Nené Quintero: “El que piense que se las sabe todas, está perdido”

Considerado por muchos como el mejor percusionista de Venezuela, recientemente el maestro cumplió 73 años de edad. Foto: Archivo Guataca

Considerado por muchos como el mejor percusionista de Venezuela, recientemente el maestro cumplió 73 años de edad. Foto: Archivo Guataca

Por Eudomar Chacón

A Carlos “Nené” Quintero no le gustan las entrevistas, pero tampoco se niega. La sensación que le genera estar frente a alguien que le hace preguntas sobre su vida para luego contarle a los demás, le da terror. Las manos le sudan. Se le traba la lengua. No sabe bien qué responder, pero responde.

No ocurre lo mismo cuando está frente a un bombo, un hit-hat y un par de cueros, como los que ahora lo esperan en el escenario del Centro Cultural BOD de Caracas. Es en ese set de percusión donde el maestro encuentra su forma natural de comunicarse con el mundo. Si alguien quiere saber quién es él, que lo escuche tocar, crear, hablar a través de los sonidos.

A lo largo de su carrera se ha dado el lujo de tocar con Eros Ramazotti, Frank Quintero, María Teresa Chacín, Ilan Chester, Franco De Vita, Yordano, Soledad Bravo, Simón Díaz y Gerry Weil. Hasta Celia Cruz forma parte de esa lista. Él no conoce la cifra de los álbumes en los que ha participado, pero la página Sincopa.com registra más de 200.

Por ese instinto extraordinario que exhibe para realzar lo que se genera en salas de ensayo y escenarios, en un jamming o una guataca, muchos lo han catalogado como el mejor percusionista de Venezuela. Acaba de cumplir 73 años de edad y recibe ese reconocimiento con humildad, aunque le cuesta creérselo.

Quintero comparte detalles de su vida. Dice que lloró ante el homenaje que recibió recientemente en la parroquia caraqueña de San Agustín. Habla sobre un álbum que grabó en los años 90 y se perdió antes de editarse. También confiesa que no ha dejado de aprender nunca.

“Yo no busco ser el protagonista, sino que formo parte de lo que me entregan”. Foto: Archivo Guataca

“Yo no busco ser el protagonista, sino que formo parte de lo que me entregan”. Foto: Archivo Guataca

—A tus 73 años te vemos aún creando nuevos sonidos. ¿Será que el secreto de mantenerte joven tiene que ver con que siempre estás explorando?

—Es muy posible, porque no me da tiempo de pensar que tengo 73 años. La mayoría de la gente cree que cumplir esta edad es para retirarse. Si te soy sincero, nunca imaginé que a esta edad pudiera estar todavía tocando, pero tampoco pensé lo contrario. El tiempo lo invierto absorbiendo todo lo que se me viene y todo lo que encuentro en la vida. Todos los días aprendo algo nuevo. El que piense que se las sabe todas, está perdido. Cuando estás pendiente de aprender, siempre descubres más cosas que agregar a tu cotidianidad.

—Hablando de crecimiento, ¿cuánto han evolucionado la Baticonga y el Set McGiver desde que los creaste?

—Siempre van cambiando. A veces pongo un instrumento diferente al que usé en el concierto anterior. Lo que sí dejo libre para usar siempre son las manos.

—Si tuvieras que elegir entre un set y otro, ¿con cuál te quedarías?

—Es difícil, porque todo depende de lo que voy a tocar. Cuando a mí me invitan a estar en un concierto o un disco, veo quiénes son los demás músicos, evalúo el repertorio y decido qué es lo más conveniente de llevar.

—Has tocado con un montón de gente, desde Yordano y Aquiles Machado hasta Celia Cruz y Eros Ramazotti. ¿Quiénes integran tu lista de memorables?

—Mira, todos me han dejado algo muy bonito. Decir que uno es más especial que otro, es difícil para mí, porque con todos ha quedado una muy linda amistad.

—¿Llevas la cuenta de en cuántos álbumes has tocado?

—Son demasiados.

—¿Cuáles has sentido más tuyos?

—Creo que todos aquellos en los que he participado de lleno en la banda. Por no ir muy lejos, las cosas de Yordano. Yo formé parte de su primera banda. Primero estuve con la gente de Melao, y tuvimos la oportunidad de incorporar esa propuesta, bastante experimental, a la de Yordano, que fue más fácil de digerir por el público.

