
A comienzos de 1976, Aldemaro Romero vive en Essex, condado ubicado en los extrarradios de Londres, en un exilio voluntario tras su experiencia amarga como primer director del Poliedro de Caracas. Ha pasado por Madrid, desde la que siguió llevando adelante su proyecto de Onda Nueva, antes de establecerse en Inglaterra, donde acaba de trabajar en un álbum especial con María Teresa Chacín y la Orquesta Sinfónica de Londres, todo dirigido, arreglado y tocado en el piano por él mismo. También ha grabado, con la Real Filarmónica de Londres y apoyado en las voces de Morella Muñoz (mezzosoprano), Blas Martínez (tenor) y Ramón Iriarte (barítono), su Oratorio a Bolívar.
No son los días más felices en la vida del artista, que se encuentra lejos de su tierra, viviendo con lo justo, con sus dos hijas, Ruby y Elaiza. Todavía es invierno en la ciudad que corta el Támesis, que ese mismo año sufrirá su verano más implacable del Siglo 20, cuando Romero moldea con su pluma la primera clave de sol en el pentagrama de una obra que se antoja mestiza, atrevida, innovadora. Dedicada a Juan Bautista Plaza, la Suite para cuerdas está constituida por cuatro movimientos: 1) “Fuga con Pajarillo” (¡atención a este!) , 2) “Vals para Clementina”, 3) “La fuerza del Merengue”y 4) “Fuga con Pajarapinta Bimodal y Seis Numerao”.
La suite, que explora las conexiones subterráneas y atávicas entre el Barroco europeo y las raíces de la tradición venezolana, ve luz por primera vez en manos de la English Chamber Orchestra ese mismo 1976. De modo que el concierto que contiene, en la primera de cuatro partes, una de las piezas nacionales insignia, una partitura que los venezolanos pareciéramos llevar tatuada por dentro, a la que recurrimos cada vez que necesitamos musicalizar un triunfo deportivo o sanar las heridas de la desgracia, nació en el exilio.

Fechadas en Londres, 1976, también salen partituras de un Ave María, que sonará en Caracas en 1979; y un poema sinfónico para mezzosoprano y orquesta titulado An American Collage. De la misma cosecha, surgen frutos como el Cuarteto latinoamericano para saxofones, que él define como un «kaleidoscopio musical de América Latina»; y su Suite para cello y piano, grupo de cinco piezas hechas a partir de esa misma experimentación con ritmos venezolanos puestos frente a conceptos de lo clásico-europeo.
Los Ángeles, California, es su última parada antes de volver a casa, a Caracas, donde cumple 50 años de edad en medio de varios homenajes: uno que junta a María Teresa Chacín y su amigo de siempre, Alfredo Sadel; y otro que arman artistas como Hugo Blanco, Mirla Castellanos, Simón Díaz, Chelique Sarabia, Carlos Moreán y Alí Agüero en un recinto del que había salido por la puerta trasera, El Poliedro, por lo que el tributo debe dejarle cierto sabor de reivindicación.
Apenas vuelve al país, protagoniza una seguidilla de recitales en el Teatro Las Palmas, en los que dirige a una agrupación de cámara tocando Mozart y Vivaldi, pero también su Suite para cuerdas, mientras trabaja en el proyecto de la Filarmónica de Caracas (1978-1986), la orquesta que él mismo crea junto a su propio conservatorio para formar a nuevos directores e instrumentistas venezolanos.
Como el buen vino
La Suite para cuerdas de Aldemaro Romero tomó un segundo aire en el Siglo 21. Pero fue su primer movimiento, la “Fuga con pajarillo”, el que se reprodudujo y multiplicó de forma inusitada.
La Camerata Criolla, una ambiciosa propuesta del Ensamble Gurrufío, lo toca en directo en el Teatro Teresa Carreño, con la participación de algunos de los mejores instrumentistas del país, cuya calidad se puede apreciar en el CD en vivo editado en 2002.
Dos años después, José Antonio Abreu, el creador de El Sistema, la megaestructura de núcleos, orquestas y coros infantiles y juveniles fundada en 1975, le encarga a su autor que la extienda a formato de orquesta completa. Aldemaro se sienta y, en cuestión de una semana, se lo entrega porque lo necesitan para un jovencito barquisimetano, llamado Gustavo Dudamel, que competirá en el Concurso de Dirección Gustav Mahler en Bamberg, Alemania.
Aldemaro revisa la pieza con el candidato, lo asesora, le habla de sus matices y profundidades. Dudamel, que todavía usa lentes de montura y no se ha dejado crecer los rizos, se lleva ese as bajo la manga y gana la competencia, que será un hito en su ruta a convertirse en uno de los grandes maestros de la dirección orquestal en el mundo.
