
Si Venezuela, y específicamente Lara, tenían un lugar especial en el corazón de Henry Linárez, en el momento en que le tocó alejarse de ese rincón del norte del mapa suramericano de fina artesanía, abundante musicalidad y hermosos atardeceres, ese amor no hizo sino crecer.
Los Linárez (2026), segundo álbum que el cuatrista graba con su padre en tres años, es una muestra de ese orgullo impregnado de añoranza. Es la continuidad de aquel LP que editó en 2024 como una burbuja larense al sur de Florida, inspirado en el dueto de Los hermanos Gómez, Hermógenes y Rafaelito, caroreños insignes que alcanzaron popularidad en los años 40 y 50.
A diferencia del anterior, que grabaron en vivo en los estudios F/X de Miami al mando del ingeniero Javier Casas, el nuevo lo hicieron con más detenimiento, aprovechando la tecnología a la mano para perfeccionar la obra. Sin embargo, a pesar del refinamiento de su hechura, el resultado no deja de recoger la esencia guara, su desborde de emociones, el color y el calor de esa tierra tan musical del Centro-Occidente venezolano.
¡Si no fuera larense, pagaría por serlo! es el grito de guerra de padre e hijo en el momento de pisar el acelerador de un viaje hacia lo más profundo de su matriz cultural. Cada uno de los ocho temas, cargados de historias de pendencias, juergas, amores y despechos, va precedido de una introducción hablada.
El álbum varía en intensidad, administrando energías, como en cualquier parranda. Los valses (“Tributo a Serenatas”, de Los Hermanos Gómez y Luis Arismendi, y “No lo digas”, de Juan Ramón Barrios) son altos en el camino. El resto son muestras de otras formas musicales muy autóctonas de la región.
Del seis figureao del primer tema, avanzan armonizando a dos voces, hacia el golpe tocuyano de “Muerto me quedé” (Hermójenes Perdomo); y del golpe larense “El garrote encabullao” (Félix Morón), aterrizan en “Tibisay” (Luis Cruz), canción hecha en el ritmo orquídea, el de Hugo Blanco. Así, hasta llegar a “La Rúa”(Rupertino “Tino” Carrasco) y desembocar en la última, otro vals titulado “Duaqueñita” (Alfredo Colina).
Al igual que el trabajo de 2024, los acompaña el combo de lujo del contrabajista Elvis Martínez, el maraquero Juan Ernesto Laya (Ensamble Gurrufío) y el percusionista José Gregorio Hernández, quien, además, hizo de ingeniero de grabación. Cada uno tiene su apellido formal, pero, en este contexto, todos son Linárez, todos son familia.
Juntos donde sea
Desde que llegó en 2015 a Miami, donde intentó por poco tiempo rebuscarse haciendo envíos de Uber Eats, Henry Linárez (Barquisimeto, 1980) se dedicó a encontrar las maneras de difundir su música de raíz por donde anduviese. Como traía ese conocimiento en su mochila, gracias a sus aprendizajes de maestros como Carlos Ostos (el cuatrista de Reynaldo Armas) y el destacado arpista Carlos “Metralleta” Orozco, formó allá un grupo de música llanera y salió con su cuatro a ganarse la vida haciendo lo que hacía en su tierra natal.
«Dios empezó a abrir puertas», dice Henry, quien, pocos años después, recibió en su nuevo lugar de residencia a su esposa y, más tarde, a su padre, don Genrry. Cuando nació su hija, en la localidad de Miramar, Florida, la bautizaron con un nombre que refleja la fuerza del arraigo y la confesión de un anhelo: Lara Esperanza.
Henry se crio viendo a su padre serenatear por pueblos larenses, acompañado por su compadre, Ernesto Cordero, con quien tenía una agrupación folclórica llamada Oe’ Bangüé. Cada uno, iba con su cuatro y su voz, tocando un repertorio de golpes que suelen variar dependiendo del pueblo.
Las letras relatan historias, fijan estampas y se refieren a personajes de El Tocuyo, Curarigua, Duaca o el Eneal, el pueblo donde nació el Sr. Genrry en 1951. Su madre quiso bautizarlo con el nombre de pila de Henry Ford, pero en la prefectura lo registraron como les sonó en castellano.
La historia vocacional de Henry, el hijo, es distinta a la de muchos músicos cuyos padres pretendían redireccionar su camino profesional lejos de las artes. Con él, ocurrió lo contrario: Desde pequeño, lo fueron dotando de una caja de herramientas como artista. Lecciones de teoría y solfeo, piano, armonía y composición. Lo inscribieron en la Academia Amado López y su orquesta Cuatros y Más Cuatros. Aprendió bastante de su padre, acompañándolo y pillándole las mañas. También le enseñaron instrumentistas llaneros y una maestra severa pero justa: La calle.
Una vez que padre e hijo volvieron a compartir vivienda, Henry buscó la manera de recrear en un disco aquellas experiencias tocando juntos. La oportunidad se presentó cuando recibió una suerte de beca de creación del Museo de Historia de Miami, institución afiliada al Smithsonian.
Tanto el primero, como Los Linárez (2016), son obras que pareciera poseer la capacidad de teletransportar a quien las escucha. Basta presionar play para viajar a un lugar atemporal que pareciera permanecer intacto en el alma de Genrry, Henry y compañía.