influencia venezolana. Las maracas y el cuatro encajan perfectamente con la voz de la francesa.

Cuando Séverine no canta, su atención se centra en los músicos, a los que mira con admiración y cariño cada vez que puede. Ni nos importa que nos dé la espalda. Lo entendemos.

Tras admitir sus nervios y su “boca seca”, Séverine continúa su arco por la música tradicional venezolana, con sendas versiones de Criollísima ( de Luis Laguna y Henry Martínez) y Tonada De Luna Llena (Simón Díaz). Ambas, sobretodo Tonada, ofrecen los momentos más protagónicos de la cantante.

Los músicos abandonan temporalmente sus posiciones, excepto “Coco” Diaz, el cual acompaña con su piano a Séverine en Ocaso, una pieza creada originalmente por el guitarrista venezolano Francisco Fernández.

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El coro de Oubli (Olvido) suena absolutamente al de And I Love Her de The Beatles, pero con una progresión armónica que hace un giro final inesperado a un tono más desgarrador. Es quizás el momento más vulnerable del set de Séverine, que sólo está acompañada tenuemente del piano y el bajo. Lejos de sonar desesperanzada, luce dulce y tenaz ante el dolor de amar a una madre que ya no la recuerda.

Tras cumplir eso de “vamos con las canciones tristes de una vez”, todos los músicos regresan al escenario. Trance es una especie de intermission para Séverine, que no puede evitar bailar y cantar un par de minutos en este jamming latin funk antes de desaparecer momentáneamente tras bastidores. La pieza desemboca en un despliegue absoluto de talento de los cuatro músicos. Vaya trabuco.

Para la segunda mitad de esta Guataca Night, Séverine regresa al escenario con su cabello corto, jeans ceñidos, una playera blanca amarrada bajo el ombligo y unas sandalias romanas planas. El outfit reafirma su humildad en el escenario. No hay trajes vistosos, peinados glamorosos o tacones que la eleven unos centímetros. Sólo una actitud tranquila y una seguridad sobre su talento que es francamente cautivante. Los sutiles nervios iniciales parecen haberse esfumado por completo. A ratos, Séverine canta con una mano dentro del bolsillo, sin lucir en absoluto desfachatada. Eso no lo logra cualquiera.

La sorpresa de la noche la ofrece la presencia de la cantautora chilena Tita Parra (nieta de Violeta Parra). Genuinamente honrada de poder compartir este momento con su “maestra” Séverine —la cual conoció precisamente en un seminario intensivo de canto, años atrás—, Tita nos regala su versión del clásico del folklore infantil chileno El Palomo. Tita y Séverine armonizando mientras instan a la audiencia a cantar, marca el momento más tierno del set.

El tono positivo continúa paradójicamente con Solitude, una canción sobre “la ambigüedad de la soledad”. El changala-changala adictivo y frenético de la guitarra alterna con el son cubano y una base rítmica urbana. Juanjo Gómez destaca además con un solo de guitarra que obligatoriamente manda al descanso el ritmo de la velada.

La misma Séverine se asombra ante los constantes cambios de tono de su repertorio. “Wow, otro cambio”, sentencia, antes de iniciar la única canción en inglés, Let’s. La pieza nos revela a una Séverine más cálida y susurrante. Con Lune, una tonada delicada inspirada en el fenómeno astronómico de la luna de sangre, la voz de Séverine evoca a la balada pop japonesa.

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Para cerrar, la francesa no puede evitar nuevamente canalizar la influencia venezolana, ofreciendo una versión única de la danza zuliana Maracaibera, de Rafael Rincón González. Vivas emula una tambora con su batería y González Sarre ofrece un fantástico solo de bajo mientras Séverine, con su acento marcado, me recuerda graciosamente a Jane Lynch y su “canción de amor guatemalteca” de la película Virgen a Los 40. Es un exitazo.

Los genuinos aplausos hacen que el encore —palabra proveniente del francés, muy adecuadamente— no se haga esperar. Séverine comparte la hermosa La Révolution Des Colibris, una canción extraída de un proyecto discográfico de SoñArtes, una fundación creada por ella y Yilmer Vivas dedicada a acercar el arte a niños venezolanos de escasos recursos.

Como la admirable vocal coach que es, Séverine motiva al público—entre los que se encuentras varios de sus alumnos— a aprenderse y recitar par de secuencias vocales para así lograr a las “cuatro Séverine” que cantan en Viajera, la canción que cierra el disco.

Y así culmina la velada: con una procesión sonora vocal que ha motivado a la audiencia a abandonar su rol pasivo, al menos por dos vueltas.

Séverine, sencillamente, no puede evitar democratizar su enorme talento con pedagogía. Y es eso lo que precisamente identifica este proyecto: innegable sabiduría, talento, carisma y diversidad cultural ofrecida de manera poco pomposa y accesible.

Es un caso raro. Y por eso, es imposible no sentirnos satisfechos y gratamente sorprendidos.