Un viaje microscópico por la imaginación de Rafael Greco


Rafael Greco abrió las puertas de su mundo. Ahora todos pueden entrar y maravillarse. Basta con presionar play, acomodarse en la nave y prepararse para el despegue. Dice que vive/Signs of Life (2022), obra del multiinstrumentista zuliano, es un tour por el parque temático de su imaginación. Una travesía, musicalmente exquisita, por sus afectos, miedos y obsesiones.

No es un álbum cualquiera. No son cuatro músicos metidos en una sala reproduciendo partituras. Es como una instalación artística, un collage, con relieves y profundidades, repleto de mínimos detalles.

Dice que vive/Signs of Life, editado por el sello disquero estadounidense Blue Canoe, representa un debut. Una primera vez. Pero es la primera vez de un artista con casi cuatro décadas de currículo. En una sola frase, Rafael Greco (Maracaibo, 1967) es uno de los mejores saxofonistas del país, que ha pertenecido a Guaco en dos etapas (1988-1999 y 2013-actualidad).

Gracias a la banda, ha viajado bastante. Y en esos viajes ha dado rienda suelta a una de sus manías: Grabar ruidos urbanos, conversaciones multilingües, músicos en plena calle en Tokio, Milán, Madrid o Panamá. La matriz de su álbum la encontró así, gracias a un tamborito panameño cuyo sonido se llevó en su teléfono celular. Partiendo de él, comenzó a trabajar en una canción llamada “Belén”, que funcionó como muñeca rusa. Dentro de ella encontró un patrón que lo cautivó. Lo extrajo de allí y, escuchándolo, notó que renacía cada vez que sonaba. «Era como un ave fénix», detalla Greco, obsesionado con la reiteración. Más que la mera repetición, encontró en ese volver a empezar un ejercicio espiritual.

Todo eso, sumado a sus estudios de ritmos de África Central y la influencia de artistas como Steve Reich —neoyorquino, pionero del minimalismo— dio como resultado “Mantra”, la contraseña que abrió las puertas del álbum. Y “Belén”, canción dedicada al amor de su madre y en la que Víctor Mestas grabó el piano eléctrico, también quedó como parte de la obra.

A pesar de la íntima relación de Greco con el saxo, durante la realización preponderaron otros elementos: 1) Un montón de wurlitzers, rhodes y pianos procesados; más 2) una poderosa percusión. Y 3) (No olvidemos) la reiteración, el loop como concepto, la organización de su cachivache sonoro.    

El propio Greco grabó las voces principales, pero contó con la ayuda de su esposa, Pimpi Santistevan, y de su hija, Lucía Greco, así como de Marcial Istúriz y Guillermo Carrasco. Escribió todas las letras, menos una, la de “African Boy”, que aportó el propio Guillermo, con quien conserva una estrecha amistad y una complicidad artística de la que quedó huella en el álbum Una a la vez (2003).

Greco grabó partes de percusión, pero se apoyó en los especialistas Luisito y Roberto Quintero, con quienes trabajó en Nueva Jersey. La obra, en la que invirtió tres años, junta géneros musicales muy variados de un modo natural. Nada es ni siquiera remotamente puro. Suena al Caribe, al Zulia, a salsa, guaguancó y tambores, pero también suena a jazz, a pop, modernidad y metrópolis. Todo arropado por montones de retazos que trajo como suvenires de sus viajes, que parecen la banda sonora del subconsciente.

“10th Avenue” habla de la calle de su infancia en Maracaibo. “An illusion” aborda la devoción mariana, en específico la que despierta la Virgen de La Chiquinquirá. “Ondé”, que termina con un solo de fliscorno del gran Randy Brecker, habla de las angustias que sentían los padres venezolanos durante las protestas de 2017, cuando sus hijos salían a las calles y tardaban en volver a casa. Y “Time”, cuya batería grabó Mark Walker (Oregon, Paquito D’ Rivera), refleja la melancolía que le produce la migración de su hija Lucía a Chile y, por extensión, el sentimiento de tantos compatriotas de esta era que sufren la diáspora y la lejanía de sus seres queridos.

Greco tiene algo de hombre renacentista. Es autor de dos libros infantiles publicados por Camelia Ediciones: Begoña La Araña (2008) y La nueva nariz (2011). Una pizca de esa faceta se coló en el álbum. La primera de las 13 canciones que lo integran, titulada “Once Upon a Time”, es un relato breve, con castillo medieval, ogros y dragones, de un caballero que falla en el rescate de su damisela por andar contando su misión antes de lograrlo. Allí destaca, en el rhodes, el barquisimetano establecido en Boston, Santiago Bosch.

Y aunque los retratos usados para el arte del álbum son de Leo Álvarez, Greco es un fotógrafo talentoso, cuyas imágenes se han convertido en carátulas de trabajos como El vecino (2018) de Juanma Trujillo y Viaje a la luna (2021), el EP de Mariana Serrano. También participó en un proyecto de Antonio Mazzei llamado Chroma, que incluyó imágenes de varios fotógrafos y que gozó de la curaduría de Vasco Szinetar.

Escuchar himnos es otra de sus manías. Himnos de toda índole y origen, especialmente los eclesiásticos. De ese gusto curioso surgieron dos canciones: Una muy corta titulada “11-2”, que comienza con una carcajada. Y otra llamada “Igno-two”, que parece una música circense y disparatada. Su título responde a un juego de palabras. Es como Himno-2, pero también suena a Isnotú, el pueblo del beato José Gregorio.  

“Mr. Iwai” tiene su historia aparte. Es una composición dedicada al fantasma del miedo, que nos sigue a todos. Luchar es mi pasatiempo, dice. El título ata una expresión en italiano que decía su madre cuando se presentaban problemas con el nombre del álter ego del Capitán Centella: El Detective Iwai.   

El álbum cierra con “Five Miniatures for Solo Piano”, para la que el músico escogió expresamente nada menos que al pianista Arnaldo Pizzolante. En su formato digital, aparece una pista 13º titulada “Ghost Owner”, que en principio está concebida como un bonus track de esos que surgen de la nada en los LP tras unos 30 segundos de silencio. Es allí donde por fin Greco es saxofonista y se embarca en un diálogo jazzístico y absolutamente libre con Juanma Trujillo.

Aparte de Trujillo, con quien había compartido ya en un proyecto llamado El Regaño, que dejó dos álbumes, otros guitarristas participaron en el álbum: Rigel Mitxelena, Dani Barón, Juan Ángel Esquivel y —¡suenan redobles!— Steve Kahn, un maestro que ha tocado con Miles Davis, Billy Joel, Steely Dan, James Brown, Stan Getz, Quincy Jones… Y eso es sólo la punta del iceberg. 

La hoja de vida de Greco incluye otros hitos importantes como su participación fundamental en el disco En El Cerrito (2013), que el cuatrista Jorge Glem grabó con Diego “El Negro” Álvarez (percusión), Rodner Padilla (bajo) y los ingenieros Germán Landaeta y Vladimir Quintero. De ese combo, Greco contó con Padilla para varios bajos. Y también con el maestro Landaeta, quien colaboró con arreglos, samples, la mezcla, el mastering y, de ñapa, la co-producción que compartió con el protagonista, ese experimentado debutante que finalmente pasó en limpio lo que ya existía en su cabeza.


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