Gustavo Márquez, in memorian

Gustavo era un cohete que apenas hacía ignición para despegar. A sus 28 años, ya era lo que se considera un virtuoso; un músico que alcanza esa conexión mágica que lo libera de la cárcel de la técnica para que en su performance todo, o casi todo, sean emociones.

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Gustavo, como lo dice Héctor Molina —su compañero de C4—, era lo que llaman en jerga coloquial un “fiebrúo”. Sólo así pudo hacerse bajista de la agrupación de Rafael “Pollo” Brito a sus 19 años y luego, en agosto de 2014 y a sus 24, unirse a C4 Trío, que había quedado desmembrado desde la partida de Rodner Padilla y su sustituto de lujo, Gonzalo Teppa. El ensamble de cuatristas tenía una presentación en Margarita cuando llegó el jovencito y, ante la sorpresa de todos, se acopló en tiempo récord, porque se había estudiado el repertorio incluso antes de que lo llamaran. A partir de entonces, comenzaron giras por Venezuela, Estados Unidos y Europa y su currículum se siguió engrosando: muy pronto ocupó la vacante que dejó Roberto Koch en el Aquiles Báez Trío. 

Gustavo era hijo de músicos. Quizá por eso, desde pequeño, comenzó a probar instrumentos de percusión hasta que, ante un sol grave y potente, nació un amor a primera vista (mejor dicho, a primera oída). Integró el Coro Infantil Venezuela y, más adelante, estudió en la Universidad de las Artes y aprendió tanto del maestro Gerry Weil como de otros artistas, incluido el propio Rodner Padilla, a quien admiraba. Era una de esas esponjas que absorben conocimientos a un ritmo vertiginoso.

Gustavo era un bajista inconforme. Usaba un instrumento de seis cuerdas porque cuatro no le eran suficientes. Era uno de esos bajistas que van más allá de la base y procuran, además de dejar un cimiento en baja frecuencia, escalar hacia otras notas, participar de las armonías y, por qué no, deslumbrar con algún solo melodioso. Por fortuna, ha quedado registro de ese talento en el álbum Pa’ fuera, de C4 Trío y Desorden Público, nominado al Grammy. También puede percibirse, por mencionar algunos, en Giros, el trabajo de Héctor Molina; en Identidad, el disco recién horneado de Miguel Siso; en San Miguel, de Betsayda Machado y el Aquiles Báez Trío, pieza fundamental de la discografía de la música venezolana en lo que va de siglo; y en el homenaje a Gualberto Ibarreto que produjo Guataca, dirigido por Jorge Torres.

Gustavo era un luchador, porque peleó contra un linfoma y, a pesar del deterioro causado por la enfermedad, los efectos del tratamiento y el trasplante de médula al que fue sometido, dejó grabaciones que serán editadas, en su caso, de forma póstuma. Entre otras cosas, grabó un álbum de Pepperland, el proyecto que “venezolaniza” canciones de los Beatles y, además, dejó sus partes para el próximo trabajo de C4 Trío.

Gustavo era, y esto es quizá lo más importante de todo, una buena persona. Un joven bien intencionado. Un muchacho muy querido por todos.

Gustavo era —es y seguirá siendo— música.