
Sonidos y voces de la diáspora venezolana (2026), el documental de Pablo Gil y Luisa de la Ville disponible en Youtube, muestra una arista luminosa del mayor éxodo de la historia del hemisferio occidental.
Durante 30 minutos —lo que duraría una sinfonía— se construye un relato coral de músicos migrantes. En media hora de testimonios, se dibuja un arco que va de la herida sangrante a la sutura, del dolor y la desesperanza a un proceso de sanación y a lo que el bandolista y mandolinista Saúl Vera llama “proceso de transformación permanente… sin vuelta atrás”.
Durante la pieza audiovisual, editada por Nascuy Linares y narrada por el percusionista peruano Tony Succar, se va gestando un encuentro, como ocurre en la diáspora misma. Cuando el migrante se halla, con su mochila de recuerdos, experiencias y nostalgias, transitando un camino solitario, lo primero que hace es buscar a los que llevan en el alma la misma bandera.
En esta reunión, surge la canción más popular de Simón Díaz —¡cómo no!—, que sirve como patio común. Allí se juntan las voces del Pollo Brito y Mariaca Semprún, un trabuco musical de múltiples instrumentos, con los quitiplás de la tradición afrovenezolana, el manto orquestal que nos recuerda la vitalidad de las orquestas del Sistema y el sabor de la música caribeña que también echó raíces en la tierra bolivariana. Todo eso cae junto, en armonía, como el Salto Ángel.

Pablo Gil tuvo el impulso de crear Sonidos y voces de la diáspora venezolana porque necesitaba subrayar el color y la luz que ha viajado con sus 7 millones de compatriotas (cifra de la plataforma interagencial R4V de la Organización de Naciones Unidas) que han cruzado fronteras, en procura de una vida mejor, desde 2015 hasta el presente.
Lo hizo desde su ambiente y su lenguaje: la música. Lo hizo tomando una muestra de su entorno. Con sólo mirar alrededor, a sus talentosos amigos y colegas, se encontró con material valioso para contar una historia.
La mayoría habla desde el sur de Florida, donde, tal como lo cuenta el narrador y testigo Tony Succar, la escena musical ha cambiado visiblemente gracias a los nuevos residentes venezolanos de la última década.
Hablan también los integrantes del Caracas Trío (Gabriel Chakarji, Daniel Prim y Juan Diego Villalobos) desde Nueva York. Y lo hace Álvaro Paiva Bimbo, quien actualmente hace música para cine desde Los Ángeles. Ellos son sólo una parte, una cápsula de un movimiento enorme que también ocurre en Bogotá, Lima, Buenos Aires, Ciudad de México, Madrid, París y muchas otras ciudades del mundo.

La violinista Daniela Padrón concluye que una de las grandes dificultades del migrante es no estar presente para despedir a los seres queridos que fallecen. Cuando exterioriza la imposibilidad de cerrar emocionalmente esos capítulos de su vida personal, se le hace un nudo en la garganta. Llora. Pero cuando Pablo Gil, desde fuera de cámara, la invita a tocar, ella, resiliente, se sacude la pena, chasquea los dedos y se anima: “¡Dale, pues, vamos!”. La música aparece como un antídoto.
Henry Linárez cuenta que en Venezuela fue secuestrado y que, en el momento del rescate y la huida, salió con su cuatro, su instrumento: “Recuerdo los sonidos de los proyectiles, ¿no? Y esos proyectiles pasaban a mi izquierda y a mi derecha. Pero había algo que me protegía, y era el estuche de mi cuatro, que físicamente lo tenía detrás de mí”. La música también aparece como escudo protector.
El cuatro siempre está presente. Participa Miguel Siso, como miembro del elenco de la obra Papá Cuatro. También está Héctor Molina del laureado ensamble C4 Trío, acompañado por su esposa, Yaritzy Cabrera, flautista de la Orquesta Sinfónica de Miami. Y con ellos, un grupo conspicuo de artistas.
Melodías de Simón, pero también de Aldemaro Romero, Hugo Blanco y Henry Martínez, así como piezas de gaita zuliana, merengue caraqueño y tambores afrovenezolanos, se mueven entre las voces como el agua de un río subterráneo.
“El país es la cultura en la que creciste, más que un lugar geográfico”, dice el músico y divulgador César Muñoz, mientras el baterista Adolfo Herrera conduce por una carretera floridana diciendo que cuando escucha música de raíz venezolana siente que viaja por Guárico. La música cambia el ambiente. La banda sonora es el ambiente.
Gerry Weil, fallecido en noviembre de 2024 a sus 85 años de edad, alcanzó a participar en las sesiones. Su relato es clave porque el gran maestro austriaco-venezolano hizo el viaje épico a la inversa en 1957, justo cuando el país estaba a punto de estrenar su democracia: “Lo mío fue empezar una nueva vida en un sitio maravilloso (…). En Venezuela, me quedé, me casé, tengo dos hijos, una nieta, un nieto y muchos amigos”.
María Fernanda González, mejor conocida como Mafer Bandola, abre la puerta hacia un futuro en el que ese organismo vivo de la cultura seguirá mutando, mostrando nuevos colores producto de la mezcla y la experimentación: “Hablemos de esto en 10 años, de cómo hemos influenciado al mundo y cómo el mundo nos ha influenciado a nosotros”.