
Natalia Auli siempre se ha movido en el mundo clásico. Su oboe se pasea cómodo entre Mozart, Strauss, Carl Philipp Emanuel Bach, sonatas del siglo 19 y piezas del Barroco. De esa sustancia estaba compuesto el repertorio que afinaba para su máster en el Conservatoire National Supérieur de Musique et Danse de Lyon, Francia, durante 2021. Pero ella necesitaba llevar algo distinto, fresco; decir más de sí misma. Por eso decidió incluir algo de su esencia venezolana.
Natalia contactó a Andrés Eloy Medina buscando material que apuntara en esa dirección. Quien fuera su maestro en Venezuela, además de ocupar por muchos años la posición de oboista principal de la Sinfónica Simón Bolívar, le envió una obra suya titulada «La loquilla» que había estrenado a principios del siglo que corre con la agrupación Arcano. A ella le gustó tanto que él le hizo un arreglo especial a su medida, pensado para que su oboe brillara al máximo en su presentación.
El día del recital, frente a estudiantes del conservatorio francés, profesores, autoridades, una audiencia nutrida de gente que sabe mucho de música, la venezolana se sumergió en ese joropo con onda nueva vivaz, dinámico y colorido dedicado a Caracas. La reacción de esa audiencia nada familiarizada con el sonido venezolano fue de emoción y asombro. «Recuerdo la cara de uno de mis profesores —recuerda Natalia—, estaba muy impresionado».
«La loquilla» es la piedra fundacional de Sincretismo (2026), un álbum que sale cinco años tras aquella experiencia. Se trata de gran proyecto de dos partes, concebido por Auli para dar rienda suelta a su pasión por la raíz tradicional venezolana. Ella, oboista de la Orchestre National Bordeaux Aquitaine en Francia (ONBA), finalista en 2021 del prestigioso Concurso de Ginebra, necesitó subrayar, en un contexto francés, su denominación de origen.
Para la primera entrega, conceptualizada en formato de grupo de cámara —o ensamble tradicional, si a ver vamos—, convocó a un grupo de conspicuos instrumentistas a los estudios Ferber de París, míticas salas de grabación por las que ha pasado gente muy prominente de la industria musical, desde Serge Gainsbourg, Juliette Greco o Charles Aznavour, hasta Michel Petrucciani, Richard Galliano y Chet Baker; o, por nombrar un par más, Cat Stevens, Frank Zappa, Nina Simone, Black Sabbath, John McLaughlin, Al Di Meola, Luz Casal y Paco de Lucía.

Dependiendo del tema, Auli armó dúos, tríos, cuartetos o quintetos. Participaron el violinista —otro residente de Francia— Alexis Cárdenas, el cuatrista Héctor Molina, el contrabajista Roberto Koch y el guitarrista Jesús “Pingüino” González Brito, así como Sylvain Borredon (marimba) y su hermano, David Auli Morales (maracas).
La oboista evitó releer piezas muy conocidas del repertorio nacional, como suele hacerse, especialmente desde la mirada del migrante nostálgico. Prefirió ir, con pinzas, a la caza de joyas nuevas o poco difundidas, y ampliar así el repertorio para su instrumento.
Encontró una del maestro Luis Laguna (1926-1984), que le arregló “Pingüino” —como le dicen todos, de cariño—, titulada con su propio nombre, “Natalia”, que nada tiene que ver con el Vals No 3 de Lauro. Es una pieza delicada, que grabó apoyada en la guitarra del arreglista, entrelazando el sonido que emana de su oboe con el que produce Alexis Cárdenas al deslizar su arco por el cuerpo —el diapasón— de su violín. Por momentos, se juntan. En otros, se otorgan silencios para que sea el otro quien hable; o quien arrulle porque, a fin de cuentas, es una canción de cuna.
En el álbum, suenan dos piezas que suponen cambios de ritmo drásticos. Una, es “La danza del caracol”, de Daniel Arango Prada, laureado compositor colombiano establecido en París, que procura una experiencia cinemática, casi meditativa, con rastros de bambuco.
La otra es “Mestizo”, una composición de Carlos Alberto Cárdenas, otro colombiano, establecido en Alemania. Auli camina, como quien va de puntillas, sobre la marimba de Borredon. Él, por parte, construye una alfombra con hilos que vienen de un sustrato histórico profundo, en el que se mezclan esencias africanas, indígenas y europeas. Es una pieza que pareciera danzar entre los dos ambientes que mueven la obra: lo contemporáneo y lo folclórico.
El resto es ritmo y sabor, golpes asincopados y 6×8 zapateable; baile en traje de gala. Es el caso de los tres aportes de Andrés Eloy Medina, entre ellos la ya mencionada “La loquilla”.
“Er cataco” sale a la superficie del mar más adelante. Viene siendo un joropo oriental con pretensiones cosmopolitas, mientras que “Visiones”, la tercera de Medina, que baja el telón de Sincretismo, es un joropo que permite a Auli dejar fluir todo ese aire diáfano y brillante, siempre al tope del registro tonal.
“El naranjal”, es una pieza de Pedro Colombet que parte de una cadencia que parece brasileña, pero muy pronto revela su verdadera naturaleza de gaita de tambora. Evoca viajes por el estado Zulia.
De San Antonio de los Altos a París
Han pasado muchos recitales, concursos y lecciones, mucha tinta en el pentagrama, desde que Natalia Auli se apuntó como oboísta —a regañadientes, porque ella realmente quería ser saxofonista como Lisa Simpson— al núcleo del Sistema de Orquestas de San Antonio de los Altos.
Allí escaló muy pronto hasta la orquesta juvenil regional, donde recuerda —tenía 13 ó 14 años— la emoción que le produjo a ella y a quienes presenciaron su performance, su solo de oboe en el “Danzón No 2” del maestro mexicano Arturo Márquez.
El siguiente peldaño, al tiempo que pasaba por aulas del Conservatorio Simón Bolívar y la Academia Latinoamericana de Oboe, fue audicionar con éxito para la Orquesta Sinfónica Teresa Carreño, una de las agrupaciones bandera del Sistema, de las que viajan por el mundo deslumbrando a propios y ajenos. Allí tocó frente a la batuta de personalidades como Gustavo Dudamel y Simon Rattle.
Su formación continuó en el Conservatoire National Supérieur de Musique et Danse de Lyon, desde donde se abrió camino hasta su puesto actual dentro de la Orchestre National Bordeaux Aquitaine.
Auli ha destacado en muchos certámenes internacionales para oboístas, pero ninguno ha sido tan significativo como el Concurso de Ginebra, al que se apuntó entre 144 participantes y acabó en el tercer lugar. Desde entonces, grabó varios álbumes de corte académico, antes de sumergirse en Sincretismo.
Lo que he comentado en este artículo corresponde a una cara del proyecto. La otra corresponderá a obras en formato sinfónico. Natalia comisionó a Héctor Molina un concierto que ya presentó en julio de 2025, acompañada por la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y el director Luis Miguel González, en la Sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño.
Molina, virtuoso cuatrista y miembro del C4 Trío, trabajó en constante consulta con la solista. El resultado conjuga, en sus cuatro movimientos, esencias de tonada, joropo, merengue caraqueño y tambores afrovenezolanos, especialmente un golpe de San Millán.
A ese concierto se agregarán más obras en la que será la segunda entrega de Sincretismo. Desde ya, comienza una cuenta regresiva para que todo eso pase por el estudio de grabación y podamos ver —escuchar— la criatura completa.