CARÁTULA: Silvia Ospina

El Arauca es un río caudaloso y navegable que conecta a Colombia y Venezuela.  Nace en el Páramo del Almorzadero, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, y desemboca abajo en el Orinoco. Mismo torrente, mismo cuerpo de agua viva, que no sabe de fronteras políticas y sirve de metáfora a la conexión entre la colombiana Marta Gómez y el venezolano Antonio Mazzei.

Arauca, primer LP a dúo que graban, es la manifestación en letra y música de la amistad y la camaradería de la cantautora y el pianista, que se encontraron del otro lado del Atlántico, en Barcelona, España. 

Gómez saca a la luz su composición más reciente, la taciturna “Ella”. También refresca una vieja pieza, “Eso pido yo”, que había editado por allá en 2004 en su álbum Canciones de agua dulce; y presenta una que había escrito hacía tiempo, pero no había hecho pública,  titulada “Pedacito de esperanza”, que va dentro del leit motiv de la creadora: el clamor por un mundo mejor. Yo creo en la vida, creo en la gente, creo en un cuento bien diferente a este.

FOTO: Julia Giros

Gómez y Mazzei interpretan “Todo este campo es mío”, de Simón Díaz, una canción que habla del amor por el paisaje, los animales y la tierra, que remite al llano binacional que surca el Arauca vibrador, el mismo que citan en el himno no-oficial, el “Alma llanera”. 

Desde niño, Mazzei acompañaba, desde el piano, a su padre, al que le gustaba cantar. Aunque buena parte de su carrera y de su discografía se ha movido en el ambiente instrumental y el jazz, en propuestas en las que el piano tiene el rol protagónico, él disfruta mucho de escoltar melodías cantadas. 

La magia de Arauca yace precisamente en la interacción íntima y la espontaneidad de la colaboración, especialmente en cómo Mazzei reacciona y responde, matiza y subraya lo que Gómez expresa con su canto.

El disco se grabó en apenas dos días en los Underpool Studios de Barcelona. Ambos se reprimieron el impulso de corregir en exceso, no fuera que la pulitura se llevara el alma imperfecta de su arte. 

FOTO: Julia Giros

Arauca extrajo una canción del universo del puro joropo llanero, ese que comparten ambos países y en el que, a simple vista (y escucha), no se sabe si el tema, el artista o la agrupación corresponde a un lado o al otro de la frontera.  Se trata en este caso de “Mañana empañeto el rancho”, de Juan Herrera, artista que se hace llamar “El sabanero de Venezuela”. 

Gómez genera un diálogo entre sus propias creaciones, como “Hierro” y «Entender el camino», con  canciones que le encantan de otros referentes, como “El cigarrito” de Víctor Jara, o “Mariposas”, de la cantautora también chilena Magdalena Matthey. Todo constituye un fresco en colores pasteles sobre el que expone su visión de la infancia, del amor, la naturaleza, la palabra, las nostalgias.   

FOTO: Julia Giros

“Siento que la música de este álbum es algo que ya te sabes pero que no has escuchado nunca”, ha dicho Mazzei al respecto.

Gómez y Mazzei incluyeron adaptaciones muy atinadas de poesías de Federico García Lorca (“Canción del naranjo seco”), Fernando Valverde (“Celia”) y Luis García Montero (“La ausencia es una forma de invierno”), la última de menos de dos minutos —porque si no hay nada mejor que decir, mejor el silencio—. 

Colombia, Venezuela, España

Egresada magna cum laude del Berklee College of Music, Marta Gómez (Girardot, 1978) es una laureada cantautora, amante de la fusión latinoamericana, con una carrera extensa y prolífica que supera el cuarto de siglo y una veintena de álbumes. En 2014, ganó un Latin Grammy, premio al que ha estado nominada en varias ocasiones, por uno de sus álbumes infantiles.

Formado entre el antiguo Instituto de Estudios Musicales en Caracas y la New School for Jazz and Contemporary Music de Nueva York, a la que asistió becado, el pianista, compositor y productor Antonio Mazzei (Caracas, 1989), ha firmado álbumes como Contrastes (2009), Reveries (2018) y Casa (2022). Ha colaborado con personalidades como Paquito D’Rivera, Nella y la ecuatoriana Luz Pinos. 

El Arauca ahora también nace en Barcelona, la ciudad en la que residen los artistas. La fachada del álbum, obra de Silvia Ospina, le vino como anillo al dedo al sonido. Refleja la complejidad dentro del minimalismo, lo íntimo dentro de lo grandioso, la música como un organismo que sigue siendo el mismo, pero, en el fondo, cambia de manera constante.

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