—Sé que en el pasado intentaste sacar un disco solista, pero no fue posible...

—Sí, eso fue a principios de los 90. Se me dio la oportunidad con una disquera de grabar siete temas, en los que participaron luminarias como Luis Perdomo, Vytas Brenner y Otmaro Ruiz, todos grandes de la música. En un momento tuvieron que reciclar cintas en la disquera, y entre ellas borraron la mía por error. Como no había backup de eso, se perdió el trabajo. Ahí se me bajaron los ánimos. En algún momento me sentaré a hacerlo. Tengo música para hacer al menos unos dos álbumes.

“Cuando algo no queda como yo esperaba, aprendo la correcta manera de hacerlo”. Foto: Archivo Guataca

“Cuando algo no queda como yo esperaba, aprendo la correcta manera de hacerlo”. Foto: Archivo Guataca

—Muchos te consideran el percusionista número uno de Venezuela. ¿Qué quieres dejarle a tus sucesores?

—Bienvenido sea ese reconocimiento, aunque yo no me lo creo. La verdad es que todo está grabado. Ponerme a decirles algo no tiene sentido, porque la gente no coge consejo. Prefiero que quede mi trabajo ahí y que ellos tomen de ahí para hacerlo mejor. Siempre se puede enriquecer algo que ya está hecho.

—¿Cuál consideras que ha sido la clave para que muchos te tengan en tan alta estima?

—Creo que es el respeto que tengo por la música. A mí siempre me llaman para que grabe, porque yo no busco ser el protagonista, sino que formo parte de lo que me entregan. Los demás artistas agradecen mucho eso.

—Recientemente fuiste homenajeado en tu parroquia en el Festival de Música Cumbe San Agustín. ¿Cómo te sentiste?

—Emocionado hasta las lágrimas. El primer del día del homenaje me entregaron un premio. En el programa incluyeron a una cantante muy buena, Valentina Becerra, quién interpretó un bolero que yo hice cuando tenía 16 años, y que es muy conocido en San Agustín. Eso me conmovió mucho.

—San Agustín ha sido semillero de grandes percusionistas. ¿Había algo en ese ambiente en que te criaste que te contagió el ritmo?

—Yo antes tocaba cuatro, guitarra y cantaba. Pero en lo que descubrí la percusión, o ella me descubrió a mí… digamos que nos descubrimos, ya no recuerdo cómo fue, empecé a sentirme en mi zona. Me enamoré de la percusión. Lo demás fue historia. Todavía uso la guitarra y toco el piano. Eso me ayuda a componer. Es importante que como percusionista conozcas algo de armonía, cosa que algunos no tienen. Siempre invito a los colegas a que tengan conocimiento de lo que es un acorde, una escala, una tonalidad, para que tengan mayor facilidad de interpretación en un giro armónico, y así saber llevarlo a la percusión.

—Si no fueras músico, ¿a qué te dedicarías?

—No sería. La música es mi vida.

—¿Te arrepientes de algo?

—No. De lo que mucha gente pudiera arrepentirse, que es de lo que no le sale bien, para mí es enseñanza. Cuando algo no queda como yo esperaba, aprendo la correcta manera de hacerlo.

—¿Cuál es tu opinión de las nuevas generaciones de percusionistas?

—Esta generación tiene la oportunidad de ver las cosas de una manera que yo no vi al principio. Cuando yo nací, no había televisión a color, ni nada de eso. En cambio toda la gente de ahora tiene acceso a una infinidad de cosas por Internet, que los llevan a tener una perspectiva más amplia de las cosas. De eso también aprendo: del avance tecnológico, de cómo los más jóvenes ven las cosas. Eso me ayuda a colorear más.

 

“Colorear”. Así le llama Nené a la magia que ha hecho durante más de medio siglo. Así le llama a lo que hará apenas termine la conversación y vuelva a su hábitat natural. “Así sí me gusta que me entrevisten”, bromea cuando se sorprende relajado, como si no tuviera un grabador encendido enfrente. Ahora lo esperan su yembé y sus maracas, a través de las cuales se comunicará, hablará, coloreará.