
Todo migrante lleva una casa consigo. Una casa que transciende las coordenadas geográficas y se construye de memorias, sabores, olores, costumbres, sonidos. Residentes en Francia, la cantante Dariana López y el cuatrista Daniel Uzcátegui decidieron recrear la suya a partir de canciones. Como resultado, surgió un proyecto conjunto llamado Cantos de Raíz, cuyo primer álbum es una expresión de lo más elemental y puro de la música tradicional venezolana.
Cuatro y voz, voz y cuatro. No hace falta más. Desde casa (2026) es una obra que cautiva sin necesidad de artificios. Lo que oyes es lo que es. Es una oda a la fiesta familiar, íntima, orgánica e imperfecta; y, a la vez, un muestrario de la diversidad rítmica y poética presente en el gran cofre del folclore venezolano.
Aunque ya estaban conectados a través de redes sociales, el dúo se vio en persona por primera vez en el verano de 2022, durante el curso anual que organiza el maestro Cristóbal Soto y su esposa Hayley Soto en Francia, a través de la Association Sonar, en la que Dariana enseña canto y música venezolana.

Daniel Uzcátegui es un caraqueño que se crio viendo tocar a gente como Cheo Hurtado, David “El Zancudo” Peña, Alexis Cárdenas, Eddy Marcano y hasta a personajes más jóvenes como Jorge Glem, todos amigos que Domingo, su padre, un gran amante de la música venezolana que convocaba a agasajos en su casa. De esas veladas, surgió su pasión la música y por el instrumento de cuatro cuerdas que aprendería a tocar con maestría.
Uzcátegui había vivido en España, primero en Madrid, donde había compartido con artistas como Omar Acosta y José “Pingüino” González, y después en Barcelona, donde se formó como ingeniero de sonido en el instituto SAE.
Como sonidista, obtuvo un empleo que lo llevó a establecerse en París, donde su dupla con la cantante merideña se cristalizó de manera natural, no sólo en el plano artístico sino en lo personal. «Es mi hermano de la música», dice ella desde Villejuif. «Es como mi hermana acá», corresponde él desde Arcueil. Ambos viven en el departamento 94 de Île de France, en los suburbios de París.
De tanto cantar juntos en privado y en público, el proyecto se enserió. Lo llamaron Cantos de Raíz, por apuntar al elemento primigenio y nuclear asociado a la tradición: todo en la música venezolana comienza con un cuatro y una melodía. Con esa idea en mente, depuraron un repertorio entre la montaña de canciones que les gustan, las que llevan en su imaginario desde siempre como tesoros.
Henry, la inspiración
La piedra fundacional del proyecto fue “Sentida canción”, de Henry Martínez (1950-2025), que grabaron y postearon en sus cuentas de Instagram. Poco más de un año antes de su muerte, el maestro compositor los escuchó y les dio sus 20 puntos de aprobación.
Desde casa tiene la virtud de que —quizá con la excepción de la “Tonada del cabestrero”, una de las joyas de Simón Díaz presente en muchos discos y repertorios— está constituido por temas poco tocados, al menos en tiempos recientes.
Comienza por “El manguero”, merengue de César del Ávila (el mismo que compuso “El pavo real” que modernizó “El Puma” José Luis Rodríguez), una simpática estampa costumbrista de la Caracas de antaño a partir del pregón de un vendedor de mangos.
El álbum incluye piezas contemplativas como “Camurí”, vals cadencioso de Eduardo Serrano, en cuyo intermedio Dariana canta al unísono cada nota que Daniel puntea en su cuatro; y “Sin tu mirada”, otro vals, pero de Otilio Galíndez, compositor predilecto de la cantante.
También abre espacio para piezas enérgicas y festivas, como “Pascua”, una gaita zuliana de Nelson Romero, popularizada por Gaiteros del Pillopo; y el “San Rafael”, joropo del gran Aquiles Báez.
Dariana López ya debutó con su propio álbum, Por esto canto (Nesso Music, 2023), producido por Miguel Siso, en donde asomó su vena compositiva.
La artista, que, desde pequeña, en su natal Mérida, aprendió de su madre, Dariela Espinoza, a cantar y tocar el cuatro, es una de las mejores voces venezolanas de su generación. Su canto es natural, libre de tecnicismos y pretensiones. Va de la voz completa al falsete como quien camina. Acaricia al corazón a través del oído. Y se le mide a cada reto que supongan las variantes folclóricas: Un merengue sabroso, un vals sublime, una gaita pintoresca, un joropo recio.

Tanto ella como Daniel, comparten el hábito de recurrir a la música como regulador emocional. No sólo se trata de fiesta y romance. Las tristezas y rabietas también se drenan a través de melodías y armonías. Con esa intención terapéutica, ella escribió unos versos para sus “Cantos de lavanderas”, al tiempo que Daniel grabó su episodio instrumental, “Registro”, dialogando con sus cuatro cuerdas.
Desde el arte, obra de Laura Jiménez, hasta los arreglos y la técnica de grabación, el álbum recrea una reunión íntima de amigos. Dariana y Daniel le cantan y tocan al público como si estuvieran de visita en su sala, o viceversa. Para ello, en su rol de ingeniero, el músico caraqueño escogió una casa con patio, de sus amigos Elena y Marc, de la que procuró aprovechar su reverberación natural. El dúo usó varios espacios de la residencia y grabó las piezas en simultáneo de arriba abajo, como la vieja escuela.
Dariana López y Daniel Uzcátegui, ambos nacidos en 1994 y pertenecientes al Collective Bululú, un grupo de jóvenes que prenden parrandas venezolanas en Francia, se encontraron en la música y la amistad. Y ahora, de ese encuentro, ha surgido otra pieza que encaja en el gran rompecabezas de la identidad venezolana en tiempos de diáspora.