Aquiles Machado y Aquiles Báez – La canción de Venezuela 


La canción de venezuela - machado y báez

Años: 2005
Ingenieros: Darío Peñaloza, Alejandro Díaz, Héctor Moreno y Jesús Jiménez 
Diseño/Fotografía: Danielle Di Martini/Aníbal Mestre e Iván González 

La canción de Venezuela (2005) es uno de esas producciones ante las que uno se pregunta: ¿Cómo es que esto no se había grabado antes? La obra comenzó a construirse, sin querer, en una reunión en la casa del artista plástico Jocobo Borges en Nueva York. Entre tragos e improvisaciones, el tenor Aquiles Machado, apoyado en los acordes de la guitarra de Aquiles Báez, recorrió joyas escogidas con pinza del cancionero venezolano. 

No tardaron en enseriar el proyecto. En los estudios Telearte, ubicados dentro del campus de la Universidad Simón Bolívar, Machado y Báez reunieron al ensamble, todos extraordinarios ejecutantes de sus instrumentos: Rafael “Pollo” Brito (cuatro), el arpista “Metralleta” Orozco, el contrabajista Roberto Koch, el percusionista Alexander Livinalli, el maraquero Juan Ernesto “Layita”, mejor conocido como “Layita” y el mandolinista Pedro Marín. 

Juntos, ante micrófonos y cámaras —el compacto se editó acompañado de un DVD— se pasean por algunas de las mejores piezas, con música y letra, que se han creado en el país. Machado, quien ya había representado a Rodolfo en La Bohème en el Metropolitan Opera House de Nueva York y que un par de años después llegaría a La Scala de Milán, en una constante y ascendente carrera operística, como ningún otro cantante venezolano, cumplía uno de sus sueños: hacer música de su país, probar el sendero de lo popular, aunque sea para una o dos caminatas. 

Machado asumió un reto distinto. Voz tiene para repartir. Disciplina también. Y por supuesto, el sentimiento para quebrar corazones en un estremecimiento que nace antes de la caja toráxica y viaja hasta arrugar los corazones de la audiencia. Pero estas canciones no pedían demasiada potencia, aunque admitieran una buena ráfaga vocal de vez en cuando. Tampoco pedían verbalizar el lamento. Sí pedían desparpajo, si era el “Zumba que zumba” o el merengue “Llegando a Maracay”. Sí requerían ternura —“Viajera del río” o “Flor de mayo”— y también sabor, si frente a él tenía los versos de “Acidito” o “Tu boca”. Machado mostró su sensibilidad al cantarle a “Pueblos tristes” y disfrutó reinterpretando “Desesperanza”, éxito de Alfredo Sadel, uno de sus ídolos; “La distancia”, uno de esos bocadillos sabrosos que popularizó Gualberto Ibarreto; y el joropo llanero, de Reynaldo Armas, “Laguna vieja”. 

Si un extranjero pidiera música venezolana, este trabajo, que se da un paseíto por cada región, sería una estupenda puerta de entrada. Una voz privilegiada apoyada en una base delicada a ratos, recia en otros, una lectura musical que recoge la belleza de la tradicional y la enmarca en el siglo XXI. 


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