Una Atapaima se nutre de amoríos y dulzuras


Así como la flora embellece el paisaje, las voces colorean el aire. Atapaima, agrupación vocal que lleva el nombre de una flor habitual en jardines venezolanos, editó un álbum que exhibe la diversidad de estilos, ritmos y humores que constituyen la tradición musical del país. De amoríos y dulzuras (2023) incluye 14 canciones, en las que ningún género se repite. Pero son 14 celebraciones de una misma pasión: El canto. 

La obra cambia de un ambiente a otro, de un golpe de tambores guariqueño a una contradanza y de un vals a un calipso. Mientras tanto, Ana Isabel DomínguezAna Cecilia LoyoDiana Herrera y Lorena Colmenares se alternan, pasando a primer plano, para luego retroceder y fundirse en armonías.  

Los ánimos comienzan arriba, cuando suena “De amoríos y dulzuras”, la que dio título al LP porque sirve como carta de presentación. Un coro polifónico sobre base de tambores surge como intro y hace de cortina entre estrofas, cada una en una voz distinta, con breves expresiones del pensamiento de la mujer. 

El cuarteto procuró intercalar, entre canciones apacibles, románticas y reflexivas, las de beat acelerado, las que invitan a bailar, como “Un tambor para Olga”, que camina sobre tambores de Coro cortesía de Jorge Villarroel, o una diversión oriental, “La mariposa”, en la que destaca la necesaria mandolina de Jorge Torres. También, agitan el ambiente el calipso “You Better Run”, donde suenan el cuatro de Javier Marín y el bajo de Xavier Perri, y “Qué bella se ve”, una fulía central, bien parrandera, donde el cuatro lo toca el maestro Aquiles Báez

Báez, quien murió el 12 de septiembre de 2022, está siempre presente; no sólo a través de las guitarras y cuatros que grabó. Aquiles fue una suerte de gurú de Atapaima, parcialmente responsable de su existencia, concepto y evolución. Fue él quien se encargó de nutrir aún más el acervo musical de sus integrantes. A referencias como el Quinteto Contrapunto, Serenata Guayanesa, las brasileñas de Ordinarius, el cubano Cuarteto Las d’Aida o la banda italiana Neri Per Caso, sumó, por ejemplo, a la agrupación brasileña MPB4 y a los argentinos de Aca Seca Trío, con quienes incluso hicieron amistad. 

Atapaima es una propuesta que floreció en parrandas. El grupo de amigas decidió formalizar su sana costumbre de juntar sus voces en agasajos y debutó, con su primera alineación, en el ciclo Noches de Guataca en 2016. Al principio, participaban activamente otras integrantes como Roraima Albornoz, y, sobre todo, Andrea Paola Márquez, artífice del proyecto musical y pedagógico Mi Juguete es Canción. En el camino, se juntarían Iliana Goncalves y Cyntia Irady, quienes, aunque ya no son parte formal del grupo, dejaron su huella en De amoríos y dulzuras.  

“Cantos de trillar café”, la única grabada totalmente a capella, es como una caricia, un masaje al alma (que hicieron originalmente para un proyecto colaborativo de la Asociación Trabajo y Persona). También cautiva el vals “Qué bonito”, compuesto por Alberto Rojo y arreglado por César Alejandro Carrillo, ex director del emblemático Orfeón de la UCV. Y “Sol en contradanza”, una composición que Ana Cecilia Loyo elaboró en el Taller de Canción Popular de Henry Martínez. La pieza, con arreglo vocal de Ana Isabel Domínguez —responsable de la mayoría de los arreglos— y un clarinete ejecutado por Carmen Borregales, es uno de los grandes aciertos del álbum. 

Atapaima abarca el mapa venezolano completo. Por un lado suena la sucrense “Jota de despedida”, otra creación de Loyo, que habla de los amores inconclusos, cantada por la cumanesa Cyntia Irady y acompañada por el cuatro de Andrés Cartaya. Por el otro, retumba un golpe serrano, de Falcón, titulado “La arigua”, single sabroso que incluyó un clarinete tocado por Williams Mora. El abanico va del lejano oriente al extremo occidental.

Cuenta Ana Isabel Domínguez que Atapaima no toma decisiones si no gozan del 100% de popularidad dentro del grupo. Quizá por eso, costó dejar por fuera piezas. Hablamos de un álbum de 14 canciones en tiempos en los que los artistas suelen optar por el formato EP o presentar trabajos que van hasta siete u ocho pistas, lo cual se supone más conveniente desde el punto de vista práctico en un escenario en el que el disco es negocio exclusivamente para un ínfimo número de artistas. 

Aunque lo venezolano predomina, Atapaima da rienda suelta a su gusto por otras expresiones de folclore latinoamericano. Del dominicano Víctor Víctor, uno de los máximos representantes de la bachata, interpretaron “Te busco” con intención de bolero enamorado. De los argentinos Manuel J. Castilla y Gustavo “Cuchi” Leguizamón, tomaron la entrañable “Zamba de Juan Panadero”. A la colombiana Totó La Momposina la homenajearon con una versión atapaimada de “2 de febrero”. Y de Brasil —¡Imposible no traerse algo de Brasil!— se atrevieron a un cover de la samba “Pra que chorar” (Baden Powell/Vinicius de Moraes). En ese tema, que contó con la guitarra y el contrabajo de David “Zancudo” Peña y la percusión de Pedro Isea, puede intuirse la sonrisa de las cantantes en el momento de la grabación. Un goce que trasciende y contagia a quien escucha.  

Varios obstáculos retrasaron considerablemente el álbum debut de Atapaima, una producción independiente en la que colaboraron otros instrumentistas como el contrabajista Carlos Rodríguez y el percusionista Reinaldo Chacón y cuya ingeniería estuvo a cargo de Ramón MonteroAlonso Lacruz

Cuando el proyecto avanzaba a buen ritmo, un lunes, justo tras una presentación en directo el sábado previo en el Colegio Emil Friedman, fue decretada oficialmente en Venezuela la pandemia del Covid. De amoríos y dulzuras reposó en una gaveta hasta que las condiciones se dieron para el retorno a los estudios Velvet de Caracas, pero la muerte de Aquiles Báez en 2022 supuso otro frenazo. Y finalmente, en 2023, tras cuatro años del comienzo de las grabaciones y para regocijo de los amantes de la música venezolana cantada, las artistas, perseverantes, cruzaron la meta… y la Atapaima retoñó en vísperas de Navidad.