«Él (Aldemaro) ha sido un puente de oro entre la música popular venezolana y la música sinfónica —dice el maestro Abreu, en una entrevista para un documental de la serie Gente que vale, producido por Vale TV a mediados de los 2000—. Ha sido un excelente cultor, investigador e intérprete de nuestra música (…) y una persona que ha logrado transcribir para nosotros, para nuestra orquesta, para nuestros niños y jóvenes, un valiosísimo repertorio nacional»,
«La ‘Fuga con Pajarillo’ marcó un antes y un después —apunta Dudamel en el mismo documental— Es una pieza que contiene todo. Es difícil técnicamente. Es extremadamente rica musicalmente y, además, más venezolana no puede ser».
Aldemaro Romero (1928-2007) vivió lo suficiente para atestiguar cómo su “Fuga con Pajarillo” resaltaba entre su centenar de obras académicas y quebraba la rígida pared del mundo académico para abrirle camino al desparpajo folclórico.
Él, nativo del cerro El Zamuro de Valencia, músico de “extracción popular” —como se autodefinía— que aprendió de su padre, que estudió un poco en la Escuela José Ángel Lamas —la que llaman San Capilla— pero fue expulsado porque no soportaba el rigor académico; él, que absorbió sabiduría de grandes maestros, de la calle y de la noche, guiado por un oído privilegiado y un gusto muy cultivado, que por años recibió portazos en las narices de los guardianes del universo de lo clásico-académico, él mismo escribió la obra académica venezolana más interpretada en más lugares en el mundo.
«No tenía más nada que hacer y me dio por responder a los que dijeron que no podía hacerlo bien porque no había estudiado —le dijo a Federico Pacanins para el libro Conversaciones con Aldemaro Romero (Fundación para la Cultura Urbana, 2006)— sobre aquel febrero de 1976 en el que se dedicó a darle forma de pieza a conceptos con los que llevaba tiempo coqueteando—. Yo no he estudiado formalmente, pero sí he tenido un camino de estudios autodidactos y conozco el contrapunto mucho mejor que muchos de los que han estudiado formalmente».
Aldemaro tuvo, en el contexto venezolano, la osadía de George Gershwin, el estadounidense compositor de Rhapsody in Blue, pieza estrenada en 1924 en medio de un recital que se anunció como Un experimento en música moderna y que introdujo dentro del marco de lo considerado culto chispazos de jazz y blues, retazos de lo que sonaba en los suburbios y en los bares, tumbando unas barreras incluso raciales.
La “Fuga con pajarillo” consiguió insertar, dentro del gran tesoro de la música contemporánea latinoamericana —en el que está, por ejemplo, el “Vals #3”, la “Natalia” de Antonio Lauro—, una pieza monumental que deja una estela venezolana, como lo hacen con México obras de Arturo Márquez o Silvestre Revueltas; con Argentina, hallazgos de Ástor Piazzolla y Alberto Ginastera; con Brasil, creaciones de Heitor Villa-Lobos o Camargo Guarnieri; o con Cuba, composiciones de Paquito D’Rivera (aunque sea mucho más conocido como jazzista y ejecutante del saxo y el clarinete).
Bastaría con su montón de canciones populares sofisticadas, melodiosas, rítmicamente atrevidas y, de paso, definitivamente venezolanas, con su Dinner in Caracas y su Onda Nueva, para reconocer en Aldemaro a un compositor fundamental en la historia musical del país y del mundo. Pero es su zambullida en el ambiente académico —su versatilidad— lo que ubica en un club aparte.
Desde que cae en las manos de Abreu y Dudamel, la “Fuga con pajarillo” viaja en el equipaje de las agrupaciones de El Sistema dentro y fuera del país. Se incrusta en su ADN y brota durante cada gira triunfal de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, que suele acompañar la batuta de Dudamel por Europa, Estados Unidos, Asia y América Latina. Esa comunión quedó sellada con un registro en su gran álbum Fiesta (Deustche Grammophon, 2008), donde comparte el estrado con la suite Margariteña, de Inocente Carreño; Santa Cruz de Pacairigua, de Evencio Castellano; y Mediodía en el Llano, de Antonio Estévez, todos estos pupilos de Vicente Emilio Sojo y seguidores de su corriente nacionalista.
El Sphinx Virtuosi, un brillante ensamble de cámara compuesto por artistas de múltiples nacionalidades, la incluye en su álbum Songs for Our Times (2023), editado por la Deutsche Grammophon, el sello disquero alemán, el más prestigioso del mundo en el renglón clásico.
En agosto de 2024, en medio del festival World Orchestra Week (WOW!), celebrado en el Carnegie Hall de Nueva York, Dudamel estuvo al frente de la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela. El primer bis fue la «Fuga con pajarillo», con la participación de jóvenes del Ensamble Alma Llanera, el mismo que la tocó un año antes en el Victoria Hall, de Ginebra, Suiza, junto al director David Ascanio.
Dudamel también se la llevó consigo a la costa oeste de Estados Unidos y la hizo parte del repertorio de la Filarmónica de Los Ángeles, de la que fue director artístico desde 2009 hasta este año. En su concierto de despedida, volvió a recurrir a la magia aldemareana.
