
Cada álbum de Eliana Cuevas es como una página de su diario personal. Tal sensación de intimidad se acentúa cuando se presenta en formato minimalista, como lo hizo en Mi pequeña (Lulaword Records, 2025), un álbum grabado junto a Jorge Glem en el que sigue recorriendo la banda sonora de su vida, que, al mismo tiempo, es parte del mapa cultural venezolano.
Sí, su voz se muestra desprovista de maquillajes y artificios. Se escucha como quien asiste a su fiesta familiar y disfruta de la música en directo, sin microfonía, desde el sofá de la casa. Pero, claro está, quien la acompaña es quizá el cuatrista más recursivo del mundo. Un cuatrista con la fuerza de una orquesta.
Mi pequeña se plantea como una segunda parte de El curruchá (2021), el álbum que Cuevas grabó con Aquiles Báez, último trabajo que editó en vida el guitarrista, compositor y gestor cultural. Además, representa un homenaje, tanto de ella como de Glem, al maestro fallecido en septiembre de 2022.
El álbum comienza con el intro de “A mis hermanos” como un guiño a su memoria. Esa melodía, que evoca la sonrisa de Aquiles, sirve de antesala a “Mi pequeña”, el merengue venezolano que él le escribió a su hija con ojos de papá enamorado: Esa pequeña que se mide en las paredes/ que me raya los papeles/ y dibuja un corazón.
Canciones de siempre
Cada tema proviene de un lugar muy íntimo de la cantante. Las canciones, en su mayoría, no están allí por pertenecer a un canon, sino porque las cantaba desde pequeña con su padre y su abuelo, siempre latentes entre esos versos y acordes.
Simón Díaz es un autor que ya ha estado presente en otras de sus producciones (¡cómo no!). Esta vez, del genio de las tonadas, escogió “El becerrito” —que bien podría llamarse “La vaca Mariposa”—, una inyección de venezolanidad de efecto inmediato. Jorge acompaña charrasqueando con sabor y, de pronto, se detiene a cantar con arpegios, armonizando con la voz principal: Los arroyitos todos le llevan flores por el ama-ne-cer.
“Un heladero con clase” (Luis Laguna) es un merengue al que nos hemos acostumbrado en versiones instrumentales. Lo mismo con “La partida” (Carlos Bonet), un joropo que quizá tenemos más presente por la versión del Ensamble Gurrufío. Cantarlo es un reto. Un ejercicio extremo de respiración.
Algo similar pasa con “El diablo suelto” (Heraclio Fernández), que llega después de un cambur-pintón que le sirve de preámbulo. Jorge lo ha tocado para atrás y para adelante, muchas veces y en diferentes contextos. Por eso puede jugar con tanta soltura, insertar retazos de swing, cortes abruptos, cambios de ritmo. A Eliana le toca cantar la letra de Enrique Hidalgo sobre una melodía que salta varios peldaños del pentagrama entre una sílaba y la siguiente; una acrobacia lírica en medio de la picardía criolla.
En Venezuela, se han escrito grandes boleros. Autores como Aldemaro Romero, Conny Méndez y María Luisa Escobar han dejado joyas de ese género tan atado al alma latinoamericana. Uno de ellos es “Motivos”, de Ítalo Pizzolante, que ha pasado por voces de artistas como Luis Miguel y Vicente Fernández. Con ella, Eliana y Jorge cierran el álbum con aires de romance.
Otro maestro recientemente fallecido y honrado en el álbum es Henry Martínez, de quien tomaron “Venme a buscar”, la más taciturna y reposada del disco. Otra muestra de la poesía del cantautor que escribió “Oriente es otro color” y “A tu regreso”: Habrá fiesta en mi calle con faroles encendidos/ cuando vuelvas.
La propia Eliana aportó una de su cosecha, titulada “El cuatro venezolano”, la única en la que participa otro invitado, el pianista Jeremy Ledbetter, su cómplice y productor de sus trabajos. Es una oda al instrumento nacional y a todo lo que representa en este momento de nuestra historia, en el que estamos desperdigados por el mundo y, con frecuencia, encontramos en esas cuatro cuerdas un ancla y un refugio.
El featuring
Eliana Cuevas vive en Ontario, Canadá, desde 1997. Pero desde el punto de vista artístico, jamás se ha marchado. Cada uno de sus ocho álbumes, en mayor o menor medida, está impregnado de la raíz tradicional de su país.
La artista, que ha ganado premios los National Jazz Awards, los Toronto Independent Music Awards y los Canadian Folk Music Awards, viene de grabar el álbum más ambicioso de su carrera.
Para Seré libre (2023), ella y Ledbetter crearon la Angel Falls Orchestra, con 27 músicos que los acompañaron en las sesiones celebradas en el Richmond Hill Centre for The Performing Arts de Ontario.
El mismo año de ese lanzamiento, pero en mayo, fraguó una presentación, en el Festival Lulaword, de Jorge Glem, al que había conocido no mucho antes en un viaje que el cuatrista cumanés hizo a Canadá junto a la banda del trinitario Etienne Charles.
En esa segunda visita, Eliana y Jorge se metieron en los GMP Studios a grabar una burbuja minimalista y colorida, que ya cualquiera puede experimentar.