
Daniela Padrón debió escuchar a Bach desde el vientre. Mientras ella crecía, su madre, Olga López, lo tocaba en el piano, lo estudiaba, lo enseñaba a sus alumnos en Caracas. Como aprendiz de violinista, Bach se volvió su constante, especialmente desde que estuvo bajo la tutela de la maestra francesa Virginie Robilliard. Más adelante, cuando ella —junto a Manuel, su flamante esposo— decidió irse a Miami, encontró en las obras del genio alemán las claves para dibujarse a sí misma y también, y aquí viene lo más curioso, halló en ellas un pasadizo para conectarse con su tierra.
A 10 años del lanzamiento del primer disco de su carrera, Daniela Padrón decidió celebrar con un recital en el Westchester Cultural Arts Center, presentado por César Miguel Rondón. El show también adquirió cuerpo de álbum, Bach to Venezuela: Live in Miami (2026), y representa un refrescamiento del repertorio mestizo de aquel debut. Al mismo tiempo, muestra la pronunciada curva de aprendizaje de la instrumentista.
El nuevo no es un mero repaso del aquel trabajo primigenio. Bach to Venezuela (2016) fue resultado de un esfuerzo de nueve meses en los que Daniela revisó tutoriales para aprender a usar la interfaz y manejar el software de grabación, se inició en el mundo de la producción discográfica y, sobre todo, exploró a fondo los ritmos autóctonos de su país, de tal modo que lograra adaptaciones interesantes de piezas compuestas a principios del siglo 18 al sonido vanguardista inspirado en la raíz venezolana.
Bach to Venezuela: Live in Miami (2026) supone la adaptación de aquellos arreglos complejos a un formato de ensamble venezolano en directo. Por ejemplo, si allá el “Concierto para dos violines en re menor” lo grabó a dúo junto al mandolinista Rafael Ramírez, acá, al no tener esa dupla, Daniela se concentró en las melodías más importantes y, al ser planteado en ritmo de calipso, conectó a Bach con “Woman del Callao”, el hit del venezolano Juan Delgado Prieto que ha grabado Juan Luis Guerra.
Lo mismo pasó con canciones cuyas sesiones involucraron bandola, clavecín, arpa y hasta tambores culoepuya. Todo recayó en las manos de Daniela y el cuatrista Henry Linárez, así como del maraquero Juan Ernesto Laya, el contrabajista Elvis Martínez y el percusionista José Gregorio Hernández.
La travesía
El nuevo trabajo es también el corolario de una etapa muy fructífera. Entre 2016 y 2026, Daniela ha grabado y editado siete álbumes, incluidos Ella (2022), el que firmó junto a la pianista cubana Glenda del E (nominado a Latin Grammy), y Joropango (2025), producto de su colaboración con el ensamble multinacional Kerreke, ganador del Latin Grammy al Mejor Álbum Folclórico. También, presentó en salas de teatro un monólogo titulado Confesiones de una violinista; grabó con gente como Willie Colón, Paloma San Basilio, Rosario y Lolita Flores, Aymée Nuviola y Soledad Bravo; firmó con la editora Peermusic; y retomó sus andanzas con la agrupación Gaélica, que ha sido parte importante de su recorrido desde los tiempos de Caracas. Al mismo tiempo, se afianzó en su labor como docente, fue nombrada mentora del programa educativo Grammy U y, no menos importante, tuvo a su hijo, Max.
Bach to Venezuela (2016), la primera piedra de su monumento, es un disco que surgió de juntar su profundo conocimiento de la obra de Johann Sebastián Bach con su amor por la música de raíz tradicional, que por aquellos años, ya como migrante, empezaba a mirar con otros ojos, a escudriñar, a necesitar.

El folclore venezolano siempre estuvo en el ambiente. Primero porque la señora Olga, su mamá, tocaba en casa el “Joropo” de Diana Franklin o el de Moisés Moleiro, además de que sus recitales de piano eran mitad de repertorio clásico-académico, mitad del cancionero popular. Su padre les ponía compactos llaneros en el carro cada vez que agarraban carretera hacia el interior de la geografía nacional. De paso, el álbum del Ensamble Gurrufío con la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho, editado en 1999, tuvo su impacto en ella.
Pero fue ya desde el extranjero, donde se unió a un éxodo incipiente que en los años por venir se volvería estampida, donde Daniela se metió de cabeza en un universo de joropo, merengue, onda nueva y más manifestaciones del vasto menú de la sonoridad venezolana. Y ocurrió gracias a su roce con el cuatrista Henry Linárez, el maraquero Juan Ernesto Laya y el bajista Carlos Puchi, con quienes se juntó en un ensamble que armó el músico, humorista y divulgador César Muñoz.
Daniela quiso mostrar en Estados Unidos la cara que mejor conoce de su país: la belleza, picardía y diversidad de sus ritmos. Para su primera obra, se le ocurrió viajar por Venezuela en una nave bachiana. Tenía en mente experimentos del gran Alexis Cárdenas en esa línea. Había visto el cortometraje Bach en Zaraza (Luis Armando Roche, 2002), cuyo guion se funda sobre ese cruce conceptual. El maestro Aldemaro Romero, pionero como siempre, también expuso esa conexión subterránea en su Toccata Bachiana y Gran Pajarillo Aldemaroso.
Padrón fue más allá de los joropos. Como quien cambia de marco una pintura del Barroco, altera sus colores y juega con trazos modernistas, Padrón pasó la “Invención #4 en re menor” a pasaje sabanero, la giga de la “Partita #3 en mi mayor” a onda nueva, el presto de la “Sonata #1 en sol menor” a gaita de furro, y así, todo Bach salió vestido de tonada, contradanza zuliana, joropo oriental, vals larense y merengue caraqueño. Bach, en liquiliqui, con su sombrero y sus alpargatas; vestido de Gualberto o de Juan Bimba.
«Su música (la de Bach) es absolutamente flexible y se presta para este tipo de fusiones», dice la violinista, que en su recital mayamero por el 10º aniversario agregó al repertorio sorpresas como “Mercedes” (Simón Díaz) y “Un negro como yo”, aquel hit de Francisco Pacheco que produjo Aquiles Báez. También incorporó su «Bacharillo», que había editado como parte del álbum +58 (2020), en el que le hace una venia a la Fuga con Pajarillo de Aldemaro.
Del performance de Daniela en Bach to Venezuela: Live in Miami (2026) brota más desparpajo en comparación con la grabación del original. No es sólo un efecto de la grabación en directo frente a un público. Es el producto de un acercamiento más libre hacia la música de Bach. Es producto de la confianza que sólo viene con la experiencia, la calle y el sabor del folclore.