En un momento clave del espectáculo, presentado en el Hollywood Bowl y concebido como una iniciativa para ayudar a los afectados por el doble terremoto que agitó el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, invitó a escena a un ensamble (Jorge Glem en el cuatro, Eduardo Betancourt en arpa, el maraquero Juan Ernesto Laya, el bandolista Moisés Torrealba y el contrabajista Elvis Martínez) para acompañarlo a él y a la orquesta en una «Fuga con pajarillo» antológica. La pieza de Aldemaro fue parte de un programa que incluyó participaciones de Beck, de Chris Martin (líder de la banda inglesa Coldplay), de la cantautora mexicana Natalia Lafourcade, del colombiano Carlos Vives, y de Lasso, el artista pop venezolano.
Un año antes, había publicado el diario The New York Times una crónica firmada por James Estrin sobre el ensayo de unos jóvenes músicos de la escuela Up Beat NYC, ubicada en una antigua iglesia de la zona sur del Bronx. Los chicos tocan una “Fuga con pajarillo”, que emociona al cronista. Son muchachos que viven en barrios peligrosos y encuentran en la música un refugio. Aldemaro no es el único ingrediente venezolano presente. Los métodos empleados por los instructores de la escuela vienen de El Sistema de Venezuela, cuya batuta más descollante, Dudamel, es hoy el director de la Filarmónica de Nueva York, la orquesta más prestigiosa del continente.
La enredadera infinita
La obra es parte del repertorio habitual de las orquestas venezolanas. La tocan la Sinfónica Municipal de Caracas, la Gran Mariscal de Ayacucho y la Sinfónica de Venezuela, la más antigua y la que por muchos años fue La Orquesta. La ha dirigido Florentino Mendoza al frente de la Sinfónica Juvenil de Chacao, como lo hicieron en el Teatro de Chacao en un homenaje organizado por Guataca en 2016. La han dirigido muchas veces maestros como Alfredo Rugeles y Rodolfo Saglimbeni, quien, entre tantas ocasiones, lo hizo al frente de la Filarmónica de Medellín, Colombia. También lo hace Eduardo Marturet con la Miami Symphony.
La «Fuga con pajarillo», en cualquier de sus formatos, ha sonado en los cinco continentes, de Canadá, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Costa Rica, Panamá, Colombia, Brasil, Perú, Ecuador, Argentina y Chile, a Reino Unido, España, Portugal, Alemania, Italia, Austria, Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Bulgaria, Rumania, Polonia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Suiza y Luxemburgo. Pero también, en Japón, China, Malasia, Catar y Singapur, así como Australia y Egipto.
Rafael Payare, otra conspicua batuta formada en El Sistema, la ha interpretado con varias orquestas a su cargo. Lo ha hecho con la San Diego Symphony, con la que inauguró una concha acústica —la Rady Shell at Jacob’s Park— en esa ciudad californiana en agosto de 2021. Y ese mismo año, apenas un mes más tarde, la interpretó al frente de la Orchestre Symphonique de Montréal en la Explanada del Parque Olímpico de la ciudad canadiense.

Fue una de las primeras obras montadas por la Sinfónica Carlos Cruz-Diez, una agrupación que surge en Madrid en 2019 por iniciativa de Manuel Jurado, otro hijo del Sistema, para agrupar a músicos migrantes venezolanos y latinoamericanos que tocaban por las calles de la capital de España.
El 16 de noviembre de 2024 sonó en Cantón, China, de la mano de Germán Marcano, un chelista destacado que fue invitado como director orquestal al APAC Orchestra Festival (APAC: Asia Pacific Activities Conference), donde dirigió a jóvenes de China, Corea del Sur y Japón tocando un programa alimentado por obras de Georg Friedrich Händel, Wolfgang Amadeus Mozart, Peter Warlock y Béla Bartók, así como Moisés Moleiro y, por supuesto, Aldemaro Romero.
La pieza ha llegado a varias universidades de Estados Unidos. Ha sonado bastante en el Berklee College of Music de Boston. También, en Cornell y Yale. Brian Messier, un enamorado de la obra aldemareana que dirige la Banda Sinfónica de la Universidad de Dartmouth, institución perteneciente a la Ivy League, se encargó de trabajar —previa autorización de Ruby Romero, hija de Aldemaro— en una adaptación de la «Fuga con pajarillo» a ese formato, que ha tocado junto al cuatrista Héctor Molina y el trompetista Pacho Flores. La obra también sonó una vez en el Bailey Hall de la Universidad de Cornell, donde cautivó el corazón de Thomas C. Duffy, director de la Banda de la Universidad de Yale, quien la llevó, a su vez, al Woolsey Hall de su campus.
A 50 años de aquel melancólico invierno inglés, la Suite para cuerdas, y en especial su “Fuga con pajarillo”, genera una cadena de enamoramientos que sigue esparciéndose por la geografía mundial como una gran enredadera con vida propia. Una enredadera infinita de raíz venezolana.