La persistencia de un contratenor venezolano suena en la Ópera Nacional de París



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Por Marjorie Delgado Aguirre

Cuando su primera profesora de canto dejó de enseñar en Guatire para hacerlo en La Rinconada, Fernando Escalona se fue tras ella sin permiso. Era un adolescente y pretendía inscribirse solo en el nuevo lugar que quedaba a 53 kilómetros de su ciudad.

En adelante, tendría que viajar todos los días hora y media o más a fin de llegar a sus clases de música y lo mismo para regresar a casa. No le importaba la distancia, el tiempo, el esfuerzo. Fue el principio de un camino que lo llevó a debutar la semana pasada como el primer contratenor que ingresa en la Academia de la Ópera Nacional de París.

¿Contratenor? ¿Para qué empecinarse en alcanzar un registro vocal tan agudo como el de un niño o una mujer? Muchos le insistieron en que él era un gran barítono (voz masculina con tesitura grave) y apostaban todo a que sería uno de los más aplaudidos. Pero Escalona, que tiene oído absoluto, no escuchó esas palabras. Cuando le decían que no cantara algo porque ese papel no era para él, un grito con megáfono resonaba en su interior: “Yo sí puedo”. Y volvía a ser el niño tenaz que se fue tras su maestra.

El guatireño, que no viene de una familia de músicos, se formó en varios núcleos del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, y cantó en la fila de tenores, bajos, contraltos y sopranos de la Coral Nacional Simón Bolívar de Venezuela, mientras estudiaba con Margot Parés Reyna. También acudió a clases con Isabel Palacios. Luego, ganó una beca completa para cursar en la Escuela de Música Barroca de Versalles, el lugar ideal para saber si había hecho las cosas bien o no. Y ahora cantará durante tres años en el Palacio Garnier y en la Ópera de la Bastilla.

Justamente desde una butaca del Palacio Garnier, Parés Reyna escuchó a Pavarotti, Mirella Freni, José Carreras, Plácido Domingo y ahora le emociona y le enorgullece saber que su alumno cantará en ese mismo escenario durante los próximos tres años. “Aparte de tener una gran voz, él es un artista hasta la médula. Tiene un excepcional don de arte. Además es muy disciplinado. Es muy difícil llegar allí”, dice ella, quien además de preocuparse por su formación vocal también le dio sus primeros diccionarios de inglés, le prestó libros y le enseñó francés antes de que el músico emprendiera su viaje a Francia.

“Una de las cosas que siempre me impresionó de Fernando, aparte de su talento, es su inteligencia. Tiene una suerte de oído clínico, por decirlo de alguna manera, para conocer su cuerpo, saber dónde está la dificultad y encontrar la solución. Es un cantante que ama la técnica y que aprovecha cada oportunidad para aprender”, dice Lourdes Sánchez, directora de la Coral Nacional Simón Bolívar de Venezuela, que lo conoce desde que era apenas un niño.


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Romper el molde

“La norma general dicta que la voz de un contratenor debe ser menuda, sin vibrato, siempre angelical, como si fuera la de un niño. Yo quería salir de ese estereotipo y estudié para eso”, dice el músico.

Escalona encontró la personalidad de su voz, una que no le huye a lo dramático, que no le teme a la potencia, a lo lírico. “Estamos ante la presencia de un pionero. Usted puede ser un ejemplo para bien o para mal, eso dependerá de usted”, le dijo frente a todos el director de la Ópera Nacional de París, Stéphane Lissner, durante la bienvenida.

La institución francesa le hizo al cantante venezolano una audición en cinco etapas, una experiencia distinta a la que vivió el resto de sus compañeros que presentó audiciones de una etapa. “Debían estar seguros de que yo tenía lo que ellos querían porque estaban apostando por primera vez por un contratenor”, asegura el músico.

El cantante disfruta el reto tanto como cada minuto de su extendida jornada, que comienza a las 7:00 am, cuando su voz amanece en el registro de un barítono y tiene que vocalizar para llegar a las notas que debe alcanzar un contratenor. El día sigue entre las 8:00 am y 10:00 pm con más de seis sesiones de canto en alemán, italiano, francés. Cada una tan exigente como la otra, con maestros que profesan la perfección. “Son meticulosos. Pueden quedarse 45 minutos en una palabra y hasta que la cantes como un nativo no te dejan en paz. Los entiendo. Nadie quiere pagar una entrada de 400 euros para escuchar algo que no suene perfecto”, dice.

Al entrenamiento vocal suma las horas con el repertorista y clases en las que les enseñan cómo vestirse para cada concierto (porque no es lo mismo vestirse para cantar en un teatro de cortinas rojas con balcones dorados que en uno con paredes blancas), más los ensayos en los que sus maestros están atentos al mínimo error: si levanta una ceja cuando no es necesario, si arruga la frente, si ríe cuando no tiene que sonreír. Al llegar a su casa, estudia las partituras de lo que verá al día siguiente, diferentes de las que cantó esa tarde o la anterior. Puede pasar dos horas frente al espejo para enfrentarse a sí mismo y corregirse. Y, con todo esto, aún le queda tiempo para pintar, componer y seguir pensando en el futuro.

En ese horizonte con el que sueña también ve una escuela para contratenores en Venezuela. “Yo recibí una educación musical que no hubiera podido pagarme. Sé lo que vale. Aquí, en Europa, una clase de canto de una hora cuesta 180 euros. Y en el Sistema yo recibí clases todos los días con Margot y maestros y directores invitados que son de los mejores y quiero retribuir eso”.

Crear esta escuela, afirma, sería una forma de ayudar a muchos cantantes que quieren ser contratenores, pero se resignan a cantar como barítonos o tenores porque no hay maestros especialistas en su voz. Él pudo hacerlo y no solo logró ser un buen contratenor. Aquel chico que salió de Guatire a perseguir su oportunidad no solo fue hasta La Rinconada, se convirtió en el primero en llegar a la Academia de la Ópera Nacional de París.

Publicada originalmente en El Nacional


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