La de Raúl Monsalve y Los Forajidos es una música que no se sabe si transporta al pasado o apunta hacia el futuro. Desde Francia, la banda construye un universo paralelo de lo real-maravilloso, un planeta exótico donde se habla en afrobeat, electrónica, soul, funk, calipso y, muy especialmente, tambores de costa afrovenezolanos. 

SOL (Olimpo Records, 2025) comienza como una selva psicodélica. Por debajo de “Fuego al campanero”, como un río, se mueve en una dirección el golpe de una máquina de ritmo cual canción de Prince; y en la otra, la evocación a San Juan Bautista en un sangueo, con su llamado y respuesta, potenciado por la vocalista principal de la banda, Lya Bonilla

“Como el sol”, el tema del que proviene el título del álbum, celebra los nuevos comienzos. El sentimiento luminoso lo transmiten unos quitiplás —en los que colaboró el gran percusionista Gustavo Ovalles— sobre los que se muestra un saludo a John Coltrane, una flauta salvaje de la invitada Amina Mezaache y la modernidad representada en el teclado de Édgar Bonilla, quien también trabaja con Monsalve en la agrupación Insólito Universo

“Hamaca” es un como un pasadizo para llegar al siguiente río. Se trata de un regalo sonoro de Emanative, seudónimo del productor y baterista británico Nick Woodmansey. 

“Machete no hace piquito” se refiere a una flor muy resistente que no se deja matar. Es una metáfora muy poderosa de resiliencia y de fortaleza ante la adversidad, cuenta Monsalve, a quien lo emociona especialmente la participación en la sesión de Kiala Nzavotunga, un guitarrista que, entre otras cosas, fue parte del Egipto 80 del gran maestro nigeriano Fela Kuti

Pasados cuatro minutos instrumentales, surgen las voces y brilla de nuevo Lya Bonilla, quien alcanza su momento cumbre en “Recuperar el vuelo”, unas sirenas en las que dialoga con el invitado Carlos Tález. Ella expresa; él responde, interpreta, consuela. 

Cuenta Monsalve que el tema salió en una sola toma, en la que se improvisaron versos y ella acabó llorando. Son lágrimas del corazón las que ahora están aflorando. Su canto es muy terrenal y, al mismo tiempo, pareciera cruzar el umbral a otro mundo. 

Toda la obra se funda en esa línea delgada en la que se junta la fiesta de la carne, la diversión y el goce, con la espiritualidad, la devoción por las deidades. En este planeta exótico también se reza con las caderas. 

Absorber para crear

La música de Raúl Monsalve y Los Forajidos es un modelo para armar nada evidente. Las piezas no calzan de manera predecible. Verbigracia, “Tiempo que se va no vuelve”, un tema en golpe de Ocumare, con el que también colaboró Gustavo Ovalles. La frase viene de una pieza de la agrupación salsera neoyorquina El Conjunto Libre. 

SOL es el tercer capítulo, tras los lanzamientos de Volumen 2 (2014) y Bichos (2020), de una historia que comenzó en Caracas. Sí, Los Forajidos fueron forajidos en su propia casa, antes de irse a Londres y, después, a París.   

La banda no sólo ha evolucionado en su sonido. También lo ha hecho en su alineación. Actualmente, en directo, actúan los hermanos Bonilla —Édgar, el tecladista; y Lya, la cantante—, el baterista Sebastián Betancourt y el saxofonista colombiano Andrés Vela

Raúl Monsalve hace percusión, aporta voces y toca un bajo eléctrico que indica el camino como un GPS. 

Raúl comenzó respirando rock, estudiando en la Escuela Lino Gallardo y en el Taller de Jazz Caracas, mientras, en paralelo, respondía a una inquietud profunda por un saber que está fuera de las aulas y los pentagramas. 

Suele viajar a pueblos de la geografía norte venezolana, ávido por entender los ingredientes de tradiciones fundadas por pueblos ancestrales, buscando empaparse de esos ritmos que, de paso, están íntimamente emparentados con la dimensión mágico-religiosa del país.  

El músico, miembro de Insólito Universo que también estuvo detrás de proyectos como KRé y que firmó con su apellido un álbum de fusión de jazz titulado Mecha (Discográfica Pilla, 2009), se rige por el “Manifiesto Antropófago” (1928), del poeta brasileño Oswald de Andrade. Subraya aquello de: “Sólo me interesa lo que no es mío”. 

Raúl absorbe todo lo que le atrae y busca darle una nueva vida. Le interesa la raíz, pero no como un boleto al pasado remoto, sino como un horizonte posible, como el de “Ofrenda”, un golpe de San Millán que, confiesa, ya abrió el camino de lo que será la próxima entrega de Los Forajidos. 

El cierre viene con “Calipso Time”, una versión en calipso de “It’s Highlife Time” de los Koola Lobitos (1965), la primera banda de Fela Kuti, que inicialmente grabaron para un homenaje al artista producido en Países Bajos. La de SOL es una mezcla de Malcolm Catto (The Heliocentrics), con quien ya han colaborado. Cuando el álbum culmina, en el ocaso, el baile sigue. 

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